Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

lunes, 19 de agosto de 2013

American Curios- Egipto: repulsión, vergüenza, indignación

American Curios
Idealismo post adolescencia
David Brooks
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El soldado Bradley Manning en imagen de 2010. Los abogados del militar, que espera ser sentenciado por filtrar miles de documentos clasificados al sitio de Internet Wikileaks, argumentaron la semana pasada que el ejército estadunidense pasó por alto los problemas de salud mental del acusado, quien no debió trabajar de analista de inteligencia
Foto Reuters
 
Resulta que hay una condición sicológica –no está claro si es síndrome, fase, enfermedad, locura o qué– que se llama idealismo post adolescencia. Parece que el síntoma principal es cuando uno, por ninguna razón, cree o está convencido de que puede cambiar el mundo.
 
Bradley Manning, el soldado responsable de la mayor filtración de información clasificada de la historia y que esta semana será sentenciado por atreverse a revelar lo que el gobierno hacía en nombre del pueblo (pero ocultando los hechos para el propio bien, y la seguridad), aparentemente sufre de esta condición.
 
A quienes impulsan políticas bélicas para matar y destruir poblaciones, intervenir, invadir y mantener el asedio contra pueblos enteros, no se les clasifica dentro de algún padecimiento o alguna condición sicológica ni enfermedad, y mucho menos se considera que estén locos; aparentemente todos ellos son normales.
 
El capitán naval David Moulton, siquiatra militar, testificó la semana pasada, en el consejo de guerra de Manning, que el soldado padecía de una lista de condiciones sicológicas, incluido el idealismo post adolescente. Esto, según Moulton, era porque Manning tenía la impresión de que la información que estaba filtrando cambiaría la manera en que el mundo veía las guerras en Irak y Afganistán, y de hecho, guerras futuras. Agregó que Manning creía que su acción llevaría a un bien más grande: la sociedad entera llegaría a la conclusión de que la guerra no valía la pena, que ninguna guerra valía la pena.
 
Comentó que en el idealismo post adolescente, alguien verdaderamente siente que puede lograr un impacto social. Añadió que es “un momento en el cual la persona… está enfocada en marcar una diferencia en el mundo, en alcanzar cambios sociales, cosas así… es un periodo de transición en el que uno aún tiene algo del idealismo de juventud”.
 
El próximo fin de semana se cumple en Washington el 50 aniversario de la histórica Marcha por Empleos y Libertad del movimiento por los derechos civiles encabezado por el reverendo Martin Luther King, donde pronunció su famoso discurso Yo tengo un sueño. Ese 28 de agosto de 1963, cientos de miles demandaron igualdad, libertad y empleo para todo ciudadano, y King, con su retórica extraordinaria, declaró: “les digo hoy, mis amigos, que aunque enfrentamos las dificultades de hoy y mañana, aún tengo un sueño. Es un sueño profundamente enraizado en el sueño americano. Tengo un sueño de que un día esta nación se levantará, y vivirá el significado real de su credo… que todos los hombres son creados iguales”. Continuó: tengo un sueño de que mis cuatro hijitos un día vivirán en un país donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter.
 
Afirmó que llegaron a Washington para “recordar a America la urgencia feroz del ahora… Ahora es el momento de hacer real la promesa de la democracia. Ahora es el momento de salir del valle oscuro y desolado de la segregación al camino soleado de la justicia racial… Ahora es el momento de hacer que la justicia sea una realidad para todos los hijos de Dios”.
 
Otros también soñaron que podían cambiar este país, organizando, defendiendo principios, denunciando injusticias, creando nuevos movimientos, toda esa historia que sólo a veces se cuenta (por ello, la importancia de historiadores como Howard Zinn). Las luchas sindicales, los movimientos contra las guerras, por la defensa del medio ambiente, por los derechos de las mujeres, de los gays, de los inmigrantes y más, continúan hoy día.
 
Jóvenes estadunidenses e inmigrantes integrantes de una nueva agrupación llamada Dream Defenders (Defensores del Sueño) ocuparon oficinas del capitolio del estado de Florida durante 31 días para denunciar leyes que se usaron para justificar el asesinato del joven afroestadunidense Trayvon Martin, acción que será seguida por un esfuerzo por empadronar nuevos votantes para enfrentar al poder conservador en el estado. La acción llegó a tener perfil nacional, y figuras como Harry Belafonte y Jesse Jackson acudieron para acompañarlos y expresar que son la nueva generación que hereda las luchas anteriores, y por lo tanto parte de la esperanza de un futuro diferente en este país.
 
