Riesgos de una gran explosión social
La autodefensa ciudadana. A la alza.
Foto: Octavio Nava
Foto: Octavio Nava
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Siempre que los gobiernos mexicanos se han aliado clara y abiertamente con el gran capital han generado explosiones sociales de distintas magnitudes y características, pero siempre con costo de vidas humanas e inestabilidad política y social. En los sesenta y los setenta provocaron el movimiento estudiantil del 68 y la irrupción de los grupos guerrilleros, primero rurales y posteriormente también urbanos; en los noventa, el surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Los impactos de todos estos movimientos en la construcción de las instituciones políticas mexicanas no han sido menores. Todos reconocen que el inicio del proceso de liberalización política, con la reforma electoral de 1977, tuvo entre otras de sus motivaciones el abrir cauces legales para que las inconformidades de los guerrilleros pudieran expresarse por estas vías; tampoco puede escatimarse la influencia que el alzamiento zapatista tuvo en las reformas electorales de 1994 y 1996.
Los últimos meses del gobierno panista de Felipe Calderón y los primeros del priista Enrique Peña Nieto están claramente marcados por el esfuerzo de reactivar las llamadas reformas estructurales, que básicamente implican alinear la legislación mexicana a los requerimientos del neoliberalismo imperante desde principios de los ochenta y que en México encontró en Carlos Salinas de Gortari su gran impulsor.
El error de diciembre de 1994 y la crisis económica que ello provocó, primero, y posteriormente la pérdida de la mayoría priista en el Congreso y la alternancia partidista en la Presidencia postergaron la aplicación de las más importantes durante casi 20 años, pero no han hecho desistir a sus promotores. Y los resultados electorales del 1 de julio de 2012 y el reparto de curules en el Congreso de la Unión les permitieron impulsarlas nuevamente; el mejor ejemplo de ello es la reforma laboral aprobada todavía antes del cambio de gobierno.
A esta reforma se sumaron, ya como producto del Pacto por México, la reforma educativa y la de telecomunicaciones; pero se anticipan, entre otras, la energética y la hacendaria, que también pueden tener una orientación muy similar a la laboral y responder a los requerimientos de los organismos financieros internacionales.
Los opositores a las reformas son numerosos y diversos y se han hecho presentes en distintos escenarios y por distintas vías; particularmente se hicieron presentes en las manifestaciones con motivo del 1 de mayo. Pero también ha habido acciones violentas en diversas entidades del país, particularmente en Guerrero, Michoacán y el Distrito Federal; es muy sintomático que estos eventos se desarrollen en dos de las entidades más pobres de México y obligan a una reflexión más profunda antes de pensar que la vía para enfrentar los desmanes es simple y únicamente la aplicación de la justicia penal.
Por lo pronto en el caso de Guerrero la policía ya detuvo a cuatro maestros integrantes de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero y los acusó de los delitos de sedición, motín, terrorismo y daños. Centrar la respuesta en la criminalización de los opositores y exagerar los delitos cometidos contribuye a exacerbar los ánimos y eventualmente puede contribuir al surgimiento de irrupciones sociales.
Y las consecuencias de éstas pueden ser mayores que en el pasado por las actuales condiciones del país. Basta ubicar que el número y el tipo de las armas que hoy se encuentran en México es muy superior al que existía en los momentos previos, la existencia de las llamadas policías comunitarias armadas en varias de las entidades federativas (Guerrero, Michoacán, Oaxaca y el Estado de México, entre las ya conocidas) y desde luego la presencia y extensión de los grupos de la delincuencia organizada, particularmente los cárteles de la droga, que bien pueden buscar alianzas con la guerrilla como ya ha sucedido en países sudamericanos.
Los impactos de todos estos movimientos en la construcción de las instituciones políticas mexicanas no han sido menores. Todos reconocen que el inicio del proceso de liberalización política, con la reforma electoral de 1977, tuvo entre otras de sus motivaciones el abrir cauces legales para que las inconformidades de los guerrilleros pudieran expresarse por estas vías; tampoco puede escatimarse la influencia que el alzamiento zapatista tuvo en las reformas electorales de 1994 y 1996.
