Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

martes, 6 de agosto de 2013

Los fantásticos millones de egipcios- Un bufón de la ópera de Pekín- Blanca, pura y mortífera

Los fantásticos millones de egipcios
Robert Fisk
¿Por qué la crisis egipcia parece tan simple a nuestros lideres políticos y sin embargo tan complicada cuando uno en verdad se aparece en El Cairo? Empecemos por la prensa egipcia. Florecientes después de la revolución de 2011, los medios egipcios cayeron en la uniformidad en el momento en que el general Abdel Fata al Sisi y sus muchachos sacaron del poder al presidente Mohamed Mursi, el 3 de julio. De hecho, después del golpe militar, todos los reporteros y presentadores de un popular grupo de televisión –por cuyas frecuencias hablé de cuando en cuando en la era posterior a Mubarak– aparecieron alabando al nuevo régimen. Y lo más curioso es que ¡todos portaban uniforme militar!
 
 
Desde luego, hubo que crear fantasías. La primera no fue la naturaleza pérfida, antidemocrática y terrorista de la Hermandad Musulmana: esa idea había sido promovida por lo menos desde una semana antes del golpe. No: fue el contador de manifestantes con que se alimentaron los sueños del mundo. Había millones en las calles exigiendo derrocar a Mursi. Esos millones eran esenciales para la fantasía suprema: que el general al Sisi sólo obedecía la voluntad del pueblo. Pero entonces Tony Blair –cuya precisión sobre las armas de destrucción masiva de los iraquíes es bien conocida– nos dijo que había ¡17 millones de egipcios en las calles! Eso sí que merecía signos de admiración.

 
Luego el Departamento de Estado nos informó que eran 22 millones en las calles de Egipto. Y apenas hace tres días, el índice democrático nos informó que 30 millones tomaron parte en las manifestaciones contra Mursi, contra sólo un millón de partidarios de Mursi en las calles.
 
Increíble en verdad. La población de Egipto es de unos 89 millones. Quitando a los bebés, niños y pensionados de edad avanzada, esto sugiere que más de la mitad de la población activa se manifestó contra Mursi. Sin embargo, a diferencia de 2011, el país seguía funcionando. Entonces. ¿quién, durante lo que la Unión de Escritores Egipcios llama ahora la más grande manifestación política en la historia, manejaba los trenes y autobuses, el metro de El Cairo, operaba los aeropuertos, formaba las filas de la policía y el ejército, hacía funcionar las fábricas, los hoteles y el canal de Suez?
 
Al Jazeera, gracias al cielo, trajo un experto estadunidense en multitudes para demostrar que esas cifras surgían de un mundo de ensueño al que ambos bandos estaban suscritos y que físicamente no podía existir. Alrededor de la plaza Tahrir era imposible reunir más de un millón y medio de personas. En Ciudad Naser –punto de reunión de manifestantes pro Mursi– cabían mucho menos. Pero los cimientos estaban echados.
 
Así pues, la semana pasada el secretario de Estado John Kerry fue capaz de decirnos que la intervención de los militares egipcios fue a petición de millones y millones de personas, todas las cuales temían un descenso hacia el caos, hacia la violencia. Y los militares, a nuestro juicio, no tomaron el gobierno de su país en su poder. Existe un gobierno civil. Estaban, de hecho (sic), restaurando la democracia.
 
Lo que Kerry no mencionó fue que el general Al Sisi escogió el gobierno civil, volvió a designarse ministro de defensa, luego se nombró viceprimer ministro del gobierno civil, y se mantuvo como comandante del ejército. Y que el general jamás fue electo al cargo. Pero no hay problema: fue ungido por esos millones y millones de personas.
 
¿Y qué fue lo que sí dijo el vocero militar cuando le preguntaron cómo reaccionaría el mundo al uso excesivo de la fuerza que produjo la muerte de 50 manifestantes de la Hermandad Musulmana el 8 de julio? Sin reservas, contestó: ¿Cuál fuerza excesiva? Excesivo hubiera sido que matáramos a 300. Eso habla por sí mismo. Pero cuando se está entre 17 millones, 22 millones, 30 millones, millones y millones, ¿qué más da?
 
