10 años del 11-S
La pregunta que nadie contesta
Robert Fisk
P
or sus libros los conoceréis. Hablo de los volúmenes, las
bibliotecas –no los pasillos llenos de literatura– que los crímenes
internacionales de lesa humanidad del 11 de septiembre de 2001 han inspirado.
Muchos rebosan de seudopatriotismo y autoelogio, otros están atascados de la
irremediable mitología que culpa a la CIA y el Mossad, algunos (por desgracia
procedentes del mundo musulmán) se refieren a los asesinos como
los muchachos, pero casi todos evitan lo único que cualquier policía busca después de un crimen callejero: el motivo.
¿Por qué es así, me pregunto, luego de 10 años de guerra, cientos de miles de
muertes inocentes, mentiras, hipocresía, traición y sádicas torturas de los
estadunidenses (nuestros amigos del MI5 sólo escucharon, entendieron, tal vez
miraron, pero claro que nada de andar tocando) y los talibanes? ¿Hemos logrado
silenciarnos y silenciar al mundo con nuestros miedos? ¿Todavía no somos capaces
de decir tres oraciones:
los 19 asesinos afirmaban ser musulmanes,
vinieron de un lugar llamado Medio Oriente,
pasa algo allá?
Los editores estadunidenses rompieron hostilidades en 2001 con enormes
volúmenes de fotografías de homenaje a los caídos. Los títulos hablaban por sí
mismos: Sobre terreno sagrado, Para que otros puedan vivir, Fuertes de
corazón, Lo que vimos, La frontera final, Furia por Dios, La sombra de las
espadas… Al ver estos títulos apilados en los puestos de periódicos de todo
el país, ¿quién podría dudar que Estados Unidos se lanzaría al combate?
Y mucho antes de la invasión de 2003 a Irak, llegó otro montón de tomos para
justificar la guerra después de la guerra. El más prominente fue La tormenta
amenazante, del ex agente de la CIA Kenneth Pollack (¿verdad que todos
recordamos La tormenta en formación, de Winston Churchill?), el cual,
sobra decirlo, comparaba la batalla contra Saddam Hussein con la crisis que
enfrentaron Gran Bretaña y Francia en 1938.
Había dos temas en ese trabajo de Pollack –
uno de los mayores expertos mundiales sobre Irak, decía el anuncio publicitario a los lectores, uno de los cuales, Fareed Zakaria, lo llamó
uno de los libros más importantes que han aparecido en años sobre la política exterior estadunidense–: el primero era un recuento detallado de las armas de destrucción masiva de Saddam, ninguna de las cuales, como todos sabemos, existió en realidad. El otro tema era la oportunidad de romper el
vínculoentre
la cuestión iraquí y el conflicto árabe-israelí.
Según ese texto, los palestinos, privados del apoyo del poderoso Irak, se
verían más debilitados en su lucha contra la ocupación israelí. Pollack se
refería a la
despiadada campaña terroristapalestina sin ninguna crítica a Tel Aviv. Hablaba de
ataques terroristas semanales, seguidos de respuestas israelíes (sic), versión típica israelí de los hechos. La parcialidad estadunidense hacia Israel no era más que una
creenciaárabe. Bueno, por lo menos el egregio Pollack había logrado dilucidar, aunque fuera de modo tan desaseado, que el conflicto palestino-israelí tuvo algo que ver en el 11-S, aun si Saddam no.
En los años posteriores, por supuesto, nos han inundado de literatura sobre
el trauma posterior al 11-S, desde el elocuente La torre elevada, de
Lawrence Wright, hasta The scholars for 9/11 Truth (Académicos por la verdad
sobre el 11-S), cuyos partidarios nos han dicho que los restos de un avión
afuera del Pentágono fueron dejados caer por un Hércules C-130, que los jets que
dieron en las Torres Gemelas fueron guiados a control remoto, que el United 93
fue derribado por un misil estadunidense, etc. Dado el sigiloso, sesgado y en
ocasiones deshonesto recuento presentado por la Casa Blanca –para no mencionar
los engaños iniciales de la comisión oficial sobre el 11-S–, no me sorprende que
millones de estadunidenses crean algo de eso, ya no digamos la mayor mentira del
gobierno: que Saddam Hussein estuvo detrás de los ataques. Leon Panetta, el
recién nombrado autócrata de la CIA, repitió la misma mentira en Bagdad, todavía
este año.
