Postrimerías griegas
José Blanco
Al terminar diciembre de 2011 el desempleo para menores de 25 años en Grecia era de 50.5 por ciento; 43.4, hombres, y 58.2, mujeres.
En el primer trimestre de 2009 el PIB fue de –11.5 por ciento y comenzó el derrumbe. El PIB anual de 2010 cayó a –8.7 por ciento. En 2011 cayó nuevamente, a –6.0 por ciento. Al finalizar 2010, la deuda pública representaba 145 por ciento del PIB, la más alta de la eurozona (véase datosmacro.com).Un informe sobre la situación de los menores en Grecia formulado por el comité griego de Unicef y la Universidad de Atenas, titulado La condición de la infancia en Grecia, 2012, denuncia que en el país hay más de 439 mil niños que viven por debajo de la línea de pobreza. Por línea de pobreza se considera el ingreso mínimo que debe tener una familia de cuatro personas para pagar alquiler, alimentos, transporte, vestimenta y educación. Según el mismo informe, más de 100 mil menores trabajan para contribuir al magro presupuesto familiar, en tanto 25 por ciento de los griegos
vivenahora con 470 euros al mes, cifra inferior a la que llevó a Dimitris Christoulas, de 77 años, a su dramático suicidio, que elevó el nivel de exasperación a la sociedad ateniense.
Las manifestaciones de protesta, no sólo de jubilados, sino de la sociedad en general, se han multiplicado y son cada vez más violentas.
En tanto, la señora Lagarde, directora del FMI, declaró el pasado viernes que
Grecia aún puede quebrar y verse fuera de la UE. El pasado domingo 1º de abril ya lo había dicho a la cadena estadunidense CBS:
en Grecia el riesgo crece, a pesar de las medidas de austeridad aprobadas por el gobierno heleno. Dijo que sus declaraciones eran la
última voz de alarma sobre la coyuntura en la que se puede sumir Grecia tras las elecciones anticipadas que se celebrarán el 6 de mayo, ya que un cambio de las fuerzas políticas que integren el gobierno podría poner en peligro las condiciones bajo las que Atenas aceptó el segundo rescate financiero.
El
riesgodel que habla la señora Lagarde es absolutamente real, pero esos hechos admiten una lectura muy distinta. La necedad y la ceguera mental de los capitanes del sistema financiero internacional pueden ir tan lejos, como para ir contra sus propios intereses. El pasado viernes las agencias calificadoras volvieron a rebajar la calidad de la deuda
soberanade Grecia (junto con la de Italia, España, Portugal, Irlanda y Francia). Mientras esos capitanes ven que las recortes presupuestarios y la disminución de impuestos operados hasta ahora, para Grecia, no son suficientes para enderezar esa economía en un plazo más breve, ven también inminente que Grecia cruce la línea del impago. Tienen toda la razón. La austeridad fiscal asestada a Grecia, continuará contrayendo la economía.
Es un hecho. Hace tiempo que Grecia dejó de tener las condiciones para ser parte de la eurozona. Las decisiones de la troika (intentando salvar al máximo a los bancos alemanes y franceses) la han mantenido dentro. Pero la desdicha de este país es que aun un gobierno contrario a las políticas de los mandamases de la eurozona, tampoco está en condiciones de salirse del euro y volver al dracma con una decisión soberana. Volver al dracma, llevar a cabo una severa devaluación de su moneda para impulsar las exportaciones y a partir de ahí intentar reconstruir una economía nacional, se ve extremadamente remoto, máxime si la bondadosa Europa, opta por cerrarle absolutamente el mercado del crédito (como hicieron con México a partir de 1981), cerrarle el mercado de sus escasas exportaciones y aun embargarle cualquier fondo que Grecia pudiera poseer en el exterior; eso llevaría al país a una situación de miseria profunda por muchas décadas.
Especialmente en el presente es un cruda verdad que la economía es –lo ha sido siempre–, una correlación de fuerzas. Y Grecia es un país muy frágil. Con unos 11 millones de habitantes que viven principalmente en las regiones de Atenas y Salónica, la griega es una economía principalmente agrícola de baja productividad, debido al minifundio, resultado de la subdivisión por herencia durante siglos. Enfrenta ya un grave problema de población: a partir de 2002 el número de muertes supera al de nacimientos. Y tiene una inmigración problemática proveniente de Serbia, Bulgaria, Rumania, Ucrania, Polonia y Georgia, países todos muy cercanos, aunque también hay inmigración de Pakistán, Irán y China. El gobierno ignora el número de inmigrantes debido a que la mayoría permanece en el país de forma ilegal y en actividades ilegales. Al parecer son paquistaníes y albaneses quienes se dedican al robo y forman parte de mafias que operan en Atenas y Salónica.
