Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

domingo, 4 de agosto de 2013

Bajo la Lupa- Brasil: retrato de una mujer traicionada- EU: el cierre de embajadas y su contexto

Bajo la Lupa
Chatham House, de Gran Bretaña, amenaza con inminente desplome del precio del petróleo
Alfredo Jalife-Rahme
Foto
La plataforma marina Gilda frente a la costa de Ventura, California, en Estados Unidos
Foto Ap
 
Tiempos de incertidumbre planean en el mundo del petróleo: desde las brutales exigencias perentorias de Estados Unidos y Gran Bretaña para privatizar Pemex (ver Bajo la Lupa, 31/7/13) hasta la sectaria descomposición del gran Medio Oriente, donde pesa enormemente el factor Arabia Saudita, en que llamó la atención la sorprendente declaración del multimillonario príncipe saudita Alwaleed bin Talal, sobrino del rey Abdalá, quien adopta la teoría de la tecnología fracking del shale gas ( Financial Times, 29/7/13).
Al unísono, el analista Philip Verleger anuncia El fin de la crisis del petróleo debido al auge del shale gas (gas esquisto/lutitas) en 2020 (invierno 2013, The International Economy).
 
Después de que el petróleo alcanzó un superpico de 150 dólares el barril y durante el mes de julio elevó su cotización 10 por ciento ( MarketWatch, 31/7/13), para situarse arriba de 100 dólares, sonaría descabellado que alguien se atreva a imaginar siquiera un choque petrolero, como esboza Paul Stevens, becario del think tank británico Chatham House ( Financial Times, 25/7/13).
 
Chatham House, donde despacharon tres primeros ministros de Gran Bretaña, es considerado el segundo think tank más influyente del mundo, detrás de Brookings Institution (EU), según el ranking de la Universidad de Pennsylvania (2012).
 
Su director, Robin Niblett, fue antes director ejecutivo del omnipotente think tank CSIS, donde despachan Kissinger y Brzezinski. El famoso historiador británico Arnold J. Toynbee fue también director de Chatham House.
 
Se han intensificado las advertencias catastrofistas sobre un desplome del precio del petróleo para colocarse entre 35 y 60 dólares el barril (Steve Levine, Foreign Policy, 20/6/12) y a las que se ha sumado Alexie Kudrin, anterior ministro de Finanzas de Rusia ( Ria Novosti, 4/3/13).
 
Un ex ministro ecuatoriano, a su paso por México el año pasado, confesó los mismos temores sobre un deliberado desplome del oro negro.
 
Ante el yunque de la reforma energética Peña/Videgaray/Aspe y el martillo del choque petrolero, resulta de actualidad que la tesis de Luis Videgarary en el MIT, bajo el padrinazgo del latinófobo Rudiger Dornbusch (aliado de Pedro Aspe), haya sido La respuesta fiscal a los choques petroleros (junio 1998).
 
Paul Stevens amenaza que el mundo se podría estar dirigiendo a un choque del precio del petróleo.
 
Considera que existen dos nuevas dimensiones en los mercados internacionales del petróleo y que están sembrando las semillas de un choque del precio: 1) las consecuencias del levantamiento árabe de 2011, y 2) “el desarrollo y aplicación de la tecnología fracking del shale gas”.
 
Llama la atención su segunda semilla, ya que hace tres años el mismo Paul Stevens alertó sobre la escasez de la producción del petróleo (Chatham House, septiembre 2010). De su anterior pesimismo –con sendos ar­tículos sobre la carestía del abasto (Chatham House, agosto 2008) y las turbulencias de los oleoductos como fuente de conflicto (Chatham House, marzo 2009)–, resulta que ahora ha dado un giro acrobáticamente espectacular.
 
Hoy Paul Stevens aduce que los países productores de la OPEP del Medio Oriente necesitan mayores ingresos para pagar las políticas sociales (¡supersic!) que calmarán el levantamiento popular, lo cual requiere mayores precios del oro negro, como es el caso de Arabia Saudita, que necesita una cifra de 95 dólares para equilibrar su presupuesto.
 
