Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

domingo, 16 de junio de 2013

“Donde manda Azcárraga no gobierna Peña Nieto”

“Donde manda Azcárraga no gobierna Peña Nieto”

16. junio, 2013 Marcos Chávez * Opinión


/Segunda parte
 
El rey de la madera de Wisconsin acostumbraba amontonar y vender políticos en la misma forma que amontonaba y vendía leña.
Compañía de Ladrones Unidos… Es un monopolio… Están trabajando para una pandilla de ladrones.
No seas como el perro del cuento. No muerdas las manos del amo.
El aire que respiraba en los salones del comité, en las cámaras legislativas, el olor a suciedad de los políticos
 
John Dos Passos
 
 
Dice John Dos Passos en su novela La primera catástrofe (1919): “Un orador hablando desde la Cámara de una república perdida que nunca había existido”.     
Nostálgico del sistema presidencialista fuerte, omnímodo, desde la máxima tribuna de la llamada república, un orador evoca la rehabilitación de la potestad rectora del Estado perdida durante la pesadilla teocrática panista, abyectamente entregada al vasallaje y la rapiña de los grupos de poder internos y externos, en particular de los oligárquicos, a cambio de su fallido respaldo para tratar de mantenerse en el gobierno, cuidándose, desde luego, de señalar que su debilitamiento no fue iniciado por los panistas. Ellos sólo continuaron el proceso de socavamiento iniciado por la triada priísta gobernante antecesora, en especial por el socialmente despreciable Carlos Salinas de Gortari, cuya tenebrosa sombra se proyecta sobre Enrique Peña Nieto. En justicia, empero, debe añadirse, que alternándose, priístas y panistas actuaron e intervienen al alimón.
 
El tribuno restaurador y sus pactistas invocan la Constitución y tallan su articulado en sus propuestas de reformas estructurales neoliberales: el 25 (el Estado planeará, conducirá, coordinará, orientará y fomentará la actividad económica); el 27 (corresponde a la nación el dominio directo del espacio situado sobre el territorio nacional en la extensión y términos que fije el derecho internacional; dicho dominio es inalienable e imprescriptible y la explotación y el aprovechamiento de los bienes de la nación sólo podrán realizarse mediante concesiones otorgadas por el Ejecutivo, según las leyes establecidas); el 28 (en caso de interés general, el Estado, sujetándose a las leyes, podrá concesionar la prestación de servicios públicos o la explotación, uso y aprovechamiento de bienes de dominio de la federación); o el 134 (los recursos económicos del Estado deberán ser administrados con eficiencia, eficacia, economía, transparencia y honradez).
 
En el caso de las telecomunicaciones, además, se invocó el artículo 4 de la ley en la materia: “la radio y la televisión constituyen una actividad de interés público, por lo tanto, el Estado deberá protegerla y vigilarla para el debido cumplimiento de su función social”.
 
Los alegres pactistas festejaban anticipadamente su curiosa democratización del sector y el tañer de las campanas que supuestamente doblarán a duelo por la muerte de los monopolios de Televisa, Tv Azteca y Telmex, al aprobar una ley que aún mantendrá su hegemonía oligopólica, y cuyo ocaso en el tiempo es incierto. Que en el mejor de los casos, sólo atemperaría su omnipotencia, dada las llamadas “barreras a la entrada” (restricciones que enfrenta toda empresa al ingresar, adaptarse y competir en un sector productivo y un mercado monopolizados: montos de inversión; escala y costos de producción, laborales, administrativos y de venta; tipos de productos; canales de distribución y gastos para captar clientes, entre otras). Que mejorará la calidad de la televisión a través de la competencia “democratizadora” y desnacionalizadora de dos cadenas oligopólicas más que disputarán rabiosamente el control de la industria y el mercado como lo hacen Televisa y Tv Azteca en contra de Telmex y demás corporaciones, y perpetuará la marginalidad de la pública y las sociales que puedan construirse.
 
Pero como agrega Dos Passos, “el porvenir de la democracia reformada, pintado con todos los colores del arcoíris, reventó como una pompa de jabón con un alfilerazo”.
 

“El encanto se había quebrado”. Acabó con “la ilusión del poder” (ibíd).

