Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

domingo, 1 de mayo de 2011

BRINCANDO CON UN PIE - CRISTIANISMO Y CATOLICISMO

Brincando con un pie
denise dresser
Arthur Schopenhauer escribió que “la felicidad consiste en la repetición frecuente del placer”. Y en medio de las malas noticias diseminadas diariamente sobre el país existe al menos una que debería ser motivo de júbilo. Causa de carcajadas. Atalaya de aplausos. Fuente de optimismo en torno al México más justo que merecemos y al cual tenemos derecho a aspirar. He allí un racimo de razones para brincar de alegría, envuelto en la multa por prácticas monopólicas que la Comisión Federal de Competencia (Cofeco) le acaba de imponer a Telcel, y a su accionista más importante, Carlos Slim. Años de rapacidad, finalmente constatados. Años de abuso, finalmente sancionados. Años de pasividad gubernamental que –apenas ahora y con esta decisión– será posible tratar de resarcir.
Porque las 540 cuartillas elaboradas por la Cofeco describen una historia que cualquier consumidor conoce, cualquier ciudadano padece, cualquier mexicano ha sido obligado a tolerar. Telcel imponiendo precios anticompetitivos; Telcel aumentando los costos de sus competidores; Telcel entorpeciendo la competencia; Telcel incurriendo en prácticas monopólicas reiteradas; Telcel obteniendo tasas de ganancia inusitadas por ello. Y las verdaderas víctimas de todo ello: los 91 millones de usuarios de telefonía celular en el país obligados a pagar costos excesivos. Obligados a transferir a las arcas de Telcel y a los bolsillos del Sr. Slim 6 mil millones de dólares de más, si las tarifas de interconexión no fueran entre las más altas de la OCDE. Obligados a crear la fortuna más grande del mundo mientras no comparten sus beneficios.
Y ahora que después de tanto tiempo una autoridad decide actuar, lo sorprendente ha sido la descalificación. El cues-tionamiento. El sospechosismo de quienes deberían brincar de felicidad, pero optan por arrastrar pies de plomo. “Al número de la multa llegaron por aventón”, dicen los que no conocen los artículos de la ley de competencia que permiten vincular la sanción al 10% de las acciones o al 10% de las ventas de la empresa. “La multa es excesiva”, alegan los que no han visto los comparativos internacionales, ni los montos superiores que se han cobrado a otras empresas en otras latitudes, por conductas similares. “Es una decision política de congraciamiento o subordinación a Televisa”, argumentan quienes ignoran que la Comisión Federal de Competencia lleva un buen tiempo insistiendo en la licitación de una tercera cadena de television abierta, y la participación de Carlos Slim en la television de paga. 
Quienes han esgrimido estos argumentos no parecen entender el buen precedente que se sienta, el principio de autoridad regulatoria que se ejerce, el efecto demostración que la multa podría tener sobre tantas empresas propensas a expoliar a los consumidores. Quienes han apilado estas críticas a la decisión de la Comisión Federal de Competencia no parecen comprender que –por fin– alguien en el gobierno se ha atrevido a actuar en nombre de los mexicanos exprimidos que día tras día, mes tras mes, año tras año han convertido a Telcel en una de las compañías más lucrativas del planeta. La empresa del Sr. Slim ha abusado de su posición en el mercado, y las autoridades regulatorias –conforme a las mejores prácticas mundiales– le han impuesto un castigo. He allí el meollo del asunto, la razón detrás de la celebración, aquello que debería generar el apoyo decidido en lugar de la crítica contraproducente.
Pero parecería que la animadversión a Televisa, legítima y ganada a pulso, impide a algunos comprender la magnitud de la multa anunciada a Telcel, la trascendencia de las implicaciones que podría tener, los cambios en favor de la competencia que podría desatar. La decisión –tardía pero bienvenida– de la autoridad regulatoria es denostada porque encara a un monopolio y no al otro. La resolución de la Cofeco es descalificada porque favorece a Televisa al impugnar el comportamiento de su rival. Pero resulta ser que ese rival –Carlos Slim– ha generado daños severos a los consumidores, a la competitividad, al crecimiento, y es hora de que las autoridades y los mexicanos lo comprendan. El odio a Televisa no debe ofuscar la imperiosa necesidad de contener a su contrincante. No se trata de creer que un monopolio es menos malo que otro, sino de confrontarlos por igual. Televisa pervierte la democracia del país; Telcel estrangula su desarrollo económico. Televisa chantajea a la clase política de México; Telcel expolia a sus consumidores.