Juzga que los altos precios “producirán respuestas del mercado y aquí es donde aparece la tecnología shale de costo relativamente alto que ha llevado a un aumento dramático en la producción del petróleo, mayormente en Estados Unidos”. Se basa en la multicitada Revisión de las Estadísticas del Mundo Energético de la depredadora BP, que exhibe cómo en 2012 Estados Unidos tuvo el mayor aumento en su producción de petróleo.
 
Alega que los altos precios llevarán a la destrucción de la demanda del petróleo cuyo impacto será resentido en el Medio Oriente, India y China (a quienes les aplica el acrónimo de MIC). Se equivoca: India y China, importadores netos de petróleo, se beneficiarían con un precio bajo que afectaría a Rusia y a la OPEP (y a México).
 
Cita a la muy mendaz Agencia Internacional de Energía (IEA, por sus siglas en inglés), según la cual los MIC tendrán 68 por ciento de incremento en la demanda del crudo fuera de la OCDE entre 2011 y 2035.
 
Arguye que la presente situación es muy reminiscente del periodo 1981-1986, que culminó en el dramático colapso del precio del petróleo de 1986.
 
Aquí Paul Stevens se salta la histórica connivencia entre Arabia Saudita y Estados Unidos para desplomar el precio y perjudicar a la URSS, lo cual tuvo como consecuencia tres años más tarde, en su retirada de Afganistán y la caída del Muro de Berlín y, dos años después, en la disolución soviética (Thomas Friedman, The New York Times, 5/11/04).
 
El abordaje unifactorial mercantilista de Paul Stevens es muy endeble: elude el gran juego y las estratagemas que operan tras bambalinas en el mundo geoestratégico de los hidrocarburos en los siglos XX y XXI.
 
Paul Stevens comenta que desde 2002 los precios del oro negro se han incrementado desde 20 dólares a más de 100 dólares el barril. De nuevo el defecto geopolítico de Paul Stevens, quien esquiva que fue en la primavera de 2004, cuando se supo que ni Estados Unidos ni Gran Bretaña podrían controlar los hidrocarburos de Irak, que el precio inició su ascenso irresistible, a la par del oro.
 
Equipara la presente situación con 1986 y concede el mayor peso específico a la decisión de Arabia Saudita, quien ha sido capaz de acumular su colchón financiero.
 
Admite que en el seno de la OPEP, que enfrenta divisiones extrasectarias, el papel de Arabia Saudita será determinante, aunque existen diferencias notables que complican la historia, ya que en aquel entonces no existía la bursatilización con el papel petróleo para comerciar a futuro. Asimismo, el nuevo abasto de hoy tiene una diferente estructura de costos y responde más rápido a los precios bajos.
 
Cuenta también la retroalimentación negativa: una caída abrupta del precio puede llevar a mayores revueltas en los países productores de crudo, lo cual estimularía los mercados y cuyo resultado sería una enorme volatilidad, lo cual presionaría a regular el mercado del papel del petróleo (nota: existen 500 barriles de papel financiero por cada barril tangible).
 
Al final, Paul Stevens se pronuncia por la brusca volatilidad en los mercados.
 
A mi juicio, hay que tener la mira bien puesta en todo lo que suceda en Arabia Saudita, donde se encuentra la clave geopolítica: reflejo de la nueva correlación de fuerzas en el Golfo Pérsico, donde tampoco hay que soslayar las jugadas estratégicas de Irán ni perder de vista a Rusia, la máxima productora de gas natural del mundo y una de las tres potencias geoestratégicas con Estados Unidos y China. Estados Unidos ya no juega solo en el nuevo orden multipolar.
 
Peor aún: a Paul Stevens, de proclividad unipolar, se le pasa por alto que hoy 90 por ciento de las reservas mundiales están bajo control de las empresas petroleras nacionales (¡supersic!) –El crepúsculo de las trasnacionales petroleras, The Economist, 3/8/13)–, lo cual advertí hace cinco años en el Senado mexicano.
Twitter: @AlfredoJalife
Facebook: AlfredoJalife
FUENTE: LA JORNADA OPINION
 