En el futuro cercano de Grecia se advierten revueltas sociales y represión. Grecia no puede sola.
Quizá deba esperar a que llegue el momento griego al menos a Italia, España, Portugal e Irlanda, porque llegará, y actuar de consuno con otros aliados emergentes.
¿Puede un hombre ser la mujer más bella del mundo?
Javier Flores
La semana pasada Jenna Talackova, de 23 años, considerada en los certámenes de belleza una de las mujeres más hermosas de Canadá, fue aceptada finalmente para participar en el concurso en el que se elige a la representante de ese país en Miss Universo. Algo que parecería tan banal como una pasarela en la que se promueve una concepción estereotipada de lo femenino, adquiere, sin embargo, gran importancia, pues la joven, originaria de Vancouver, fue reconocida al nacer como niño.
En efecto, durante la infancia y la adolescencia, Jenna contaba con todos los atributos biológicos de un varón. Pero rebelándose ante esta condición, se sometió a los 16 años a tratamientos hormonales y a los 19 a una intervención quirúrgica para cambiar de forma irreversible su sexo. Ahora es una mujer, reconocida legalmente como tal y protegida por las leyes contra la discriminación, por lo cual, al menos teóricamente, hoy está en condiciones de ser elegida la mujer más bella del planeta.La transexualidad, también llamada disforia de género (disforia del griego
difícil llevar, y contraria a la euforia) es una condición en la que una persona está inconforme con su sexo biológico y expresa de distintos modos su deseo de ser, vivir y ser tratada como del sexo opuesto. Desde un punto de vista sicológico, y recurriendo al lugar común –que en este caso resulta útil–, se trata de mujeres atrapadas en el cuerpo de un hombre, o de hombres en un cuerpo femenino. La incomodidad que produce poseer caracteres sexuales que no corresponden con la propia identidad sexual y de género, puede derivar en estrés y problemas a nivel familiar, ocupacional y social. Por ello no es extraño que se recurra a procedimientos hormonales y quirúrgicos para restablecer un fenotipo que corresponda con las verdaderas identidades.
Es importante señalar que se trata de algo muy distinto a la intersexualidad (como el hermafroditismo o seudohermafroditismo, ahora llamados desórdenes del desarrollo sexual). Se trata de una condición muy diferente, pues en este caso no existen datos fehacientes de alteraciones genéticas o ambigüedad orgánica.
En algunos medios se le considera una enfermedad mental; por ejemplo, en la cuarta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DMS, por sus siglas en inglés), cuya autoridad para algunos es incuestionable –opinión que no comparto, pues ha incurrido en el pasado en errores garrafales, como considerar, hasta antes de 1973, a la homosexualidad como patología. También en la Clasificación Internacional de Enfermedades (IDC-10 por su abreviatura en lengua inglesa), que incluye al transexualismo en un capítulo titulado
Desórdenes de la identidad de género, por cierto, avalada por la Organización Mundial de la Salud.
La canadiense Jenna Talackova durante una conferencia de prensa en Los ÁngelesFoto Reuters
Es de esperar que con el tiempo esto cambie, como puede constatarse en los adelantos publicados para la quinta edición del DMS y en algunos estudios médicos (ver este mismo espacio en La Jornada 3/4/12).
Sin embargo, la medicina y la sicología evolucionan lentamente. Resulta interesante observar que a nivel social, contrariamente a lo que se piensa, en el caso de la transexualidad las leyes han reaccionado más aprisa que los criterios
científicosexpresados en el DMS-IV y el IDC-10.
El desarrollo de las legislaciones para la protección de los derechos humanos ha dado en varios países sustento y protección legal a las personas que cambian de sexo. Lo anterior muestra que hay una transformación en la que las leyes avanzan mientras otros sectores se van quedando rezagados y confirma, a mi juicio, las tesis de Michel Foucault sobre el papel de la medicina, la sicología y las leyes como dispositivos de control de la sexualidad humana, los cuales, sin embargo, se mueven, aunque de forma no sincrónica.
En algunos países como el Reino Unido, por ejemplo, se ha establecido legalmente que el transexualismo no puede considerarse enfermedad mental ni de algún otro tipo. Entre los factores sociales asociados a estos cambios, no puede desconocerse la labor de las organizaciones civiles que luchan por los derechos de las personas lesbianas, gay, bisexuales y transgéneros.
