¿Y para cuándo la indignación de los desempleados?
| Autor: Álvaro Cepeda Neri * |
Sección: Conjeturas
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8 Junio 2011
Las revueltas europeas (en Grecia, Portugal, Inglaterra, Italia, etc.), por la crisis económica generada por los desfalcos bancarios y su salvamento con dinero público, por el capitalismo salvaje del aún invicto neoliberalismo económico y la traición de los gobernantes a la democracia representativa o democracia indirecta, trae a las élites ocupadas en resolverlas, sobre todo con la máxima expresión de la explosión social en España donde jóvenes salidos de escuelas de estudios superiores y millones de desempleados, de la noche a la mañana ganaron las calles de todo el país. Y con su movimiento de protesta, llamado de “La indignación”, iniciaron protestas cuyo factor común es la demanda de plazas laborales.
Al otro lado del Atlántico, en nuestro país, las cuestiones económicas y sociales están mucho peor que en esos países del siempre nuevo-viejo continente y, empero, salvo escasas manifestaciones en la capital de los Estados Unidos Mexicanos y una que otra de relevancia en los principales municipios de Oaxaca (en Tamaulipas, Michoacán y Durango a la par de las acciones contra la pavorosa y sangrienta inseguridad), Chiapas, Guerrero, Sinaloa y Veracruz, no hay una acción masiva para impugnar la falta de empleos (para todas las edades, con todo y que empresarios y comerciantes, de entrada, rechazan a personas con más de 40 años). Hay pasividad por la resistencia de los mexicanos para soportar la injusticia y sobrevivir, con bajísimo consumo, al hambre y las necesidades.
Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, encubridor del gobierno federal, disminuyen la cantidad de parados por despidos y, sobre todo, porque no se crean empleos; porque el sector privado ha contraído sus inversiones y crecimiento, además de que en lugar de tres empleados, obligan a uno que desempeñe tres plazas con el plago de una. Los gobiernos, empezando por el de Calderón, han cancelado inversiones públicas (recomendadas por Keynes, el economista que llegó a la sugerencia de que se contrataran desempleados en épocas de crisis, para que, en fila, uno hiciera un hoyo, el siguiente lo tapara y así sucesivamente, con esto recibirían una paga para consumo que activaría la producción). En esta década perdida, por el mal gobierno panista, los únicos hoyos que tenemos son desempleo y pobreza.
Así que la opción es esperar ya, que al menos un millón de los sin trabajo y un millón de los más empobrecidos, con las vanguardias que demandan soluciones a esos problemas se decidan a salir a las calles en las capitales de los 31 estados, y otro millón en la ciudad de México, para de una vez por todas plantarse hasta que sus reclamos sean atendidos. De otra manera como manifestaciones aisladas, no se logrará nada, como estamos viendo. Los Artículos 8 y 9 constitucionales, dan ese derecho, sintetizado así: “No podrá ser disuelta una asamblea o reunión que tenga por objeto hacer una petición o presentar una protesta por algún acto a una autoridad”. Los mexicanos necesitan indignarse también, por medio de la democracia directa.
Océano de desigualdad
Adolfo Sánchez Rebolledo
Ser
mexicano en el siglo XXI implica vivir en un océano de desigualdad. Poco
importa si México ocupa el número uno o el 20 entre los países más
desarrollados, el hecho imborrable es que los pobres son muchos y están en
todas partes, así no los vean desde las atalayas del poder y la riqueza quienes
gobiernan y deciden en el país. ¿Cómo puede un país sentirse pujante y
saludable si casi la mitad de sus habitantes sobrevive en la pobreza o sufre
para comprar la comida diaria, rentar la vivienda que habita, pagar por el
transporte, la luz, el agua, las medicinas, por no hablar de otros gastos que
la sociedad moderna hace necesarios para reproducir la vida social? No sólo se
trata de un problema moral, que lo es, sino también y en primera instancia de
una grave anomalía social que deja muy mal parada a la economía dizque
nacional, a los prohombres que la capitanean y a los intelectuales que les
construyen a los políticos los sueños sobre cierta república inexistente,
irreal, que no es una utopía del futuro sino, más bien, el resultado inmaduro
del baño de optimismo que, a modo de una ceguera
estructural, congénita, les impide poner los pies sobre la tierra que pisan.
