Venezuela sin Chávez
Adolfo Sánchez Rebolledo
Hasta el domingo 14 de abril, pocos dudaban dentro y fuera de Venezuela de la victoria de Nicolás Maduro. Las encuestas, en su mayoría, daban al heredero de Hugo Chávez una cómoda ventaja, si bien se advertía que las cifras se iban cerrando. Sin embargo, muy pocos pronosticaron que al final la diferencia apenas rebasaría los menos de 300 mil votos que le dan, conforme al órgano electoral, el triunfo al chavismo. En otros países, se argumenta (y es imposible el deja vu), un solo voto bastaría para acreditar el resultado, pero en Latinoamérica, con sociedades polarizadas y a punto de saltar sobre sí mismas, la democracia tiene vericuetos insospechados marcados por la desconfianza que corroe las certezas provenientes de las urnas. Legalidad y legitimidad se contraponen como términos excluyentes debido a la extensión de las irregularidades, a la manipulación de los medios y, por tanto, al crecimiento exponencial de la sospecha, sobre todo cuando no se trata sólo de elegir entre dos opciones de gobierno representadas por dos candidatos sino de la continuidad o no de un curso de acción, de una estrategia y una política que en cierto modo son excluyentes entre sí.
el problema nunca fue ganar, sino los márgenes que garantizaran la mayoría categórica evitando la ingobernabilidad por la vía del golpismo opositor. Por eso, la pregunta clave antes de las elecciones era ¿cuál será la brecha entre ambos candidatos? Las urnas dieron un resultado muy problemático para el chavismo, cuyos márgenes de maniobra se han visto reducidos cuando más los necesitaba y le dan alas a la oposición para proceder “al desconocimiento de las instituciones legítimas venezolanas, para avivar el sentimiento del fraude en sus seguidores (sic). Una estrategia ensayada en varios países, bajo la tesis de la espontaneidad de movimientos ‘ciudadanos’ que culmina en la violencia para derrocar los gobiernos legalmente acreditados”. En los próximos días veremos si existe alguna posibilidad de salir de la crisis sin que la violencia, bajo cualquiera de las formas amenazantes que ya se anuncian, se apodere de la escena. Pero los riesgos están a la vista. Como lo ha señalado en estas páginas Guillermo Almeyra,
la conspiración que está en marcha será antes que nada una acción política, una campaña de inteligencia y desestabilización económica, de división del aparato chavista, de inducción a una parte del mismo a congelar la fuerza real del proceso, que es la conciencia y la participación de las masas. Para enfrentarse a esta realidad, los dirigentes del chavismo tendrán que hacer enormes esfuerzos a fin de eludir las provocaciones de la derecha, esa suerte de revuelta civil que a todas luces impulsan los partidarios más radicales de Capriles, es decir, un golpe de mano con importantes anclajes internacionales que van de Washington al Vaticano, pasando por Madrid .Y eso, visto a la distancia, exige privilegiar la política sobre la confrontación. Maduro no puede, simplemente,
profundizarla revolución, como se le reclama desde posiciones izquierdistas (por ejemplo,
socializar los medios de producción), como si la situación no hubiera cambiado para nada tras la muerte de Chávez y las elecciones del domingo (y en el supuesto de que ese fuera el objetivo del socialismo del siglo XXI). Por el contrario, la continuidad del gran proyecto de transformación de la sociedad venezolana depende ahora más que nunca (frente a aduanas como la revocación del mandato) de la capacidad de poner orden en las propias filas chavistas, tanto para racionalizar el gobierno como para mantener los apoyos sociales que le dan sustento. Y eso exige impedir que la inflación, la inseguridad o el desabasto, por citar algunas caras del problema, minen la fuerza de masas que hoy por hoy sostienen a la revolución bolivariana. Y, claro, usar con inteligencia y sentido de Estado la renta petrolera que hace de Venezuela una tentación para los piratas del imperio.
La declaración de Diosdado Cabello, cuestionando los motivos del electorado para votar
a favor de sus opresores, ilustra uno de los grandes males que aquejan a los mandos de la revolución bolivariana: el abandono del realismo por el voluntarismo. La autocrítica que exige Cabello será inútil si no pone en cuestión el subjetivismo que da por supuesto y compartible lo que los líderes consideran justo y positivo, sin concederle a las objeciones significado alguno. En la campaña presidencial menudearon los ataques personales, la descalificación ad hominen, el culto religioso a la figura del líder fallecido y el intento imposible de hacer de Maduro una especie de arcángel. Todas esas concesiones orales, ideológicas –o como se quieran llamar– al atraso político no deberían asimilarse al batidillo denominado socialismo del siglo XXI, cuyos lineamientos y objetivos tendrán que precisarse en esta nueva etapa. Al parecer, lo más importante es diseñar una estrategia que rompa con la polarización absoluta de la sociedad, la cual puede llevar, como se ha dicho, a la violencia o a la parálisis. Objetar de antemano toda política que no lleve
al socialismoes tanto como renunciar a construir una alternativa a partir de la experiencia del movimiento real, ajustando errores y aprovechando las oportunidades que el propio desarrollo ofrece. Maduro tendrá que combatir a sus enemigos con mano firme, pero tendrá que aplicar sus reconocidas dotes de concertador para impedir el colapso de un proyecto que ha venido a cambiar la correlación de fuerzas en el ámbito latinoamericano. El camino es incierto y Chávez ha muerto.
