Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

sábado, 26 de enero de 2013

Egipto: la revolución continúa- La crisis estructural: los imponderables de mediano plazo- Apuntes postsoviéticos

Egipto: la revolución continúa
En la céntrica plaza Tahrir de El Cairo, epicentro de las revueltas iniciadas hace dos años y que derivaron en el derrumbe del régimen de Hosni Mubarak, se registraron ayer nuevos enfrentamientos entre elementos policiales y cientos de opositores al gobierno islamista de Mohamed Morsi. Las protestas se reprodujeron en ciudades como Alejandría y Suez, localidad, esta última, en que se reportaron nueve muertos y centenares de heridos.
 
Así, a 24 meses de iniciada una rebelión popular que generó simpatías y admiración en todo el mundo, y que resultó paradigmática de lo que dio en llamarse la primavera árabe, la jornada de ayer en El Cairo y otras urbes egipcias da cuenta de que en ese país norafricano persiste un descontento social similar al de entonces, que enfila ahora sus energías en contra de lo que se percibe, en el mejor de los casos, como el tránsito de un régimen autocrático a uno fundamentalista, y como un ejercicio de gatopardismo que dejó intacta la estructura de poder autoritario y despótico, en el peor.

Si algo ha cambiado entre aquellas primeras movilizaciones de enero de 2011 y el momento actual es la ausencia, en el bando de los inconformes, de integrantes de la Hermandad Musulmana. La agrupación islámica supo capitalizar el inicio de una era formalmente democrática en el país del Nilo y que se concentró, en los dos últimos años, a hegemonizar el poder político formal en los sucesivos procesos en que éste estuvo en disputa: la constitución de una nueva Asamblea –actualmente controlada por hermanos musulmanes y salafistas–; la transferencia del control militar a un gobierno democráticamente elegido –el encabezado por Mohamed Morsi– y la redacción de una nueva Constitución, que establece a la musulmana como religión del Estado y proclama la sharia (ley islámica) como fuente principal de la legislación, amén de que contiene preocupantes limitaciones a derechos ciudadanos y libertades individuales, en sentido contrario a las reivindicaciones de apertura y modernidad que dieron origen a la revuelta que depuso a Mubarak.
 
Lo paradójico del caso es que, en esos reacomodos entre fundamentalistas, militares y remanentes burocráticos del viejo régimen de El Cairo, han sido excluidos los sectores laicos y progresistas de la sociedad egipcia, que constituyeron el cuerpo principal de la revuelta de hace dos años y que hoy, ante la ausencia de espacios institucionales para impulsar sus demandas por un país democrático, plural y libre, han vuelto a salir a la calle.
 
En el momento presente, es difícil anticipar si episodios represivos como el de ayer –aunados a los efectos de la aguda crisis económica que afecta a la nación norafricana– acabarán por llevar el descontento social a niveles similares que los observados hace dos años o si, por el contrario, el gobierno de Morsi será capaz de proveerse –así sea mediante el uso de la fuerza– de la normalidad política necesaria para cumplir con los plazos del calendario de la transición oficial, que incluye la realización de elecciones parlamentarias en los próximos meses. Más allá de esa incertidumbre, las movilizaciones de ayer dan cuenta de una conciencia colectiva de que la revolución egipcia dista de haber concluido con el recambio formal del régimen político. Cabe esperar que eso se traduzca en un desarrollo de la capacidad organizativa de los participantes en la resistencia cívica que se inició hace dos años en Egipto, a fin de que éstos logren constituirse en una alternativa real de poder y que puedan inducir una verdadera transformación social y política en esa nación árabe.
 
 
Apuntes postsoviéticos
Injusta paradoja
Juan Pablo Duch
La concesión de la ciudadanía rusa al actor francés Gerard Depardieu, quien se indignó con el gobierno de su país por el intento de subir los impuestos a los más ricos, puso de relieve una injusta paradoja.
 
La paradoja de que obtenga por decreto la nacionalidad de Rusia alguien que en realidad no la necesita, mientras hay cientos de miles de personas que la requieren con urgencia y tienen que esperar años.

