Calderón: barbas a remojar en el volcán árabe
Autor: Álvaro Cepeda Neri * Sección: Contrapoder
11 septiembre 2011
Dos estallidos sociales (y políticos) agudizan las metamorfosis de las manifestaciones en las calles, con visos de revueltas y anuncios de revoluciones. Uno de ellos, constituido por las crisis económicas en los diversos capitalismos, cuyas cúpulas financieras y empresariales practican el capitalismo salvaje con la punta de lanza del neoliberalismo económico, amparados por los gobernantes que arriesgan a sus Estados y los arrastran, incluso, al despeñadero de la ingobernabilidad por el malestar no atendido de sus sociedades. Esta desazón tiene lugar en Europa (Grecia, Italia, Irlanda, España, Francia, Portugal). La otra causa es la sorpresiva rebelión, casi revolución, en Túnez, Egipto, Libia, y Yemen; con síntomas de contagio en China, e Irán; rebeliones sangrientas en Irak, y Afganistán; choques de las dos Coreas; y la inestabilidad en las excolonias rusas.
Malos gobiernos políticos y económicos cierran el circuito con el cansancio de los pueblos frente a sus dictaduras, donde el factor común de todos ellos es el empobrecimiento masivo, la corrupción de las élites dirigentes públicas y privadas, la impunidad en la impartición de justicia y el entramado de leyes cuyas redes capturan a los ciudadanos para controlarlos. No es el “fantasma” del comunismo el que recorre al mundo (el inmortal documento de 1848; consultar la edición del historiador marxista, Eric Hobsbawm, El manifiesto comunista, Crítica-Grijalbo, 1998).
Lo que se pasea por el mundo capitalista y los resabios míticos del socialismo, que sitia a las democracias, monarquías constitucionales, dinastías tribales, presidencialismos y el resto de los caudillismos, es la respuesta violenta de los pueblos que soportan toda clase de explotaciones –no se diga la económica– y, hartos de las vías pacíficas, caen en cuenta de que en esos callejones cerrados por los autoritarismos no hay más salidas que las revueltas civiles, antesalas de revoluciones, para deshacerse de los malos gobernantes.
Y es que como no se van por su propio pie, como el presidente Felipe Calderón, entonces y por la falta de mecanismos constitucionales para destituirlos, no hay más opción que echarlos. Deshacerse de ellos o de él mediante revueltas-revoluciones, como sucede en el mapa de los árabes y en cuyo impetuoso estallido social debe poner a remojar sus barbas el panista (cómplice de las alianzas con los chuchos y asesorado por el expriísta Manuel Camacho Solís, traidor de Andrés Manuel López Obrador).
Los mexicanos tenemos ya un régimen de más de 10 años, que va para 12, y que con su militarismo Calderón quiere prolongar a 18 años al imponer su sucesor. Tenemos un mal gobierno, incapaz en políticas públicas económicas; torpe en su estrategia contra el narcotráfico que deja al país bañado en sangre y violencia (esto con Televisa y Tv Azteca con sus programas que promueven más terror) al acrecentar la ya de por sí atroz barbarie de la inseguridad nacional que provoca la intervención militar estadunidense (que ya lo hace con sus policías encubiertos, cónsules y el embajador Anthony Wayne).
Calderón debe poner a remojar sus barbas en el volcán árabe y no subestimar que el malestar social de la nación se desborda por el desempleo masivo, los salarios de hambre, alzas de precios privados y de bienes y servicios públicos. Más la impunidad de los ricos y multimillonarios, la compra de resoluciones judiciales, los más de 300 mil pesos que cobran sus empleados del primer nivel, el reparto de bonos, todo en un mar de corrupciones, de beneficios cupulares y del subconsumo generalizado en una crisis social, económica y política, donde las élites y sus directores desprecian al pueblo, entretenidos como están, en la disputa del poder presidencial, no muy lejos del volcán árabe que ejemplifica con revueltas-revoluciones contra los malos gobernantes.
*Periodista
Fuente: Revista Contralínea 250 / 11 de septiembre de 2011
Un compromiso colectivo con la democracia
William Burns*
El fin de semana pasado me reuní con mis contrapartes del hemisferio en Valparaíso, Chile, para celebrar el décimo aniversario de la Carta Democrática Interamericana, un compromiso colectivo con la democracia sin igual en el mundo.
