El despertar
¿Una catástrofe en el horizonte?
José Agustín Ortiz Pinchetti
La campaña de calumnias y desinformación contra Morena aumenta en proporción directa al crecimiento de la organización. Muy preocupante, el salvaje secuestro y tortura que sufrieron unos jóvenes en Puebla acusados de intentar sabotear la conmemoración del 5 de mayo. Sólo a un estúpido se le puede ocurrir que AMLO y/o Morena son un peligro para México. El movimiento estabiliza la política. Después de 13 años de lucha no ha roto un vidrio ni herido a nadie.
Algunos catastrofistas piensan que entre la mitad y el final del sexenio pudieran darse una explosión o una implosión. El país estallaría en crisis y se interrumpiría la vida institucional (la democrática ni siquiera se ha iniciado). Estos escenarios presuponen una crisis de credibilidad generadora de una ruptura económica, financiera, política y social. La inconformidad que crece se asociaría con la delincuencia organizada, que suministraría información y armamento moderno, y también a los grupos guerrilleros latentes: entonces emergería una rebelión social.
¿Y una implosión? El modelo vigente no ha logrado hacer crecer al país. El bajísimo 2.2 por ciento de los últimos 30 años se anula por el crecimiento demográfico. Si esto se mantiene, un millón de jóvenes al año no encontrarían trabajo. El empobrecimiento y la miseria irritarían a todos. La restricción del mercado de consumidores y la ineficacia de la administración pública resquebrajarían el aparato institucional, de por sí muy dañado. El gobierno tendría que dimitir aunque no hubiera rebelión.
Estos escenarios no parecen buenos futuribles. El Ejército y la policía con tecnología sofisticada y asesoramiento extranjero podían aislar y luego aplastar una rebelión. La estructura financiera y el Estado nacional tienen muchas reservas como para mantenerse vigentes aunque las cosas se dieran mal. Rebelión o implosión, son indeseables. Los activos de la nación se verían mermados, los más pobres pagarían en vidas y miserias el desastre. Ninguna revolución violenta ha terminado bien. Después de décadas, los revolucionarios se corrompen y llegan a imitar cada vez más fielmente a los opresores que ellos derrocaron.
El escenario negativo más viable es la prolongación de la decadencia. Aunque se mantengan los equilibrios institucionales y financieros y el modelo económico se actualice un poco, la corrupción, el cinismo, la impunidad y simulación encontrarán sus propios equilibrios y un estado de cosas se mantendrá, pero víctima de una enfermedad colectiva, incurable, irreversible y fatal.
Enhorabuena-Hernández
Represión contra diálogo
Arnaldo Córdova
Todas las llamadas reformas estructurales tienen una característica común: nunca son fruto del diálogo y la negociación entre los diferentes sectores de la sociedad involucrados en las mismas. Siempre hay un entendimiento con algún sector o con determinadas personas, pero todas ellas son determinaciones vertical y autoritariamente tomadas.
Eso puede verse con toda claridad cuando se trata de la llamada reforma educativa, que de reforma tiene poco y de educativa nada. Puede decirse que no ha habido reforma de todas las que se han propuesto que no necesitara como ésta del consenso y de la participación de todos los sectores de la sociedad.
Había un grupo empresarial que la había tomado en contra de la dirigencia sindical corrupta y existían todos los sectores directamente involucrados en el fenómeno educativo, como los alumnos, los padres de familia, las comunidades rurales y de barrio, las mismas autoridades educativas con su inmensa y pesada burocracia, y la Iglesia, que sostiene sus demandas, pero hay que reiterar que no hay sector de la sociedad al que no le interese la educación en México y que tiene algo que decir siempre.
Pues resulta que ni siquiera los mayormente involucrados en el problema fueron tomados en cuenta al momento de elaborar el proyecto. De todos ellos, quienes mejor pueden atestiguarlo son los propios maestros y, de hecho, por esas razones se están manifestando actualmente. A ninguno de ellos ni a sus organizaciones se les pidió opinión. El encarcelamiento de la Gordillo, se ha visto ya hasta la saciedad, tuvo mucho de venganza personal, pero nada que se refiriera a las necesidades del sistema educativo.
