La Resistencia del SME
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Dan SME y gobierno federal carácter permanente a mesa de diálogo
Insisten en crear una empresa paraestatal con apoyo del GDF
Retiran condicionante de liquidación como requisito para el análisis
El Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) y el gobierno federal acordaron darle carácter permanente a la mesa de diálogo que establecieron el pasado 13 de septiembre. Con ello, los funcionarios federales, dirigentes sindicales, legisladores y/o las instancias que participen en esta negociación podrían sesionar incluso a diario.
El SME informó a sus integrantes que ambas partes, reunidas en la Secretaría de Gobernación, siguen en la mesa de diálogo y se logró retirar la condicionante de liquidación como requisito para aceptar la continuación del análisis de las propuestas.
El planteamiento del SME es que la reinstalación laboral sea exclusivamente en el sector eléctrico y no en alguna de las 12 dependencias federales en donde se les ofrece a los ex trabajadores de Luz y Fuerza (LFC) del Centro contratos de prestación de bienes y servicios.
Adicionalmente se puso sobre la mesa el análisis de la viabilidad de la creación de una empresa paraestatal que dé servicio al sector eléctrico, incluso bajo el apoyo del gobierno capitalino.
“Para encontrar una solución de empleo en el sector eléctrico, tal y como está incluido en la minuta del 13 de septiembre pasado, ya no está condicionado a la liquidación y/o desestimiento de las demandas”, dijo Martín Esparza, Secretario General del SME.
Señaló que este viernes se discutirán las propuestas mencionadas, en conjunto con los gobiernos federal y del Distrito Federal.
“La propuesta tiene que ver también con el gobierno de la ciudad de México; esa es una de las alternativas de solución, que pueda incorporar a una empresa paraestatal a los trabajadores (del SME). Esa parte se va a explorar, lo mismo que los proyectos de creación de pequeñas y medianas empresas para el sector eléctrico que no es otra cosa que prestadores de servicio para la CFE”, señaló.
En el encuentro de este jueves, el SME informó a los representantes gubernamentales que la asamblea de esta organización gremial rechazó la propuesta oficial que le fue entregada en la sesión anterior.
A 25 meses de la extinción de LFC, por el decreto presidencial del 11 de octubre de 2009, continúan 16 mil 599 electricistas en resistencia, es decir, sin aceptar su liquidación, de una plantilla original en ese organismo de cerca de 44 mil trabajadores.
En la reunión participaron la comisión de dirigentes del SME y, por parte del gobierno, Jaime González Aguadé, subsecretario de Electricidad de la Secretaría de Energía; Álvaro Castro, en representación de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, y Carlos Reynoso, titular de la Unidad de Gobierno de Gobernación.
“Lo que vimos como un cambio importante en la posición del gobierno es la necesidad o el interés de buscar y encontrar un acuerdo”, añadió Esparza.
Paralelo a la reanudación de negociaciones, integrantes del SME realizaron una “cadena humana” sobre avenida Reforma, para exigir la solución a sus demandas de reinserción laboral para todos aquellos que no se han liquidado, así como la libertad de los 12 trabajadores a los que consideran “presos políticos”.
Fuente: La Jornada
El lunes sigue
diálogo entre SME y gobierno
El lunes próximo sesionarán nuevamente los representantes del gobierno federal y del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) para evaluar una de las principales propuestas sobre la mesa: crear una empresa –con características similares a una paraestatal– dependiente del gobierno capitalino en donde puedan ser reinstalados los electricistas que permanecen en resistencia, sin cobrar su liquidación, a 26 meses de que un decreto presidencial dio por concluida la existencia de Luz y Fuerza del Centro (LFC).
De avanzar esta propuesta, los ex trabajadores de LFC tomarían contratos de servicios de la Comisión Federal Electricidad.
Debido a que la mesa de diálogo se declaró permanente, los enviados de ambas partes podrán reunirse en cualquier momento.
Fuente: La Jornada
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Rosario Robles
En su obsesión por mantener el poder, Calderón no se da cuenta de que al utilizar el argumento de la intromisión del narcotráfico en las elecciones reconoce su propio fracaso.
A confesión de parte, relevo de pruebas. De ser cierto, las declaraciones recientes de Felipe Calderón señalando que el narcotráfico ha intervenido al grado de incidir en los resultados electorales (por lo menos en Michoacán) y que se corre el riesgo de que sea un factor que decida la sucesión presidencial significan el reconocimiento —en la práctica— de que su estrategia contra el crimen organizado es un fracaso. En su afán de convertirse en el jefe de campaña de su partido, de sustituir con el poder del Estado la debilidad de sus precandidatos, no se da cuenta de que se está poniendo la soga en el cuello. Porque no está hablando el dirigente de una organización no gubernamental.