Depardieu ya aclaró que no tiene la intención de residir en Rusia, salvo esporádicas estancias, ni piensa pagar impuestos en este país.
En contraste, quienes carecen de la posibilidad de ser agraciados con un decreto presidencial sufren todo un catálogo de humillaciones y desesperación, la amenaza de deportación pendiente sobre sus cabezas.

Desde que se disolvió la Unión Soviética los países vecinos de Rusia le suministran mano de obra barata y esos extranjeros, documentados o no, aspiran a quedarse y solicitan la ciudadanía rusa para dejar de padecer el menoscabo de sus derechos más elementales.

Afrontan una odisea burocrática de trámites interminables que no siempre tiene final feliz. Además los obstáculos, muchas veces puestos de manera artificial, son una fuente de corrupción para beneficio de las autoridades migratorias.

Por eso, para ellos resultó una grata sorpresa que la Duma, cámara baja del Parlamento, haya anunciado que va a facilitar los trámites para la obtención de la ciudadanía rusa para los nacidos en la antigua Unión Soviética y sus descendientes.
 
El proyecto de ley, aprobado en primera estancia, establece que quienes deseen acogerse al programa de repatriación ya no tendrán que cumplir estos cuatro requisitos: estancia continua de cinco años en el territorio de Rusia; permiso de residencia; solvencia económica, y examen de conocimiento de idioma ruso.
 
Dicho programa, vigente desde 2006, se concibió para cerca de 25 millones de personas que podrían querer fijar su residencia en Rusia, y de paso, a falta de la baja natalidad, mejorar la catastrófica situación demográfica.
 
En siete años se beneficiaron de él poco más de 125 mil habitantes de repúblicas ex soviéticas. Hasta 2015, calculan, podrían venir otras 100 mil personas.
 
Demasiado pocas comparadas con los casi 16 millones de ciudadanos rusos que, según la más reciente encuesta por encargo de Gallup, estarían dispuestos a dejar Rusia para residir en otros países.
 
Aun así, si la ley se promulga en los términos anunciados, será un alivio para eventuales migrantes hacia Rusia, en espera de solución para los trabajadores extranjeros indocumentados, la mayoría de los aspirantes a ciudadano ruso.
 
La crisis estructural: los imponderables de mediano plazo
Immanuel Wallerstein
He expresado previamente por qué pienso que el sistema-mundo capitalista está en una crisis estructural y por qué esto conduce a una lucha política a escala mundial por ver cuál de dos alternativas prevalecerá: una que tenga por resultado un sistema no capitalista, que retenga todos los peores rasgos del capitalismo (las jerarquías, la explotación y la polarización), u otra que siente las bases para un sistema basado en una relativa democratización y un relativo igualitarismo, un tipo de sistema que aún no ha existido.
 
Sin embargo, hay tres imponderables en el proceso de una transición sistémica. Éstos son tres fenómenos cuyas raíces yacen en los desarrollos históricos del sistema-mundo moderno y que podrían explotar en algún sentido en los próximos 20 o 40 años, en una forma en extremo destructiva, con consecuencias muy inciertas para la lucha política a escala mundial.

Estos tres imponderables son el cambio climático, las pandemias y la guerra nuclear. No son imponderables en cuanto a los peligros que entrañan para toda la humanidad. Son imponderables en cuanto al momento en que podría ocurrir cualquiera de tales desastres. Es extenso nuestro conocimiento acerca de ellos, pero hay tantas incertidumbres y diferencias de puntos de vista entre quienes han estudiado seriamente estos asuntos que no creo que podamos estar seguros qué es lo que ocurrirá exactamente. Discutamos uno por uno.

El cambio climático parece una realidad incuestionable, excepto para quienes rechazan esta realidad por razones políticas o ideológicas. Es más, todo lo que ha estado ocasionando el cambio climático de hecho se está acelerando en vez de amainar en velocidad. Las diferencias políticas entre los Estados más ricos y menos ricos en cuanto a lo que debería hacerse acerca del cambio climático parecen hacer inconseguible cualquier acuerdo que pudiera mitigar los riesgos.

