Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

jueves, 8 de diciembre de 2011

Peña y los malos políticos- ¿Lo inevitable?- Peña y los malos políticos- ASTILLERO- Golpear al activismo

Astillero
Golpear al activismo
Secuestros, asesinatos
Kadafi: de película
Cantaleta contra comicios
Julio Hernández López
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RELEVO MAGISTERIAL. Congreso extraordinario de la sección 10 del SNTE para la renovación del comité directivo en las instalaciones del centro Puerta de Sol, ayer en Santa FeFoto Carlos Ramos Mamahua
Se han multiplicado los hechos de violencia contra ciudadanos que denuncian injusticias y defienden derechos humanos. Una de las organizaciones más lastimadas por esa modalidad es el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), originalmente impulsado por el poeta Javier Sicilia. En una espiral de agresividad impune están siendo amenazados, lesionados y asesinados algunos activistas regionales que creyeron encontrar cauce y fuerza en expresiones esperanzadoras como el citado movimiento que ha recorrido el país y ha decidido acompañar procesos de lucha en zonas conflictivas. El fantasma del paramilitarismo se ha ido asentando en la dolorosa realidad mexicana al igual que en su momento ha sucedido en otros países donde se han librado guerras irregulares internas en las que el Estado se muestra desfalleciente y al mismo tiempo protector y cómplice de esas manos criminales encargadas de tareas sucias.
El caso más reciente ha sucedido en Michoacán, donde una comitiva de 18 integrantes del MPJD fue confrontada por un grupo de delincuentes que les robaron sus teléfonos celulares y se llevaron por la fuerza a uno de los ciudadanos que había creído encontrar protección en los enviados de la instancia nacional que meses atrás dialogó, con intensa cobertura televisiva nacional, con el propio Felipe Calderón. El secuestrado, José Trinidad de la Cruz, fue encontrado ayer muerto y con evidencias de tortura, cuando aún no se cumplían 24 horas de su desaparición. Pietro Ameglio, uno de los miembros de la dirección colectiva del MPJD, aseguró que el ataque a la comitiva y el secuestro de De la Cruz ocurrieron luego que la Policía Federal dejó de acompañar al grupo y lo dejó a merced de los asesinos, según reportaban ayer en el portal de La Jornada el reportero Jaime Avilés y el corresponsal Eduardo Ferrer.
En otra entidad, Guerrero, y apenas con unas horas de diferencia, Eva Alarcón y Marcial Bautista, también miembros del MPJD, habían sido secuestrados cuando viajaban en autobús de Petatlán a Chilpancingo. Y diversos activistas y denunciantes de lo que se vive en el país, ya sean pertenecientes a otras organizaciones, o firmantes de solicitudes de indagación internacional respecto a crímenes de guerra cometidos por el calderonismo, han sido amenazados por diversas vías, en una abierta escalada de violencia verbal y física que pretende acallar a quienes han decidido actuar de manera abierta y pacífica en demanda de que sea frenado el baño nacional de sangre y se aplique una verdadera justicia en cada uno de los casos que ya suman decenas de miles.
En tanto, y luego que una publicación canadiense reveló la sustancia del asunto, se ha anunciado que la estación mexicana de servicios de inteligencia a larga distancia puso fin a un compló internacional de perfiles peliculescos que buscaba instalar en nuestro país a uno de los miembros de la familia Kadafi. Orgullosos del impecable funcionamiento del sistema de aceptación y cumplimiento de órdenes recibidas en inglés, dos de los principales miembros del gabinete calderonista dieron conferencia de prensa en la que palabras les faltaron para enaltecer el exitoso resultado que incluso mereció una autofelicitación de la Casa Blanca (ese tipo de autofelicitaciones se han multiplicado en años recientes, pues desde Washington se suele premiar a sus corresponsales mexicanos con declaraciones públicas por el buen cumplimiento de redadas y ejecuciones de narcotraficantes de alto nivel que en realidad son planeadas y supervisadas por personal gringo).