Por ello, el rasero regulatorio debe ser parejo y la Cofeco necesita evaluar a Televisa con la misma vara de medición que ha usado contra el Sr. Slim. Por ello, el empuje pro-competencia que hemos presenciado en las últimas semanas no va a ser creíble si al titán de las telecomunicaciones se le manda un macanazo, mientras al titán televisivo se le otorga todo lo que quiere. Por ello es fundamental cuestionar si la manera de mejorar el mundo de las telecomunicaciones es otorgándole a uno de los dos monstruos lo que desea y no tiene: la pantalla de televisión desde la cual construir candidatos presidenciales, defender sus modos monopólicos, chantajear candidatos, volver a todo México territorio Slim. Por ello hay que saltar de gusto ante la multa que se le quiere cobrar, pero mirar mucho más allá de ella.
Porque el Sr. Slim hará lo que siempre ha hecho, sexenio tras sexenio. Intentará matar al mensajero. Buscará frenar el fallo. Recurrirá al amparo como forma de comprar tiempo. Esperará a que llegue el próximo presidente de la República o de la Comisión Federal de Competencia con la esperanza de presionarlo.  Y Televisa –ahora en alianza con TV Azteca– también hará lo que siempre ha hecho, sexenio tras sexenio. Demandar la competencia en otros sectores pero no en aquellos que controla. Impedir la existencia de una tercera cadena de television abierta. Someter a los legisladores para que no promuevan una nueva Ley de Radio y Televisión que regule un bien público en nombre del interés público. 
Ante este panorama, a los ciudadanos y a los consumidores del país les espera una ardua lucha. Una batalla incesante en favor de mejores tarifas y más competencia, mejores productos y más jugadores, mejores reguladores y más valentía de su parte. Y si esa pelea empieza con algunas victorias –como la multa histórica a Telcel–, habrá que entenderlas y celebrarlas así. Brincando de felicidad, aunque en este momento sea con un solo pie. Cuando el gobierno se aboque a confrontar a Televisa como acaba de hacerlo con Telcel, entonces podremos brincar con los dos. l
El Despertar
Cristianismo y catolicismo
José Agustín Ortiz Pinchetti
La intervención política (ilegal e impune) del clero revive viejas controversias. Recordemos cómo pensaba en 1925 un ilustre mexicano, hoy rescatado por la reacción. Por aquella época, a propósito de una controversia que involucró a la insigne Gabriela Mistral, él envió una carta a Alfredo Palacios. Quisiera destacar y compartir algunos párrafos de dicha carta:
“Veo en Gabriela y en usted dos grandes cristianos prácticos, cristianos de verdad, que por lo mismo no pueden ser católicos. Usted procedió como verdadero cristiano cuando obtuvo del Congreso argentino una ley protectora de los trabajadores explotados por los terratenientes, quienes, por lo general, son excelentes, irreprochables católicos, pero viven de violar a diario la ley de Cristo. Así que yo vea, no digo la Iglesia, sino siquiera algún sacerdote que se pone enfrente del explotador para defender a los débiles, creeré que ese hombre, aun siendo católico, está animado del espíritu de Cristo… La esencia del cristianismo es la ternura para nuestros semejantes. Esa ternura apareció en San Francisco y por poco lo excomulgan... Andan ahora haciendo el papel de perseguidos en Chile, después que alentaron y aplaudieron el golpe de los militares chilenos. Aquí, en cambio, andan dichosos, insolentes… La preocupación por el problema religioso, por el dogma, nos llevan a coincidir con la doctrina católica… frecuentemente me he declarado yo católico, en el sentido de que creo que la doctrina de la Iglesia… Pero me he convencido de que esa convicción más bien me aparta que me acerca a la Iglesia. La Iglesia no representa la religión, sino la liturgia. Está en estos instantes detrás de cada movimiento de reacción.
Adelante, mi querido amigo; soy uno de los que le seguirán en nombre de Cristo, que no es monopolio de frailes. Nunca podrán comprender los católicos que Cristo está más cerca, mucho más cerca, del atormentado Carlos Marx que del iluminado Tomás de Aquino. Creo que el socialismo moderno es un intento de aplicar la ley de Cristo; si por no querer y no poder ser católicos nos niegan el derecho de creer en Cristo, nada importa que nos llamen anticristianos. Cuando yo sepa que la Iglesia ha librado una sola batalla en favor de los desheredados, pensaré que acaso Cristo vuelva a su seno. Pero, entretanto, me voy con los ateos, si los ateos imponen la justicia.
José Vasconcelos

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