La aceptación de Jenna Talackova en el certamen de belleza, al que me referí al principio, no ha sido un proceso exento de obstáculos. Sin embargo, las leyes en Canadá figuran entre las más avanzadas en la defensa de los derechos humanos y le han otorgado su respaldo. Jenna cuenta con acta de nacimiento, pasaporte y otros documentos oficiales que la acreditan legalmente como mujer. Inicialmente fue descalificada y su nombre borrado del listado de finalistas, pero ante la advertencia de emprender acciones legales por discriminación contra el magnate Donald Trump, dueño de los concursos Miss Universo internacional y de su versión canadiense, se produjo una rectificación, y ahora forma parte de las mujeres más hermosas del mundo, de acuerdo con los estándares y concepciones impuestos en esas competencias.
Lo interesante aquí es que el transexualismo abre un boquete, que parece ser definitivo, en una actividad humana que promueve esas nociones sobre la belleza femenina.
Rubens: el maestro de las sombras
Mark Lamster
Pocos artistas han dejado en su época una impronta tan profunda como Pedro Pablo Rubens, el pintor que con su grandiosidad y dramatismo definió visualmente el poder del Barroco. Conjugando las lecciones del Renacimiento italiano con las tradiciones artísticas de su Flandes natal, Rubens creó un estilo totalmente original y de aceptación universal: un lenguaje internacional dotado de autoridad y refinamiento. Era una concepción heroica que le permitió retratar a los hombres y las mujeres más poderosos de su época, y con ellos a las instituciones que controlaban, no necesariamente tal como eran, sino como esos personajes deseaban que se vieran. Su inigualable habilidad y su agudeza para los negocios le granjearon un flujo aparentemente inacabable de clientes regios, pero el pueblo llano también le veneraba, especialmente por las conmovedoras obras piadosas que creó para lugares de culto público. Ningún artista se entregó con más éxito a la delicada labor de trasladar al lienzo la pasión etérea y el esplendor de la fe religiosa. La veneración que hacia él mostraban otros artistas rozaba el fanatismo. El joven Rembrandt, al igual que muchos pintores que también siguieron su estrella, lo tuvo como modelo, llegando incluso a vestirse algunas veces como lo hacía el gran maestro de Amberes.
El aprecio casi universal que merecía Rubens, conjugado con su acceso a la más altas instancias del poder internacional, fue lo que propició su reclutamiento para el servicio diplomático. La pintura le proporcionaba una tapadera perfecta para el trabajo clandestino: podía presentarse en cualquier corte extranjera y utilizar siempre su arte para disipar toda sospecha que apuntara a motivaciones ocultas. Resulta difícil imaginar que algo así ocurriera en nuestra época, en la que nos parece poco probable que los artistas sean espías o diplomáticos. Una cosa es que los políticos tengan escarceos artísticos –Churchill y Eisenhower eran pintores aficionados, y Hitler un profesional fracasado– y otra distinta lo contrario. Desde el Romanticismo hemos heredado una concepción del pintor en la que éste aparece como un radical emocionalmente volátil y sin blanca, es decir, un crítico o un enemigo del Estado, no alguien a quien se confíen sus asuntos más delicados y urgentes.Rubens no encaja en ese arquetipo. Nació en 1577 y llegó a la madurez en una época en la que la pintura era todavía una respetable profesión agremiada. Casi sin excepción, quienes le conocían hablaban de su natural afable y su seductora personalidad. Alto y de buen porte, encandilaba con su enorme erudición. Su prodigiosa habilidad artística y su enciclopédico conocimiento de toda clase de temas, desde la arquitectura hasta la zoología, pasando por la teoría política, no hacían sino acentuar su innato carisma. Las imágenes por las que ahora más se le conoce –las de esas mujeres desvanecidas pero de carnes agitadas y fruncidas por el éxtasis– nos sugieren la presencia de un desenfrenado libertino. Sin embargo, fue un marido abnegado que, con la salvedad de su obsesión por el trabajo, mostró apetitos personales en general parcos. Una existencia tan disciplinada y triunfal bien podría haberle convertido en un insufrible pedante, pero más bien llevaba su autoridad con ligereza, lo cual no hacía sino engrandecerla. Aparte de ocasionales arrebatos de orgullo, pocos vicios se le conocen.
