Las pensiones de los ex presidentes
Arnaldo Córdova
Carlos Salinas de Gortari y Vicente Fox Quesada, ex
presidentes con pensión vitaliciaFoto Marco Peláez
El servicio público desde un puesto de gobierno o de la
administración pública o de la representación popular es un privilegio sólo en
el sentido de que, en efecto, lo es servir a la sociedad. En un régimen
democrático y republicano jamás debería constituir ese privilegio que significa
adquirir canonjías indebidas o disponer de los dineros públicos o sacar provecho
personal de una situación dada. Tampoco debería constituir un medio de prolongar
los beneficios que el cargo proporciona mientras se le ejerce, como altos
sueldos o los así llamados gastos de representación.
En un régimen político de verdad civilista y de derecho y siendo el servicio
público ese privilegio que es servir a la nación, ninguno podría pretender ser
convertido en héroe de la patria por muy alta que haya sido su investidura o su
cargo. Desde la época de Echeverría, justo en 1976, a alguien se le ocurrió
premiar los servicios de los presidentes de la República con pensiones
vitalicias y aparatos de seguridad y de oficina que involucraban a decenas de
personas. Ese sí ya de por sí un privilegio personalista fue adicionado por De
la Madrid en 1987 al hacer que los servicios que se daban por parte del poder
público a los ex presidentes constituyeran en sí un aparato burocrático de
dimensiones públicas, siendo privados.
Nadie nace siendo un funcionario o un servidor público. Se supone que el que
es electo presidente de la República fue antes un político y que tiene ciertas
habilidades profesionales. Se supone porque ésa es la verdad. Cuando, después de
desempeñar su cargo, se debería suponer también que vuelve a las actividades que
como ciudadano desempeñó antes. El presidente no se debe ver como un monarca. Es
un ciudadano que, después de su encomienda, vuelve a ser un ciudadano común y
corriente. No hay nada que justifique que, después de ser presidente, se le siga
tratando como si nunca dejara de serlo en su estatus personal.
En alguna ocasión, el tonto de Fox dijo que necesitaba su pensión para poder
vivir de algo. En estricta lógica republicana, debería suponerse que, antes de
ser presidente, el ciudadano que llega a serlo vivía de un oficio o de un
negocio. Luego de desempeñar su puesto, otorgado por la ciudadanía, debería
volver a vivir de lo que vivía antes y no pretender que la sociedad, tan
esquilmada ya de por sí, lo siga manteniendo como si todavía lo hiciera, siendo
que eso resulta costosísimo. Que esos gravosísimos privilegios se mantengan sólo
demuestra que la nuestra no es una República de ciudadanos, sino una sociedad de
privilegios que anula la ley y la misma Constitución.
Esos privilegios son resultado de una determinación administrativa, de un
acto de un presidente puramente autoritario. No está establecido en ninguna ley
ni, mucho menos, en la Constitución. Si el Congreso hubiera actuado como un
poder soberano y no como un lamebotas de los presidentes, incluidos los
panistas, habría reclamado al Poder Judicial la anulación de semejante
monstruosidad y su sanción puntual como violatoria de la legalidad republicana.
No es posible, se dice el ciudadano común y corriente, que muchas veces no sabe
nada de leyes ni de procedimientos administrativos, que este país tan pobre se
sacrifique para dar a unos auténticos zánganos que, además, han hundido al país,
semejantes prerrogativas.
A un par de piadosos diputados priístas se les ha ocurrido
disminuira la mitad esas abusivas prerrogativas de los ex presidentes. Esas cabezas de chorlito son los representantes del pueblo Jaime Sánchez Vélez y Jorge Arana (muy conocidos en su casa). Debió haberles parecido un acto de justicia; pero no presentaron su iniciativa por eso, sino porque les preocupaba que ese fenómeno no estuviera regulado en ningún instrumento jurídico. Ignorantes de la historia y pienso que sin saber los abusos de Echeverría y De la Madrid, para ellos el asunto es someter a regulación esos privilegios inmundos. Ya veremos lo que implica la reducción
a la mitadde esos privilegios y el asombro que causa saber la entidad de esos mismos privilegios.
En la UNAM, el rector Pablo González Casanova determinó que a los ex rectores
(y no recuerdo si también a los ex directores de facultad, escuela o instituto)
se les debía seguir pagando su sueldo de por vida. Su explicación fue que habían
realizado un gran servicio a nuestra casa de estudios. Yo me preguntaba por qué
estaba tan seguro de que habían realizado un buen servicio. Yo recuerdo que el
desempeño de casi todos ellos fue pésimo. Debe ser la misma razón que se aduce
con los ex presidentes (Echeverría y González Casanova fueron contemporáneos en
sus mandatos). Por muy meritorio que sea el servicio prestado a la generalidad
nunca debemos olvidar que ese servicio es un deber y no fuente de privilegios
indebidos y vergonzosos.
No hay presidente que no haya abusado de su poder y del erario. Téllez
descobijó en una conversación privada a Salinas, diciendo que se había robado la
mitad de la partida secreta de la Presidencia. Eso debió haber sido muchísimo
dinero. Todos los presidentes nos han robado, aunque no se lo podamos probar.
Todos se han llevado dinero público a sus bolsillos y todos lo sabemos. Los
medios nos son desconocidos y siempre lo serán; pero lo han hecho. Basta ver el
boato en que viven. Todo ello, por supuesto, no es más que una inocente
suposición.
La iniciativa de marras que un par de borricos ha propuesto para
regularlos privilegios de los ex presidentes es un ejemplo preclaro de la estulticia y el mal humor. La mayor puntada que se alcanzaron fue la de convertir a los ex presidentes en cuadros académicos de alguna de nuestras universidades. No entiendo qué harían en una universidad, como no fuera la de desahogar sus chismes. Ninguno de ellos ha podido ser un científico por razones obvias. Que nos vengan a contar las tonterías que han hecho en sus gobiernos y los desastres que han provocado, muy probablemente ni ellos mismos serían capaces de explicarlos. Eso lo mostró Salinas en su primer libro hablando del
error de diciembre.
Ahora va la buena: se pensionará a los presidentes con el 85 por ciento de su
sueldo y luego de seis años se reducirá a la mitad. Parece mucho, pero eso
equivale a unos doscientos mil pesos mensuales, ya sin trabajar. Para preservar
la seguridad personal de los ex presidentes, la Secretaría de la Defensa les
asignará un general, dos jefes, seis oficiales y 20 elementos de tropa. La
Fuerza Aérea, un jefe, dos oficiales y seis elementos de tropa. La Armada, dos
jefes, dos oficiales y 10 elementos de tropa. Se les asignarán tres vehículos
oficiales para ellos y sus familias. Se les darán 26 personas como personal
administrativo. Todo ello implica que se reducirá 70 por ciento el personal hoy
asignado. Saquen ustedes las cuentas. Y, todo ello, ¿a título de qué?
Esa iniciativa es una bofetada al pueblo. Los ex presidentes no tienen por
qué conservar privilegios de ninguna especie y deben volver a vivir de su
trabajo, de lo que aprendieron en la vida para poder vivir. No tenemos por qué
echar a la ciudadanía esa carga para que los ex mandatarios vivan como reyes.
Eso es absolutamente ilegal e inmoral.

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