Capriles-Ahumada
Obama y Palestina
Miguel Marín Bosch
Hace décadas que la problemática de Palestina gira en torno a la idea de que en ese territorio deben coexistir dos estados, uno judío y el otro árabe. Las negociaciones entre el gobierno israelí y los dirigentes palestinos han tenido sus altibajos, una nada desdeñable participación de las Naciones Unidas y un interés esporádico de Washington. Su historia es una de oportunidades perdidas.
La población árabe de Palestina y una parte de los habitantes judíos también rechazaron el plan de partición. Los primeros porque se oponían al establecimiento de un Estado judío en Palestina y los segundos porque consideraban que Israel, el gran Israel, debería abarcar toda Palestina (y quizás algo más).
Los sectores más organizados entre la población judía, incluyendo las agrupaciones de izquierda que luego crearon el Partido Laborista, optaron por la independencia y así nació el Estado de Israel. Persistió el conflicto entre la nueva nación y los pobladores árabes dentro de la misma y los países vecinos, principalmente Egipto y Siria. Con el tiempo buena parte de los palestinos árabes, así como Egipto y Jordania, reconocerían al Estado de Israel. Ahora lo que falta es que Israel reconozca y acepte un Estado palestino. Eso ya se hubiera logrado en 1947 si los palestinos árabes hubiesen apoyado la partición.
Con el tiempo, las guerras y el auge de partidos religiosos en Israel modificaron la actitud de sucesivos gobiernos. Con el primer ministro Menajem Begin (1977-1983), el fundador del partido Likud, se inicia la actual etapa de la historia de Palestina, en la que la idea de dos estados pierde terreno.
Simplificando el problema, podría decirse que hoy prevalece la idea de que en Palestina sólo cabe un país y ese es el Estado de Israel. La población árabe tendrá que acomodarse a esa realidad y los israelíes tendrán que encontrar soluciones a la disparidad demográfica.
Desde la administración de Jimmy Carter (1977-1981), sucesivos presidentes estadunidenses se han involucrado de una manera u otra (y con distintos niveles de intensidad) en la búsqueda de una solución justa y duradera a un problema que la comunidad internacional viene arrastrando desde 1947.
El mes pasado el presidente Barack Obama hizo su primera visita a Israel. Algunos congresistas republicanos le echaron en cara que había tardado mucho en programar dicha visita y otros deploraron lo que consideran su mala relación con el primer ministro Benjamin Netanyahu. Dichas críticas son una secuela de los intentos de Mitt Romney en la pasada campaña presidencial por presentarse como el verdadero amigo de Israel.
Es cierto que el presidente Obama seguramente debió haber incluido una escala en Israel durante su viaje en junio de 2009 a Arabia Saudita y Egipto. Pero también es cierto que ha sido el presidente que más ayuda ha otorgado a Israel, que los presidentes estadunidenses no suelen visitar ese país (sólo Nixon, Carter, Clinton y Bush hijo lo habían hecho antes) y que en 2012 consiguió 70 por ciento del llamado voto judío.
La crítica es válida en un solo renglón: Obama y Netanyahu no se caen bien. De ahí que el equipo de Obama se haya esmerado por coreografiar los detalles de la visita de tres días. Hubo innumerables fotos y videos de los actos que mostraron lo bien que se llevan
Baracky “ Bibi” (el apodo de Netanyahu). Más importante fue el mensaje central que Obama envió al pueblo israelí.
Inició su visita con un recorrido por las instalaciones de la cúpula de hierro, un sistema móvil de defensa aérea capaz de interceptar y destruir proyectiles lanzados desde 70 kilómetros. Se siguen construyendo nuevas y más eficaces unidades de ese sistema, cuyo costo es sufragado en parte por Washington. La idea es afianzar la seguridad de los habitantes de Israel, convirtiéndolo en una especie de fortaleza impenetrable.
Obama aprovechó sus discursos para alabar las contribuciones del pueblo israelí en diversos campos de la ciencia y la tecnología y la construcción de una sociedad dinámica y democrática.
Luego, sin proponérselo (aunque creo que estuvo fríamente calculado), el presidente Obama concluyó su visita con un poderoso mensaje ante un grupo de jóvenes. Evitó hablar ante el Knesset, en el que su discurso caería en oídos sordos. A los jóvenes les dijo que es imposible que Israel sobreviva como una fortaleza y que sólo un acuerdo con un Estado palestino puede ofrecerles una paz duradera.
Si no se crea un Estado palestino y ante el crecimiento de la población árabe en Cisjordania, Israel podría acabar siendo un Estado judío en el que los judíos serían una minoría. Dirigentes israelíes han venido subrayando lo anterior desde hace años. Ehud Barak, por ejemplo, señaló que si no se logra la paz y, por ende, la creación de un Estado palestino, Israel tendrá que decidir entre seguir siendo un Estado judío o un Estado democrático, ya que no podrá seguir siendo las dos cosas.