 
En un juego de lactantes, un simple pinchazo oligárquico hizo estallar la pompa del glamoroso encanto. Un discreto manotazo en la mesa evidenció dónde está el poder económico-político, el cual obligó a la casta política a someterse apresuradamente a las exigencias del Dominus y retrasar el inicio de la última fase del proceso de transición de las transmisiones analógicas a las digitales.
 
Fue suficiente que Emilio Azcárraga Jean enseñara sus ofídicos colmillos. Ordenara a su fámulo Javier Tejado Dondé, vicepresidente de Televisa, colocar un inocente cintillo en las pantallas locales de sus empresas (Gala Tv, los canales 5, 12 y de las Estrellas), parte del cual remitía al “ayuntamiento de Tijuana” a los afectados por el “apagón” de la televisión analógica, aun cuando sabía que en ese lugar nada se resolvería porque nada tenía que ver en el asunto, y que se generaría un irrelevante tumulto artificial, el cual amplificaron mediáticamente en su beneficios. Y soltara su jauría: Alejandro Puente, presidente de los cableros, que calificó el “apagón” como “desastre analógico”, o Federico J González Luna, asesor de los cableros y telediputado de la Comisión de Radio y Televisión, y sus hordas de desinformadores, para que descalificaran el proceso y lincharan a los burócratas de la Comisión Federal de Telecomunicaciones (Cofetel), en especial a su presidente Mony de Swaan, en nombre del nebuloso “interés público”, de los miserables “jodidos” que quedarían marginados de la digitalización, su telebasura o los viscerales lavados de cerebro de los Loret de Mola, López Dóriga, Gómez Leyva y demás fauna.
 
La petición de la cabeza del indefendible De Swaan, patiño del Herodes Juan Molinar, no es nueva. En 2012 otro palafrenero de Azcárraga, Manlio Fabio Beltrones, ya la exigía, luego de su fracasado intento por imponer en el Congreso la llamada “ley Televisa”. Beltrones acusaba al panismo de “capturar” transexenalmente a la Cofetel con De Swaan. Lo mismo dijo Luis Téllez cuando Héctor Osuna, el empleado de los cableros, ocupaba ese puesto. ¿Se desgarrarán las vestiduras ahora que Peña hará lo mismo con el Instituto Federal de Telecomunicaciones?
 
Su propósito apenas ocultado era descarrilar la tersa transición a la era de la televisión digital y no dudaron en manipular siniestramente a “esa clase modesta muy jodida, que no va a salir de jodida”, según se refería con desprecio Emilio Azcárraga Milmo, y que consideraba que “para la televisión es una obligación llevar diversión a esa gente y sacarla de su triste realidad y de su futuro difícil”. El objetivo es obvio: retrasar lo más que se pueda los cambios –¿por qué no incluso pensar en su aborto?– para evitar la competencia y mantener los privilegios monopólicos de Televisa o Tv Azteca, la fuente de sus ganancias y su poder político.
 

Fue un movimiento desestabilizador, conspirativo en toda regla, en el cual son versados.

 
Y el Ejecutivo y el Legislativo, ipso facto, cedieron a la presión y el chantaje.
¿Dónde quedó la dignidad del supuesto poder político arbitralmente restaurado y la rectoría estatal?
 
Sin embargo, no deja de llamar la atención, primero, la ausencia de Gerardo Ruiz Esparza, titular de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, a la ceremonia del apagón organizado con pompa y circunstancia por la Cofetel; y después, lerdos en los casos, Andrés Granier, la guardería ABC o de los desaparecidos, por ejemplo, el inmediato reculón, en cascada, de Peña Nieto, Ruiz, Lorenzo Córdova –al cabo, el padre, respetado militante de izquierda, no es responsable si falló la doctrina o la ética–, o Marco A Baños y Benito Nacif, del Comité de Radio y Televisión del Instituto Federal Electoral, a quienes les tocó asumir el papel de bufones, encargados de construir el cómico argumento para justificar la postergación de la desconexión hasta después de las elecciones locales.
 
Todo funcionó como si se siguiera un guión previamente escrito. Como si la decisión hubiera sido negociada previamente en las catacumbas y a Azcárraga se le encomendara la tarea de fabricar la risible coartada escenográfica.
 

