Niega la Policía Federal participación en asesinato de estudiantes
Asesina la Policía Federal a dos estudiantes en Guerrero por protestar contra el gobierno.
Foto: José Luis de la Cruz
Foto: José Luis de la Cruz
CHILPANCINGO, Gro., (apro).- José Ramón Salinas, vocero de la Policía Federal, rechazó que la corporación haya participado en el asesinado de dos estudiantes normalistas.
Aclaró que la corporación llegó al lugar después de que la Policía Estatal concluyó el operativo.
Esto después de que testigos reportaran que dos estudiantes normalistas fueron asesinados a tiros durante un desalojo perpetrado por policías federales al sur de esta capital.
El hecho se registró poco después del mediodía de este lunes, cuando más de un centenar de alumnos de la escuela normal rural de Ayotzinapa decidieron bloquear el bulevar Vicente Guerrero a la altura de la salida rumbo al puerto de Acapulco, en protesta porque el gobierno estatal se ha negado a resolver sus demandas.
Al lugar arribaron agentes federales que forman parte del operativo de seguridad Guerrero Seguro exigiendo que la vía fuera liberada por los manifestantes y se desató una confrontación verbal, indicó un testigo.
Enseguida, la acción policíaca se salió de control y mientras los jóvenes lanzaron cohetes contra los federales, estos dispararon contra el contingente, asesinando a dos normalistas, según la versión de los testigos.
Esto provocó la retirada de los federales, mientras los jóvenes lanzaron bombas molotov contra los uniformados y las llamas alcanzaron una bomba despachadora de gasolina que se incendió, provocando lesiones a un trabajador de la estación de servicio.
No obstante, la conflagración fue sofocada por brigadistas de Protección Civil estatal.
Hasta el momento, la vía permanece cerrada a la circulación vial y el lugar se ha convertido en una zona de guerra, ya que arribaron soldados y sitiaron el lugar.
Defensorías de audiencia: retos y dilemas
Una protesta de ciudadanos en Televisa.
Foto: Marco A. Cruz
Foto: Marco A. Cruz
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Parece que vamos de mal en peor. Los contenidos programáticos de una parte no menor de la radio y la televisión son efectistas, monumentos a la deformación del lenguaje y al escape psicológico de la realidad. No todo está perdido. Es difícil, pero no imposible, transformar lo que hoy es moneda de uso corriente. Veamos.
Primero. El consumo inercial de medios y la consiguiente anorexia cognitiva que prima en la sociedad mexicana son un problema endémico. ¿Cómo saber qué es información y programación de calidad y qué no lo es? El estado de la cuestión en México no puede ser más preocupante. Los sistemas de educación preescolar, básica y media superior han privilegiado el desarrollo de técnicas y habilidades para el mercado, dejando de lado en buena medida los aspectos cualitativos para ejercer a plenitud el sentido de ciudadanía. Existe un círculo vicioso que afecta a la sociedad: No se reforman los planes educativos porque no se ha producido conocimiento científico suficiente para socializarlo y no se ha producido conocimiento científico suficiente para socializarlo porque no se reforman los planes educativos.
