Descontento social e impunidad
Por: Jaqueline Sáenz Andujo - mayo 13 de 2013 - 0:01FUNDAR en Sinembargo, LOS ESPECIALISTAS - 1 comentario
Hace unos días atendí a una clase de derechos humanos en una universidad de la Ciudad de México. En la sala estaba reunido un grupo plural compuesto por activistas de distintas nacionalidades, militares y personas pertenecientes a pueblos indígenas. Todos escuchábamos con atención la exposición de un alumno que nos presentaba el Caso de Ayotzinapa, Guerrero, donde estudiantes de la Normal Rural Isidro Burgos se manifestaban para exigir mejores condiciones de estudio y oportunidades de trabajo. Recordemos que durante estos hechos, agentes ministeriales asesinaron a los estudiantes Jorge Alexis Herrera Pino y Gabriel Echeverría de Jesús mientras reprimían violentamente la protesta. Las graves violaciones a los derechos humanos que ahí se cometieron fueron documentadas por la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH).
Las reflexiones no se hicieron esperar por parte del auditorio. Una de las asistentes a la clase afirmó: “no hemos aprendido nada en todos estos años, pues los hechos se vuelven a repetir”. Y es cierto, la represión estatal está instalada en el sistema y parece que los gobiernos no conocen formas democráticas de operar frente a la insatisfacción social.
Los puntos de vista sobre la protesta social y el uso de la fuerza siempre generan disensos. En el caso de Ayotzinapa existieron evidencias suficientes que fueron los agentes quienes se excedieron en el uso de la fuerza y obstruyeron el derecho legítimo a la asociación, la libertad de expresión y la manifestación de estudiantes, maestras, mujeres y campesinos.
La represión a la protesta social envía un mensaje no sólo a las personas que se manifiestan, sino a la sociedad en su conjunto, sobre lo que ocurre con quienes demandan sus derechos y se oponen al poder. La represión, además, se configura como un castigo ejemplar que pretende sembrar el miedo en la gente y desarticular los movimientos sociales y políticos. No obstante, para que pueda operar es necesario contar con cuerpos de seguridad que se alinean a las necesidades de los gobernantes a cambio, por supuesto, de un pacto de impunidad en donde los represores no serán castigados. Ejemplos sobran donde a los funcionarios se les “premia por su servicio al gobierno”.
En días pasados, dos casos se convirtieron en emblemáticos debido a la gravedad y brutalidad de la fuerza utilizada, nos muestran que esta afirmación no es aventurada sino una realidad. Por un lado, dentro del Caso Ayotzinapa, fueron liberados dos elementos de la Policía Ministerial de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero, acusados del homicidio de dos estudiantes ya que, aparentemente, las pruebas fueron deficientes para imputar esa responsabilidad. Esto, a pesar de que la misma Procuraduría acusaba a dos de sus elementos, por lo que los círculos de impunidad resultan clarísimos. Frente a este acontecimiento, un gran número de organizaciones se pronunciaron al respecto e hicieron un llamado al gobernador a fin de que los hechos no quedaran impunes.
Por otra parte, se conmemoraron siete años de la represión que se vivió en Atenco. En ese sentido, las once mujeres denunciantes de la tortura sexual utilizada por las policías como forma de castigar y reprimir la protesta, evidenciaron la simulación que se vive en el proceso penal donde sólo dos policías están siendo supuestamente enjuiciados —a pesar que en el operativo del 3 y 4 de mayo de 2006 en Texcoco y San Salvador Atenco participaron más de 2,500 agentes de las fuerzas de seguridad—. En los hechos, la investigación y la generación de pruebas parece encaminarse hacia las mujeres que son citadas para volver a declarar, practicarles el Protocolo de Estambul y carearse con sus agresores.
Esto confirma la ausencia de voluntad política para sancionar a los represores, la revictimización que sufren las mujeres a lo largo de los procesos penales y la falta de acceso a la justicia en casos de violencia contra las mujeres; violencia que se perpetúa y se institucionaliza como un continuum de la represión hacia ellas. Muchos de los funcionarios que permitieron el operativo del 2006 continúan en escena con más poder y mejores puestos.
Queda preguntarnos cómo los gobiernos van a continuar haciendo frente al descontento social. La protesta social es un derecho ciudadano, un medio para manifestar y expresar opiniones e ideas, pero también para evidenciar públicamente las problemáticas que afectan distintos ámbitos. Si las autoridades de todos los niveles continúan avalando el uso de la fuerza para reprimir el descontento social, dejarán de atender el fondo de las demandas ciudadanas. No alcanzan a comprender que son las responsables de canalizar y resolver estas demandas para evitar que hechos violentos, como los de Ayotzinapa, vuelvan a repetirse.
El futuro de #YoSoy132
En el primer aniversario, los estudiantes hacen balance: “Seguimos siendo los protagonistas de nuestra historia. De la que escribimos este año y de la que somos herederos”.
En el retorno del autoritarismo estilo PRI, la criminalización de la protesta, la persecución contra los defensores de derechos humanos, la represión de los movimientos sociales, son acciones cotidianas del Estado más autoritario.
