¿Ha valido la pena su guerra?, pregunta Sicilia a Calderón
Arriba caravana a Chihuahua, una zona desgarrada por la violencia
El de Marisela, uno de los miles de asesinatos que causan más dolor
El de Marisela, uno de los miles de asesinatos que causan más dolor
Javier Sicilia y Julián LeBaron colocaron una placa justo
frente al palacio de gobierno, donde fue asesinada Marisela EscobedoFoto Víctor Camacho
Alonso Urrutia
Enviado
Periódico La Jornada
Viernes 10 de junio de 2011, p. 2
Viernes 10 de junio de 2011, p. 2
Chihuahua, Chih., 9 de junio. Desde el
templete se escucharon los testimonios doloridos de los chihuahuenses: la
masacre en Creel, las descripciones de ejecuciones en la entidad con
más homicidios del país, el dominio de los sicarios en la zona serrana, la
indefensa condición de indígenas, los abusos policiacos y militares… Pese a la
barbarie descrita, hay un crimen que genera un particular dolor colectivo, el de
Marisela Escobedo.
Han pasado siete meses desdel homicidio y la Caravana por la Paz con Justicia
y Dignidad llegó a la capital de Chihuahua y abrió un espacio para dejar un
sentido in memoriam: “Aquí fue asesinada Marisela Escobedo el 16 de
diciembre de 2010 por exigir justicia en el feminicidio de su hija
Rubí”. El poeta Javier Sicilia y Julián LeBaron colocaron una placa a tres
metros del palacio de gobierno, justo donde fue ejecutada.
“Yo quiero preguntarle al presidente Calderón –lanzó Sicilia– si su guerra ha
valido la pena. Si su guerra de 40 mil muertos y 10 mil desaparecidos ¿es la
guerra donde mueren criminales? Yo le digo que su guerra está equivocada, que
tiene una deuda con estas víctimas, y que no debió haber salido a esta guerra
cuando las instituciones nos están mostrando que están podridas, porque son
cómplices; vivimos en un régimen de impunidad. No se puede haber salido a esta
guerra sin una reforma del Estado”.
Los indígenas, marginados de las estadísticas
La caravana llegó a
una entidad desgarrada, leyó la presentadora. Las cifras en Chihuahua desnudan la inoperancia de la estrategia militar, en 2007 hubo 469 asesinatos; en 2010, luego de tres años de presencia militar, el número de víctimas llegó a 5 mil 212; en 2007, 29 secuestros; en 2010, 190. Son los datos duros.
La situación se percibe en el estado de ánimo de la gente. La concurrida
marcha parecía partida en dos: los chihuahuenses que caminan en silencio a la
vanguardia, y las mujeres de negro que rodean a Sicilia. Sólo las pancartas
hablaron, las figuras alusivas a la paz y a la muerte expresaron la coexistencia
de sentimientos. En la parte trasera, donde se colocaron quienes vienen en los
13 camiones que salieron con la caravana desde Cuernavaca, se mezclaron las
consignas, los cánticos a la paz, los tambores y la música para acompasar su
protesta contra la militarización. Ambas partes con el mismo reclamo de paz.
Lucha Castro, abogada defensora de los derechos de la mujer, denunció la
incursión constante de comandos armados que se apoderan de la tierra de
comunidades indígenas para sembrar droga; “las personas desaparecidas en la
sierra ni siquiera llegan a formar parte de la estadística oficial, hay
incendios, amenazas, levantones”.
Castro fue elegida para describir la realidad chihuahuense: uno de cada tres
homicidios en el país son en Chihuahua, desde 2007 la ocupación militar que
domina el estado ha disparado la violencia. Asesora de rarámuris, asegura que el
estado más peligroso para la defensa de los derechos humanos es
Chihuahua.
Su descripción incluyó la difícil condición de las mujeres y la vida en
Chihuahua; son víctimas de la trata de blancas, de la prostitución forzada;
“decenas de jóvenes violadas tumultuariamente por hombres armados de la mafia,
del Ejército, de los cuerpos policiacos, todos actúan igual, considerando el
cuerpo de la mujer un botín de guerra.
Son las mujeres las que llegan a los cuarteles a buscar desaparecidos, las que llegan a la morgue a buscar a sus hijos o a sus esposos, las que denuncian la desaparición de los varones de la familia, las principales testigos de cómo militares sin órdenes judiciales se llevan a sus familiares.
Se denuncian asesinatos, se reclaman desapariciones, implora paz y justicia
gente llegada desde diversas partes de la entidad, porque la impunidad es
generalizada.
Yuriani Armendáriz, representante del pueblo de Creel, improvisó su
intervención y a manera de justificación dijo, antes de narrar su realidad:
“Yo no traigo un escrito porque ese escrito en mi pueblo se hizo con sangre.
Ese 16 de agosto de 2008, que marcó ya a mi pueblo, hubo una masacre que dio
inicio a la violencia tremenda. Trece personas asesinadas: mi hermano, mi primo,
un niño de un año que muere en brazos de su padre. Más que una caravana nosotros
hemos vivido un via crucis, porque le exigimos al gobierno eso que nos
debe, eso que se llama justicia.”
Su voz se quebró por momentos, pero siguió su narración: “a la fecha no hemos
conseguido ni siquiera un porqué. Ahora más que la verdad queremos tranquilidad,
que dejemos de vivir con miedo, que la autoridad voltee a ver cómo se vive en mi
pueblo; la angustia, el miedo, las balaceras en la madrugada, el tener que
correr por el miedo. Estamos hasta la madre de la falta de autoridad. Cansados
de no ser escuchados, hartos de que nos dejen solos, que cada vez seamos menos
quienes denunciamos, por miedo; se nos marginó porque decían que nuestras
víctimas habían sido rarámuris, y parece que por el hecho de ser indígenas no
tuviéramos sentimientos, no tuviéramos corazón… Esto es un grito desesperado de
dolor…”
Vinieron entonces los dramas particulares: la muerte de Mariano Anteros, de
22 años, asesinado en una especie de retén de sicarios. “¿Por qué? –se preguntó
su madre–, ¿por qué, si todavía no era tu tiempo?”
Ningún familiar habló por Marisela. Ya no viven en Chihuahua tras la brutal
ejecución. Fue Julián LeBaron quien la evocó.
Nunca pensé llegar a mi estado en estas condiciones. Ni en mis peores pesadillas. Luego lanzó:
yo acuso al presidente Calderón, a los partidos, a los gobernadores, a la sociedad y a mí mismo porque la dejamos sola y por eso la mataron.
Una mujer, que deplora el asesinato de su hermano, también lamentó la
indiferencia social.
Nosotros estamos aquí por el dolor, pero, diría Martin Luther King, nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como el estremecedor silencio de nosotros.

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