Segunda. En las escuelas de comunicación del país las materias de ética y legislación siguen siendo la excepción a la regla general. Es evidente que no por enseñar ética informativa el problema se resuelve; sí, al menos, se le ofrecen elementos al comunicador para que sepa qué es éticamente correcto y qué no lo es. La responsabilidad social es mayor en los medios electrónicos, pero la respuesta frecuentemente no es proporcional a la requerida por la sociedad. Las resistencias a los contenidos éticos en los medios electrónicos acaso en el fondo se expliquen por la máxima del pragmatismo aséptico: Buscar el mayor beneficio empresarial al menor costo posible. Las energías y esfuerzos desde las empresas radiofónicas y televisivas con bastante frecuencia van dirigidos a elaborar sofismas como discursos argumentales para justificar su negativa a adoptar contenidos éticos. Hay un círculo vicioso: No hay mejor programación porque la sociedad no la pide y la sociedad no la pide porque no sabe que hay una mejor programación. Reitero mi convicción de que frente a la discusión sobre si debe el poder público, mediante una ley positiva, regular con exhaustividad los contenidos programáticos, mi respuesta es en sentido negativo, en virtud de que la legislación está destinada en este campo específico a delimitar los alcances constitucionales de las libertades de expresión e información, que son el respeto a la vida privada, la paz y el orden público. No debe ser mediante una ley positiva como se pueda construir una programación con contenidos de calidad, por las innumerables posibilidades de incurrir en ejercicios de censura. De la misma manera, creo que de cara al argumento según el cual el televidente y el radioescucha tienen en sus manos la decisión de ver o no ver determinados programas mediante la opción de apagar el aparato televisor, habría que decir que se trata en realidad de un sofisma sobre la base de los siguientes razonamientos: a) el producto televisivo y radiofónico carece, de entrada, de la obligación de cubrir con las normas de calidad que en los productos comerciales ha establecido la Secretaría de Economía, sin cuyo cumplimiento no pueden ser comercializados al público; b) el producto televisivo y radiofónico, a diferencia de los demás productos comerciales, carece de garantía, razón por la cual no puede ser sustituido ni compensado de otra forma; c) el producto televisivo y radiofónico se encuentra dentro de la casa y el televidente y/o el radioescucha debe aceptar, de mejor o peor manera, los contenidos que unilateralmente le son proporcionados, toda vez que –particularmente para la base de la pirámide social– la decisión de apagar o no el televisor o el radio es tanto como decidir entre tener teléfono o no tenerlo.
Tercera. El hecho de que cada vez más medios que viven con cargo al erario cuenten con códigos de ética no es ocioso. La existencia de códigos permite a la audiencia constatar que la ética en los medios electrónicos es una práctica posible porque ubican al público como el eje central sobre el que gira su actuación y permite contar con parámetros para saber qué puede ser una programación de calidad y qué no lo es. La autorregulación y una de sus expresiones, la figura de la Defensoría de la Audiencia en México, juega un papel adicional al que desempeñan figuras similares en otros países. Ello es explicable porque no hay una cultura mínima de educación mediática. La Defensoría, además de desempeñar tareas propias de resolver controversias por eventuales incumplimientos éticos, debe llevar a cabo acciones de promoción de audiencias críticas. En el país debe llenar, por lo menos de manera provisional, los vacíos del sistema educativo y convertirse en un mecanismo remedial para dotar a la comunidad de herramientas para que evalúe con los mayores elementos de juicio qué ve, escucha o lee. Las Defensorías representan un segundo paso en la edificación de una cultura mediática después de la existencia sólo de códigos de ética. A menor desarrollo cultural se requiere de mayores órganos garantes para asegurar una mínima observancia de la norma. Otras vías son los consejos editoriales y/o consultivos que han funcionado de manera desigual. En Cofetel, por ejemplo, opera razonablemente bien por la independencia y prestigio de sus miembros. En Notimex, de cuyo consejo formo parte, debo decir por desgracia que sucede lo contrario. Salvo excepciones, la política del “pise usted” no es ajena a sus modos de expresión; de ahí la opacidad por la que se han pronunciado casi todos sus integrantes para no rendir cuenta de sus actuaciones. En suma, la calidad depende de normas y personas, más quizá de las segundas que de las primeras.
Evillanueva99@yahoo.com
Twitter: @evillanuevamx
Blog: ernestovillanueva.blogspot.com

Primero. El consumo inercial de medios y la consiguiente anorexia cognitiva que prima en la sociedad mexicana son un problema endémico. ¿Cómo saber qué es información y programación de calidad y qué no lo es? El estado de la cuestión en México no puede ser más preocupante. Los sistemas de educación preescolar, básica y media superior han privilegiado el desarrollo de técnicas y habilidades para el mercado, dejando de lado en buena medida los aspectos cualitativos para ejercer a plenitud el sentido de ciudadanía. Existe un círculo vicioso que afecta a la sociedad: No se reforman los planes educativos porque no se ha producido conocimiento científico suficiente para socializarlo y no se ha producido conocimiento científico suficiente para socializarlo porque no se reforman los planes educativos.
