Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

lunes, 3 de diciembre de 2012

Operación guarura- El PRI y la vocación represora

Operación guarura

Peña Nieto y Calderón. Entrega del poder Foto: Germán Canseco
Peña Nieto y Calderón. Entrega del poder
Foto: Germán Canseco
Diestros en el arte de azuzar multitudes o contener a sus adversarios, los priistas se lucieron el sábado 1 de diciembre en el recinto de San Lázaro, al impedir que el bloque de legisladores de izquierda opacara la investidura presidencial de Enrique Peña Nieto. Prepararon su logística desde una semana antes en las inmediaciones del Palacio Legislativo, pero sobre todo en el salón de plenos, donde, salvo algunas escaramuzas, la operación blindaje orquestada por el diputado Manlio Fabio Beltrones funcionó a la perfección.
MÉXICO, D.F. (Proceso).- El PRI duro, autoritario, el viejo PRI, se impuso en cada rincón de la Cámara de Diputados. Un operativo de seguridad y político cuidadosamente desplegado mantuvo a la oposición a distancia para que en San Lázaro se le abrieran las puertas al presidente Enrique Peña Nieto.
Durante seis minutos el Congreso de la Unión, convertido en un cuartel de gendarmería, por la extrema vigilancia, alcanzó su clímax a las 11:14 horas, justo cuando el priista ingresó al recinto sin ningún problema.
El mexiquense caminó por el pasillo central en medio de las tímidas ovaciones de sus correligionarios –que contrastaron con los vívidos gritos del 30 de marzo pasado emitidos por las mujeres en Tlaquepaque–, suficientes para acallar a la treintena de diputados y senadores del Movimiento Ciudadano y del Partido del Trabajo que, para descargar su rabia e indignación, le arrojaron puñados de billetes, símbolo de que su triunfo había sido comprado.
Al llegar a la presidencia de la Mesa Directiva de San Lázaro, un fajo de billetes pasó cerca de Peña Nieto; otros se dispersaron entre las curules del Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y la valla femenil que desde temprano logró “la toma técnica” de los accesos a la tribuna legislativa.
La operación política dirigida por Manlio Fabio Beltrones Rivera en coordinación con Alejandro Montano Guzmán –exsecretario de Seguridad Pública de Veracruz que hoy forma parte de la bancada priista en la LXII Legislatura federal–, con el Estado Mayor Presidencial comandado por el capitán Cuevas y con el personal de seguridad de cámara al mando del teniente Arrieta, funcionó a la perfección.
Peña Nieto estuvo resguardado todo el tiempo, incluso por las legisladoras priistas, lo que le permitió hasta recitar, aunque incompleto, el artículo 87 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Pudo protestar cumplir y hacer cumplir la Constitución –si bien no precisó cuál–, y hasta dibujó un abrazo simbólico y extendió sus brazos en señal de agradecimiento.
Estaba tranquilo y sonriente. Contra el pronóstico del “protestas y te vas”, se dio un breve tiempo para regresar sobre sus pasos y saludar a sus correligionarios, como si aún estuviera en campaña. Para ese momento la treintena de legisladores había dejado de gritar, de lanzarle billetes y de exhibir sus pancartas con los emblemas de Soriana y Monex.
A las 11:20 horas, ya investido, Peña Nieto atravesó el vestíbulo, inmerso el ambiente en el coro: “¡presidente… presidente… presidente!”… Detrás de él iba el dirigente petrolero, Carlos Romero Deschamps. Muy cerca, apresurado el paso, Emilio Gamboa Patrón, coordinador de los priistas en el Senado.
A las 11:25 horas, por la avenida Congreso de la Unión, Peña Nieto subió a su camioneta y se marchó del recinto legislativo, seguido por un convoy de nueve Suburbans blindadas y una ambulancia.
Del otro lado, sobre la calle Eduardo Molina, integrantes del movimiento #YoSoy132 seguían aventando petardos y bombas molotov en repudio a Peña Nieto. El mexiquense ni los vio ni los oyó durante su ceremonia de investidura.
En el interior de la cámara, los seguidores de Andrés Manuel López Obrador no pudieron hacer nada contra el operativo desplegado por el PRI. Atrás quedó la escena del 1 de diciembre de 2006, cuando la logística del PAN se vio rebasada y el entonces triunfante Felipe Calderón tuvo que entrar al recinto por la puerta trasera custodiado por elementos de la Armada de México.
“El luto recorre el país”
En esta ocasión los experimentados priistas Jesús Murillo Karam y Manlio Fabio Beltrones –fogueado en estos menesteres desde que trabajó al lado de Fernando Gutiérrez Barrios en la Secretaría de Gobernación– protegieron con esmero a su correligionario Peña Nieto.