Brasil: retrato de una mujer traicionada

Eric Nepomuceno
Hace unos días, la presidenta Dilma Rousseff ordenó liberar de forma inmediata poco menos de mil millones de dólares para atender las enmiendas parlamentarias al presupuesto anual. Anunció, además, que en septiembre serán liberados otros dos mil millones de dólares. Esa montaña de dinero será empleada por los señores legisladores para atender intereses parroquiales de sus feudos electorales. En Brasil el presupuesto nacional, una vez aprobado por el Congreso, autoriza al Poder Ejecutivo a gastar, es decir, señala de cuánto puede disponer el gobierno a lo largo del año, promoviendo cortes o ajustes. Impone un tope, y nada más. No obliga al gobierno a cumplir lo que ha sido propuesto por él y aprobado por los parlamentarios. Es parte del juego. De la misma forma, es parte del ritual que en el Congreso la propuesta original sufra un sinfín de enmiendas. Ya la liberación de recursos para atender la demanda de diputados y senadores depende del Ejecutivo, en un ciclo vicioso de presiones y contrapresiones.
 
Al liberar, a estas alturas del año, miles de millones de reales para satisfacer a los parlamentarios, Dilma Rousseff hace un nuevo intento por mejorar las cada vez peores relaciones con su base aliada, que abarca 10 partidos de los más diversos orígenes, y sin otro compromiso visible que la voluntad de ocupar espacios de poder, con sus consecuentes prebendas. Encabezada por el PT de Lula y Dilma, esa alianza creada para asegurar la llamada gobernabilidad tiene un costo cada vez más elevado, y no sólo en términos presupuestarios. También en términos políticos aliarse a grupos tan diversificados, tan variopintos, tiene un precio muy alto.
Dilma Rousseff, y tal como antes le ocurrió a Lula, parece resignada a esa circunstancia. Hay, sin embargo, diferencias cruciales. Primero: Lula tiene un carisma incomparable, mientras que el de Dilma, si existe, todavía no se deja ver. Segundo: Lula es un negociador hábil y la cintura política de Dilma es de piedra. Tercero: nunca, desde que en enero de 2003 el PT llegó al poder, el apoyo en el Congreso ha sido tan bajo y el precio tan alto. Ni siquiera en 2005, cuando se dio el estallido del escándalo del mensalão (sobornos a legisladores) –que casi le costó a Lula da Silva la relección al año siguiente– el índice de lealtad de los aliados fue tan bajo, especialmente en la Cámara de Diputados.

Luego de la oleada de manifestaciones de protesta que asolaron el país en junio, parece obvio que la semana que viene, cuando se levante el receso parlamentario, el escenario se haga todavía más turbio.
 
La constatación de la fuerte pérdida de popularidad de la presidenta luego de los sucesos del mes pasado –fenómeno igual ocurrió con todos los gobernadores estaduales sin excepción– también contribuye para que se agudice el apetito voraz de los aliados de ocasión.
 
Ahora insinúan retirar su respaldo a la relección. Hace tres meses disputaban quién le presentaba a Dilma los más contundentes juramentos de amor eterno. Reivindican más diálogo con el Poder Ejecutivo, o sea, quieren más puestos, más presupuesto.
 
Desde enero, el apoyo al gobierno en la Cámara de Diputados se desplomó a niveles inauditos. El principal aliado, el PMDB, apoyó al gobierno en solamente 56.06 por ciento de las votaciones, el más bajo índice desde que adhirió formalmente a un gobierno encabezado por el PT en 2007, todavía con Lula. Es menos de cuando no integraba la alianza del gobierno (2003-2006) y se declaraba independiente. Incluso, el pequeño PSOL, que desde la izquierda es dura oposición a Dilma, ha sido más positivo: apoyó 56.14 por ciento de los proyectos del gobierno.
 
Otros dos aliados, el PSB y el PP, aprobaron, respectivamente, 64.79 y 63.85 por ciento de las propuestas que Dilma envió al Congreso. Lo más curioso es que el mismo PT de Dilma, que tiene el mayor número de diputados, retrocedió entre 2011 (primer año de su gobierno), y el primer semestre de 2013 de 95.19 por ciento a 92.15 de apoyo efectivo.
 
Todos los partidos de la base aliada han sido tenidos en cuenta para otorgarles ministerios, secretarías nacionales con rango ministerial o puestos clave en entes autárquicos y direcciones nacionales.
 