Los últimos meses del gobierno panista de Felipe Calderón y los primeros del priista Enrique Peña Nieto están claramente marcados por el esfuerzo de reactivar las llamadas reformas estructurales, que básicamente implican alinear la legislación mexicana a los requerimientos del neoliberalismo imperante desde principios de los ochenta y que en México encontró en Carlos Salinas de Gortari su gran impulsor.
El error de diciembre de 1994 y la crisis económica que ello provocó, primero, y posteriormente la pérdida de la mayoría priista en el Congreso y la alternancia partidista en la Presidencia postergaron la aplicación de las más importantes durante casi 20 años, pero no han hecho desistir a sus promotores. Y los resultados electorales del 1 de julio de 2012 y el reparto de curules en el Congreso de la Unión les permitieron impulsarlas nuevamente; el mejor ejemplo de ello es la reforma laboral aprobada todavía antes del cambio de gobierno.
A esta reforma se sumaron, ya como producto del Pacto por México, la reforma educativa y la de telecomunicaciones; pero se anticipan, entre otras, la energética y la hacendaria, que también pueden tener una orientación muy similar a la laboral y responder a los requerimientos de los organismos financieros internacionales.
Los opositores a las reformas son numerosos y diversos y se han hecho presentes en distintos escenarios y por distintas vías; particularmente se hicieron presentes en las manifestaciones con motivo del 1 de mayo. Pero también ha habido acciones violentas en diversas entidades del país, particularmente en Guerrero, Michoacán y el Distrito Federal; es muy sintomático que estos eventos se desarrollen en dos de las entidades más pobres de México y obligan a una reflexión más profunda antes de pensar que la vía para enfrentar los desmanes es simple y únicamente la aplicación de la justicia penal.
Por lo pronto en el caso de Guerrero la policía ya detuvo a cuatro maestros integrantes de la Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero y los acusó de los delitos de sedición, motín, terrorismo y daños. Centrar la respuesta en la criminalización de los opositores y exagerar los delitos cometidos contribuye a exacerbar los ánimos y eventualmente puede contribuir al surgimiento de irrupciones sociales.
Y las consecuencias de éstas pueden ser mayores que en el pasado por las actuales condiciones del país. Basta ubicar que el número y el tipo de las armas que hoy se encuentran en México es muy superior al que existía en los momentos previos, la existencia de las llamadas policías comunitarias armadas en varias de las entidades federativas (Guerrero, Michoacán, Oaxaca y el Estado de México, entre las ya conocidas) y desde luego la presencia y extensión de los grupos de la delincuencia organizada, particularmente los cárteles de la droga, que bien pueden buscar alianzas con la guerrilla como ya ha sucedido en países sudamericanos.
UNAM: ¿anarquía o nihilismo?
Los activistas que tomaron la Rectoría.
Foto: Eduardo Miranda
Foto: Eduardo Miranda
MÉXICO, D.F. (Proceso).- No sé en qué condiciones se encuentre el conflicto de la toma de la Rectoría de la UNAM cuando este artículo esté circulando. No sé tampoco si las demandas, bastante confusas, de quienes la han ocupado sean legítimas. Son, en todo caso, al igual que el conflicto magisterial en Guerrero, otros tantos síntomas del dolor de la nación y de la lejanía del Estado frente a la realidad del país.
El problema, sin embargo, no está en el dolor de una ciudadanía que día con día va siendo excluida por un Estado que ha decidido arrodillarse ante los capitales legales e ilegales. No está tampoco en su protesta –todo dolor tiene que decirse, que mostrarse y buscar alivio– sino en la incapacidad de esos grupos para darle sentido y claridad a ese dolor y encontrar el remedio que exige.
La muestra de esa confusión está en la filiación a la que dicen pertenecer: el anarquismo. ¿Son anarquistas? La palabra misma, a fuerza de tomar muchas formas a lo largo de la historia, es ya en sí misma confusa. Sin embargo hay algo que puede permitirnos distinguir el anarquismo de lo que Turgeniev llamó “nihilismo” –de nihil, nada–. El anarquismo viene del griego anarkhia, ausencia de autoridad. Sin embargo, desde los más remotos anarquistas, como Lao-Tse y Zenón de Citio, hasta Albert Camus, pasando por Godwin, Thoreau, Proudhom y Gandhi, la ausencia de autoridad sólo es posible si existe una profunda fuerza moral en los individuos que forman el común. En este sentido, todo verdadero anarquista está en íntima relación con el orden ético. Si viola la ley, si se opone a la autoridad o la desafía es porque la autoridad ha violentado la ética en la vida de la ciudad. Su fuerza, por lo tanto, no radica en la violencia ni en la destrucción sino en la profundidad de su conciencia ética y en un accionar cuyos medios estén en consonancia con ella.