El operativo comenzó a desplegarse desde la semana previa a la ceremonia de investidura dentro y fuera del palacio de San Lázaro. Se instalaron 20 kilómetros de vallas metálicas de tres metros de altura en las inmediaciones del inmueble, lo que hizo imposible el ingreso de los manifestantes; luego se diseñó la operación política en el interior.
El 30 de noviembre por la noche, las coordinaciones estatales del PRI entregaron a las diputadas de este partido una chalina roja como distintivo que las elevó a rango de gendarmes para que custodiaran la tribuna. Se les dio instrucciones de desplegarse a lo largo del lado izquierdo de la escalinata que lleva a la tribuna, para impedir a los legisladores de MC, PT y PRD controlar el escenario.
Correspondió al presidente de la Mesa Directiva, Jesús Murillo Karam, investido como titular de la Procuraduría General de la República desde el 30 de noviembre, cerrar la pinza.
Al inicio de la sesión, el perredista Jesús Muñoz Soria, de la corriente bejaranista Izquierda Democrática Nacional (IDN), pidió el micrófono para reclamar a Murillo Karam el despliegue de legisladoras priistas al pie de las escalinatas. “¡Que se sienten en su lugar!”, dijo el indignado Muñoz Soria.
“¿Me permite?”, le espetó Murillo Karam. El perredista se achicó. Entró al quite su compañero Roberto Carlos Reyes Gámiz, quien pidió un minuto de silencio por los 83 mil caídos durante “la guerra en que se encuentra México”.
Contundente, Murillo Karam le respondió: “No puedo acceder a su petición”.
Siguió el petista Manuel Huerta Ladrón de Guevara, simpatizante del Movimiento Regeneración Nacional (Morena): “No entendemos este operativo que su partido está haciendo –dijo–. O todos se van a sus curules o se va a generar una situación difícil en la sesión. Afuera ya hay heridos, según nos reporta la Policía Federal”.
Sólo se escucharon las risas de los legisladores del PAN y el PVEM. Más tarde, desde la tribuna, los legisladores desmintieron la supuesta muerte de un joven de la vocacional 10.
Llegaron los posicionamientos de los partidos. El PRD se mostró condescendiente ante el regreso del PRI a la Presidencia. Por medio de su coordinador en el Senado, Miguel Barbosa, los perredistas dijeron que están comprometidos con el diálogo y dispuestos a la construcción de acuerdos.
Ricardo Monreal, del MC, dijo que “el luto recorre el país”, al tiempo que sus compañeros de partido exhibían pancartas con leyendas alusivas a los 83 mil muertos durante el sexenio de Felipe Calderón.
“Es un día triste para todos, el luto nacional recorre al país, dista mucho la fastuosidad de este recinto –dijo a sus pares–. Allá (afuera) hay desánimo, hay enojo social, hay inseguridad, desempleo, pobreza y miseria, lo que riñe con la comodidad de las curules; riñe con sus trajes bien cortados que lo único que saben hacer es chiflar y gritar; riñe con sus emolumentos económicos que son bien pagados.”
La rechifla y los gritos llegaban del lado derecho del salón de plenos. Eran los panistas, quienes se sintieron aludidos. Los priistas se mantuvieron ecuánimes, aun cuando sus vecinos perredistas, petistas y del MC desplegaron pancartas con mensajes alusivos a la “compra de la Presidencia”. En una se leía: “El que compra la Presidencia, acaba vendiéndola”.
Y cuando las legisladoras priistas se vieron amedrentadas por los legisladores del MC y PT que levantaban con insistencia cruces de hierro negras para mostrar el luto en que la administración de Calderón dejó al país, el diputado priista Manlio Fabio Beltrones pidió al teniente Arrieta que pusiera el orden.
Al mismo tiempo su correligionario Montano Guzmán atravesó el salón de sesiones, llegó al ala derecha de la tribuna y dio instrucciones a sus compañeras.
“¡Las plañideras se mueven a la puerta”! –dijo uno de los diputados priistas. Las legisladoras gendarmes bloquearon el acceso a sus colegas de los otros partidos. Ninguno pasó la valla humana, ni siquiera la senadora del MC Layda Sansores, quien llevaba un puñado de billetes.
A las 11:10 horas, por primera y única vez, Felipe Calderón Hinojosa ingresó al pleno de San Lázaro, portando aún la banda presidencial sobre el pecho. Al pasar por el área de reporteros se escuchó un grito de reclamo: “¡Que Dios te perdone, Felipe, por los periodistas caídos!”.
En el otro extremo sus guardianes lo esperaban y mientras caminaba por el pasillo principal se escucharon los gritos: “¡Asesino! ¡Asesino!”. Luego desfiló Peña Nieto, a quien ni los gritos de la izquierda ni los fajos de billetes que le arrojaron lograron despeinarlo.
Mucho menos llegó a sus oídos el reclamo de Monreal, quien en tono fúnebre dijo: “Ha concluido un gobierno espurio y comienza la pesadilla de la imposición y la ilegitimidad”.
Reyecito

