Los camarones del líder Raúl Álvarez Garín
Elena Poniatowska
Raúl Álvarez Garín, en una imagen de 2005
Foto María Luisa Severiano
Por desgracia no estaba yo en México cuando el homenaje a Raúl Álvarez Garín en la sala Miguel Covarrubias de la Universidad Nacional Autónoma de México. Habría yo ido corriendo. Hace 45 años que conozco a Raúl y soy su deudora. Sin él no habría La noche de Tlatelolco. Sin él no habría ese líder valiente y justiciero, capaz de permanecer meses, semanas y días en huelga de hambre. Sin él, jamás se habría dado el juicio que lo hizo llevar a Luis Echeverría al banquillo de los acusados. Sin él no sabríamos qué son la continuidad y la constancia de la lucha; sin él no habría Estela de Tlatelolco; sin él jamás habríamos leído Punto crítico; sin él no habría una constancia escrita de los infames procesos que el solo se preocupó en publicar; sin él el Politécnico sería distinto, porque Raúl está ligado al Poli de por vida (al menos en mi cabeza). Sin él tampoco habría camarones gigantes a la vinagreta preparados entre carcajadas.
En Lecumberri, en noviembre, diciembre y enero de 1968, Raúl reunió a varios estudiantes en su celda y les dijo:
Cuéntenle a Elena. Era el jefe indiscutible acompañado por su inseparable Félix Lucio Hernández Gamundi. Me hizo llegar testimonios de hombres y mujeres mediante los abogados Carlos Fernández del Real y Carmen Merino, que acudían todos los días a Defensores, un galerón en el que resonaban las máquinas de escribir del año de la canica. María Fernanda Campa, entonces su mujer, le pidió a Guillermo Haro guardar escondidos en un ropero los 777 mil pesados tomos de los procesos de cada preso político, llenos de delitos absurdos.
Raúl entonces era un muchacho delgadito y nervioso que se acuclillaba en su pequeña celda para que otros pudieran sentarse en la litera, en el escusado de hierro, en el primer butaquito, en lo que fuera. Su autoridad era indiscutible. Todos acudían a su llamado. Por eso pude escribir La noche de Tlatelolco.
Cuando lo liberaron nos vimos en varias ocasiones y nos seguimos viendo a lo largo de la vida. En 1985 lo hicimos con gran frecuencia, porque Raúl organizó con Daniel Molina un centro de información y de terapia para los damnificados por los sismos del 19 y el 20 de septiembre. Muchos hombres, mujeres y niños llegaron a contar su tragedia en una terapia de grupo. Todos necesitaban que alguien los oyera y Raúl lo comprendió antes que nadie.
Un cineasta de Los Ángeles, de nombre Juan Garduño, quiso filmar la saga estudiantil y nos reunimos en la casa: la Tita (Roberta Avendaño), Roberto Escudero, Raúl y quienes quisieran escribir un guión del movimiento y de la masacre. La película nunca se hizo, pero a nosotros nos encantó vernos de nuevo.
Más tarde Raúl y yo fuimos juntos a Cuernavaca para dar una charla acerca del 68 con Rius, y nos condujo su hijo, Santiago, del que Raúl está tan orgulloso que hasta engordó. Durante el trayecto de ida y de venida sólo hablamos de música. No sabía yo que Raúl era melómano y que oía a Frescobaldi y a Vivaldi.
Un hombre como Raúl no se crea de un día para otro; un hombre que lucha por la justicia, que defiende la verdad sólo puede formarse con el ejemplo de padre y madre que tengan los mismos ideales, que le enseñen que en el mundo existe la injusticia, el hambre, la desigualdad y es indispensable combatirla.