Segunda. En las escuelas de comunicación del país las materias de ética y legislación siguen siendo la excepción a la regla general. Es evidente que no por enseñar ética informativa el problema se resuelve; sí, al menos, se le ofrecen elementos al comunicador para que sepa qué es éticamente correcto y qué no lo es. La responsabilidad social es mayor en los medios electrónicos, pero la respuesta frecuentemente no es proporcional a la requerida por la sociedad. Las resistencias a los contenidos éticos en los medios electrónicos acaso en el fondo se expliquen por la máxima del pragmatismo aséptico: Buscar el mayor beneficio empresarial al menor costo posible. Las energías y esfuerzos desde las empresas radiofónicas y televisivas con bastante frecuencia van dirigidos a elaborar sofismas como discursos argumentales para justificar su negativa a adoptar contenidos éticos. Hay un círculo vicioso: No hay mejor programación porque la sociedad no la pide y la sociedad no la pide porque no sabe que hay una mejor programación. Reitero mi convicción de que frente a la discusión sobre si debe el poder público, mediante una ley positiva, regular con exhaustividad los contenidos programáticos, mi respuesta es en sentido negativo, en virtud de que la legislación está destinada en este campo específico a delimitar los alcances constitucionales de las libertades de expresión e información, que son el respeto a la vida privada, la paz y el orden público. No debe ser mediante una ley positiva como se pueda construir una programación con contenidos de calidad, por las innumerables posibilidades de incurrir en ejercicios de censura. De la misma manera, creo que de cara al argumento según el cual el televidente y el radioescucha tienen en sus manos la decisión de ver o no ver determinados programas mediante la opción de apagar el aparato televisor, habría que decir que se trata en realidad de un sofisma sobre la base de los siguientes razonamientos: a) el producto televisivo y radiofónico carece, de entrada, de la obligación de cubrir con las normas de calidad que en los productos comerciales ha establecido la Secretaría de Economía, sin cuyo cumplimiento no pueden ser comercializados al público; b) el producto televisivo y radiofónico, a diferencia de los demás productos comerciales, carece de garantía, razón por la cual no puede ser sustituido ni compensado de otra forma; c) el producto televisivo y radiofónico se encuentra dentro de la casa y el televidente y/o el radioescucha debe aceptar, de mejor o peor manera, los contenidos que unilateralmente le son proporcionados, toda vez que –particularmente para la base de la pirámide social– la decisión de apagar o no el televisor o el radio es tanto como decidir entre tener teléfono o no tenerlo.
Tercera. El hecho de que cada vez más medios que viven con cargo al erario cuenten con códigos de ética no es ocioso. La existencia de códigos permite a la audiencia constatar que la ética en los medios electrónicos es una práctica posible porque ubican al público como el eje central sobre el que gira su actuación y permite contar con parámetros para saber qué puede ser una programación de calidad y qué no lo es. La autorregulación y una de sus expresiones, la figura de la Defensoría de la Audiencia en México, juega un papel adicional al que desempeñan figuras similares en otros países. Ello es explicable porque no hay una cultura mínima de educación mediática. La Defensoría, además de desempeñar tareas propias de resolver controversias por eventuales incumplimientos éticos, debe llevar a cabo acciones de promoción de audiencias críticas. En el país debe llenar, por lo menos de manera provisional, los vacíos del sistema educativo y convertirse en un mecanismo remedial para dotar a la comunidad de herramientas para que evalúe con los mayores elementos de juicio qué ve, escucha o lee. Las Defensorías representan un segundo paso en la edificación de una cultura mediática después de la existencia sólo de códigos de ética. A menor desarrollo cultural se requiere de mayores órganos garantes para asegurar una mínima observancia de la norma. Otras vías son los consejos editoriales y/o consultivos que han funcionado de manera desigual. En Cofetel, por ejemplo, opera razonablemente bien por la independencia y prestigio de sus miembros. En Notimex, de cuyo consejo formo parte, debo decir por desgracia que sucede lo contrario. Salvo excepciones, la política del “pise usted” no es ajena a sus modos de expresión; de ahí la opacidad por la que se han pronunciado casi todos sus integrantes para no rendir cuenta de sus actuaciones. En suma, la calidad depende de normas y personas, más quizá de las segundas que de las primeras.
Evillanueva99@yahoo.com
Twitter: @evillanuevamx
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Peña Nieto: peligrosa ignorancia
Enrique Peña Nieto, candidato por el PRI a la presidencia.