El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), descabezado de su dirección mafiosa y tradicional, nada tuvo que decir al respecto y encajó la reforma como un mal necesario. Sus afiliados están amordazados e incapacitados para obrar en ningún sentido, y sus inconformidades, que las tuvieron por cierto, no pasaron de ser simples remilgos acallados por sus propios dirigentes.
Han sido los cientos de miles de maestros integrados en la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) los que han ocupado el lugar que debería desempeñar el SNTE, protestando contra una reforma en cuya elaboración no se les tomó en cuenta, a pesar de ser los más directamente involucrados, ni se les pidió opinión alguna y, encima de todo, atenta contra su estabilidad en el empleo y su trabajo como docentes.
La reforma, para decirlo en corto, es una embestida contra el sistema clientelar y mafioso que el SNTE impuso desde la mismísima Secretaría de Educación Pública (SEP). Los puestos de trabajo, e incluso muchísimos de los puestos directivos del sistema educativo, ya no serán impuestos por los líderes sindicales, sino que se someterán a una continua evaluación para la admisión y la promoción en el trabajo. Eso aparentemente está muy bien, pero resulta que no es sino un arma de desmantelamiento sindical.
En realidad, no sólo toca a los corruptos del SNTE. Se da el caso de que es una embestida contra todos los trabajadores de la educación, más de un millón 200 mil. Muchos merolicos que se hacen pasar por expertos en cuestiones educativas, las más de la veces sin haber ejercido plenamente la profesión docente, tienden a demeritar el movimiento de autodefensa de los trabajadores alegando las que, según ellos, son las reglas y las normas técnicas de la educación y de las cuales, según también ellos, los maestros de educación básica son unos ignaros.
Yo hablo como un docente reconocido por mi trayectoria, que ha formado, literalmente, a miles de estudiantes en los más de 50 años que llevo de ejercer la docencia. Muchos de esos críticos de los maestros fueron mis alumnos. Yo no les enseñé ociosidades como aquellas de
aprender a aprendero
aprender a ser.
Les enseñé a pensar, a leer un libro, a subrayarlo y hacer ficheros; a escribir, no pidiéndoles trabajos escritos que luego no leía, sino leyendo con ellos los que acordaba con ellos mismos que hicieran. Ahora mis alumnos forman una legión entre los más destacados en todas las áreas del conocimiento social. Sé, por lo mismo, por qué y con qué hablo.
Nuestros maestros de enseñanza básica son lo que hemos hecho de ellos a nivel nacional. Muchos, es verdad, apenas saben las primeras letras, y aunque es un crimen poner a un ignorante a enseñar a nuestros niños, es mucho más criminal privarlos de uno que les enseñe, aunque sea un analfabeto. Nuestros maestros rurales de los años 20 y 30 apenas sabían leer, pero sacaron de la barbarie a millones de mexicanos del campo y le dieron un sostén intelectual y moral a la reforma agraria.
Los maestros en revuelta quieren decidir su destino y no quieren seguir siendo carne de cañón de mafias sindicales amamantadas por el gobierno, de los explotadores del pueblo ni de gobiernos corruptos que no los toman en cuenta.
El pasado 6 de mayo presentaron a las autoridades de la SEP un documento de análisis en el cual desnudan los verdaderos motivos de la reforma peñanietista y hacen sus propuestas para una auténtica reforma de la educación básica nacional, así como su demanda de que esa reforma se lleve a cabo con ellos, con los padres de familia y sus niños, y con las comunidades rurales y urbanas a las que debe servir la educación. Luis Hernández Navarro reseñó ese documento en su artículo del pasado 7 de mayo. Ese documento ni siquiera les fue recibido.