Manuela Garín de Álvarez, madre de Raúl, jamás imaginó que su hijo pudiera caer preso. Sabía que Raúl pertenecía al Consejo Nacional de Huelga, porque así era él, aguerrido y defensor de las causas justas. Su espíritu de pelea se manifestó desde que era niño. Tania, su hermana, fue más dócil, obedecía, pero Raúl quería una explicación para cada una de las órdenes que le daban sus padres. Manuela, matemática, intentaba domar su rebeldía. El 2 de octubre a Manuela la llamó su marido, también Raúl:
No salgas, porque esto está horrible. El Ejército tomó la plaza. Esa misma noche, su hijo Raúl desapareció y a partir de ese momento Manuela y Raúl padre sacaron desplegados durante más de un mes en El Día, que decían:
Han pasado cinco días y no sabemos nada de nuestro hijo Raúl Álvarez Garín. Cuando Manuela por fin logró verlo en su celda, en Lecumberri, no hubo lágrimas ni lamentaciones. Raúl, muy serio la saludó con una frase que 40 años después no olvida: “Mamá, hay muchos muchachos que no tienen quién los defienda, hay que buscarles un abogado…” También le advirtió:
Mamá, por favor, no vayas a traer nada que esté prohibido para no tener que pedirles nunca nada a estos carceleros.
Tráeme una cazuela grande para cocinar para varios, fue lo único que Raúl sí pidió y Manuela tuvo que sacar el permiso en la dirección del penal. Le espetó al militar que lo autorizó:
A usted le consta que la cárcel de estos muchachos es una injusticia.
Cuando Raúl salió exilado a Perú, después de dos años y ocho meses de cárcel, el juez le dijo a Manuela:
–La felicito señora, porque su hijo es una persona íntegra, correcta.
Raúl Álvarez Garín y su inseparable Félix Lucio Hernández Gamundi, Daniel Molina y muchos otros, Javier El Güero González Garza, también matemático, enjuiciaron y consiguieron que a Luis Echeverría, entonces secretario de gobernación, le dieran su casa en San Jerónimo como cárcel. A la gran puerta de madera en San Jerónimo acudieron Rosario Ibarra de Piedra y Jesusa Rodríguez y le aventaron cubetazos de pintura roja.
Seguramente muchas madres, como Manuela, están más tranquilas porque la masacre no es un capítulo que se ha borrado de la historia del país:
Lo que va a quedarse para siempre en la historia es que el 2 de octubre fue un genocidio. Si Luis Echeverría cometió un genocidio, debe responder por el; lo mismo que los demás–dice Manuela Álvarez Garín con esa seguridad que la agiganta y la hace admirable.
En Raúl Álvarez Garín, leal a Cuauhtémoc Cárdenas, yace la verdad del 68 y su voz es la más autorizada. A su honestidad sólo la supera la destreza con la que prepara sus camarones escogidos uno a uno en La Viga, que esperamos comer pronto para chuparnos los dedos y serenarnos el alma.
FUENTE: LA JORNADA OPINION
Historia a modo, cosecha de rating
Rolando Cordera Campos
Una posdata al espléndido artículo de Adolfo Sánchez Rebolledo del jueves: a la aguda pregunta lanzada por nuestra querida Alejandra Moreno Toscano a sus colegas: ¿historia para qué?, podemos hoy responder: para abusar de ella, no tanto para rescribirla o profundizarla, sino para confundir la opinión presente, ofuscar el debate, opacar las verdaderas opciones sobre cuya pertinencia la historia siempre puede ilustrarnos. Pero este es, como subproducto infame de esta temporada bochornosa, el estado del arte en lo tocante a la cuestión petrolera, para no hablar del conjunto de la energía, sometido al más implacable de los desfiguros, el soslayo, la mentira aviesa y abierta, desparpajada.
¿Historia para qué? Para engañar con ella, demoler el juicio basado en el estudio del contexto y la época, ¡para ser modernos!, dirá sin más el ayatola en turno de nuestra puesta al día, para dejar de ser como Corea del Norte o el Brasil del nunca jamás o la Colombia posmacondiana de la astucia hidrocarbúrica.