Hace 66 años los habitantes de Palestina tuvieron la oportunidad de crear dos estados en lo que había sido el territorio administrado por el Reino Unido. Hoy hay quienes están tratando de lograr ese mismo objetivo. Israel, según les dijo el presidente Obama, tiene la posibilidad de contribuir a conseguirlo, y así asegurar su supervivencia como un Estado judío y democrático.
Con el doble rasero-Rocha
Derrotar al golpismo en Venezuela
Ángel Guerra Cabrera
La violencia fascista y el intento del golpe de Estado asoman de nuevo su cara en Venezuela. Estaban en el ambiente, se veían venir en el guión seguido durante semanas por el gigantesco ejército mediático del Pentágono y la CIA, que le hace gran parte del trabajo a la contrarrevolución. Como habíamos denunciado anticipadamente, Henrique Capriles Radonsky, candidato de la contrarrevolución disfrazada de oposición política, llamó el domingo 14 de abril a sus simpatizantes a desconocer el resultado ofrecido por el Consejo Nacional Electoral (CNE).
El llamado violaba flagrantemente la Constitución. Hecho más grave dada la fiabilidad reconocida al sistema electoral venezolano y la circunstancia de que los testigos y técnicos de la oposición no formularon queja alguna durante ninguna de las auditorías del proceso, incluyendo la final, que abarca 54 por ciento de las casillas. Más aún, el rector del CNE Vicente Díaz, ligado a la oposición, en todo momento ha validado los resultados. Para continuar el guión golpista, Capriles convocó acto seguido a sus partidarios a lanzarse a la calle. Por eso él y el también golpista Leopoldo López son responsables del asesinato de siete militantes del chavismo y heridas a decenas, el asalto o quema de numerosos centros hospitalarios, viviendas populares, tiendas Mercal y locales del Partido Socialista Unido de Venezuela.En paralelo, el mismo aparato de prensa internacional y doméstico que hace años orquesta el terror mediático contra la Venezuela bolivariana apenas mencionaba estos hechos y mucho peor, todo el tiempo le parecía poco para entregarlo a Capriles y comparsa o amplificar su cinismo y mentiras. ¿Qué tal su pose de ovejita pacifista? El caso de CNN en español merece renglón aparte pues sus conductores han actuado como virtuales voceros del cabecilla golpista, devenido a su vez estrella rutilante de su programación.
Capriles exige en los medios el recuento de votos pero su campaña no ha presentado la solicitud y las pruebas ante el CNE como establece la norma. Su objetivo es conseguir con la violencia fascista y el show mediático lo que no pudo lograr con los sufragios. No debe extrañarnos, Capriles fue activo participante en el golpe de Estado de 2002, cuando pretendió allanar la embajada de Cuba y promovió su asalto por una turba pese a que por su cargo de alcalde estaba obligado a protegerla en cumplimiento de las leyes venezolanas y del derecho internacional.
Nicolás Maduro ha sido reconocido presidente electo por todos los gobiernos latinoamericanos así como Rusia y China. Las misiones de acompañamiento de Unasur, el Parlamento Centroamericano y la Unión Interamericana de Autoridades Electorales han elogiado el civismo de la masiva jornada comicial y ratificado su confianza en el sistema electoral de Venezuela. Únicamente Washington, que haría mejor en arreglar sus corruptas elecciones, mantiene una actitud arrogante e injerencista contra Caracas seguido por sus falderos.
La democracia es sólida en el país caribeño, que ha construido una conciencia de participación envidiable y respetables instituciones. Muy pocos países pueden presumir de una asistencia a las urnas de alrededor de 80 por ciento en las dos últimas justas presidenciales (7 de octubre y 14 de abril).
Maduro hizo un esfuerzo heroico en la campaña electoral, que asumió con la mayor seriedad y entrega. Es muy difícil de un día para otro construir un espacio adecuado al tamaño y las características propias en la percepción del elector en el lugar que durante 14 años llenó el enorme e irrepetible líder popular que fue Hugo Chávez. En su momento el chavismo tiene que analizar los factores que lo hicieron perder de octubre a la fecha gran parte de su ventaja electoral. Queda por llevar a cabo el Plan de la Patria, brújula dejada por Chávez para la construcción del socialismo en Venezuela, la consolidación de la unidad e integración de América Latina y el Caribe y del mundo pluripolar.
Pero ahora lo urgente es desmantelar y derrotar el golpe de Estado de factura gringa con el incuestionable apoyo de masas de que goza el chavismo y la serenidad y firmeza que están mostrando sus dirigentes. Y junto a ellos los latinoamericanos, caribeños, y demócratas y patriotas de todo el planeta. ¡A impedir esta ignominia que quiere romper la avanzada construcción de unidad latino-caribeña y devolver a nuestra América a la época en que Washington quitaba y ponía gobiernos a su antojo!

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