Foto: Miguel Dimayuga
Foto: Miguel Dimayuga
MÉXICO, D.F. (Proceso).- No hay político tradicional en México al que no le resulte satisfactorio salir en sus spots, en sus mensajes televisivos o en sus fotos personales con una biblioteca a sus espaldas, mostrando libros encuadernados en cuero finísimo a un lado de su escritorio o a su diestra, con todo y que ese entorno no sea más que un mero artificio para dar una imagen ficticia de su nivel educativo y cultural.
Desde ese trasfondo imaginario está ocurriendo la mutación de una nueva especie de político mexicano. Surgió hace un sexenio como una alteración destemplada, con Vicente Fox y sus repetidas pifias literarias, si así pudieran llamárseles, pero luego creció con una camada de tecnócratas y burócratas cobijados en distintas secretarías del actual gobierno (el lenguaje que frecuenta el titular de la Secretaría del Trabajo es más que demostrativo) y de otros personajes gubernamentales (cómo no recordar el grado alcanzado con la verborrea etílico-religiosa del actual gobernador de Jalisco), pero continuó su evolución con los vergonzosos desatinos y trabalenguazos de la lideresa del SNTE, y se ha consagrado con los discursos monotemáticos de Felipe Calderón que insiste en afirmar que su principal tarea es la de combatir al crimen organizado, cuando nadie le ha señalado lo contrario, pero no atina a reconocer que las críticas no son por ejercer una responsabilidad hasta de sentido común, sino por la manera fallida como lo está haciendo y por el tremendo desastre nacional que ha generado su gobierno.
Sin embargo la consagración de la nueva estirpe de político mexicano la está demostrando el priista Enrique Peña Nieto (y su descendencia se está reproduciendo con una rapidez insólita, porque ya una de sus hijas está mostrando la misma naturaleza con un talante extraordinario). Lo han querido emular algunos políticos de otros partidos, pero no han alcanzado la altura de la especie que representa Peña Nieto, al estar ubicado como el mejor político promotor de la ignorancia durante la actual campaña hacia la Presidencia de la República.
Existen dos tipos de ignorancia. Una proviene de la desigualdad social y la pobreza, por la falta de oportunidades que tienen millones de niños y jóvenes, de adultos y marginados del campo o de la ciudad para alcanzar un grado de escolaridad básica que les permita leer y escribir con soltura y conocimiento a lo largo de su vida.
Otro tipo de ignorancia proviene de quien cree que sabe pero sostiene y reproduce falacias, medias verdades o mentiras, como es el caso de la nueva estirpe del político mexicano, que ha tenido la oportunidad de estudiar, sacar títulos, ir al extranjero a sacar más títulos y cubrir un nivel de escolaridad media superior o superior, y a pesar de ello no ha alcanzado a leer un libro entero durante toda su vida, ni escribir lo que piensa, ni tienen una dicción adecuada y que cuando se les pregunta, como ha ocurrido, sobre su nivel de lectura sus respuestas sean totalmente pedestres.
Las mediciones que se han realizado respecto de las capacidades de los alumnos del nivel básico en el país, a través de las denominadas pruebas PISA (organizadas por la OCDE), evalúan sobre todo el desempeño de la formación adquirida durante la primaria y la secundaria. Entre los principales focos de atención de estas pruebas está el de la evaluación de la comprensión de la lectura. En estas pruebas se consideran seis niveles de desempeño, en donde los niveles 0 y 1 establecen que el alumno tiene un tipo de competencia en lectura mínimo para el ejercicio de su vida social y laboral. Los niveles 3 y 4 son intermedios y los 5 y 6 son demostrativos de actividades cognitivas más complejas.
Respecto del dominio de la lectura, en el ejercicio de la prueba PISA 2009 se define la competencia lectora como “la capacidad de un individuo para comprender, emplear, reflexionar e interesarse en textos escritos con el fin de lograr metas propias, desarrollar sus conocimientos y su potencial personal y participar en la sociedad”. En esta versión de la prueba se subrayó, a diferencia de las anteriores, el término “interés” de la persona, para enfatizar su motivación y su gusto por la lectura.