Un verdadero anarquista es en este sentido paciente, dialogante, claro, creativo, perentorio; alguien que conoce los límites, que practica la mesura –el rostro de un gobierno sin Estado–, que quiere el equilibrio y se rehúsa a cualquier fanatismo. Si desobedece lo hace, como lo mostraron Thoreau y Gandhi, desde una ética impecable que asume desde esa impecabilidad la consecuencia de sus actos sin dejar lugar al resentimiento. En esta relación estrecha entre acción y ética, la presencia de un anarquista es ya en sí misma un desafío al autoritarismo y a la violencia. El nihilista, por el contrario, aunque tiene fuertes elementos anarquistas, se niega a sostenerse en la ética. Turgeniev lo definió en su novela Padres e hijos –la lucha de los estudiantes rusos de mediados del siglo XIX desilusionados por los lentos avances del reformismo–: “Nihilista es quien no se inclina ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como artículo de fe”. Alguien que niega radicalmente, que clama una reivindicación de todo y, por lo mismo, termina por reivindicar nada.
Los muchachos que tomaron la Rectoría rompiendo vidrios y exigiendo la reinstalación de quienes en el CCH habían delinquido –al igual que los maestros que en Guerrero incendiaron la Contraloría y las sedes de los partidos– son, en este sentido, nihilistas. Su dolor, incuestionable, les ha hecho perder bajo el peso del resentimiento los contornos de una lucha libertaria. Detrás de su violencia, de su absurda exigencia de reinstalar en un CCH a quienes son la expresión contraria de la cultura y la civilidad, y de la confusión de sus demandas, no hay un pensamiento anarquista ni un orden libertario sino la intoxicación maniquea del peor Bakunin, el nihilista para quien la historia se rige sólo por dos principios: el Estado y la revolución social sea cual sea y sea como sea. Al igual que él, los muchachos que tomaron la Rectoría parecen revindicar a los delincuentes del CCH porque semejantes a Razin y Purgatchev (líderes de los cosacos del Don) y héroes de Bakunin, se violentaron sin doctrina ni principios en busca de “un mundo nuevo sin leyes y en consecuencia libre”.
¿Pero un mundo sin ley es un mundo libre? Sabemos que no. Si no está conformado por una ética, como la de los verdaderos anarquistas, es el del crimen, la violencia, la intolerancia y el desprecio que quieren combatir. Razin y Purgatchev no sólo construyeron de manera improvisada una burocracia civil y militar semejante a la de Catalina la Grande, sino que prefiguraron a Stalin y justificaron la represión del Estado. La reivindicación de una libertad total termina en la destrucción y el autoritarismo. Es la sombra del poder.
Los muchachos que tomaron la Rectoría y los profesores que incendiaron instalaciones en Guerrero han caído en esa trampa. Lejos de contribuir a un cambio libertario están atizando, al igual que la corrupción del Estado y la imbecilidad de los criminales, la hoguera de la violencia y del autoritarismo.
México necesita cambios profundos y hombres y mujeres decididos como esos muchachos y esos profesores. Pero necesita que esos gestos estén amparados por la grandeza de la ética, que es el rostro de la dignidad. Sin ella lo único que nos aguarda es el ahondamiento del infierno.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.
Análisis publicado en la edición 1905 de la revista Proceso, actualmente en circulación.
El problema, sin embargo, no está en el dolor de una ciudadanía que día con día va siendo excluida por un Estado que ha decidido arrodillarse ante los capitales legales e ilegales. No está tampoco en su protesta –todo dolor tiene que decirse, que mostrarse y buscar alivio– sino en la incapacidad de esos grupos para darle sentido y claridad a ese dolor y encontrar el remedio que exige.