No obstante, la complejidad ecológica de la Tierra es tan grande y estos cambios son tan extensos, que no sabemos qué clase de reajustes habrán de ocurrir. Parece claro que los niveles del agua subirán, ya están subiendo, y esto amenaza con inundar vastas extensiones. También es claro que las temperaturas promedio en varias partes del mundo cambiarán, ya están cambiando. Pero esto puede también tener el resultado de que ocurra un cambio en la localización de la producción agrícola y las fuentes de energía a zonas diferentes, de forma tal que podrían compensar, en algún sentido, el agudo daño de otras zonas.

Lo mismo es cierto de las pandemias. Los enormes avances de la medicina mundial en los últimos 100 años o algo así, que parecen haber logrado controlar muchas enfermedades, han creado simultáneamente una situación en la que el enemigo más antiguo de la humanidad, los gérmenes, han encontrado nuevos modos de volverse resistentes y de crear nuevas clases de afecciones que nuestras fuerzas médicas hallan extremadamente difícil combatir.

Por otra parte, pareciera que estamos comenzando a aprender que los gérmenes pueden ser, en ocasiones, el mejor amigo de la humanidad. Una vez más nuestro conocimiento parecía enorme, pero una vez hecho y dicho lo necesario resulta que es lastimosamente pequeño. En esta carrera contra el tiempo, ¿qué tan rápido habremos de aprender? ¿Y qué tanto debemos desaprender para poder sobrevivir?
 
Por último está la guerra nuclear. He argumentado que habrá una proliferación atómica significativa en las décadas venideras. No veo esto como un peligro en términos de alguna guerra interestatal. De hecho, es casi lo contrario. Las armas nucleares son, en esencia, defensivas y, por tanto, reducen, no incrementan, la probabilidad de guerras interestatales.
 
No obstante, hay varios imponderables. Las motivaciones de los actores no estatales no son necesariamente las mismas. Y hay algunos, sin duda, a los que les gustaría apropiarse de esos armamentos (o de armas químicas o biológicas) y usarlas. Además, como muchos Estados tienen limitada capacidad para proteger tales armamentos de que se los apropie o los compre alguien, esto puede facilitar que los actores no estatales los adquieran. A final de cuentas, el uso real de tales armamentos yace necesariamente en las manos de algunos individuos. Y no podemos descartar nunca la posibilidad de que surja algún agente estatal perverso, un Doctor insólito de ficción.
 
Es perfectamente posible que el mundo supere la transición global hacia un nuevo sistema mundo, o a sistemas, sin que ninguna de estas catástrofes ocurran. Pero también es posible que no lo logre. Y si no supera la transición es también posible que el nuevo sistema-mundo tome toda clase de medidas que reduzcan (o incluso eliminen) la probabilidad de que alguna de estas catástrofes ocurran.
 
Es obvio que no podemos simplemente sentarnos a ver qué va a pasar. Necesitamos emprender cualquier medida que podamos –en el inmediato presente– para minimizar la posibilidad de explosión de cualquiera de estos tres imponderables. Sin embargo, mientras nos encontremos en el moderno sistema-mundo es limitado lo que podemos lograr en lo político. Es por eso que les llamamos imponderables. No podemos estar seguros de que, de hecho, ocurrirán y cuál será el efecto que tendrán en la transición.
 
Permítanme clarificar lo que digo. Ninguna de estas peligrosas ocurrencias habrá de ponerle fin al proceso de transición estructural. Pero afectará seriamente el balance de las fuerzas políticas que luchan. Uno de los modos importantes en que puede reaccionar la gente ante estos peligros es irse para dentro con modos mucho muy proteccionistas y xenófobos, lo que fortalecerá la mano de aquellos que buscan crear un sistema opresivo (aun si éste es uno no capitalista). Ya vemos esta tendencia casi en todas partes. Esto significa que quienes busquen un sistema relativamente democrático y relativamente igualitario tienen que tornarse más claros acerca de lo que ocurre y trabajar más duro desarrollando estrategias políticas que contrarresten esta tendencia.
Traducción: Ramón Vera Herrera
© Immanuel Wallerstein

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