¿Fue un montaje?

 
A menos que la debilidad de la elite política y la necesidad de los voluptuosos amores oligárquicos (dinero electoral, promoción de imágenes, relaciones públicas) de Azcárraga y Ricardo Salinas hayan sido razones más que suficientes para obligarlos a doblar humillantemente la testuz. ¿O fríamente aceptaron el chantaje, en espera de cobrar venganza con el ambiguo desmantelamiento de sus monopolios? La suspicacia se nutre.
 
La furia oligárquica radica en la eventual reducción de sus ganancias netas en el futuro (10 mil millones de pesos para Televisa en 2012; 2.3 mil millones para Tv Azteca). Azcárraga y Salinas Pliego eran felices cuando la meta final de la transición fue fijada en 2021, ya que les permitiría maximizar monopólicamente la ordeña del sector, con la posibilidad de diferir más adelante la fecha. Pero Felipe Calderón, que les dio todo lo que querían, los irritó al decretar el término en 2015. Para colmo, la nueva ley sectorial los obligará a compartir el pillaje con otros dos consorcios.
 
La coartada fue digna de lisiados mentales. Supuestamente se horrorizaron porque el 7 por ciento de la población tijuanense estuvo a punto de quedar excluida del servicio digital, pese a que se había aceptado el 90 por ciento como un nivel adecuado para continuar con el proceso. Se les “olvidó” que, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el 5.7 por ciento de los hogares del país no cuenta con un televisor. Que la misma Televisa, en su informe de 2012 entregado a la Bolsa Mexicana de Valores, lo calcula en 9 por ciento del total (unos 27 millones). Que sólo el 29.7 por ciento (8.3 millones) recibe el servicio de televisión restringida. Que apenas el 13.2 por ciento cuenta con un televisor de pantalla plana que puede recibir señales la transmisión digital. Que el porcentaje oscila en 19.5-26.2 por ciento en Baja California, Estado de México, Distrito Federal y Nuevo León, y en 2.5-6.2 por ciento en Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Zacatecas, Tabasco, Tlaxcala y Durango. ¿Esos datos serán suficientes para justificar la postergación indefinida? ¿Por qué no propuso la manera de evitar que las elecciones interfieran en la transición?
 
Los peñistas mantienen la generosidad del sistema a sus hijos predilectos. Por ejemplo, a Televisa, quien sólo pagó 343 millones de pesos de los 3 mil 334 millones que adeudaba al fisco por concepto de créditos fiscales. También toleran que su filial Cablemás excluya de su programación a la televisora del gobierno del estado de Guerrero, según denunció el comunicólogo Gabriel Sosa Plata. Que Megacable, de la familia Bours, hiciera lo mismo con más de una decena de canales estatales en diferentes entidades de la República. Que exista una lista negra de televisoras estatales, públicas y universitarias, las cuales han sido expulsadas de unos 80 sistemas de televisión por cable (Tv UNAM, Once Tv, Televisión Mexiquense, Telemax de Sonora, Telemichoacán, Canal 10 del Sistema Chiapaneco de Radio y Televisión, Canal 9 de la Corporación Oaxaqueña de Radio y Televisión, entre otras).
 
El escándalo de Tijuana fue una farsa. Un espectáculo hechizo, típico de la adulteración de la realidad ejercida por los medios. Recuérdese el papel de las televisoras privadas en Venezuela. Para ellas, primero, no existió el fallido golpe de Estado en contra de Hugo Chávez, en el cual participaron activamente. Luego falsearon las imágenes para endosar a los chavistas los asesinatos cometidos por los golpistas y, finalmente, abrieron sus pantallas e intentaron asaltar el Estado. O la actual estrategia de desestabilización que realizan en contra de la presidenta Cristina Fernández, en Argentina, quien, a diferencia de México, avanza en el desmantelamiento de los monopolios de las telecomunicaciones y en su democratización, al conceder un tercio del sector al Estado y otro a la sociedad.
 