El PRI y la vocación represora

Juan Francisco Quinquedal, de 67 años, herido de gravedad durante protestas. Xinhua/Ana Esquivel)
Juan Francisco Quinquedal, de 67 años, herido de gravedad durante protestas. Xinhua/Ana Esquivel)
 
Para el analista Lorenzo Meyer el gobierno entrante comenzó mal: sus primeros desatinos fueron el impopular cerco de seguridad en torno a San Lázaro y la incapacidad para lograr la suscripción del Pacto por México en el momento político en que Enrique Peña Nieto lo deseaba. Un signo ominoso que advierte Meyer –en entrevista realizada en la víspera de la toma de posesión– es el hecho de que el nuevo presidente de México y su secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, provienen de la corriente más represiva del PRI: ahí están como ejemplos los nefastos cacicazgos hidalguenses y mexiquenses y la brutal represión en San Salvador Atenco, de la que Peña Nieto, afirma, se enorgullece. Los acontecimientos del sábado 1 dieron pronto la razón al entrevistado.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Un gobierno de tensión con la sociedad, autoritario y antidemocrático, es lo que se avizora con el retorno del Partido Revolucionario Institucional a Los Pinos. El origen de quien estará al frente, Enrique Peña Nieto, y de quien manejará la supersecretaría de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, “es cantera de lo más autoritario del PRI”.
Así describe el historiador y politólogo Lorenzo Meyer lo que se ve para los próximos seis años. Partiendo de la biografía del PRI, Peña Nieto y sus principales operadores, así como de los acontecimientos previos a la toma de protesta, Meyer sostiene que “no están entendiendo a México” o por lo menos “no tienen la sensibilidad política para adelantarse a los acontecimientos y actuar rápido”.
Esto es por los cientos de vallas metálicas que se instalaron en un radio de 10 kilómetros alrededor de San Lázaro una semana antes de que Peña Nieto protestara como presidente, lo que llevó a un malestar generalizado de la sociedad.
Meyer recuerda que el viejo PRI, el clásico, ha tenido como ejes de actuación la represión y la cooptación. Hoy, dice, se ve el mismo patrón en quienes han regresado al poder: “Esa es la mejor arma del sistema político mexicano. Primero cooptaba, y si le fallaba, reprimía”.
Hace un análisis de los cambios a la Ley Orgánica de la Administración Pública y de las nuevas atribuciones de la Secretaría de Gobernación, sobre todo con la inclusión de conceptos como “riesgo a la seguridad”, “amenazas” o “paz social” que una vez “rotos” –según la perspectiva del titular de la dependencia– pueden detonar el actuar de las policías.
Esto, sostiene, hace que el potencial de represión sea alto porque dichos “conceptos no son puros, de la ciencia; la fuerza o la distancia se pueden medir, pero el riesgo depende en buena medida de quien esté a cargo y que considere que hay un verdadero peligro. El concepto no ayuda. En cierto sentido encubre la mano libre”.
En cuanto a las alianzas para establecer la gobernabilidad y darle rumbo al país, como se consideró al fracasado Pacto por México, el historiador piensa que establecer acuerdos de simulación con fuerzas formales y legales pero que no tienen el poder, y excluyendo a la verdadera oposición y a quienes realmente manejan al país, sólo los ha llevado a “desfondarse” de manera rápida.
Se refiere al acuerdo anunciado por los dirigentes nacionales de los tres principales partidos el pasado 26 de noviembre y que hubo de ser cancelado el día en que se firmaría –29 de noviembre– debido a la falta de consenso en el PRD.