También ha habido películas. Vuelo 93 recreaba lo que podría (o no)
haber ocurrido a bordo del avión que cayó en un bosque de Filadelfia. Otra contó
una historia muy romántica, que por cierto las autoridades de Nueva York
extrañamente impidieron casi por completo que se filmara en las calles de la
ciudad. Y ahora nos invaden los programas especiales de la televisión, todos los
cuales han aceptado la mentira de que el 11-S en verdad cambió al mundo –la
repetición de esa peligrosa noción por Bush y Blair permitió a sus esbirros
cometer criminales invasiones y torturas–, sin preguntarse por un momento por
qué la prensa y la televisión secundaron la idea.
Hasta ahora, ninguno de estos programas ha mencionado la palabra
Israel, y el programa de Brian Lapping del jueves por la noche en ITV mencionó una vez
Irak, sin explicar hasta qué grado el 11 de septiembre de 2001 dio el pretexto para ese crimen de guerra perpetrado en 2003. ¿Cuántos murieron el 11-S? Casi tres mil. ¿Cuántos en la guerra de Irak? A nadie le importa.
La publicación del informe oficial sobre el 11-S –fue en 2004, pero lean la
nueva edición 2011– es digna de estudio, aunque sea sólo por las realidades que
sí presenta, aunque sus frases iniciales parezcan más de una novela que de una
investigación gubernamental: “Martes… amaneció templado y casi sin nubes en el
este de Estados Unidos… Para quienes se dirigían al aeropuerto, las condiciones
del tiempo no podían ser mejores para un viaje seguro y placentero. Entre los
pasajeros estaba Mohamed Atta…” ¿Serían los redactores, me pregunto, graduados
que hacían su servicio social en la revista Time?
Me siento atraído ahora hacia Anthony Summers y Robbyn Swan, cuyo The
Eleventh Day (El undécimo día) confronta lo que Occidente se negó
a encarar en los años posteriores al 11-S. “Toda la evidencia… indica que
Palestina fue el factor que unió a los conspiradores en todos los niveles”,
escriben. Uno de los organizadores del ataque creía que haría a Estados Unidos
concentrarse en
las atrocidades que Washington comete por apoyar a Israel. Palestina, afirman los autores, “fue sin duda el principal agravio político… que impulsó a los jóvenes árabes (que habían vivido) en Hamburgo”. La motivación de los ataques fue
esquivadaincluso por el informe oficial de los hechos, sostienen. Los comisionados estuvieron en desacuerdo sobre esta
cuestión–eufemismo por
problema– y sus dos oficiales de mayor rango, Thomas Kean y Lee Hamilton, explicaron más tarde: “Era un terreno delicado… los comisionados que sostenían que Al Qaeda estuvo motivada por una ideología religiosa –y no por la oposición a las políticas estadunidenses– rehusaron hacer referencia al conflicto palestino-israelí… En su opinión, mencionar el apoyo a Israel como causa de fondo de la oposición de Al Qaeda a Estados Unidos indicaría que Washington debería revaluar esa política”. Allí tienen ustedes.
¿Qué ocurrió, entonces? Los comisionados, afirman Summers y Swan,
se resolvieron por una redacción vaga que daba la vuelta al asunto. Hay una insinuación en el informe oficial, pero es apenas una nota de pie de página que, desde luego, pocos leyeron. En otras palabras, aún no nos dicen la verdad sobre el crimen que, según quieren que creamos,
cambió el mundo para siempre. Vaya, después de ver a Obama ponerse de rodillas ante Netanyahu en mayo pasado, en realidad no me sorprende.
Cuando el primer ministro israelí logra que hasta el Congreso estadunidense
se humille ante él, es claro que al pueblo de Estados Unidos no le dirán la
respuesta a la pregunta más importante y
delicadasobre el 11-S: ¿por qué?
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya
Torres Gemelas: el derrumbe de las mentiras
Alejandro Nadal
Cualquiera que tenga dudas sobre el colapso de las Torres Gemelas el
11 de septiembre de 2001 conoce el síndrome. Sus conocidos le preguntarán
invariablemente: ¿entonces tú crees en la teoría de la conspiración?
Y aquí es donde no debe flaquear. Las dudas son sobre el colapso. No
hay que moverse ni un ápice de ese terreno: el derrumbe de las Torres Gemelas y
del rascacielo WTC 7 (de 47 pisos, que no fue impactado por los aviones) no ha
recibido una explicación adecuada. Eso no hay que perderlo de vista. Y las
discusiones sobre conspiraciones no ayudan en nada a aclarar la forma y
velocidad de dicho colapso.