Los maestros de Guerrero también hicieron sus propuestas e iniciativas en el momento en que se estaba legislando para adecuar la ley local a la reforma nacional. Los diputados guerrerenses, incluidos en primer término los perredistas, por decirlo francamente, se limpiaron el trasero con ellas y olímpicamente les dijeron, sencillamente, que
no había lugar. Algunos se atrevieron a descalificar las propuestas por notoriamente insuficientes y elementales.
Que las propuestas de los maestros sean limitadas no autoriza a nadie a descalificarlas sólo porque ellos las hacen. No sólo las legislaturas locales deben tomarlas muy en cuenta, también el mismo Congreso federal para hacer una necesaria revisión de esta reforma. Sobre todo, si se toma en cuenta que va a crear muchos más problemas, como lo estamos viendo, de los que pretende resolver.
Las causas de las causas
Néstor de Buen
Es más que evidente que la situación económica en que nos encontramos tiene como antecedente una seria disminución de la capacidad de compra de nuestro pueblo. Pero lo importante es seguirle la pista al problema para descubrir sus causas. Me temo que no es una cuestión difícil de desentrañar.
Los industriales, a su vez, se quejan de que han perdido mercado, lógica consecuencia de que lo que era antes una sociedad compradora y consumidora, carece de los recursos, lo que además se vincula a una inflación que encarece los productos: hoy leo en La Jornada declaraciones de Agustín Carstens a propósito de que hay una marcada moderación en el ritmo de crecimiento, exportaciones estancadas y debilidad en los indicadores del consumo, a lo que habría que agregar la noticia del aumento desmedido en el precio de los alimentos, fruta y verduras de manera especial.
Para colmo se han reducido las remesas de los mexicanos residentes (no muy legalmente, por cierto) en el extranjero.
Reconozco que mi especialidad laboral me hace atribuir algunas de las razones de esta situación a la falta de recursos de la población, infectada por un paro notable, salarios sin capacidad de compra, despidos frecuentes y, para acabarla de fastidiar, un futuro que no permite el optimismo a partir de la reforma a la Ley Federal del Trabajo, contraria a la estabilidad en el empleo, fundada en contratos temporales o a prueba y un Estado que más allá de cualquier declaración, actúa con plena conciencia en beneficio de los empresarios y montado en un corporativismo indecente, agrede a los sindicatos independientes en todas las ocasiones en que ello le es posible.
Ojala que esa agresión fuese en contra de los sindicatos corporativos de los cuales tenemos ejemplos de sobra y que, sin la menor duda, gozan de la protección estatal a través de los controles impuestos con violación de las normas internacionales (el Convenio 87 de libertad sindical de la Organización Internacional del Trabajo) y alianzas subterráneas pero visibles con los que descaradamente se autodenominan líderes obreros.
Abunda, por otra parte, porque no hay más remedio, la economía informal, sin protección alguna para los trabajadores. Los salarios disminuyen y nuestras soluciones: salarios mínimos, sólo ponen de manifiesto el egoísmo estatal y de sus aliados los dirigentes obreros. No todos, por cierto.
En realidad la famosa reforma a la Ley Federal del Trabajo ha venido a complicar aún más las cosas, dadas las facilidades que presta para dar por terminadas las relaciones laborales, con muy escaso compromiso para los empresarios.
No parece que el problema se pueda resolver por vías pacíficas. El ejercicio del derecho de huelga debe recuperar su prestigio, sobre todo si se monta en una verdadera solidaridad de los integrantes de la clase trabajadora. Ha llegado el momento de buscar entendimientos de los sindicatos independientes con los trabajadores que hoy viven bajo la opresión de los patrones y de sus supuestos dirigentes sindicales. En el fondo se trata de reconstruir a la clase trabajadora para que tenga conciencia de sus posibilidades en caso de que decida no tolerar más salarios mínimos, contratos temporales, disminución de los salarios vencidos en un juicio y tribunales que no los apoyan.
Lo malo es que el cambio de gobierno no despierta muchas esperanzas.

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