Atenco lo marca

Para responder al interrogante de cómo podría ser el gobierno de Peña Nieto, Meyer se remite inevitablemente a la biografía del nuevo mandatario y por supuesto a Atenco, donde un grupo de ejidatarios opuestos a la construcción de un aeropuerto en sus parcelas realizó una manifestación que fue aplastada con la intervención de las policías. El resultado fueron mujeres violadas, hombres golpeados y la muerte de un joven y de un niño.
“Peña viene del PRI más clásico dentro de lo clásico, porque Atlacomulco no es nada más priismo, es quizá un subsistema priista que lleva 83 años en el poder, ininterrumpidos; es un subpartido muy compacto que no tiene peleas entre ellos para que el Distrito Federal no se los comiera”, dice.
Al estrenarse como gobernador usó la fuerza pública a fondo en el caso de Atenco. Luego, cuando ese personaje termina en la Universidad Iberoamericana, el 11 de mayo de 2012, se enorgullece de lo que hizo. “Defiende con vehemencia lo que hizo. ¿Quiere decir que si vuelve a enfrentar algo así, reaccionará igual? Es una pregunta; no se puede decir que así vaya a ser, pero es lo único con lo que contamos de Peña Nieto. Que nos desmienta. Sería agradable”.
Pasa ahora a Miguel Ángel Osorio Chong, secretario de Gobernación y mancuerna para el ejercicio del poder de Peña Nieto. Lo primero, comenta Meyer, es que viene de uno de los reductos priistas, el estado de Hidalgo, que se maneja a base de cacicazgos muy tradicionales. “Así que esa combinación de Atlacomulco con Hidalgo y darle a él Gobernación, pues son cantera de lo más granado y autoritario del PRI… y eficiente, porque hay que reconocerles que sí son eficientes para su propósito, que no es necesariamente el gran proyecto nacional, sino conservar el poder”.
Añade: “Poner a un priista de la vieja guardia será devolver a la secretaría a un mando no renovado del PRI sino del PRI clásico… el del autoritarismo; Porfirio Díaz tiene a una Secretaría de Gobernación con una gendarmería”, recuerda.
–¿Y si quien la va a atender es un representante del priismo clásico, cómo va a ser?
–Ese es el punto. Podrían poner a alguien nuevo. Lo dudo. Esa secretaría es el corazón político de México. Si es un priista clásico quiere decir que el corazón del sistema vuelve a su origen y el origen es básicamente autoritario, antidemocrático por definición. Así nació. Nació para eso, para administrar un sistema autoritario. Se nos ha dicho que el PRI que viene es un PRI renovado y que por lo tanto el corazón del nuevo sistema estará renovado, joven. ¿Acaso le hicieron un trasplante? –se pregunta riendo.
–¿Avizora represión?
–Pues ahí está Atenco.
–¿Con Osorio Chong al frente de Gobernación y las dos policías, es posible que la haya?
–Es más difícil contradecir la naturaleza original del priismo y contradecir las inercias. Pero además esa fuerza que le van a dar a Gobernación no sé si es un regalo envenenado, porque cada seis años rehacen la policía federal; es un ciclo muy corto el que tiene.
–¿Estas nuevas atribuciones que tendrá Gobernación y que aún se discuten en el Congreso, no la hacen más represiva, sobre todo por los nuevos conceptos de “amenaza”, “riesgo” y “paz pública” que maneja?
–Hace que el potencial sea alto. El riesgo depende en buena medida de los ojos del que esté a cargo de la dependencia. El concepto no ayuda, el concepto en cierto sentido encubre la mano libre –advierte.
–¿El cerco instalado a 10 kilómetros de San Lázaro una semana antes de la toma de protesta, muestra lo que ellos consideran “riesgo”?
–Es un ejemplo, sí. Pero les salió el tiro por la culata porque si se hace uso de los conceptos fuera del sentido común, se puede generar una reacción de descontento.
–¿Entonces Gobernación ahora es la provocadora?
–Pues si el objetivo es tener un país tranquilo, es contraproducente. Podría generar enojos, tensiones, protestas.
–¿Su visión del riesgo es equivocada?
–O su visión del riesgo los hace un poco paranoicos.
–¿Qué significa que el operador político haya cometido este error de la colocación exagerada de vallas, que no logre el acuerdo político antes de la toma de posesión de Peña Nieto y que no operara en el Senado para darle a Peña Nieto su nuevo esquema de administración pública?
–Es simbólico que haya fallado en esto… que el supersecretario no exista. Hoy todo le falló. ¿Qué puede significar?, pues a lo mejor que no están entendiendo el México, el gran México.
–¿Osorio Chong y Peña Nieto no tienen toda la visión del país, sólo una fracción?
–Por lo menos no tienen la sensibilidad. Esa parte no científica de la política que es el elemento para adelantarse a los acontecimientos y entonces rápido actuar, corregir, tomar medidas.
Con estos tres eventos, dice Meyer, parece que están en una etapa de aprendizaje rápido. “Como esos cursos de lectura rápida. Están haciendo un curso de lectura política o del ambiente político rápido”.

