La batalla
contra las armas
olga pellicer
olga pellicer
El tráfico de armas alimenta la
violencia a lo largo del mundo. Está en el origen de acciones terroristas, de
ejércitos irregulares, de asesinatos cometidos por mentes perturbadas, de
ejecuciones masivas perpetradas por miembros del crimen organizado. Su
presencia creciente en México es motivo justificado de preocupación.
Con las armas adquiridas a los
comerciantes del terror han encontrado la muerte miles de personas, se ha
fortalecido la capacidad de intimidación de los cárteles de la droga, se ha
aterrorizado a millones de ciudadanos. Luchar contra el tráfico de armas requiere
de medidas muy variadas; unas al interior de México, otras al interior del
principal proveedor de armas en el mundo que son los Estados Unidos.
Las armas que llegan a México provienen
en 80% de los estados fronterizos de la Unión Americana. Por lo tanto, la
batalla para detener el tráfico se encuentra condicionada a los avances que se
logren en aquel país. Desgraciadamente, los esfuerzos por regular la
compra-venta de armas encuentran múltiples problemas en Estados Unidos.
Cualquier intento de poner restricciones al libre comercio de armas remite de
inmediato a las libertades establecidas en la segunda enmienda de su
Constitución y propicia enconados debates que colocan en posiciones contrarias
a quienes tienen conciencia de los efectos mortíferos de la venta
indiscriminada de armas y quienes defienden poderosos intereses económicos e
ideológicos.
Existe un amplio movimiento ciudadano
que ha venido luchando por establecer regulaciones para evitar que las armas
lleguen a manos criminales. Expresiones de ese movimiento son, desde la
excelente película de Michael Moore Bowling for Columbine, hasta las
iniciativas promovidas en el legislativo por organizaciones muy activas y de
alta visibilidad como la Coalición de Alcaldes contra las Armas Ilegales.
Actuando en sentido contrario se
encuentra la Asociación Nacional del Rifle (NRA), una de las organizaciones más
poderosas para aglutinar y dar voz a las personalidades más conservadoras de
los Estados Unidos. La NRA mueve inmensos recursos financieros para apoyar las
campañas de Representantes y Senadores, cuya preocupación más urgente es
obtener recursos e interpretar correctamente el sentir de sus electores para
lograr su reelección.
La NRA ha convencido a numerosos
legisladores de la conveniencia de creer en dos mitos: uno, que tomar posición
a favor del control de armas es un camino seguro para perder una elección; dos,
que los controles son inútiles en la medida que quienes anhelan obtener armas
las obtendrán de todas maneras, a pesar de la regulación existente.
La fuerza del NRA se ha hecho sentir
recientemente. A comienzos del mes pasado fue derrotada en la Cámara de
Representantes la iniciativa bipartidista que buscaba establecer controles a la
venta de armas y explosivos a quienes eran sospechosos de actividades
criminales. En la misma línea se ubica la negativa a la solicitud del
presidente Obama de otorgar autorización, a la Agencia para el Tabaco y Armas
de Fuego y Explosivos (ATF), de llevar un registro de aquellas personas que
compran o venden armas semiautomáticas o de alto calibre en los estados
fronterizos con México.
En ese ambiente se ubica la iniciativa
promovida en México por la organización Alianza Cívica para suscribir una carta
dirigida al presidente de los Estados Unidos con tres peticiones: detener
inmediatamente la importación de armas de asalto a Estados Unidos, porque la
mayoría llega de contrabando a México; aumentar la capacidad regulatoria de la
ATF en regiones donde se abastece el contrabando de armas a México; ordenar a
los vendedores a reportar a la ATF la venta de varias armas de asalto a una
misma persona.
Esta incursión de la sociedad civil
mexicana en la batalla para el control de armas en Estados Unidos tiene el
enorme mérito de abrir la puerta para una acción conjunta de las sociedades de
ambos países y contribuir a la mayor toma de conciencia, aquí y allá, del
enorme daño que está causando el tráfico de armas a México.
Reconociendo esos méritos encuentro,
sin embargo, dos limitaciones: una, que tiene como único destinatario al
presidente Obama. Sin embargo, los actores clave en este tema son las
asociaciones civiles, los legisladores, los medios de comunicación. Ningún
presidente de los Estados Unidos –independientemente de que cuente o no con las
facultades para hacerlo– toma medidas sobre un tema tan sensible sin medir
cuidadosamente las presiones e intereses que expresan dichos actores; menos aún
cuando se encuentra en proceso de buscar la reelección.
La segunda limitación es apoyar,
indirectamente, la política de reclamos que ha dado el tono a la estrategia del
presidente Felipe Calderón para dialogar con Estados Unidos. En estas páginas
me he referido de manera muy crítica a esa estrategia que tuvo una expresión
muy controvertida en el discurso pronunciado en el Congreso de los Estados
Unidos en mayo de 2010. Esa estrategia conlleva, al menos, tres problemas:
colocar en segundo término la responsabilidad del gobierno mexicano como es,
por ejemplo, mejorar el control de los puestos aduanales por donde atraviesan
las armas; alentar el antimexicanismo que recorre a numerosos sectores de la
sociedad estadunidense y, sobre todo, perpetuar la tendencia de la clase
política mexicana a ignorar las complejidades del sistema político de los
Estados Unidos formulando demandas de tal manera que, casi irremediablemente,
no encontrarán respuesta.
A pesar de esas reservas, comparto el
espíritu de quienes han decidido participar activamente en la batalla contra
las armas. Es el comienzo alentador de un mayor involucramiento de la
ciudadanía en un asunto que afecta gravemente la vida nacional. l

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