No hay en el panorama maneras ciertas para acercarse a la deliberación sin incurrir en malas maneras. Esperemos a ver si este lunes el PRD y Cuauhtémoc Cárdenas, a quien le debemos pertinentes apuntes memoriosos sobre el tema, nos ofrecen métodos y razones para empezar a sacar este buey de la barranca de la crispación y la disonancia cognoscitiva, donde hoy está la reflexión nacional sobre las posibilidades y formas de usar sus activos naturales que, en el caso del petróleo, sin duda guardan todavía una auténtica grandeza mexicana. Pero por lo pronto, en la continuidad opresiva de este presente continuo que sólo se altera por la fútil propaganda oficial sobre el tema, dan ganas de decir como dicen que dijo don José Alvarado después de la infame represión desatada contra los profesores othonistas:
Más vale hablar del crepúsculo.
No es verdad, aunque de eso se trate parte de la alharaca instrumentada en los medios de comunicación masiva, que la alternativa esté definida hoy por los polos del dogma y la tradición, por un lado y, por otro, los de la modernidad entendida como eficiencia y libertad de elegir y actuar. Eso, de haber existido, quedó atrás cuando en 1968 se dio por terminado el último contrato de riesgo y poco después el Estado se decidió a construir unas capacidades productivas y de inserción en el mundo inimaginables por entonces.
De esa decisión tomada en una coyuntura turbulenta como fuera la de la expropiación de 1938, surgió el nuevo complejo petrolero, cuyo despliegue ha sostenido por más de tres décadas el funcionamiento del Estado nacional, sin que sus respectivos gobiernos tuvieran que abocarse a hacer lo que deberían haber hecho precisamente a partir de entonces: convertir al Estado mexicano en un verdadero Estado fiscal, basado en finanzas públicas dinámicas y flexibles y en una capacidad efectiva de gastar productivamente para la seguridad y el bienestar de la sociedad.
Cuando alguien se pregunta qué significa eso de que
el petróleo es nuestro, habría que referirlo a los impuestos que no ha tenido que pagar para vivir en las condiciones actuales, defectuosas y sin duda, hasta insufribles, pero mucho menos peores que las que privarían sin el concurso de la renta petrolera y con el inicuo régimen fiscal e impositivo que nos caracteriza. La discusión, así, tiene que inscribirse por un lado en los usos de la renta de aquí en adelante y, por otro, en lo que hay que hacer para poner un alto al salvaje desperdicio de los frutos de unos recursos no renovables que se terminarán o verán perder su valor actual con el paso de los años y la irrupción de las innovaciones, que en materia energética están en el horno de las economías más avanzadas o más dinámicas y ambiciosas del planeta.
Cómo volver altamente productivo el uso de una renta con perspectivas todavía de crecer. Cómo habilitar al Estado para que sirva al bienestar sin atentar contra dicha renta, como lo ha hecho hasta el día de hoy. Cómo ofrecer a la ciudadanía democrática que emerge, a pesar de las trapacerías de sus mandatarios, caminos ciertos de intervención y control de una riqueza que se asegura es de ella, porque es originariamente de la nación. Estas y otras son cuestiones que los senadores tendrán que responder con claridad y humildad, porque si algo sufre de alta incertidumbre es el mundo del petróleo y la energía.
Para hacerlo tienen que ponerse a estudiar y construir una base de información que pueda ser común a todos: sin excesos de ingenio u obsecuencia, como esos de que estamos a las puertas de un nuevo paradigma o que Pemex ¡está en quiebra!, cuando lo que sus cifras nos dicen es que se trata, en todo caso, de un portento para la teoría y la historia: un monopolio filantrópico que alimenta pillos y corruptos, abusivos gerentes sindicales, contratismo infame y, luego de todo esto, financia entre 30 y 40 por ciento de todo el gasto público, además de las garrulerías de los gobernadores maleducados en la pax foxiana.
