Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

sábado, 17 de agosto de 2013

La reforma necesita a Deschamps… en la cárcel


La reforma necesita a Deschamps… en la cárcel



Los argumentos de fondo de la iniciativa energética están bien para expertos e inversionistas, pero para conseguir el apoyo popular se requiere algo tangible.
 
La iniciativa de reforma energética del presidente Peña Nieto omitió cualquier referencia explícita al combate de la corrupción en Pemex. Es un error por partida doble: primero, porque no hay forma de transformar el sector energético sin abatir la corrupción; segundo, porque abre la puerta para que López Obrador tome una bandera que estaba a disposición de cualquiera que la tomara. El combate a la corrupción podría haber sido una parte central del proyecto oficial de la reforma. Ahora, puede volverse el más eficaz de los argumentos de aquéllos que no quieren que Pemex cambie de fondo.
 
Hasta el lunes pasado, parecía muy claro que el equipo del presidente Peña había aprendido una de las grandes lecciones de la reforma educativa: la detención de Elba Esther Gordillo fue la parte más importante de la iniciativa gubernamental en esa materia porque hizo creíble la promesa de cambio profundo. Los detalles técnicos y de largo plazo son importantes, pero son más eficaces cuando van acompañados de una medida espectacular cuya narrativa popular tiene un final feliz: la caída en desgracia del villano.
 
La política es espectáculo y substancia. Lo uno no sirve sin lo otro. La propuesta de reforma energética del gobierno tiene sustancia pero no arrancó de forma espectacular. La decisión de usar las frases de Lázaro Cárdenas y el salón donde decretó la expropiación en 1938 son interesantes, pero insuficientes. Para completar el efecto, no bastarán la campaña de publicidad ni el road show de los funcionarios. Ofrecen mejoras en la calidad de vida de los mexicanos en el largo plazo. Los argumentos de fondo están bien para expertos e inversionistas. Para tener el apoyo popular, hace falta algo menos sofisticado, más tangible.
 
Carlos Romero Deschamps dice estar tranquilo y eso obliga a pensar. Él sí aprendió su parte de la lección de la reforma educativa y ha mandado el mensaje de que apoyará la reforma energética que promueve Peña Nieto. De manera extraoficial, se dice que el gobierno no lo quiere y que tampoco tiene un problema serio con él. Se habla de un acuerdo del cual Romero se retirará cuando se apruebe la reforma, en paz y sin cargos en su contra.
 
Aquí es donde no cuadran las cuentas. El presidente Peña Nieto sabe que la reforma energética es la iniciativa más importante de su sexenio. Sabe también que no es posible hacer omelettes sin romper los cascarones del huevo. La detención de La Maestra no trajo las movilizaciones que muchos temían. Resultó que ella no era tan poderosa ni los trabajadores de la educación le eran tan leales.
Hacer algo similar con Romero Deschamps daría al equipo de Peña más que lo que le cuesta respetar su investidura. Él no es el símbolo de los trabajadores petroleros, sino de la corrupción en Pemex. Es cierto que los malos manejos en la petrolera no son monopolio del sindicato, pero no hay personaje más idóneo para demostrar que el cambio va en serio que este dirigente, cuyos hijos lo exhiben más que Lady Profeco a su papi.
¿En qué momento del cálculo político la tranquilidad de Romero se volvió más importante que la transformación de Pemex? Si se trata de convencer a la población de que hay una voluntad de ir a fondo en el cambio, ¿para qué gastar en una campaña de publicidad? La reforma educativa no necesitó spots. Las fotos de Gordillo en desgracia fueron el mejor póster de promoción.
 
 

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