Lo que desató la entrada de Rubens en política fue la situación de su Flandes natal, una tierra asolada por la violencia sectaria y ocupa-da por España, un negligente imperio extranjero al que el pintor debía obediencia. Su amada pero diezmada Amberes, en su día paraíso del comercio y la cultura internacionales, se encontraba en plena línea de frente de la guerra de independencia que contra el imperio español libraba la incipiente república holandesa del norte. Rubens se arrogó la responsabilidad personal de resolver ese conflicto aparentemente insoluble, conocido históricamente como guerra de los Ochenta Años. Fue un objetivo al que se entregó con el mismo ahínco que ponía en su arte y por el que arriesgó todo lo que había conseguido: su carrera, su reputación y su vida.
Helena Fourment (1630), obra de Pedro Pablo Rubens, perteneciente al Kunsthistorisches Museum, de Viena. Imagen incluida en el libro de Mark Lemster, publicado por Tusquets
Este proyecto, más ambicioso que ninguna pintura, le consumió durante alrededor de una década, en unos años en los que viajó de capital en capital, con frecuencia ocultando sus intenciones, para negociar con hombres de Estado y monarcas que también eran sus clientes. Aislados en sus lujosos palacios, apartados de sus súbditos y del mundo exterior por protocolos y estratificaciones sociales cuidadosamente orquestados, esos gobernantes podían llegar a ser totalmente ajenos a la realidad política, que en ocasiones despreciaban. Era frecuente que decisiones de enorme calado se tomaran por razones ideológicas, por mor del orgullo nacional o personal, o simplemente por capricho. Por el contrario, Rubens defendió siempre la moderación, era un pragmático o politique, como se decía entonces.
Los conflictos sectarios y el dogmatismo político, que siguen asolando a la comunidad de naciones, conforman una realidad que otorga una especial relevancia a la historia de un hombre pragmático y moderado que tanto tiempo de su vida dedicó a enfrentarse a fuerzas férreamente asentadas en los salones del poder internacional. Con todo, a pesar de su relevancia, las labores diplomáticas de Rubens y su filosofía a ese respecto son prácticamente desconocidas salvo para los expertos, algo lamentable pero no sorprendente. Poco cabe esperar que el público actual recuerde su carrera política cuando hasta sus logros pictóricos son ahora mayormente desconocidos. Entre los grandes maestros de la historia del arte, Rubens es una especie de figura olvidada que, respetada pero malinterpretada, está a la vista de todos pero parece oculta. Múltiples son las razones de tal situación. No hay una obra que defina por sí sola su carrera, ninguna imagen tan simbólica como Mona Lisa o Las señoritas de Aviñón. Rubens no encaja con la imagen de artista de alma torturada que tanto nos gusta. Los personajes alegóricos, mitológicos y bíblicos que habitan sus lienzos son ajenos al público actual; además, el tamaño y la complejidad de sus obras las alejan de una explicación fácil. La insulsa capacidad política de sus clientes ha empañado al artista. Para muchos, no es más que el hombre que pintaba lascivos desnudos de mujeres gordas.
Por lo menos en parte, nuestra incapacidad para captar totalmente los logros de Rubens nace de una carencia narrativa. En los siglos posteriores a su muerte, su historia y la de sus obras han sido privadas del ímpetu que tenían. Lo que durante el siglo XVII se consideraba conocimiento y experiencia, puede resultarle totalmente ajeno al público actual. Al historiador le corresponde salvar esa sima, y la recompensa a ese desafío bien merece un esfuerzo. Rubens, dotado de un don alquímico, de una asombrosa capacidad para insuflar una vida llena de color a la materia inanimada, nos ha legado algunas de las indagaciones sobre la condición humana más deslumbrantemente hermosas y emocionalmente turbadoras. Las lecciones fundamentales de esas obras resultan hoy tan novedosas como hace cuatrocientos años, y podremos volver a captar su grandiosa complejidad si concedemos a la historia de Rubens la cuidadosa y atenta atención que tanto merece.
Con autorización de Tusquets Editores, ofrecemos a nuestros lectores un adelanto de Rubens: el maestro de las sombras, novedad bibliográfica que presenta rasgos poco difundidos de la personalidad del gran artífice de los volúmenes, sensuales desnudos, eruditas alegorías históricas y la perfección de sus retratos. Su inteligencia y discreción, cuenta el autor de esta biografía, Mark Lamster, junto al hecho de que hablara seis idiomas, propiciaron que desde joven llevara una doble y clandestina existencia como diplomático y, a menudo, espía, obligado a intrigar en las cortes de España, Inglaterra y Francia. Así, movió los hilos entre las sombras para que las potencias europeas forjaran alianzas duraderas y construyeran una auténtica confederación de naciones

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