Vale destacar que el balance de la lealtad –o de su falta– tuvo como foco central las votaciones de todo el primer semestre, o sea, no está vinculado directamente a la oleada de protestas que desgastaron fuertemente al gobierno. Al contrario: menos de 10 por ciento de las votaciones en el Congreso ocurrieron después de la marea de manifestaciones callejeras.
 
Para este segundo semestre está previsto en el Congreso el análisis de temas cruciales para Dilma. De persistir ese clima francamente antagónico entre los partidos aliados y el gobierno, la tensión seguramente alcanzará niveles aún más elevados.
 
Es sabido que de muchas traiciones también está hecho el juego político. Lo que se ve en Brasil, en todo caso, es un claro ejemplo de hasta qué punto el bicho humano puede esmerarse por traicionar cada vez más.
FUENTE: LA JORNADA OPINION
 
EU: el cierre de embajadas y su contexto


Un día después de que Estados Unidos advirtiera a sus ciudadanos sobre el peligro de viajar a Medio Oriente y el norte de África y ordenara el cierre de una veintena de sus embajadas y consulados en esas regiones –medida que fue secundada por Francia, Gran Bretaña y Alemania–, la policía internacional (Interpol) emitió una alerta mundial sobre la posibilidad de ataques terroristas contra objetivos occidentales.
 
La reactivación del temor y paranoia estadunidense y occidental tiene como componente coyuntural la reciente fuga de cientos de presos –muchos de ellos acusados de terrorismo– de prisiones en Irak, Libia y Pakistán, con el presumible apoyo de la organización Al Qaeda. No obstante, en las expresiones de encono antiestadunidense que se extienden en países y regiones como los mencionados convergen factores mucho más profundos y diversos.
El primero es la persistencia de una política exterior agresiva, injerencista, belicista y depredadora de Washington, que se acentuó durante los gobiernos de George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre de 2001: luego de esos hechos, y con el pretexto de hacer justicia para las víctimas, el político texano embarcó a su país en una aventura bélica que se saldó con la devastación de dos naciones –Irak y Afganistán– y con una multiplicación de la inseguridad y las violaciones a los derechos humanos en el mundo. La misma política se mantuvo en Pakistán, ante la sospecha de que Al Qaeda –la organización a la que se adjudican los ataques del 11-S– operaba al norte de ese territorio, y recientemente se reprodujo en Libia, con el supuesto fin de liberar a ese país del régimen de Muammar Kadafi.

El resultado invariable de esa política no ha sido la pacificación de las naciones invadidas y devastadas, sino la multiplicación y perpetuación de la violencia y la profundización de los sentimientos antiestadunidenses y antioccidentales en poblaciones y regiones enteras.
 
A lo anterior debe sumarse la doble moral común del gobierno de Washington en su trato hacia los diversos fundamentalismos. En contraste con la persecución y la cruzada emprendida por la Casa Blanca contra el integrismo islámico, ese gobierno se ha caracterizado por su benevolencia hacia quienes mantienen una amplia influencia en el diseño y aplicación de la política belicista de Israel.
 
Por otra parte, la proliferación y operación de organizaciones fundamentalistas islámicas, como las que supuestamente estarían amenazando objetivos estadunidenses y occidentales, no es sino consecuencia del colapso de alternativas políticas institucionales –sean laicas o confesionales– como las que representaron en su momento el partido panarabista Baaz, los regímenes surgidos de los procesos de liberación nacional de los años 60 y 70 del siglo pasado y recientemente la Hermandad Musulmana en Egipto, la cual, tras acceder al poder mediante un proceso democrático, fue derrocada por la vía de un golpe de Estado recientemente calificado por Washington como restauración de la democracia. Ese colapso se explica tanto por la acción de movimientos locales de descontento, como por la intromisión diplomática y militar de Estados Unidos.
 
Las agresiones contra embajadas estadunidenses o de cualquier otro país son condenables e indeseables por cuanto atentan contra la inmunidad de las representaciones diplomáticas en el mundo y se erigen, en consecuencia, en un factor de peligro para el de por sí frágil orden internacional. No obstante, por elemental congruencia, a la par de medidas preventivas como las comentadas, Washington y sus aliados tendrían que corregir las actitudes e inercias que han derivado en la configuración de ese clima de constante amenaza y violencia.
FUENTE: LA JORNADA OPINION

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