Para nada de esto es preciso renegar de la patria y su difícil historia, mucho menos insultar la memoria de los hombres que la hicieron posible. Deturpar la gesta y la conducta del general Cárdenas, llamándolo profeta o inventándole posturas que nunca tuvo, con el fin de apuntarse un triunfo en el juego de ingenios de la venta de garaje, no nos llevará a ningún lado. La historia tiene sentido si la razonamos, discernimos contextos y detalles, nos asomamos al juego de qué hubiera ocurrido, siempre reprobado por los buenos historiadores pero siempre tentador y desafiante.
No se ha hecho así y los usos se han vuelto abusos. Cuando el engrudo que nos mantiene unidos es ligero y frágil, sobrexplotar la historia para ganar lo inmediato puede llevarnos a que, ligero y frágil, este engrudo se nos haga, y nos haga bolas.
FUENTE: LA JORNADA OPINION
Después de la tempestad
Bárbara Jacobs
Bob Dylan me dice tanto y tan profundamente desde tantos puntos de vista, Bob Dylan me ha dicho apasionadamente tanto desde hace tanto y desde tantos puntos de vista, que ya ni siquiera pretendo justificar por él que en no sé qué etapa de su fantástica vida hubiera cantado, tocado, actuado para tal Papa o, si me orillaran, gratamente recordaría que la caridad (¿o fue burla?) se practica por parejo o de virtud cristiana, judía, musulmana, o simplemente de humano no tiene nada. Sin embargo, en una comida el otro día, después de un par de copas de vino, se me ocurrió soltar que la obra de Borges significaba algo mucho más profundo que el hecho de que no sé en qué etapa de su fantástica vida hubiera aceptado un premio de tal dictador, pero el silencio con que mi opinión fue recibida alrededor de la mesa sigue recriminándome días después.
Ahora, con o sin un par de copas de vino que me envalentonen, me retuerce más que la excelsa autoridad respectiva premie a autores que sin conocimiento de causa, o sin una intención definida, atropellan la inconmovible por lógica ley de la concordancia o, aunque menor, la del sentido, o que no saben poner comas ni acentos, o sencillamente cuyo estilo es objetiva e inconscientemente cursi (lo camp que hace salivar a Susan Sontag al ridiculizarlo), o cuyos temas son evidentemente vulgares (vulgaridad, sinónimo de ordinario, de común, de falto de giro, de carente de agudeza, de desprovisto de originalidad). Me encrespa más, decía, que se reconozca a un escritor mediocre que a un buen escritor que se incline hacia principios políticos o, para el caso, exaltados gozos deportivos que a mí me irriten. En la vieja discusión que digo, de qué importa más, si la obra o la vida de un artista, es claro que, hasta aquí, me siento más cómoda al favorecer finalmente la obra del artista, aun cuando su vida atentara contra mi comodidad.
Pero me pregunto si no he alcanzado tan despejada conclusión porque he considerado artista al escritor y porque, al hablar del oficio de escribir, me atrevería a sostener que sé un poco de lo que estoy hablando. O sea, el viejo tema que trato, de qué importa más, si la vida o la obra de un artista, expuesto sobre el terreno de la literatura es una cosa, pero ¿será la misma si lo extiendo sobre otros terrenos, específicamente alguno que para mí, que sólo soy escritora, esté constituido por tierra movediza? No es lo mismo tener los pies en tierra firme, o más o menos firme, que en un pantano o ante un abismo. ¿Y para mí, como escritora carente de ninguna otra gracia, no son pantano las otras artes, las supuestamente únicas verdaderas artes, la pintura, la escultura, la arquitectura, la danza, la música y, en incontrovertible exclusión definitiva de la prosa, incluso la poesía?
A reserva de irme contestando, hoy me bastará registrar que me felicito pues el otro día me atreví a sostener en cambio, y creo que no sin efecto, que conocer ciertos detalles de la vida de un artista es capaz de afectar para bien la apreciación de su obra por parte del espectador que los conozca. Por ejemplo, mi contemplación de un Fra Angélico se enriquece cuando recuerdo que, por reverencia a su trabajo, o a su tema, él pintó de rodillas.
FUENTE: LA JORNADA OPINION

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