El hecho rememora a Jean Baudrillard y su trabajo La guerra del Golfo no ha tenido lugar. Según Baudrillard, el poder político-económico ha creado lo que llama un “espacio hiperreal”: las estrategias de simulación determinan la actual condición del mundo social y político, en la que los hechos, como si ocurrieran en un territorio casi fantasmal, mediatizado por los medios, se comportan como simulacros y acaban siendo vividos como simple espectáculo, donde la sociedad, manipulada por los medios de comunicación, es incapaz de distinguir la realidad de la fantasía. La razón es bloqueada y blanqueada por la forma en que los medios cubren la realidad, a la que vacían de contenido, o la modelan de acuerdo con los intereses del estatu quo. La noticia se hace omnímoda y opaca al mismo tiempo.
 
*Economista
 
 
 
 
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 Fuente: Contralínea 339 / junio 2013
 

Cortar las alas en plena caída

9. junio, 2013 Marcos Chávez * Opinión

 
 
No cabe duda que los Chicago Boys son incorregibles, como cualquier fundamentalista que se respete. Si es que, por supuesto, se puede ponderar a alguien estrecho de miras, que ante cualquier circunstancia que trastorne el orden y el estado de las cosas que reza su catecismo económico, recurra inmediatamente, imperturbable, a ofrecer las mismas soluciones que recomienda su canon doctrinario. Aunque su doctrina y sus terapias rehabilitadoras estén desacreditadas en todos lados, salvo entre sus propios creyentes y los escasos beneficiarios de las mismas –que se supone que son los que valen, porque forman parte de la casta oligárquica global, cuyos intereses protegen y benefician de las políticas económicas ortodoxas–, cosechen fracaso tras fracaso, y sus resultados agraven los problemas que esperaba resolver.
 
 
La realidad le quitó el piso a la euforia peñista y ensombreció su mundo rosáceo. Todo iba bien. Sin grandes contratiempos y sin alteraciones sustantivas, Enrique Peña Nieto lograba que la oposición de derecha y la derechizada izquierda del Congreso de la Unión aprobaran presurosamente –para exhibirse públicamente como partidos “civilizados”– sus reformas y contrarreformas neoliberales. Hasta que irrumpió la realidad que amargó el acaramelado y empalagoso pacto republicano.
 
No es lo mismo disfrutar el éxito en un escenario económico floreciente que en otro donde la economía se desploma. En el que algunos sectores productivos ya muestran nítidos los síntomas recesivos y otros ya están en plena recesión, como es el caso de algunas actividades industriales. Donde algunas empresas dedicadas a la construcción se encuentran virtualmente en bancarrota, merced a su propia desmesura, su insolvencia de pagos y las secuelas del retraso en el gasto público.
 
¿Qué hacer en un contexto de contracción económica, más que desaceleración, imprevista por los peñistas, pese a que sus manifestaciones ya se observaban desde hace 1 año, y que el comportamiento de cada indicador anunciado resulta cada vez más pesimista?
 
La tasa de crecimiento real anual registrada por la economía en el primer trimestre de 2003 fue de 0.8 por ciento, contra la de 4.9 por ciento alcanzada en el mismo periodo del año anterior, lo que representa una caída de 83 por ciento. De hecho, es la peor variación desde el cuarto trimestre de 2009, justo cuando se resentía la grave recesión mundial que siguió al colapso financiero global, la cual fue de -2 por ciento. A nadie debe sorprender que el producto interno bruto (PIB) en el segundo o tercer trimestre, o en ambos, sea negativo, lo que obligaría al gobierno a rendirse ante las evidencias y anunciar las infernales palabras por todos tan temidas, debido al número de trabajadores que serán arrojados a la calle: el país está en recesión. La Confederación de Cámaras Industriales de los Estados Unidos Mexicanos (Concamin) recién anunció que en el primer trimestre cayó en 37 por ciento la creación de empleos en el sector industrial. Sólo se generaron 219 mil plazas de trabajo, contra las 348 mil registrados en los primeros 3 meses de 2012, es decir, fueron 129 mil menos.
 