A la vez, el movimiento de defensa de los derechos de los inmigrantes –el cual es considerado el nuevo movimiento de derechos civiles por algunos de los que acompañaron a King hace 50 años– se ha visto revitalizado por inmigrantes jóvenes que se han atrevido a enfrentar de manera directa a las autoridades, desde alguaciles locales, agentes de migración, hasta legisladores federales y al mismo presidente con su consigna indocumentado y sin miedo, en demanda de derechos básicos y de poner fin a las deportaciones y hostigamiento a sus familias y comunidades.
 
Trabajadores inmigrantes, desde los campesinos de Florida hasta los lavadores de coches o los jornaleros urbanos, también han redoblado esfuerzos en demanda de sus derechos laborales y una vida digna. Así, desde el sector más vulnerable renace parte del movimiento sindical en este país, con hazañas como las de la Coalición de Trabajadores de Immokalee, que enfrenta a las empresas más poderosas del sector alimentario y ha ganado ya varias batallas en sus demandas de alimento con justicia, incluida la liberación de miles de trabajadores que laboraban en condiciones de esclavitud.
 
Por otro lado están los maestros que se han rebelado contra reformas impulsadas por los políticos y los hombres más ricos y poderosos del país, en defensa de la educación pública como derecho básico para todos, como algo fundamental para defender la democracia y para que los estudiantes puedan seguir soñando en algo más que su papel en el mercado.
 
Al parecer, todos estos, entre tantos más, desde King hasta los soñadores de hoy, padecen de esa enfermedad llamada idealismo post adolescencia. Seguro que ya está en desarrollo una pastilla que se pueda recetar para aliviar ese malestar. Pero uno puede seguir soñando que no hay remedio para ello. Ojalá sea una enfermedad muy contagiosa.
Enlaces:
FUENTE: LA JORNADA OPINION
 
Egipto: repulsión, vergüenza, indignación
Robert Fisk
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Partidarios de la Hermandad Musulmana y del derrocado presidente egipcio Mohamed Mursi gritan consignas contra el Ministerio de Guerra y del Interior, ayer, durante una protesta frente a la mezquita de Al Istkama, en la Plaza de Giza, al sur de El Cairo
Foto Reuters
 
Repulsión, vergüenza, indignación. Todas estas palabras se aplican a la desgracia de Egipto en las seis semanas anteriores. Un golpe militar, millones de encolerizados simpatizantes del dictador electo democráticamente y después derrocado, versiones sobre mucho más de mil simpatizantes de la Hermandad Musulmana asesinados por la policía de seguridad ¿y qué nos dicen las autoridades este domingo? Que Egipto es víctima de una maligna conjura terrorista.
El lenguaje habla por sí mismo. No una conjura terrorista cualquiera, sino una tan terrible que es maligna. Naturalmente, el gobierno adquirió este uso de la palabra terrorista de Bush y Blair, otra contribución occidental a la cultura árabe. Pero va más allá: nos informa que el país está a merced de fuerzas extremistas que quieren crear guerra. Uno pensaría al escuchar esto que la mayoría de los muertos en las seis semanas pasadas fueron soldados y policías, cuando en realidad fueron manifestantes inermes.
 
Y ¿quién tiene la culpa? Obama, desde luego, por alentar el terrorismo con sus plañideras quejas de la semana pasada… o eso dicen las autoridades egipcias. Y nuestros viejos amigos, los medios extranjeros. Son los canales infieles –incluida Al Jazeera– los que han alimentado el odio en la tierra de los faraones, según la prensa egipcia (que ahora es tan plañidera como Obama en su servilismo hacia los nuevos gobernantes).
 
Fuera de la mezquita de Fath, en El Cairo, el sábado pasado, partidarios de los militares maltrataron a reporteros y camarógrafos, entre ellos algunos alemanes e italianos, e incluso por un rato Al Jazeera se alejó de la escena. The Independent corrió sus riesgos, con Alastair Beach con la Hermandad, dentro de la mezquita sitiada.
Afuera de ella, yo andaba con un gastado sombrero de turista entre los esbirros de seguridad y los partidarios del ejército; un amigo egipcio me ayudó, explicando de modo no muy amable a los de las cachiporras que yo era un anciano turista inglés que había salido de su hotel para ver qué pasaba. Dejé en mi bolsillo mi libreta y mi teléfono móvil. Bienvenido a El Cairo, escuché varias veces mientras los soldados disparaban al aire.
Para ser justo, déjenme recontar un pequeño momento esperanzador entre el drama del sábado. Dos egipcios se me acercaron y dijeron, con mucha sencillez: Es muy injusto tener a esa gente en la mezquita sin agua ni comida; son seres humanos como nosotros. No eran partidarios de Mursi, pero no parecían simpatizar con la policía. Eran sólo egipcios buenos y decentes, humanos, como los que todos esperamos que formen la verdadera mayoría.
 