Tampoco un líder opositor que con un desplegado en la mano puede darse el lujo de levantar el dedo flamígero y acusar sin tener que presentar pruebas. Se trata del presidente de la República, del que hizo de esta guerra su motivo de gobierno, del que se ufana de sus logros en el combate contra el crimen organizado, del que defiende en todos lados esta visión como la única posible a pesar de que en el camino ha dejado tantos muertos, del que está obligado a presentar pruebas. Cinco años después el resultado es ominoso de acuerdo con el propio Calderón: “La intervención palmaria y evidente de los delincuentes en los procesos electorales”.
El asunto, sin embargo, es muy delicado.
En su obsesión por mantener el poder, no se da cuenta de que al utilizar este argumento habla de su propio fracaso, al tiempo que manda al diablo a las instituciones del Estado (como diría el clásico), que con ello estarían demostrando su profunda incapacidad y debilidad para contener esta injerencia. Porque si la situación está como la cuenta, surgen de inmediato las preguntas ¿es un desplegado la prueba contundente de su dicho? ¿Por qué no se ha actuado y detenido a quienes así han actuado? ¿Sus organismos de inteligencia capaces de impedir la entrada a México del hijo de Gadafi no han podido dar con quienes, según ellos mismos, han influido en las elecciones locales? ¿Por qué no hay un solo detenido con relación a estos asuntos? ¿La renuncia de candidatos en algunos municipios michoacanos prefigura un panorama nacional? El Presidente sabe que no. Su perspectiva no tiene que ver con los intereses nacionales, sino con una estrategia electoral en la que la procuración de justicia, los servicios de inteligencia, el aparato estatal, se pondrán de lado de su partido para enfrentar a sus adversarios.
No es nuevo. Así actúa la derecha.
Siembra el temor con el objetivo de ganar los adeptos que no logró con su ejercicio de gobierno. El problema es que con ello se vulnera la libertad. Porque nadie con miedo y en un escenario de polarización puede ejercer libremente sus derechos.
De ahí que sea imprescindible detener esta espiral irresponsable a la que quieren llevarnos el gobierno y su partido. Pretenden colocar en este terreno el debate porque es el que les conviene por cálculo electoral, sin importar el país.
Es la manera también de no rendir cuentas. De no confrontar sus promesas de campaña con lo realizado en este quinquenio. Felipe Calderón ofreció empleo y lo que deja atrás es una estela de muerte, de violencia, y también de desempleo, de empleo precario e informal, de pobreza y desigualdad. Ésta es la deuda enorme que tiene con la mayoría de la sociedad. Por eso quiere desviar el debate. Su gobierno no ha dado resultados. No ha transformado la vida cotidiana de las personas. No se ha reflejado en el bolsillo, en el bienestar de los mexicanos.
Dos instituciones dieron a conocer en estos días su demoledor análisis. Por un lado, la Cepal señalando que mientras en América Latina en general la pobreza extrema ha disminuido en los últimos 10 años, en México ha aumentado. Por otro lado, la OCDE diciendo que México es el segundo país más desigual de los que integran esa organización, pues sucede que 10 por ciento de los hogares más favorecidos perciben ingresos 26 veces superiores a 10 por ciento de los más pobres. Ahí está el origen de muchos de nuestros problemas, la asignatura pendiente que los gobiernos panistas no han sabido enfrentar.
Por eso arremeten, atacan, polarizan. Sin escrúpulos. Sin pudor. No los tienen.
Se ha lanzado usted, aprovechando la ventaja estratégica que le da su posición como jefe de Estado, a una campaña intensiva para desprestigiar a quienes, haciendo uso de nuestro derecho, por amor a México, por nuestros hijos, con nuestros hijos, criticamos su estrategia de combate al narco.
Nos ha tachado de calumniadores. Ha sugerido que somos faltos de entendederas, que obedecemos a propósitos político-electorales inconfesables. Que nos mueven sólo el odio y el resentimiento. Le hace falta, señor Calderón, verse al espejo.
Todo su discurso parte de la tesis de que no hay otro camino para enfrentar al crimen y de que usted ha ido el único que ha tenido el coraje y la decisión de seguirlo.