Acaso la recesión puede ser de escasa intensidad y duración. La única certeza es que se desconoce cuándo la economía tocará fondo. Cuánto tiempo permanecerá en esa zona. Cuánto tardará en llegar la recuperación. Cuál será su velocidad y a qué ritmo se recobrarán los empleos que inevitablemente se perderán. Quizá también la economía inicie una fase de estancamiento. En esos escenarios de incertidumbre, cualquier cosa puede suceder. Todo dependerá de lo que ocurra en la economía estadunidense, a la cual se encuentra subordinada la mexicana. Y de la política contingente, anticíclica, que instrumente Peña Nieto y sus Chicago Boys (si es que instrumentan alguna, porque son alérgicos al keynesianismo de circunstancia). Una flexibilización de la política monetaria servirá de poco, por no decir de nada. La parte relevante sería del lado de la política fiscal. Sin embargo, le tienen pánico. Sufren pesadillas con el fantasma que los economistas fundamentalistas y los conservadores del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, de Estados Unidos, la Unión Europea y la Eurozona han inventado, el cual denominaron como el “terror al precipicio fiscal”. Quimera que supone unas finanzas públicas desbalanceadas, orillándolos a recortar indiscriminadamente el gasto público no financiero y a elevar los impuestos al consumo y los precios de los bienes y servicios públicos para tratar de recuperar el equilibrio fiscal. Sin importarles que ésas y otras medidas castiguen brutalmente la demanda (el consumo y la inversión), aceleren el desempleo, provoquen drásticas pérdidas en el ingreso de la población y en los ingresos tributarios y, por tanto, profundicen la recesión que se padece en el viejo continente, ya convertida en deflación (estancamiento con reducción de los precios), la cual durará en la mayoría de esos países lo que resta de la presente década. Japón entró en deflación a principios de la década de 1990 y hasta la fecha sigue hundida en esa trampa.
 
Con excepción de algunos servicios que aún muestran una expansión (creación y difusión de contenido exclusivamente a través de internet; proveedores de acceso a internet, de búsqueda en la red y servicios de procesamiento de información; inmobiliarios y de alquiler de bienes muebles; de apoyo a los negocios y manejo de desechos y servicios de remediación; hospitalarios y de salud y de asistencia social), las demás actividades terciarias (comercio, transporte, comunicaciones y otros servicios), así como todo el sector primario (agropecuarios) y el secundario (manufacturas, minería, extracción de petróleo, electricidad, agua y construcción) observan una declinación, ya sea con relación al mismo trimestre de 2012 o respecto de los precedentes. Ninguno escapa al cuadro contractivo o depresivo.
 
La industria eléctrica, la minería, las manufacturas como las de bebidas, prendas de vestir, del cuero, del plástico, productos a base de minerales no metálicos, metálicas básicas, fabricación de productos metálicos, de maquinaria y equipo, equipo de transporte arrojaron tasas negativas en el primer trimestre. Otras como la extracción de petróleo y gas, química, equipo de generación eléctrica y aparatos y accesorios eléctricos, muebles, otras industrias manufactureras y la construcción, por 2 o más trimestres seguidos, por lo que no es exagerado afirmar que actualmente ya están en recesión. Los resultados favorables no tardarán en seguir el mismo camino, ya que normalmente declinan con un cierto atraso respecto de los sectores primario y secundario.
 
 
Si bien la agricultura creció 2.8 por ciento, comparado a su tasa de -0.4 por ciento de hace 1 año, su producción empezó a declinar desde la segunda mitad de 2012. La ganadería lo hizo en 0.9 por ciento contra 1.7 por ciento. Los servicios relacionados con las actividades agropecuarias y forestales pasaron de 0.9 a 0.2 por ciento. La industria alimentaria apenas avanzó en 0.6 por ciento. Su menor ritmo, combinado con la sequía, el abandono del sector rural y la entrada masiva de productos importados que agrava los problemas de los productores tradicionales locales, permite afirmar, sin equívocos, que persistirá la escasez de su oferta y la voracidad especulativa, por lo que sus precios seguirán elevándose, afectando el consumo y la calidad de vida de las mayorías, ante la parsimonia de los peñistas, en particular de Ildefonso Guajardo, titular de la Secretaría de Economía, que actúa con una presteza digna de los moluscos terrestres (por ejemplo, los caracoles o las babosas).
 