De acuerdo con los niveles señalados, el primero evalúa la capacidad del lector para “localizar un dato en un contexto de información explícita y resaltado en un texto breve, de sintaxis sencilla, con un tema y tipo de texto conocidos, como una narrativa sencilla o una lista simple”; por ejemplo, decir qué libro o título o frase se ha leído en alguna ocasión durante la escolaridad de esa persona. El nivel tres hace referencia a la capacidad lectora de la persona que puede comparar, contrastar o categorizar las ideas principales de un texto. El nivel 5 evalúa la capacidad del lector para ubicar lo relevante de un texto, su reflexión crítica y la elaboración de hipótesis que vayan más allá del texto. El nivel 6, el más alto, evalúa la comprensión global del lector respecto de uno o más textos y su capacidad para debatir con ideas propias desde categorías abstractas de interpretación.
La nueva estirpe de políticos mexicanos encabezada por el candidato a la Presidencia de la República Enrique Peña Nieto, con la reciente evaluación pública sobre su capacidad lectora, da cuenta de que se encuentra en el nivel 1 de la prueba PISA.
Cuando se trata de un ciudadano común y corriente que tiene problemas de expresión escrita, verbal o de lectura, como ocurre de forma muy amplia en el país por las enormes deficiencias educativas que se padecen y por la falta de políticas adecuadas para elevar la cobertura y calidad de lo que se enseña y aprende, el asunto resulta verdaderamente grave. Pero cuando eso ocurre con quien quiere dirigir el país desde el Poder Ejecutivo, desde el rango más alto de esta investidura, para que tome decisiones trascendentales sobre el desarrollo cultural, educativo, científico, social y económico a nivel nacional e internacional, el asunto rebasa cualquier límite de aceptabilidad.
A la sociedad de la ignorancia en la que se vive se le ha agregado un factor de altísimo riesgo con esta serie de políticos que, con todo y estudios, dan cuenta de la existencia de un nuevo analfabetismo funcional –porque con su incultura, en lugar de permitir en un futuro cercano superar la crisis que se vive, abren un escenario de mayor incertidumbre derivada de una dificultad demostrada para discriminar sobre lo que es importante de lo superfluo–, y de la existencia de una personalidad que vive dentro de una realidad imaginada llena de frivolidad, alimentada por los medios televisivos y la superficialidad de su imagen, para hacer frente a lo que padecen millones de mexicanos. Un abismo total.
Desde ese trasfondo imaginario está ocurriendo la mutación de una nueva especie de político mexicano. Surgió hace un sexenio como una alteración destemplada, con Vicente Fox y sus repetidas pifias literarias, si así pudieran llamárseles, pero luego creció con una camada de tecnócratas y burócratas cobijados en distintas secretarías del actual gobierno (el lenguaje que frecuenta el titular de la Secretaría del Trabajo es más que demostrativo) y de otros personajes gubernamentales (cómo no recordar el grado alcanzado con la verborrea etílico-religiosa del actual gobernador de Jalisco), pero continuó su evolución con los vergonzosos desatinos y trabalenguazos de la lideresa del SNTE, y se ha consagrado con los discursos monotemáticos de Felipe Calderón que insiste en afirmar que su principal tarea es la de combatir al crimen organizado, cuando nadie le ha señalado lo contrario, pero no atina a reconocer que las críticas no son por ejercer una responsabilidad hasta de sentido común, sino por la manera fallida como lo está haciendo y por el tremendo desastre nacional que ha generado su gobierno.
Sin embargo la consagración de la nueva estirpe de político mexicano la está demostrando el priista Enrique Peña Nieto (y su descendencia se está reproduciendo con una rapidez insólita, porque ya una de sus hijas está mostrando la misma naturaleza con un talante extraordinario). Lo han querido emular algunos políticos de otros partidos, pero no han alcanzado la altura de la especie que representa Peña Nieto, al estar ubicado como el mejor político promotor de la ignorancia durante la actual campaña hacia la Presidencia de la República.
Existen dos tipos de ignorancia. Una proviene de la desigualdad social y la pobreza, por la falta de oportunidades que tienen millones de niños y jóvenes, de adultos y marginados del campo o de la ciudad para alcanzar un grado de escolaridad básica que les permita leer y escribir con soltura y conocimiento a lo largo de su vida.
