Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

jueves, 7 de julio de 2011

SOBRE LA COMPASION

Sobre la compasión

Un cadáver abandonado en Sinaloa. Foto: Juan Carlos Cruz
Un cadáver abandonado en Sinaloa.
Foto: Juan Carlos Cruz
MÉXICO, D.F. (Proceso).- ¿Qué implica contemplar el sufrimiento ajeno? ¿Qué tipo de relación social se puede dar entre personas que sufren y quienes las miran? ¿Cuál es el lugar de las emociones compasivas en la política? ¿Qué suscitó en los espectadores el Encuentro en Chapultepec? ¿Qué sentimos cuando Javier Sicilia, Julián LeBarón, María Elena Herrera, Norma Ledesma, Yolanda Morán y otras víctimas hablaron de su dolor frente a Calderón y parte de su gabinete?
En el Alcázar del Castillo se presenció el dolor y la compasión, y esto provocó distintas reacciones. En los integrantes de ese sector de la sociedad que sigue minuciosamente los acontecimientos políticos –el círculo rojo–, las reacciones y comentarios estuvieron matizados por sus ideologías y posicionamientos políticos previos; los analistas políticos transitaron del entusiasmo al descreimiento, del aplauso al rechazo y la condena. No me eximo de ese condicionamiento previo. Yo alentaba la esperanza de cierta reconsideración de la estrategia; esperaba que las víctimas hicieran exigencias más puntuales (como la del debate con Buscaglia); pero pese a que lo que deseaba no se dio, el acto me conmovió, en especial escuchar de viva voz los testimonios de las víctimas.
En Regarding the Pain of Others (Contemplando el dolor de los otros), su sobrecogedor análisis sobre la representación fotográfica de atrocidades producto de las guerras, Susan Sontag considera que usar como objetos de contemplación ciertos emblemas del sufrimiento humano resulta una forma de explotación que dudosamente profundiza nuestro sentido de realidad. El espectador que mira en esas fotografías el dolor asolador de los demás se anestesia emocionalmente y “naturaliza” el horror. Sontag finaliza su ensayo señalando que no podemos ni imaginar qué espantosa y terrorífica es la guerra. Y señala que los seres humanos llegamos a acostumbrarnos a ver como algo “normal” esa horripilante carnicería.
Tampoco podemos comprender, ni siquiera imaginar, lo que sufren las víctimas. Las palabras no logran expresar lo que sienten, pero verlas y escucharlas transmite parcialmente el desgarramiento que padecen.
Varios comentaristas políticos señalaron que lo positivo de lo que ocurrió en el Alcázar de Chapultepec es que se trató del inicio de un diálogo. ¿En verdad fue así? Indudablemente fue valioso el minuto de silencio, que se reconociera la importancia de recordar públicamente a las víctimas, que Calderón se parara a abrazar a la señora Herrera. Hubo varios gestos valiosos, ¿pero diálogo? Más bien pareció un intercambio de monólogos.
Ahora bien, quienes escucharon la transmisión, quienes la vieron por internet, quienes leyeron al día siguiente la prensa, ¿qué sintieron, qué pensaron? ¿Es el dolor de los demás lo que cimbra o es la proximidad de esa amenaza lo que genera angustia y desesperanza? Hoy, en México, se vive una situación de riesgo, y se tiene miedo de ser la próxima víctima. Estamos en guerra. ¿Quién puede sentirse a salvo o protegido?
No es posible vivir sin incertidumbre, pero cuando se quiebra la dimensión de seguridad de la vida pública se vuelve imposible imaginar un futuro. Con duelos y traumas tan devastadores se produce una degradación del lazo social. Esa sustancia viva del ser humano, su capacidad de sentir (metafóricamente su corazón), se va endureciendo, petrificando. Ese síntoma es general. No sólo lo intuimos en los criminales que secuestran y descuartizan con una facilidad aterradora, sino que lo comprobamos cotidianamente en la amplia indiferencia social ante el dolor, las privaciones y los tratos brutales a que se ven sometidos los sectores populares de nuestro país: campesinos, obreros, etcétera.
¿Cuál es la mejor vía para enfrentar el horror? A diferencia de Calderón, que asegura que la que él ha elegido es la vía correcta, creo que el dolor de los demás obliga a dudar, a consultar, a revisar y a volver a discutir. No es posible contemplar el sufrimiento de las víctimas y salir indemne de esa experiencia, a menos que se les haya oído como quien oye llover. Y aunque la incapacidad para sentir el dolor de los demás es un mecanismo de defensa, muy arraigado hoy en día, esa indiferencia social envenena las relaciones humanas. Por eso en nuestra sociedad asustada un momento de compasión resulta casi como un respiro de alivio. Pero, ¿qué hacer si la compasión es únicamente un espectáculo sin consecuencias posteriores, en lugar de una práctica que se compromete, entre otras cosas, a revisar lo que está produciendo una guerra que, como todas las guerras, conlleva más cuestiones negativas que positivas? Nadie pide que no se combata a los criminales. Solamente se exige que lo que se está haciendo se revise a la luz de experiencias ya probadas y, sobre todo, que se incorporen otras formas de combate, como la investigación financiera y la confiscación de los bienes. Si lo que ocurrió en el Alcázar no tiene una repercusión real en revisar la estrategia, ¿qué nos resta concluir? Probablemente el gobierno de Calderón seguirá parapetado detrás de los muros de la indiferencia. Y esa actitud, sorda a los reclamos de quienes muestran hasta qué punto la sociedad se encuentra herida, ahondará aún más el quiebre de nuestra nación.

3 Comentarios

  1. gabo.palacios dice:
    Las fotografías sólo sacuden a los fotografiados: “…En esta foto está Pedro, José y Fernando, quien más tarde, ese mismo día, cayó de bruces sobre la banqueta y perdió un diente” y Pedro, José y Fernando estarán inexorablemente juntos por el resto de sus días, en complicidad y gracia a pesar de todo. Y como resultado de esta verdad afirmo que sólo a través de imágenes se puede implicar al ajeno, al ausente y al descorazonado. Lo que Calderón necesitaba ver eran fotos de sus hijos destazados y no a una mujer que en su desgracia sólo alcanza a lloriquear como lo haría cualquiera de nosotros. Ni Sicilia pudo con todas sus palabras y poesía pretenciosa plasmar el horror del panorama nacional porque sólo el amor se puede describir y se puede poner en letras, porque ni Murakami puede describir el horror, porque el horror apesta, ensombrece, mancha, se llena de moscas y vicia el aire de vómito y víceras.
    Tal vez no sea prudente, pero la muerte no ha aguardado a que envejezca el niño para arrebatarle la vida, tampoco es prudente el presidente, y Calderón requiere de un excelente trabajo de PHOTOSHOP en el cual le exhiban a sus hijos como muchos mexicanos han visto a los suyos: ENCAJUELADOS, HEDIONDOS, MASACRADOS, MUTILADOS Y CON UN OSCURO Y CORRIENTE HUMOR PLASMADO EN UNA CARTULINA EN LA CUAL LE SALUDAN. Sólo en imágenes se es cómplice porque las imágenes se perpetúan, el asco no.

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