El Despertar
Morena tiene su oportunidad
José Agustín Ortiz Pinchetti
La semana pasada le fue bien a AMLO. Después de una gira agotadora
(no para él sino para quienes la observamos), el domingo llenó el Zócalo por 33a
vez. Parece obvio que Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), puede ganar
en 2012, ¿por qué?
Es la única alternativa. Rogelio Ramírez de la O me contó esta anécdota: un
joven empresario le comentó que tenía sus dudas respecto a la elección
presidencial. Rogelio le propuso un dilema:
Si tú crees que el proyecto de Carlos Salinas vigente hasta hoy va por buen camino, no dudes, vota por Peña Nieto. El PAN es una mala copia de lo mismo. No una alternativa. Pero si crees que el país va mal y que necesita un cambio, vota por AMLO. No hay otra opción.
Morena es la única auténtica organización popular. Todos los partidos en
distintas medidas están en crisis. Ninguno tiene verdadero prestigio. La clase
política entera es vista con desconfianza. Morena agrupa a cientos de miles de
ciudadanos que en su mayoría no militan en ningún partido. Son voluntarios, no
cobran, no reciben regalos. De la indignación han pasado al compromiso y de ahí
a la organización.
Las células de Morena tienen presencia en casi todos los municipios del país
y en la mitad de las secciones electorales. Sus brigadas peinan el territorio
casa por casa, semana tras semana, mientras que el PRI y el PAN aspiran a ganar
con la televisión y los regalos. Morena es el primer aparato no clientelar
disciplinado y entusiasta que no sólo podrá promover y defender el voto, sino
que es portadora de una nueva actitud, patriótica y generosa y por lo tanto
moderna. Ningún otro partido cuenta con un instrumento semejante.
AMLO es un líder muy poderoso, ha resistido una campaña sucia por 7 años. Es
el único dirigente capaz de entusiasmar o convencer sin la manipulación
mediática. Su eficacia y popularidad en el DF demuestra que puede ser excelente
gobernante. Es el único capaz de encabezar un programa de reconstrucción
nacional.
El proyecto alternativo ofrece un horizonte muy amplio. Confía en el
potencial productivo de México. Refrenda la confianza en nosotros mismos como
nación y tiene ofertas realistas y viables para todos los grupos, en especial
para los empresarios, a quienes ofrece oportunidad de crecimiento y una defensa
contra los monopolios. Es cierto: está orientado en favor de la mayoría, sobre
todo a los más pobres, ¿pero cuál otro proyecto podría atacar a la desigualdad,
nuestro mayor problema histórico?
joseaorpin@hotmail.com
Democracia del crepúsculo
Rolando Cordera Campos
Tardamos años en instalar nuestra democracia y puede llevarnos sólo
unos días ponerla contra la pared y acabar con ella. El uso de la justicia y del
Ejército con propósitos políticos, un hecho casi flagrante, puesto de nuevo en
circulación en estos días, amenaza con provocar una cascada de reacciones –sin
fácil o previsible solución de continuidad– dentro del propio sistema político
que emergió de las reformas de fin de siglo. Más bien, debemos temer que, de
continuar por este sendero, el sistema se estrechará aún más y las distorsiones
en las relaciones entre los actores políticos establecidos, definidos
constitucionalmente, se tornen opacas y abiertamente rijosas, cuando no de plano
(auto) destructivas.
El frágil mecanismo de relojería en que descansan la pluralidad política y la
poliarquía alcanzadas gracias a los acuerdos entre los partidos y el gobierno
puede verse dañado en cualquier recodo de la lucha por el poder, sobre todo
cuando, como parece ocurrir ahora, esta lucha pierde el sentido de la realidad y
convierte su desconocimiento en una virtud del eventual triunfador. Arrinconado
el IFE, cuya estabilidad y funcionamiento han puesto en entredicho los partidos
desde la Cámara de Diputados, y alejado el tribunal electoral de su misión, la
producción de confianza, que era su función primordial, se desvanece y oxida y
se deja la política democrática al garete.
En lugar de política democrática, se abren nuevos campos y ruedos de lucha
que alejan el litigio de los cauces previstos y buscados por las reformas para
dejar el lugar al enfrentamiento directo, justificado en la paranoia de los
interlocutores, que además parece estimularse desde las cumbres del poder
constituido. Con sus acciones y fintas, carentes de sustento claro en el
discurso y la trama jurídica misma, el gobierno se aísla, pero su soledad no
puede encapsularse: el autismo en política no tiene curso en solitario porque
inevitablemente contamina a pares y súbditos, a las agencias decisivas con las
cuales el Estado ejerce su monopolio legítimo de la violencia, a la ciudadanía y
a las regiones donde habita y busca laborar. Pensar que en una circunstancia
como la esbozada se puede echar mano de las técnicas convencionales de control
de daños, postergar el ajuste para después del certamen estelar de julio de
2012, es algo más que una ingenuidad: es un error mayúsculo de cálculo y
perspectiva de cuyos efectos terribles nadie quedará a salvo.
Las organizaciones de la sociedad civil ejercen su voz adolorida por la
violencia criminal y la inseguridad rampante, pero no encuentran eco ni acomodo
en las prácticas políticas formales que las dirigencias partidistas y
gubernamentales insisten en presentar no sólo como adecuadas, sino como
normales. Se trata de una disonancia mayor que en su propia evolución niega,
desde el fondo, toda prensión de normalidad de la democracia tal y como nos la
han dejado y, sin demasiadas mediaciones, pone en la picota la legitimidad
lograda por el sistema político en su conjunto.
Los únicos términos a los que parecen dispuestos a recurrir los contendientes
son los ajustes de cuentas, en caliente o como conjetura, así como a la más
corrosiva compra y venta de protección que haya experimentado nuestra poco
robusta democracia. El desgaste sufrido y el que viene no requieren de
exageración alguna; Casandra anda, en nuestro caso, de vacaciones.
Urge devolver a la confrontación democrática su contenido sustancial de
competencia entre pares con un fin claro y preciso: constituir buenos gobiernos
y no mercados donde unos cuantos medran y a los más sólo les queda el recurso de
la queja sin fin. Los partidos y los medios de comunicación masiva tienen en
esta tarea un papel central que no puede dejar de señalarse, ni siquiera a la
luz de su voluntarioso desafane de elementales deberes como entidades de interés
público o beneficiarios de concesiones estatales de servicios públicos. Antes
que aspirar a la competencia perfecta, de la que ahora todos hacen profesión de
fe, lo que México requiere vitalmente es una cooperación política y social que
no implique negar o mermar el proceso democrático, sino fortalecerlo. Y poco se
hará en este sentido manteniendo en compartimentos estancos el reclamo cívico de
las bases de la sociedad por un lado y, por otro, los procesos y mecanismos para
tomar decisiones y adoptar normas de carácter y vinculación general.
No se puede jugar más con lo que tanto trabajo ha costado y tan decisivo se
ha vuelto para recuperar la confianza y, desde ella, poder definir objetivos de
progreso y justicia, seguridad para todos, esperanza para los más jóvenes. Hay
que reditar los mínimos compromisos fundamentales que nos sirvan de vado para
sortear las corrientes desatadas desde el poder y ahondadas por la lucha abierta
por lo que sigue. Un compromiso que, para serlo, tiene que ser público y
diáfano. Y, por desgracia, tejerse a contrapelo y de prisa.
En su crisis terminal, la
revolución de la madrugada, como la llamara Adolfo Gilly, puede dejarnos con una democracia mortecina, un crepúsculo sin amanecer.

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