Esto me lleva a recordar una mentira al típico estilo de Obama, la semana pasada. Vino cuando el presidente de Estados Unidos decidió hacer una pausa en sus vacaciones de golf para comentar la violencia en Egipcio. Describió a los opositores a Mursi –ahora representados por un general, Abdel Fatah Sisi, también ministro de la defensa y viceprimer ministro– como muchos egipcios, millones de egipcios, tal vez una mayoría de egipcios. De este modo Obama acreditó al golpe un apoyo mayoritario. Cómo debió de haber complacido al general Sisi, quien habla un excelente inglés estadunidense, ese pequeño conjunto de palabras en clave.
 
Y resulta extraño que los periodistas supuestamente maliciosos hayan estado minimizando las acciones asesinas de las fuerzas de seguridad egipcias. En repetidas ocasiones Al Jazeera se ha referido a ellos como hombres armados, como si no estuvieran uniformados ni dispararan desde la azotea de un cuartel de policía. Los editoriales en Occidente han descrito las matanzas perpetradas por policías egipcios como mano dura, como si Lewis y Hathaway hubiesen aporreado en la cabeza a algunos chicos malos. Un amigo digno de confianza me dijo el otro día que nuestros líderes occidentales están tan hartos de los manifestantes que infestan las reuniones del G-8 –donde siempre se aplican las acostumbradas advertencias contra el terror–, que tienen simpatía innata por los policías y un odio implícito a todo aquel que protesta. ¿Cómo olvidar la simpatía de Blair hacia los brutales policías antimotines italianos, hace unos años?
 
Pero el ejército y la policía de Egipto pueden confiar en la ayuda de nuestros queridos amigos los sauditas. El propio rey Abdalá ha prometido miles de millones de dólares para el pobre Egipto ahora que la generosidad de Qatar se ha secado. Sin embargo, los egipcios harían bien en desconfiar de los obsequiosos sauditas: la casa de Saud no se interesa realmente en ayudar a ejércitos extranjeros –a menos que vayan a salvar a Arabia Saudita–, pero sí participa mucho en apoyar a los salafistas del partido Noor, los fundamentalistas que ganaron un extraordinario 24 por ciento en la pasada elección parlamentaria egipcia, y que sin miramientos decidieron aliarse con el general Sisi cuando Mursi fue derrocado. Los conservadores salafistas son mucho más del agrado de los sauditas que los miembros potencialmente liberales de la Hermandad. Es a ellos para quienes el rey abre su bolsillo. Y si por desventura pudiesen formar una mayoría con los miembros desencantados de la Hermandad en las próximas elecciones, el califato de Egipto estaría un paso más cerca.
 
Ahora, el otro lado de la historia. Es cierto que hombres armados han abierto fuego desde las filas de partidarios de la Hermandad. Un puñado cuando mucho, y eso no justifica que la prensa egipcia llame terroristas a decenas de miles de personas; pero tanto mi colega como yo los hemos visto. Los ataques a los templos son reales. Se han incendiado iglesias. Hogares cristianos han sido agredidos por vándalos; la víctima más reciente fue una niña de 10 años, Jessi Boulos, cuando regresaba de su clase de Biblia en un barrio pobre de El Cairo.
 
La furia anticristiana es ahora política e ideológica. Es una persecución. Tal vez el papa Tawadros lamente haberse tomado la foto con los partidarios del golpe. Pero el jeque de Azhar estaba en esa misma fotografía… al igual que los salafistas.
 
Oh, sí, y ahora el gobierno matraquea con la necesidad de disolver la Hermandad. Puesto que sus miembros ya son capturados por la policía, no estoy seguro de lo que se pretende lograr con esta disolución. ¿Acaso los británicos no declararon ilegal al Ejército Republicano Irlandés? ¿Lograron acabarlo con eso?
 
El viernes pasado, después del toque de queda, cruzaba yo el puente 6 de Octubre sobre el Nilo cuando vi más de 30 jóvenes con túnicas tipo galabia, sentados en el pavimento con las manos sobre la cabeza. Entre ellos caminaban a zancadas policías de uniforme negro, con escopetas, y bandas de beltagi –los muchachos rudos empleados por la seguridad del Estado (supongo que podríamos llamarlos terroristas buenos–, y de pronto supe lo que significa el estado de emergencia. Temor. Cero derechos. Cero órdenes de aprehensión. Cero ley.
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya
FUENTE: LA JORNADA OPINION

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