Ahora, el Departamento de Habla Franca. Déjenme citar al mejor comentarista sobre Medio Oriente, Alain Gresh, cuyo trabajo en Le Monde Diplomatique es –o debería ser– lectura esencial para todos los políticos, generales, oficiales de inteligencia, torturadores y todo árabe en la región. La Hermandad Musulmana, escribe este mes, demostró ser fundamentalmente incapaz de adaptarse al acuerdo político pluralista, de salir de su cultura de clandestinidad, de transformarse en partido político, de hacer alianzas. Cierto, creó el Partido Libertad y Justicia (PLJ), pero éste estuvo por completo bajo control de la Hermandad.
 
¿Y cuál fue el verdadero papel de al Sisi en todo esto? Nos dio una pista interesante en su tristemente llamado del 25 de julio a los egipcios a autorizar al ejército a confrontar la violencia y el terrorismo. Antes del derrocamiento dijo a dos dirigentes de la Hermandad que la situación era peligrosa, y que había que emprender de inmediato pláticas de reconciliación. Los dos líderes, dijo al Sisi, respondieron que grupos armados resolverían cualquier problema que se presentara.
 
El general se indignó. Dijo que dio a Mursi una semana, hasta el 30 de junio, para tratar de poner fin a la crisis. El 3 de julio envió al primer ministro de Mursi, Hisham Qandil, y a otros dos, para convencer al ex presidente de convocar a un referendo sobre su permanencia en el poder. Su respuesta fue 'no'. Al Sisi dijo a Mursi que el orgullo político dicta que si el pueblo lo rechaza, uno debe dejar el poder o convocar a un referendo para restablecer la confianza. Algunas personas sólo quieren gobernar el país o destruirlo.
 
Por supuesto, no podemos oír el punto de vista de Mursi. Ha sido silenciado en público.
Gracias a Dios por el ejército egipcio. Y por todos esos millones.
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya
FUENTE: LA JORNADA OPINION

Un bufón de la ópera de Pekín
Sergio Ramírez
El teatro chino es milenario y su rica tradición nos sigue deslumbrando. Sus máscaras, y pongo por caso las del periodo de la dinastía Ming, admiran por su poder expresivo. El color de esas máscaras determina el carácter del personaje que el actor representa. Amarillo para la ambición, azul para la astucia, verde para la impetuosidad. En las representaciones donde aparecen emperadores, los bufones de la corte llevan la cara pintada con trazos de albayalde alrededor de los ojos y la nariz, para realzar así su doblez. La máscara siempre esconde algo, o esconde a alguien.
 
Todo esto de las máscaras viene a cuento cuando uno piensa en Wang Jing, el dueño del Gran Canal de Nicaragua, ese personaje que parece salido, aún recién maquillado, de los camerinos de la ópera de Pekín; y lo presto provisionalmente a este artículo porque bien merece una novela donde la dualidad y el misterio barato se darían la mano con la comicidad que siempre se extrae del absurdo, toda una comedia de equívocos detrás de la cual se alza una gran tragedia, representada en el vasto escenario que es la geografía atribulada de un país.

Este Wang Jing de mi ópera bufa enseña en su currículo el título de médico herbolario obtenido en una universidad de Pekín cuyo nombre, misterio gratuito o falacia acomodada, prefiere no revelar. Un médico herbolario que se fue a buscar fortuna a Camboya en la explotación de minas de oro a cielo abierto, siguiendo el alegre mandato que el presidente Den Xiaoping dio en 1992: “vayan y enriquézcanse… pero nunca se metan en política”. Aun así, Wang no da la medida para codearse con los extravagantes megamillonarios que hoy pueblan la República Popular China.

Sus íntimos colaboradores lo llaman chairman, porque a él así le gusta, el chairman Wang. Un mural de la escuela del viejo realismo socialista, en el que aparece en primer plano el chairman Mao Tsedong, destaca en su oficina de la empresa Xinwei en un parque industrial al norte de Pekín, adornada también con docenas de modelos a escala de aviones caza, plataformas de lanzamiento de cohetes, carros blindados y satélites militares, toda una parafernalia insólita para un médico herbolario que se hizo empresario de telecomunicaciones sin saber nada de teléfonos celulares, según confiesa.

