Chile: los estudiantes ponen al régimen contra las
cuerdas
Ángel Guerra Cabrera
El presente año ha visto un florecimiento infrecuente de los
movimientos populares por el número, dimensiones, diversidad de sus integrantes
y veloz propagación geográfica transcontinental. Estos movimientos, casi siempre
con gran participación juvenil, no se sienten representados por las
instituciones y los partidos políticos del sistema ni creen que estos puedan
ofrecer solución a sus aspiraciones. Lo que expresa este sentimiento es el
agotamiento del capitalismo, en especial del capitalismo neoliberal en su etapa
agónica; no únicamente como modelo económico sino como régimen político capaz de
mantener con la democracia representativa un mínimo de consenso social. Al igual
que en la puerta de El infierno de Dante, en la del modelo se anuncia:
abandonad toda esperanza. Es la horrible tragedia a la que son arrojados millones de seres humanos, ahora en los países ricos como en los pobres, entre ellos infinidad de jóvenes, grupo con frecuencia educado pero sin apenas perspectiva de lograr una vida digna.
¿Pero no era Chile el ejemplo del éxito económico y social neoliberal, a
seguir por América Latina? ¿El país más estable de la región? ¿El que mejor
había hecho la tarea? Pues a las protestas sociales de los últimos años –la del
pueblo mapuche destaca por no haber cejado un día en la pelea– se añade un
potente y prestigioso movimiento estudiantil que ya dura cuatro meses. Demanda
educación pública de calidad, con cabida para todos los niños y jóvenes,
independientemente de su condición económica, sin fines de lucro, multicultural,
bajo la responsabilidad del Estado y reconocida como un derecho en la
Constitución.
La dictadura pinochetista asesinó a miles de luchadores sociales, aplastó a
las organizaciones populares y conculcó los derechos alcanzados en siglos de
brega por el pueblo y la clase obrera chilenos. Pero no pudo asesinar las ideas,
la memoria histórica, las tradiciones de lucha. Para no ir más lejos, a este
gigantesco movimiento lo antecedió en 2006 el de los memorables
pingüinos, estudiantes secundarios que, además de las demandas
económicas, también enarbolaron la defensa de la educación pública. Una gran
virtud de la actual movilización es agrupar con la misma demanda fundamental a
virtualmente todo el estudiantado de secundaria, enseñanza técnica y
universitaria, tanto de centros estatales como privados, y llevar a cabo su
lucha de la mano con el reconocido Colegio de Profesores y el apoyo de varios de
los más importantes rectores. También haber ganado a los padres de familia,
sindicatos y organizaciones populares, de modo que cuenta con 80 por ciento de
apoyo nacional según encuestas, ratificado por las cada vez más nutridas marchas
que han organizado. Más de 100 mil personas en la última de ellas, el martes 9
en Santiago, acompañada de movilizaciones en todo el país.
Los jóvenes han tenido un capaz liderazgo en Camila Vallejo, presidenta de la
Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, y los dirigentes de otras
instituciones de educación superior, y han procesado sus demandas y respuestas a
las propuestas del gobierno a través de un sistema asambleario de consulta con
las bases que asegura su unidad y firme respaldo a los líderes. Por su parte, el
presidente Sebastián Piñera ostenta la más baja popularidad de un gobernante
posterior a la dictadura –26 por ciento– y más bajos aún andan su partido y la
oposición.
Bajo Pinochet y gobiernos posteriores, la educación se convirtió en un
suculento negocio: un universitario debe 30 mil dólares en créditos cuando
egresa. Ahora bien, la demanda estudiantil implica un cambio radical al
neoliberalismo a rajatabla chileno no sólo en el campo educacional. Reconocer la
educación como un derecho humano en la Constitución y no un
bien de consumo, como la califica Piñera, exige un vuelco conceptual en el Estado, que tendrá que financiarlo. Para lo que deberá elevar exponencialmente los impuestos a las empresas del cobre, o renacionalizarlo, como ya se reclama en pancartas levantadas en las manifestaciones. Los estudiantes han sido duramente reprimidos y amenazados ominosamente sus dirigentes. Visto que el gobierno no los escucha, ahora proponen un plebiscito sobre su demanda. Hay una amenaza no tan velada de recrudecer la represión pero los estudiantes no olvidan su historia, el luminoso gobierno de Salvador Allende, acervo con el que concurren a una cita decisiva con la historia latinoamericana.
Visitante frecuente-Helguera

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