En esa situación crítica, no deja de llamar la atención el caso de las llamadas empresas desarrolladoras y constructoras ligadas al sector de vivienda. Las constructoras de viviendas más grandes, Geo, Sare, Urbi y Homex guardan varios rasgos en común: todas llevaron a cabo negocios poco escrupulosos con el gobierno y gobernadores; violentaron las normas del ramo y ambientales, se posesionaron de terrenos de manera poco clara; construyeron viviendas de dudosa calidad que vendieron a precios usureros; han visto desplomarse sus ventas; padecen serios problemas de liquidez; se encuentran en incapacidad de pagos de sus pasivos, en parte debido a su apuesta en los derivados; éstas se verán obligadas a recurrir a la protección de la justicia para reestructurar sus pesadas deudas si no llegan a un acuerdo privado con sus acreedores en el corto plazo; no sería extraño que tuvieran que declararse en bancarrota, con lo cual sus adeudos se convertirían en carteras vencidas para la banca pública y privada. Las tres están compungidas porque, en parte, sus problemas se deben al retraso del gasto público y al cambio en las reglas en la construcción de viviendas.
 
¿Serán generosamente rescatadas por los peñistas?
 
¿Quiénes seguirán sus pasos?
 
Si éstas sufren el retraso del gasto público, lo mismo ocurre con el conjunto de la economía, aun cuando los ingresos totales del gobierno federal aumentaron 2.4 por ciento, en términos reales (los tributarios se elevaron 10.3 por ciento). No obstante, sin razones justificables, el gasto programable se desplomó 11 por ciento. La peor caída desde el mismo trimestre de 1995, el año del colapso del modelo neoliberal-salinista. Ni siquiera Felipe Calderón, en plena recesión, se atrevió a hacerlo en esa magnitud. En el último trimestre de 2009 cayó en -1.5 por ciento y en los 2 primeros de 2010 en -5.8 y -0.5 por ciento. En total, 8 por ciento. La inversión pública presupuestaria peñista se derrumbó 26.5 por ciento, medida justificable dentro de su estrategia reprivatizadora del sector energético, entre otros.
 
 
En la fase de postración del ciclo económico donde nos encontramos, la política monetaria activa (reducción de réditos, compra de papeles públicos por parte del banco central para inyectar liquidez, por ejemplo) es inútil. Si bien desde marzo pasado bajó la tasa objetivo (para operaciones de fondeo interbancario a 1 día) de 4.5 a 4 por ciento, no tendrá ningún efecto anticíclico. En parte, ello se debe a los altos réditos de la banca privada. La Reserva Federal y el Banco Central Europeo han ubicado sus tasas nominales en casi 0 por ciento (negativas en términos reales al descontar la inflación) y en nada han contribuido a reanimar las economías que pretenden apoyar y que se encuentran en estado comatoso. Además, Agustín Carstens, del banco central, anda como pavorreal presumiendo la supuesta estabilidad de precios en un dígito y sólo le preocupa que ésta sea en 2013 de 3 por ciento. Si tiene que apretar la tuerca monetaria (elevar los réditos) para lograrlo, lo hará. Aunque ayude a la economía a hundirse en la recesión.
 
La única opción es la ampliación del gasto público programable. Sin embargo, Fernando Aportela, subsecretario de Hacienda, recién anunció que si caen los ingresos se recortarán los egresos. Pero la ley prevé que primero se usen los recursos del Fondo de Estabilización de los Ingresos Petroleros, el cual dispone de 27 mil millones de pesos, es decir, nada. Luego tendría que ajustarse el gasto. Y como son muy respetuosos de las leyes, pasarán la tijera podadora. Aportela adelantó que se evaluarán “aquellos rubros de gasto que podrían ser susceptibles de revisión”. Es obvio que entre ellos no están los relacionados con el pago del servicio de la deuda. Primero se mutila otra parte del cuerpo antes que dejar de cumplir con los sacrosantos compromisos.
 
En plena caída del pájaro de la economía, que por cierto no volaba alto, más bien lo hacía a ras de suelo, como ave herida, maltrecha, Carstens y Luis Videgaray no dudarán en cortarle las alas, según recomienda el monetarismo económico. Para ellos no hay opciones: tiene que salvarse la estabilidad de precios y el equilibrio fiscal, aunque la economía se derrumbe estrepitosamente y arroje a la calle a todos los trabajadores que sean necesarios.
 
*Economista
 
 
 
Fuente: Contralínea 338 / junio 2013

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