Se presenta usted ahora diciéndose víctima de las injurias de un pequeño grupo, como el “salvador de la patria”, el cruzado dispuesto, por el bien de la nación, a enfrentarse al sacrificio, al juicio de la historia. Pero usted, señor Calderón, no pone la sangre; los muertos son otros, son de otros.
Gastando miles de millones de pesos del erario, aprovechándose de la reverencia atávica de los medios frente al poder, ha logrado establecer, al menos entre seguidores, gente atenazada por el miedo e incautos, la falsa disyuntiva: o se está de acuerdo con su estrategia o se está contra México y con los criminales.
Lo cierto, señor Calderón, es que ha procedido, por decir lo menos, irresponsablemente.
Lo cierto, señor Calderón, es que, al incitar al linchamiento, ha puesto en peligro la vida de cientos, quizá miles de ciudadanos. Ya jugó a sembrar el encono y la discordia en 2006; ahora, literalmente, juega con fuego.
Lo cierto también es que ha promovido la acción de esos golpeadores que abundan en su gabinete y en su partido y ha puesto a los aparatos de inteligencia operativa en las redes sociales y a los mecanismos de guerra sucia propagandística a actuar con virulencia contra sus opositores.
No hablo, créame, por los firmantes de la petición a la CPI de La Haya para que lo procese por su responsabilidad, en tanto comandante en jefe y artífice de la estrategia de combate contra el narco, por los crímenes de guerra que aquí se han cometido.
Nosotros, los 23 mil, contra los cuales amenaza usted con proceder legalmente, estamos listos para hacerle frente. Ni somos calumniadores ni nos hacemos para atrás. En los tribunales, si usted quiere, nos veremos las caras.
Hablo, señor Calderón, de otros; de los más valiosos y también los más vulnerables; de los defensores de derechos humanos, de los activistas por la paz que en las regiones más peligrosas del país, luchando todos los días, se ven atrapados entre dos fuegos.
Cada vez que usted sale en la televisión —y sale muchas veces— incitando al linchamiento de sus críticos pone una diana en el pecho de uno de estos luchadores sociales.
Cada vez que se atreve usted a sugerir —y también lo hace con mucha frecuencia— que quien se opone a la guerra está por la negociación con los criminales, o de plano trabaja para ellos, firma una sentencia de muerte.
Ya de por sí el crimen organizado anda tras ellos. Ya de por sí usted y su gobierno se han mostrado incapaces de ofrecer protección a quienes, como Nepomuceno Morales, se la solicitaron personalmente.
Sus acusaciones a críticos, defensores de derechos humanos, activistas por la paz, es tomado por funcionarios, soldados y policías agobiados por el combate, marcados por la pérdida de sus compañeros y la amenaza constante contra sus vidas y las de sus familiares como instrucción de hacerse a un lado o, peor aún, como una orden para desbrozar el camino.
Otro tanto sucede con esos a los que la justicia por propia mano les parece la única solución y andan buscando, como los criminales, dar lecciones, con muertes ejemplares, a sus enemigos.
Habla usted mucho de la guerra y la conoce poco. Dudo, que mas allá de su identificación propagandística con las víctimas, sepa usted lo que se siente estar bajo fuego, o lo que la tensión, el peligro y el miedo provocan en cualquier ser humano.
Yo he vivido de cerca el horror de la guerra. He visto también como la opinión de un líder, un juicio a la ligera de un comandante pueden costarle la vida a un ciudadano cualquiera.
He sido testigo de cómo la propaganda, los dogmas de fe del poder autoritario, hacen ver a quienes lo sirven, enemigos a granel y los mueven a considerar como necesaria y urgente la muerte de esos que se consideran un obstáculo.
Lo he visto a usted, señor Calderón, en cuarteles y desfiles; jamás con los soldados en el terreno, con esos que manda a matar y a morir. Tampoco lo he visto, fuera de sus zonas de confort, reunirse, siquiera, con las víctimas.
Desató usted la guerra. Una guerra en la que hay siempre más muertos y heridos, y que antes que traer paz y seguridad —ahí están los hechos— ha exacerbado la violencia.
Deténgase, se lo exijo, guarde, al menos, frente a esta patria herida, respetuoso silencio.
No siga ya alimentando con sangre inocente, víctima de su retórica incendiaria, de su intolerancia frente a la crítica, de sus ambiciones políticas a la guerra que es, lo dice César Vallejo, un monstruo grande y pisa fuerte.
Epigmenio Ibarra
Escritor y Productor

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