Hace 10 años, cuando el terrorismo asestó un golpe en Estados Unidos, los líderes del hemisferio dieron juntos un paso esperanzador e histórico al acordar una carta que declara: “Los pueblos de América tienen derecho a la democracia y sus gobiernos la obligación de promoverla y defenderla”. Esa obligación no empieza ni termina en la urna electoral. Todas las sociedades deben afrontar la amenaza de la violencia, la desesperación y el extremismo. Nuestra mejor respuesta, en aquel momento y ahora, es avanzar una agenda amplia y positiva de derechos, libertades, seguridad, justicia, inclusión social y progreso económico.
En las Américas, el progreso democrático ya no es la excepción sino la norma. Las instituciones democráticas fortalecidas han ampliado las oportunidades económicas, así como el espacio disponible para la expresión y participación cívica, han reducido la pobreza y han servido mejor las necesidades básicas de los ciudadanos. Sin embargo, al celebrar la adhesión de nuestro hemisferio a la democracia, también debemos renovar nuestro compromiso compartido de profundizarla y defenderla.
Todos nuestros países saben que la tarea de construir la democracia nunca se completa. Cuando dejamos de dedicarnos a perfeccionarla y protegerla, la democracia se erosiona. Sabemos que incluso los gobiernos elegidos democráticamente pueden amenazar a la democracia, si no respetan sus salvaguardias, sus instituciones, sus normas y sus valores.
Cuando los líderes de la oposición se enfrentan a enjuiciamientos politizados y los periódicos sufren la intimidación para silenciarlos, se socava la democracia antes de que siquiera se deposite un solo voto. Cuando los activistas de derechos humanos son amenazados, ningún ciudadano puede sentirse seguro. Cuando se debilitan las instituciones independientes como el Poder Judicial, se les están negando a los ciudadanos los beneficios plenos de los gobiernos que ellos mismos han escogido. Y cuando no se controla la desigualdad económica, la corrupción y la violencia delictiva, se erosiona día tras día la fe de los ciudadanos en que la democracia pueda proporcionarles resultados.
Las amenazas a los principios democráticos en cualquier lugar son un desafío para las democracias en todas partes. Todos debemos alzar nuestras voces, mantenernos firmes y actuar con la claridad de nuestras convicciones en defensa de los principios democráticos.
Cuando el presidente elegido por el pueblo de Honduras fue depuesto en un golpe de Estado en 2009, los países de las Américas rehusamos aceptar el retroceso de la democracia en su seno y la OEA se pronunció con una firme y única voz, un resultado que hace una generación habría sido inconcebible. Como dijo la secretaria Clinton en la Asamblea General de la OEA el año pasado, “creemos que es posible construir una OEA más fuerte, más dinámica, más eficaz, que sirva los intereses de los países miembros y que tenga la capacidad y voluntad de abordar los desafíos regionales y prevenir las crisis antes de que surjan”.
Los ciudadanos de las Américas no están solos en sus esfuerzos para mejorar la democracia. Más y más ciudadanos en el norte de África y en el Medio Oriente están reaccionando contra el estancamiento económico y la opresión política. Exigen sus derechos universales y los instrumentos para tener éxito en un mundo integrado. La transformación de las Américas y el modelo que la Carta Interamericana representa ofrecen poderosos ejemplos para aquellos que se esfuerzan en dejar atrás el autoritarismo y la desigualdad y para construir sociedades modernas inclusivas y exitosas.
Sabemos que cada país seguirá su propio sendero. Promovemos la democracia, como dice la carta, “dentro del respeto del principio de no intervención”. Todos los países –incluyendo el mío– tienen imperfecciones y todos, sin excepción, podemos aprender de los otros.
Al reflexionar sobre los trágicos eventos del 11 de septiembre de 2001, reforcemos el valiente paso que nuestro hemisferio emprendió aquel día para fortalecer la democracia, y apoyemos los esfuerzos de nuestros conciudadanos en todo el mundo para que se unan y mejoren la comunidad de democracias. Como acordamos hace una década en Lima y como el presidente Obama reiteró en Santiago, “no existe sustituto para la democracia”.
*Subsecretario de Estado de Estados Unidos Exclusivo en México para La Jornada
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