En
su carácter de expertos, hablan de los pobres y la pobreza con la indiferencia
de quien se refiere a cosas inanimadas, a números, no a personas cuyos derechos
fundamentales son cuestionados todos los días. Discuten proyectos, políticas
públicas, pero en última instancia admiten que la desigualdad es inevitable y
los medios para combatirla limitados o… inconvenientes (de la reforma fiscal
progresiva mejor ni hablamos). Los avances, pequeños y a cuentagotas, se
festejan como grandes victorias en la conquista de la equidad, pero nada dicen
de la otra cara de la moneda que acertadamente resume Carlos Tello en su libro
sobre la desigualdad (UNAM, 2010):
El excedente generado en la sociedad, y que concentran los ricos, no ha sido utilizado en forma tal que contribuya efectivamente al desarrollo nacional. De las utilidades que genera la economía (por lo general más de 50 por ciento del ingreso nacional) poco se invierte (apenas alrededor de 10 por ciento de ese ingreso). El grueso de ellas se despilfarra o quema, en los consumos suntuarios de los grupos dominantes, o sirve de multiplicador del empleo en otras economías (se fuga). Por eso resulta tan aberrante la petulancia del gobierno al hablar, por ejemplo, de las minúsculas recuperaciones del salario mínimo o de la consolidación de las clases medias, tema que al parecer está destinado a convertirse en uno de los ejes de la estrategia electoral del panismo hacia 2012. Así, poco a poco se está dibujando una imagen del país donde la cuestión de la pobreza en la desigualdad quede proscrita o condenada a un inofensivo segundo plano.
La
idea que está en el fondo del alegato a favor de vernos como un país medio rico
es muy simple: ¿por qué mirar el vaso medio vacío de la pobreza cuando al otro
lado de la línea de la miseria, del precarismo y la carencia de empleos, hay un
mundo de ínfimos consumistas, dueños del televisor que adoran, del refrigerador
que poseen como marca de modernidad o de la hipoteca de interés social que
cubren con grandes sacrificios, cuya subjetividad –no su situación objetiva–
los identifica con las clases medias
en construcción, aunque falten el trabajo estable, los créditos, y sean muy pocas las oportunidades de negocio fuera de la informalidad ? ¿Por qué no, reflexionan algunos estrategas, reforzar con programas bien armados (como el subsidio a las colegiaturas), sobre todo para tiempos electorales, a esa clase media que vive al día como un acto de libertad, convencida del individualismo emprendedor, en lugar de focalizar las
ayudasdel gobierno o las acciones filantrópicas de las sociedades de caridad en las comunidades depauperadas que hoy son el objeto, mas no el sujeto, de la política social? ¿Por qué no darle a ese mexicano patriota vestido de verde pero no nacionalista, urbano aunque marginal, despierto mas no ilustrado, la oportunidad de ser la base humana de los grandes proyectos que en materia de superación personal promueven las televisoras, esos nuevos oráculos del bien público, inveterados gestores de la felicidad familiar concesionada por la Iglesia del cardenal de Guadalajara? ¿Para qué perder tiempo y dinero en elevar los salarios de los trabajadores que sí requieren de la negociación colectiva? ¿Cuál es la razón para no subsidiar la enseñanza privada, la medicina privada o la obra del Yunque en materia de salud sexual si con ello se fortalece a la clase media que se consolida para tapar las vergüenzas de la miseria secular y la de ahora? ¿Por qué, en definitiva, canalizar tantos esfuerzos al barril sin fondo de la pobreza si la expansión de la economía ayuda a reciclar la desigualdad que rebrota como yerba bajo la lluvia?
El
problema con estas clasificaciones que invocan la pertenencia a las clases
medias a partir de ciertas consideraciones subjetivas, aspiracionales, diría
Mauricio Merino, que se identifican con una cierta inercia conformista, es que
pueden convertirse en un error de cálculo mayúsculo, habida cuenta del grado de
malestar, la irritación acumulada por capas enteras de la población que han
nacido en la crisis y no tienen otra experiencia de vida que la desilusión por
las promesas de un futuro mejor (el reclutamiento masivo, por los cárteles, de jóvenes de todos
los estratos, incluyendo a las clases medias tipificadas por sus deseos de ser,
debería encender las alertas rojas).
El
secretario Cordero quiere darle a las cifras aportadas en su ya famosa
alocución valores que no tienen. Su problema –y en esa medida el nuestro– es
que no ve en la desigualdad más que un problema económico o, en su caso, una
cuestión de seguridad de lenta y casi imposible resolución, sin asumir (él que
ha sido secretario de Desarrollo Social) el carácter explosivo de la pobreza y
la urgencia de darle a la acción del Estado en esta materia el lugar, la fuerza
y la centralidad que ya ocupa en la horrible realidad. No lo hará, pues en su
perspectiva sólo está el deseo irrefrenable de ganar la Presidencia jalando a
la clase media a las urnas.
PD.
Jorge Semprún ha emprendido el largo viaje. Su obra queda. La leyenda también.

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