En septiembre de 2012 apareció por primera vez en Nicaragua porque Xinwei había ganado una licitación para establecer una red de telefonía móvil, bajo la patente McWill, con una inversión de 2 mil millones de dólares. No hubo contrincantes, pues la banda de transmisión requerida sólo se usa en China. Los trabajos de la red nunca comenzaron, y la página web de McWill se halla permanentemente bloqueada. En Ucrania aún esperan que Xinwei se haga cargo de la concesión que recibió años atrás. También puede ser una novela de fantasmas la que estoy proponiendo.

Un año después regresó para firmar el tratado Ortega-Wang, que le concede derechos absolutos por un siglo sobre el Gran Canal que promete construir en apenas cinco años, igual que los genios de Las mil y una noches transportan montañas y levantan palacios en un abrir y cerrar de ojos. Esta vez venía acompañado de una vistosa corte, piezas de caza mayor, que causó la admiración de muchos, entre ellos el politólogo Arturo Cruz, ex embajador de Ortega en Washington: “McLarty es una de las principales compañías de cabildeo en Estados Unidos… pero cuando me percato que McKinsey está también trabajando con esta iniciativa... ¡es una firma inmensa!... Todos los que se gradúan en las grandes escuelas de negocios en el mundo quieren trabajar para ellos… Ya estás hablando de McKinsey, de McLarty, y ahora estás hablando también de Kirkland, que hasta hace unos pocos años era el quinto bufete de mayor tamaño en Estados Unidos…”
 
¿Quién está pagando todos estos lujosos servicios? Wang, de su propio bolsillo, según declara humildemente. Porque no se arredra ante la descomunal tarea de partir en dos un país del que hasta hace poco nada había llegado a sus oídos, tan ignoto que, según sus palabras, presenta amplias zonas borrosas en los mapas de Google. Y para hablar de la misión que le ha dado el destino, se desprende de sí mismo en tono mayestático: Los nicaragüenses han tenido este sueño por centenares de años y de pronto aparece un chino y les dice que tiene un plan. Se quedaron sorprendidos. El chino, por supuesto, es él. En Pekín, al enseñar la ruta que seguiría el canal en un mapa, el mapa estaba al revés; al voltearlo, se adivina que se trata de la ruta del río San Juan, fronterizo a Costa Rica.
 
Pero semanas después había cambiado de opinión, y también desde Pekín, su capital imperial, anunció que la ruta sería otra; según parece, la gusta jugar con los crayones de colores para trazar gruesas líneas en el mapa de Nicaragua: desde el puerto de Bluefields en el Caribe, el Gran Canal entraría al Gran Lago para salir hacia el Pacífico, no obstante que 4 mil personas, según sus propias cuentas, seguían trabajando en los estudios de factibilidad.
 
HKND es la compañía propiedad suya, inscrita en el paraíso financiero de Gran Caimán, que recibió del gobierno de Ortega la concesión del Gran Canal. A los pocos días desmentía a su dueño único. La decisión sobre la ruta final se basará en estudios técnicos, ambientales, comerciales, comunitarios y otras investigaciones que se están desarrollando, reza el comunicado. ¿Cómo puede contradecir una empresa a su dueño absoluto?
 
Al asegurar que el Gran Canal era un proyecto serio, Wang afirmó que no quería convertirse en el hazmerreír del mundo, y por tanto no iba a fallar. Pero ya se ha convertido. Hasta aquí la comedia. La tragedia es que este bufón de la ópera de Pekín, es ahora dueño por un largo siglo de la soberanía de Nicaragua, mediante un tratado regalado. O quien esté detrás de su máscara.
FUENTE: LA JORNADA OPINION
 
Blanca, pura y mortífera
Alberto Vela Huerta*
Tenemos primer lugar mundial en obesidad, aunque nos encanta jugar futbol, frontón y muchos deportes más. Trabajamos duro, tenemos mayonesa reducida en grasa, gran cantidad de productos light, retentores y quemadores de grasa, además de supresores del apetito.
 
Ninguno de esos productos y actividades parece funcionar.
La obesidad es uno de los temas motivo de grandes mitos de salud, creados a partir de ideas que parecían lógicas, y que hoy, gracias a una abundante investigación científica seria, sabemos que son erróneas.

Estas ideas equivocadas, obsoletas y hasta peligrosas aún circulan en los consultorios médicos como verdades incuestionables.

Para el tratamiento de la obesidad se ofrecen productos completamente inútiles, e incluso sumamente peligrosos, pero que generan ventas millonarias. Mantener los mitos protege esas ventas, y a ello contribuye una deficiente actualización del conocimiento médico en los consultorios.