Los que mandan

Más allá del fracaso inicial del Pacto por México, el historiador y político de El Colegio de México se refiere a una simulación donde no están las fuerzas reales que ejercen el poder en el país, como los dueños de las televisoras o Carlos Slim.
“Son las fuerzas formales; hay que suponer que en el Congreso está la soberanía en acción, se concentra ahí porque son nuestros representantes. Ahora, a lo mejor no son nuestros representantes, el Congreso quizá no nos representa, pero entonces ya sería poner en duda todo y se tendría que ver el sistema descarnado.
“¿Cuáles son las verdaderas fuerzas? Tendría que entrar en contacto con Slim, las televisoras, los grandes concentradores de capital y olvidarse del Congreso. Pero hacer eso o aceptar eso, aceptar el México real, la dureza y brutalidad del tejido que es ahora la política real, pues sería casi imposible”, dice Meyer.
Y no es que hacerlo, firmar con los verdaderos grupos de poder, entre ellos el narcotráfico, sea ceder, aclara. “Si usted realmente hace pública su definición de lo que son las fuerzas reales, entonces debería hacer a un lado a diputados, senadores, partidos e irse con la oligarquía, irse con el narco que también es otro actor real”.
El Pacto por México, dice para finalizar este tema, se tiene que hacer con actores que representen algo. Eso se pudo haber hecho en el primero o segundo año de Vicente Fox.
–¿Entonces el pacto esta destinado al fracaso o es una simulación de Peña?
–No seamos tan duros. A lo mejor de una simulación se puede llegar a una realidad. Hay dos visiones: yo hago el pacto con los verdaderos actores que no son legítimos, porque nadie eligió a Azcárraga Jean por ejemplo, o al Chapo o a Slim, que son los que tienen los hilos del poder, o lo hago con estos que tienen la legitimidad pero no el poder y empiezo a transformar la realidad. Pero él no puede públicamente aceptar cuál es la realidad del sistema. Él llegó por unas elecciones que son parte de una simulación… Y si admite el México real (Andrés Manuel López Obrador como fuerza con la cual firmar un pacto) se está admitiendo casi una derrota de entrada.
Meyer sostiene que para hacer un pacto con las fuerzas formales pero que no tienen el verdadero poder, Peña Nieto y sus operadores debieron actuar con mucha “sutileza” porque, dice, “es para que lo formal no se desfonde tan rápido. Y aquí se empezó a desfondar antes de que empezara a funcionar. Es tan formal y tan poco real (el pacto y los actores políticos) que se empezó a desfondar antes”.
Un acuerdo con López Obrador, que es una fuerza real, es imposible, afirma. “Se han acumulado muchos agravios y ahora hay que manejarse con sutileza porque el cúmulo es tal, que cualquier imprudencia puede desatar problemas, como lo del cerco y las vallas, por ejemplo”.
Sentencia: “cuando no hay acuerdo, si no hay represión cuando menos hay inconformidad y un mal ambiente político”.
Meyer recurre constantemente a la historia y no deja de subrayar que el PRI, el clásico como él lo llama, ha tenido como “arma del sistema político” la cooptación, “y si fallaba, reprimía”. De ahí que no ve extraño que ahora, en el regreso del PRI a la Presidencia, vuelva a estas tácticas para desactivar al enemigo.
Un patrón similar al que recurrió Carlos Salinas de Gortari cuando llamó a varios líderes de izquierda para desarrollar su programa social, Solidaridad.
–¿Recurrir a opositores para fortalecerse? –se le pregunta.
–No me sorprende en lo absoluto, es su pragmatismo. Esa era una de las características principales del PRI. Es un partido sin ideología. El PAN sí tenía, el PRD así nació, es por definición ideología pura que luego va perdiendo su pureza. Pero el PRI nunca fue un partido de ideología.
En síntesis, lo que ve Meyer en el gobierno de Peña Nieto es “tensión constante entre una sociedad que ya cambió y la naturaleza profunda del priismo que está en su biografía. En el Congreso ve que puede haber contrapesos y que los mismos líderes priistas pueden serlo para Peña Nieto y “negociar” con el presidente.
A lo mejor lo que sucedió con la no aprobación de sus cambios a la administración pública, dice, es una advertencia de que él no va a gobernar porque no tiene el peso.
–¿Lo pueden condicionar los mismos priistas?
–Sí. Hay algunos veteranos que saben cómo jugar y están dentro de su partido. A lo mejor a los que les tiene que temer es a los suyos, más que a López Obrador o a los de afuera.

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