Otro tipo de ignorancia proviene de quien cree que sabe pero sostiene y reproduce falacias, medias verdades o mentiras, como es el caso de la nueva estirpe del político mexicano, que ha tenido la oportunidad de estudiar, sacar títulos, ir al extranjero a sacar más títulos y cubrir un nivel de escolaridad media superior o superior, y a pesar de ello no ha alcanzado a leer un libro entero durante toda su vida, ni escribir lo que piensa, ni tienen una dicción adecuada y que cuando se les pregunta, como ha ocurrido, sobre su nivel de lectura sus respuestas sean totalmente pedestres.
Las mediciones que se han realizado respecto de las capacidades de los alumnos del nivel básico en el país, a través de las denominadas pruebas PISA (organizadas por la OCDE), evalúan sobre todo el desempeño de la formación adquirida durante la primaria y la secundaria. Entre los principales focos de atención de estas pruebas está el de la evaluación de la comprensión de la lectura. En estas pruebas se consideran seis niveles de desempeño, en donde los niveles 0 y 1 establecen que el alumno tiene un tipo de competencia en lectura mínimo para el ejercicio de su vida social y laboral. Los niveles 3 y 4 son intermedios y los 5 y 6 son demostrativos de actividades cognitivas más complejas.
Respecto del dominio de la lectura, en el ejercicio de la prueba PISA 2009 se define la competencia lectora como “la capacidad de un individuo para comprender, emplear, reflexionar e interesarse en textos escritos con el fin de lograr metas propias, desarrollar sus conocimientos y su potencial personal y participar en la sociedad”. En esta versión de la prueba se subrayó, a diferencia de las anteriores, el término “interés” de la persona, para enfatizar su motivación y su gusto por la lectura.
De acuerdo con los niveles señalados, el primero evalúa la capacidad del lector para “localizar un dato en un contexto de información explícita y resaltado en un texto breve, de sintaxis sencilla, con un tema y tipo de texto conocidos, como una narrativa sencilla o una lista simple”; por ejemplo, decir qué libro o título o frase se ha leído en alguna ocasión durante la escolaridad de esa persona. El nivel tres hace referencia a la capacidad lectora de la persona que puede comparar, contrastar o categorizar las ideas principales de un texto. El nivel 5 evalúa la capacidad del lector para ubicar lo relevante de un texto, su reflexión crítica y la elaboración de hipótesis que vayan más allá del texto. El nivel 6, el más alto, evalúa la comprensión global del lector respecto de uno o más textos y su capacidad para debatir con ideas propias desde categorías abstractas de interpretación.
La nueva estirpe de políticos mexicanos encabezada por el candidato a la Presidencia de la República Enrique Peña Nieto, con la reciente evaluación pública sobre su capacidad lectora, da cuenta de que se encuentra en el nivel 1 de la prueba PISA.
Cuando se trata de un ciudadano común y corriente que tiene problemas de expresión escrita, verbal o de lectura, como ocurre de forma muy amplia en el país por las enormes deficiencias educativas que se padecen y por la falta de políticas adecuadas para elevar la cobertura y calidad de lo que se enseña y aprende, el asunto resulta verdaderamente grave. Pero cuando eso ocurre con quien quiere dirigir el país desde el Poder Ejecutivo, desde el rango más alto de esta investidura, para que tome decisiones trascendentales sobre el desarrollo cultural, educativo, científico, social y económico a nivel nacional e internacional, el asunto rebasa cualquier límite de aceptabilidad.
A la sociedad de la ignorancia en la que se vive se le ha agregado un factor de altísimo riesgo con esta serie de políticos que, con todo y estudios, dan cuenta de la existencia de un nuevo analfabetismo funcional –porque con su incultura, en lugar de permitir en un futuro cercano superar la crisis que se vive, abren un escenario de mayor incertidumbre derivada de una dificultad demostrada para discriminar sobre lo que es importante de lo superfluo–, y de la existencia de una personalidad que vive dentro de una realidad imaginada llena de frivolidad, alimentada por los medios televisivos y la superficialidad de su imagen, para hacer frente a lo que padecen millones de mexicanos. Un abismo total.

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