La necesidad de un movimiento como el #YoSoy132 es incuestionable. La fuerza vital de los estudiantes de la Universidad Iberoamericana, la UNAM, el ITAM, la del Valle de México, la Autónoma de la Ciudad de México, la Autónoma Metropolitana, el Instituto Tecnológico Autónomo de México y otras casas de estudio, sigue representando la gran esperanza de este país.
Para algunos, la fuerza del #YoSoy132 se debilitó poco a poco por su falta de cohesión y objetivos claros frente a las formas de lucha social. Los estudiantes que se organizaron contra el status quo, en algunos casos, cayeron en errores desafortunados.
En su declaratoria inicial aquel 23 de mayo dejaron claros dos puntos: “Primero: Somos un movimiento ajeno a cualquier postura partidista y constituido por ciudadanos. Nuestros deseos y exigencias se centran en la defensa de la libertad de expresión y el derecho a la información de los mexicanos. Segundo: #YoSoy132 es un movimiento incluyente que no representa a una sola universidad. Su representación depende únicamente de las personas que se suman a esta causa y que se articulan a través de los comités universitarios”.
Con el paso de los meses, fueron ligados de manera inevitable a la izquierda. Si el movimiento combatía al candidato priista a la Presidencia, mientras la derecha del Partido Acción Nacional agonizaba, era obvio que se le identificara con el PRD o el candidato de la izquierda Andrés Manuel López Obrador.
Sin embargo, #YoSoy132 siempre dejó claro que era apartidista. Y es un elemento que sigue reivindicando en su aniversario porque dicen ninguno de los partidos políticos de México los representan: “Hoy están desaparecidos de la lucha por otras formas de hacer política”.
Por eso insisto en la pregunta: ¿Los principios del movimiento #YoSoy132 siguen vigentes? Ciertamente los partidos políticos siguen defraudando las luchas sociales más apremiantes. Situados en el confort del Pacto Por México, finalmente el PRI cooptó las conciencias de la oposición y atomizó al PRD y PAN. Ahora todos son lo mismo.
En su posicionamiento por su primer aniversario, el movimiento que convocó a más de 350 estudiantes en la Estela de Luz fue claro: “Hoy, cuando el PRI y el autoritarismo avanzan, cuando la represión se cierne sobre los movimientos sociales, nos encontramos nuevamente donde empezó todo”.
El repudio a la “dictadura mediática” del 132 fue contundente con históricas manifestaciones frente a Televisa. Protestas que exhibieron la censura y manipulación informativa de sus noticieros.
Sin embargo, el duopolio televisivo intentó engullir el movimiento de muy diversas formas. Primero, invitando a sus líderes a sendas entrevistas en horario estelar y luego “comprando” al famoso Antonio Attolini, ex vocero y una de las caras más visibles del movimiento.
El mercenario Atollini finalmente fue consumido por el monstruo que combatía, aunque su argumento fue precisamente que lucharía contra el monstruo desde adentro. Mentira, el joven esbirro pasó a ser uno comunicador corrompido y corruptor desde su inefable programa “Sin Filtro”, transmitido por ForoTV, propiedad de la empresa de Emilio Azcárraga Jean.
Bajo la premisa “divide y vencerás”, la dictadura mediática logró debilitar al movimiento, aunque ellos insistieron desde las redes sociales: “Repetimos: #YoSoy132 no tiene líderes para evitar que la incongruencia de una persona afecte a todos. @AntonioAttolini, oportunista, vendido”.
En la memoria colectiva de su primer año, el 132 logró mantener el cerco a Televisa, la vigencia importantísima de la protesta juvenil, su participación fundamental en la contienda electoral y los debates con los candidatos presidenciales; sin olvidar la represión del Estado el 1 de diciembre con las 14 detenciones.
A pesar de todo, #YoSoy132 sigue con sus principios convocados desde el principio. A pesar de sus retrocesos y avances; de su debilitamiento y sus divisiones, el movimiento sigue más vigente que nunca. Son, como dijo Alberto Patishtán, “la fuerza de los débiles”.
“Motivos no faltan para luchar, nuestra misión es triunfar, pero ya estamos caminando para bien del pueblo. No se desesperen, utilicen su miedo para ser más fuertes y no caigan en las trampas del sistema opresor”, escribió el profesor tzotzil ilegalmente preso.
Frente a las injusticias del régimen priista sólo queda la resistencia social. Frente al colapso del sistema político mexicano, la persistencia de la protesta es vital. Frente al autoritarismo desde Los Pinos, la lucha pasa por el combate pacífico contra el opresor. Frente a un gobierno indolente y déspota, la respuesta es un grito de rebeldía.
Y el #YoSoy132 sigue siendo aire fresco, potencia renovadora, vitalidad urgente para nutrir la revolución de las conciencias que requiere México. Los estudiantes con su vigor y compromiso social pueden lograr ese nuevo mundo por el que luchan los indignados del último rincón de la tierra.
Como bien ha dicho el 132, “México no tiene presidente, tiene ciudadanía”. Ahora más que nunca, ser estudiante significa ser agente de cambio. Ser ciudadano tiene un mayor estatus que ser inquilino de Los Pinos y una mayor responsabilidad: modificar el rumbo de la historia democrática de México.

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