Este es el punto central sobre el cual se concentra el análisis de los
miembros de la organización Arquitectos e Ingenieros por la Verdad del 9/11.
Cualquiera puede examinar el voluminoso expediente de pruebas que ha reunido esa
organización en su sitio, www.ae911truth.org. Ya son mil 549
ingenieros, arquitectos y físicos estadunidenses los que han firmado una
petición para reclamar una investigación seria sobre lo ocurrido ese día en
Manhattan. Nadie puede dejar de revisar el material en ese portal.
Todo esto merece una explicación más detallada. Los aviones que fueron
estrellados contra las Torres Gemelas provocaron una fuerte explosión y un gran
incendio. Los informes oficiales de las agencias estadunidenses se limitan a
examinar qué pasó en los edificios en el lapso transcurrido entre el impacto de
los aviones y el inicio del colapso. Una vez que comienza el desplome
de las Torres Gemelas, los informes abandonan el relato.
Tal pareciera que al hablar de los impactos y el incendio que les siguió se
hubiera agotado el tema y ya no fuera necesario seguir el análisis. Los informes
del Instituto de normalización y tecnología, NIST, de la Agencia de manejo de
emergencias, FEMA, y de la Comisión especial nombrada por el entonces presidente
Bush tienen diferencias. Pero coinciden en que los incendios no fundieron la
estructura de acero, y que el impacto y el fuego debilitaron los amarres de los
pisos directamente afectados, haciendo que cedieran y que se desplomaran los
edificios. Hasta aquí su explicación.
Pero esto es lo esencial: los informes no dicen nada sobre la forma en que se
desenvuelve el colapso de las Torres Gemelas o del edificio WTC 7. Entre otras
cosas, no explican por qué los tres edificios se desplomaron a la velocidad de
una caída libre. La evidencia de las filmaciones de los tres derrumbes es
clarísima. En los tres casos, el colapso se lleva a cabo como si entre los pisos
superiores y la planta baja no hubiera nada que ofreciera resistencia. Eso es
una anomalía que sorprende a cualquier arquitecto o ingeniero. Las estructuras
de acero de los pisos inferiores están hechas para resistir y estaban intactas
después del impacto de los aviones. Tuvieron que ofrecer resistencia. Los
informes oficiales no dicen nada sobre esto.
Por otra parte, las dos Torres Gemelas se componían de varios cientos de
miles de toneladas de concreto que fueron pulverizadas en el derrumbe. Los
ingenieros, físicos y arquitectos que han examinado la evidencia después del
colapso saben bien que, si se arroja un bloque de concreto desde una altura de
cien pisos, lo único que se va a lograr es que se despedace. Pero no se va a
pulverizar. Para ello se requiere una fuente de energía adicional. ¿Pudieron los
pisos superiores comprimir y pulverizar el concreto de los pisos inferiores? La
respuesta es negativa: si los pisos superiores hubieran comprimido los pisos
inferiores, provocando la pulverización, la caída no se hubiera llevado a cabo a
la velocidad gravitacional.
¿Cómo fue eliminada la resistencia de los pisos inferiores para permitir el
colapso a la velocidad de caída libre? ¿De dónde salió la energía que permitió
pulverizar los cientos de miles de toneladas de concreto de las dos torres? Esas
dos preguntas carecen de respuesta oficial. Varios estudios serios apuntan en
una dirección: explosivos.
No se trata de explosivos convencionales, como los usados en cualquier
demolición controlada. El análisis de muestras de polvo y de fragmentos de las
construcciones revela la presencia de microesferas de hierro fundido y aluminio,
testimonio de reacciones con el explosivo incendiario termita. Varios estudios
sobre muestras de polvo concluyen sobre la presencia de virutas con compuestos
de nanotermita (partículas de óxido ferroso incrustadas en una matriz rica en
carbono). Todo eso indica, según esos estudios, que estuvieron presentes
explosivos no convencionales en los sucesos del 11 de septiembre y que podrían
haber eliminado la resistencia de los pisos inferiores, explicando así la
velocidad de caída libre del colapso.
El gobierno más mentiroso en la historia de Estados Unidos puso sobre la mesa
tres informes para
aclararlo que había acontecido el 11 de septiembre de 2001. Lo que dicen es muy sencillo. Ese día es realmente histórico porque se rompieron las leyes más elementales de la física.

No hay comentarios:
Publicar un comentario