La muestra de esa confusión está en la filiación a la que dicen pertenecer: el anarquismo. ¿Son anarquistas? La palabra misma, a fuerza de tomar muchas formas a lo largo de la historia, es ya en sí misma confusa. Sin embargo hay algo que puede permitirnos distinguir el anarquismo de lo que Turgeniev llamó “nihilismo” –de nihil, nada–. El anarquismo viene del griego anarkhia, ausencia de autoridad. Sin embargo, desde los más remotos anarquistas, como Lao-Tse y Zenón de Citio, hasta Albert Camus, pasando por Godwin, Thoreau, Proudhom y Gandhi, la ausencia de autoridad sólo es posible si existe una profunda fuerza moral en los individuos que forman el común. En este sentido, todo verdadero anarquista está en íntima relación con el orden ético. Si viola la ley, si se opone a la autoridad o la desafía es porque la autoridad ha violentado la ética en la vida de la ciudad. Su fuerza, por lo tanto, no radica en la violencia ni en la destrucción sino en la profundidad de su conciencia ética y en un accionar cuyos medios estén en consonancia con ella.
Un verdadero anarquista es en este sentido paciente, dialogante, claro, creativo, perentorio; alguien que conoce los límites, que practica la mesura –el rostro de un gobierno sin Estado–, que quiere el equilibrio y se rehúsa a cualquier fanatismo. Si desobedece lo hace, como lo mostraron Thoreau y Gandhi, desde una ética impecable que asume desde esa impecabilidad la consecuencia de sus actos sin dejar lugar al resentimiento. En esta relación estrecha entre acción y ética, la presencia de un anarquista es ya en sí misma un desafío al autoritarismo y a la violencia. El nihilista, por el contrario, aunque tiene fuertes elementos anarquistas, se niega a sostenerse en la ética. Turgeniev lo definió en su novela Padres e hijos –la lucha de los estudiantes rusos de mediados del siglo XIX desilusionados por los lentos avances del reformismo–: “Nihilista es quien no se inclina ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como artículo de fe”. Alguien que niega radicalmente, que clama una reivindicación de todo y, por lo mismo, termina por reivindicar nada.
Los muchachos que tomaron la Rectoría rompiendo vidrios y exigiendo la reinstalación de quienes en el CCH habían delinquido –al igual que los maestros que en Guerrero incendiaron la Contraloría y las sedes de los partidos– son, en este sentido, nihilistas. Su dolor, incuestionable, les ha hecho perder bajo el peso del resentimiento los contornos de una lucha libertaria. Detrás de su violencia, de su absurda exigencia de reinstalar en un CCH a quienes son la expresión contraria de la cultura y la civilidad, y de la confusión de sus demandas, no hay un pensamiento anarquista ni un orden libertario sino la intoxicación maniquea del peor Bakunin, el nihilista para quien la historia se rige sólo por dos principios: el Estado y la revolución social sea cual sea y sea como sea. Al igual que él, los muchachos que tomaron la Rectoría parecen revindicar a los delincuentes del CCH porque semejantes a Razin y Purgatchev (líderes de los cosacos del Don) y héroes de Bakunin, se violentaron sin doctrina ni principios en busca de “un mundo nuevo sin leyes y en consecuencia libre”.
¿Pero un mundo sin ley es un mundo libre? Sabemos que no. Si no está conformado por una ética, como la de los verdaderos anarquistas, es el del crimen, la violencia, la intolerancia y el desprecio que quieren combatir. Razin y Purgatchev no sólo construyeron de manera improvisada una burocracia civil y militar semejante a la de Catalina la Grande, sino que prefiguraron a Stalin y justificaron la represión del Estado. La reivindicación de una libertad total termina en la destrucción y el autoritarismo. Es la sombra del poder.
Los muchachos que tomaron la Rectoría y los profesores que incendiaron instalaciones en Guerrero han caído en esa trampa. Lejos de contribuir a un cambio libertario están atizando, al igual que la corrupción del Estado y la imbecilidad de los criminales, la hoguera de la violencia y del autoritarismo.
México necesita cambios profundos y hombres y mujeres decididos como esos muchachos y esos profesores. Pero necesita que esos gestos estén amparados por la grandeza de la ética, que es el rostro de la dignidad. Sin ella lo único que nos aguarda es el ahondamiento del infierno.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.
Análisis publicado en la edición 1905 de la revista Proceso, actualmente en circulación.

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