Lozano, Moreira y el carbón rojo
Miguel Ángel Granados Chapa
Miguel Ángel Granados Chapa
En la región carbonífera de Coahuila
llaman carbón rojo al que se obtiene a costa de la salud y la vida de los
mineros que lo extraen. Sus condiciones laborales se asemejan a las descritas
por Emile Zolá en Germinal. Sólo que el autor francés escribía a fines del
siglo XIX y hoy estamos en el comienzo del XXI. Y en vez de que mejoren,
tienden a empeorar porque están sujetas a un entramado de componendas políticas
en pos de lograr ganancias en operaciones que no son rentables más que a costa
de la explotación de los trabajadores.
El 3 de mayo, 14 mineros murieron y un
niño quedó mutilado al producirse un estallido en el Pocito número 3 de un lote
minero explotado por las empresas Binsa y Minería y Acarreos, S.A. Ambas
empresas tienen como denominador común la participación de miembros de las
familias Montemayor Seguy, Montemayor Marines y Montemayor Garza. Miembros de
esas familias han sido, uno, gobernador del estado, y otro, presidente
municipal de Sabinas: lo es hoy mismo Jesús Montemayor Garza, sobrino de
Rogelio, el exgobernador. Tener presente ese dato es imprescindible para
comprender la naturaleza de la industria carbonífera coahuilense y el escándalo
político, creado quizás artificialmente, no para revelar, sino para ocultar los
escondrijos de la inicua explotación minera.
Javier Lozano Alarcón no cesa de
mostrar su despecho ante el PRI, partido al que perteneció y le dio altos
puestos en el gobierno federal (hasta subsecretario de Gobernación llegó a ser)
pero no pudo hacerlo diputado, porque perdió la elección a que se postuló en
Puebla. Convertido en panista, o mostrándose tal como en realidad era, promovió
durante un lustro una nueva legislación laboral. Cuando finalmente la había
colocado en la ruta de la aprobación en la Cámara de Diputados, a través de la
bancada priista, los desencuentros en el interior del PRI, y la movilización
que ya se veía venir en contra del proyecto, obligaron a la fracción dirigida
por Francisco Rojas a apaciguar su entusiasmo panista y a congelar su propia
iniciativa. Del plato a la peculiar boca de Lozano se cayó esa sopa y el
secretario del Trabajo no se cansa de reprocharlo a su antiguo partido. Se
borró así el puntaje que ese proyecto le hubiera dado en su estéril lucha por
ser candidato presidencial.
Harto a su vez de las invectivas de
Lozano, y en torno a sus propios intereses, el líder del PRI salió a embestir
al secretario del Trabajo. No lo hizo personalmente, sino que confió la tarea a
David Penchyna, el brillante diputado hidalguense, vocero del comité nacional
priista. El 25 de mayo, en medio de certeras y agrias críticas a Lozano, el PRI
lo declaró inhábil como interlocutor válido. Recordó Penchyna su pobre
desempeño, su ineficacia, y adujo para probar su dicho, entre otros casos, que
el secretario del Trabajo “se mostró de cuerpo entero en la tragedia minera de
Sabinas. Más preocupado por tuitear minuto a minuto, y culpar a su compañero de
equipo, el titular de Economía, Bruno Ferrari, que en solventar las causas y
raíces, entre ellas las inspecciones a cargo de su dependencia, que fincaron
esa tragedia”.
Para su descargo, Lozano había alegado
que la empresa tenía sólo 18 días de operación y que no había notificado su
comienzo. Con ello quiso mostrar la imposibilidad de revisar las condiciones
laborales. Es una mentira. Lo es porque una sana y eficaz administración
pública en materia de riesgos industriales debería impedir que una empresa
empiece operaciones sin contar con el visto bueno de la autoridad laboral,
previa inspección de las condiciones de seguridad e higiene industrial. En
rigor estricto, además, no es cierto que apenas iniciara labores la empresa. El
Pocito 3, donde murieron 14 mineros, forma parte de un lote que consta de
cuatro pocitos más, dos de ellos abandonados y otros tantos en operación. Éstos
se hallan en esas condiciones hace más de un año, y la concesión data de 2007.