Entre esos mitos se supone que las grasas generan más obesidad porque tienen más calorías, y que sabemos cuánto contribuyen los alimentos a la obesidad sólo porque podemos medir la energía (las calorías) que desprenden cuando se queman en un horno.

Tras la digestión, sólo una parte de los nutrientes obtenidos, con sus correspondientes calorías, es absorbida. Ello depende de cuáles alimentos se consumieron, en qué cantidad y del estado metabólico al momento de comerlos.

Ya dentro del organismo, no todos los nutrientes son empleados como combustible para alimentar la llama de la vida, pues el organismo también necesita renovarse y repararse, por tanto, no todas las calorías generan energía ni se acumulan como grasa.

Finalmente, una caloría de grasa, una caloría de proteína y una caloría de carbohidrato son cosas diferentes porque se procesan de manera distinta en el organismo. También existen diferentes tipos de grasa, substancias protéicas y carbohidratos, y cada uno también se procesa de manera diferente en el organismo. Aun teniendo las mismas calorías, una sustancia puede provocar obesidad con mucho mayor poder que otra.

Por otro lado, el gasto de energía, de una persona depende de su estado metabólico y del tipo e intensidad de la actividad.

Por ello, contar calorías en la alimentación es inútil para fines prácticos.

La obesidad proviene del exceso en el consumo de carbohidratos, principalmente los más simples, no por grasa ingerida ni por falta de ejercicio. El carbohidrato de mayor poder para generar obesidad es la fructosa pura y se encuentra en las frutas, en el azúcar de mesa y en el jarabe de maíz de alta fructosa.
 
Estos tres dulces de alto poder para generar obesidad son excesivos en nuestros alimentos, en especial en los industrializados, y nos presentan uno de los casos de calorías de diferente valor para la salud. A igual cantidad de calorías, de entre ellos, la fructosa es el carbohidrato con mayor poder para inducir obesidad.
 
Para fines prácticos, la fructosa es una toxina, un veneno. Afortunadamente no es un veneno agudo y el hígado procesa pequeñas cantidades de fructosa al día, alrededor de 18 gramos.
 
El hígado transforma fructosa de varias maneras y la convierte en: ácido úrico, glucosa, triglicéridos y colesterol de muy baja densidad, y déficit energético.
 
El resultado en términos de salud es: hipertensión, daño renal, diabetes, dislipidemia (grasas que no están en la proporción saludable), obesidad, daño en órganos internos por acumulación de grasa alrededor de ellos, resistencia a la insulina –que provoca esfuerzo excesivo del páncreas–, comer en exceso debido a insensibilidad a la hormona que indica al cerebro que ya comimos suficiente, la leptina; aceleración del envejecimiento por reacción química entre azúcares y proteínas conocida como glicación, inflamación, oxidación, falta de energía y de vitalidad, debilidad del sistema inmune y cáncer.
 
La cantidad de fructosa a la que estamos expuestos por nuestra alimentación puede llegar a ser, en promedio, cerca de 10 veces lo que el hígado puede procesar. Ese exceso es suficiente para generar obesidad, enfermedades crónico-degenerativas y acortar drásticamente la esperanza de vida.
 
En un puesto de tacos, el mayor factor de obesidad no proviene de la grasa abundante en las carnitas, la barbacoa, el suadero o la tripa. Ni siquiera la tortilla es la que más engorda. El mayor generador de obesidad es el refresco y ello se debe a la bioquímica del hígado.
 
El pilar central para regresar al peso adecuado es eliminar de la alimentación el exceso en azúcar de mesa, jarabe de maíz de alta fructosa y fructosa.
Se debe revisar la lista de ingredientes de lo que comemos.
La mala noticia: cuesta mucho trabajo dejar los dulces, ya que tienen propiedades adictivas comparables a las de la cocaína.
Fuentes:
1. Sugar: the bitter truth - UCTV - University of California Television - Dr. Robert Lustig... www.uctv.tv/shows/Sugar-The-Bitter-Truth-16717
2. Is sugar toxic?, 60 Minutes on CBS News: Is sugar toxic? - Dr. Sanjay Gupta reports... www.cbsnews.com/video/watch/?id=7403942n
*Ingeniero bioquímico.
FUENTE: LA JORNADA OPINION

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