Lozano y Ferrari fueron llamados a
comparecer, a causa de esa tragedia, ante comisiones de la Comisión Permanente
del Congreso. Acudieron el último día de mayo, acompañados de otros miembros
del gabinete: los secretarios de Energía, José Antonio Meade (a quien una
semana de estas se verá mudarse, de regreso, pero a la oficina principal, a la
Secretaría de Hacienda), y Rafael Elvira, secretario del Medio Ambiente, así
como Antonio Vivanco, flamante director de la Comisión Federal de Electricidad,
principalísimo adquirente de carbón para la planta termoeléctrica de Nava, en
la propia Coahuila.
La sola presencia de esa variedad de
funcionarios de ese rango resultaba promisoria. Parecía posible delinear con
ellos allí los ejes de un plan integral para la explotación del carbón en esa
comarca, única manera de modernizar una industria que no tiene por qué ser
letal, salvo porque se ahorre en seguridad laboral a fin de minimizar los
costos y aumentar las ganancias. Ese plan debería cubrir todos los aspectos del
ciclo económico y social respectivo. Debería evitar las simulaciones, el
arrendamiento de concesiones y la intermediación en la venta del combustible a
la CFE, así como impedir trabajos en pocitos donde es imposible establecer
condiciones de seguridad, como fue el caso del Pocito 3.
Pero Lozano tenía previsto reventar la
sesión, como hacen los porros en los sindicatos, acaso la única enseñanza que
le ha dejado su paso por la Secretaría del Trabajo. Encaró con pretendida
valentía a los diputados y senadores que buscaban información sobre la
seguridad e higiene en las minas del carbón. Los provocó y luego se ufanó, y
después hasta ha buscado presentarse como campeón de la libertad de expresión,
adalid de los pobrecitos e inermes miembros del gabinete que acuden al Congreso
únicamente a ser vilipendiados y zaheridos por la turba legislativa. Ésta, en
contraste, se halla exenta de ser llamada a cuentas. Lozano se empecinará,
anunció, en seguir diciéndoles sus verdades.
El cruce de acusaciones y burletas
entre legisladores y Lozano impidió que se ventilara el caso de Binsa, y ni
siquiera pudo abordarse el de Pasta de Conchos. En la secuela de esa tragedia,
verdadero crimen en realidad, a Lozano le ha correspondido, como en el momento del
siniestro mismo a su antecesor Francisco Javier Salazar, cuidar los intereses
de la empresa, parte del poderoso Grupo México de la familia Larrea. Por ello
no ha sido posible rescatar los restos de 63 de las 65 personas sepultadas bajo
los escombros de esa mina.
Ahora la protección opera a favor de
las familias Montemayor, que obtuvieron concesiones y las hacen explotar por
terceros, en una forma que cabría comparar con la aparcería rural. Sólo que
esos encargados de la explotación, que pertenecen a la misma familia, simulan
su actuación. Tal es el caso de Minería y Acarreos, que provee carbón a la CFE
sin tener de dónde extraerlo. Cuenta con sólo 33 trabajadores y ni siquiera
incluye la minería del carbón en su objeto social. Por lo menos, sin embargo, tiene
inscritos a sus empleados en el IMSS, a diferencia de Binsa, que no los
registra en ese instituto. A su planta pertenecían las 15 víctimas del Pocito
3, y los del resto de ese lote, que trabajan en plena desprotección.
No sé si de manera concertada, pero sí
con efectos coincidentes, los intereses de Moreira (por su vínculo político con
su antecesor Rogelio Montemayor, salinistas plenos ambos) y de Lozano quedaron
bien servidos en estos lances que se vuelven anecdóticos. No lo son, en cambio,
los de los mineros de Sabinas y otros municipios de Coahuila, expuestos a
seguir produciendo carbón rojo. l

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