Pero no hay ni asomo de tal inteligencia ni éxitos plausibles en los casos cada vez más frecuentes de mexicanos asesinados en las condiciones descritas líneas atrás. La algarabía del secretario Poiré y la vocera Sota por la entrega de buenas cuentas a los intereses estadunidenses se vuelve silencio y desdén a la hora en que son los propios mexicanos quienes piden informes y activación de procesos y protocolos respecto a activistas amenazados y asesinados.
Otro parloteo irresponsable tiene como lugar de emisión a Los Pinos, como pretexto las pasadas elecciones de Michoacán y como destinatario los comicios federales del año en puerta. Según la interpretación partidista de Felipe Calderón, el panista que está mandando al diablo sus instituciones, su hermana no perdió naturalmente la contienda por una gubernatura sino a causa de una distorsión mayúscula que inexplicadamente no había sido denunciada en su momento y mucho menos la noche de fiesta artificial en que la llamada Cocoa aseguraba haber triunfado. El poder del narcotráfico habría distorsionado el proceso y los resultados electorales en su tierra natal, dice y vuelve a decir el encarrerado Felipe, aunque a la fecha no ha presentado ni pruebas ni denuncias ante las instancias judiciales correspondientes, sino apenas un audio de autenticidad no demostrada al que algún aliado periodístico del calderonismo dio amplio vuelo.
La pretensión de tumbar al priísta Fausto Vallejo mediante la acusación de ser beneficiario electoral del narcotráfico no queda en un arrebato de índole familiar (recuérdese que la ahora despojada Cocoa recibió carretadas de recursos de diferente origen, varios de ellos provenientes del propio gobierno fraternal, para empujar una desbordada campaña electoral que a fin de cuentas no consiguió números superiores a los de su adversario de tres colores que usó tretas y fondos parecidos a los de la hermana derrotada). Lo que Calderón parece tener como objetivo es entrampar los comicios del año entrante y suspenderlos o posponerlos. Por ello, aún sin reponerse de la tunda por sus pifias relacionadas con libros (es decir, con aprendizaje, entendimiento y capacidad de dirección), Enrique Peña Nieto ha tratado (con sus ya sabidas limitaciones) de confrontar los aires de golpismo anunciados por el ocupante de Los Pinos que no puede callar sobre el tema y ha puesto a algunos de sus subordinados a repetir la cantaleta antielectoral. ¡Hasta mañana!
Twitter: @julioastillero
Facebook: Julio Astillero
El jefe de jefes-Fisgón
¿Hacia la narcopolítica?
Adolfo Sánchez Rebolledo
No es creíble que una fuerza tan brutal y poderosa como el narcotráfico se mantenga ajena al mundo de la política, es decir, que no busque influir en los asuntos públicos, en beneficio exclusivo de sus intereses. De esa premisa partimos. Así ha ocurrido en otros países que nos llevan la delantera: las bandas usan los medios políticos pero no aspiran al poder en el sentido que lo hacen los partidos; carecen de cualquier interés que no sea obtener manos libres, impunidad para sus negocios. Saben comprar, intimidar, imponer, pero no están interesados en gobernar. Presionan, condicionan, quieren protección, vía libre y, llegada la hora, también los capos y sus herederos desean un lugar en la sociedad, es decir, buscan reconocimiento social, aunque tengan las manos manchadas con los crímenes más horrendos. Al igual que los terroristas, usan la violencia extrema, siembran el miedo, paralizan a la gente, pero a diferencia de éstos, no son fanáticos de una idea ni mueren por una moral religiosa. Los mueve el dinero proveniente de una mercancía ilícita que goza de muy buenos mercados globales. De ellos obtienen inconmensurables ganancias que, una vez lavadas, pasan al torrente circulatorio de la economía mundial, razón por la cual cada vez más los cárteles se articulan como empresas altamente productivas con tentáculos en todo el orbe, aunque, debido a su propio poder, sus rostros sean invisibles, inidentificables una vez saneados como parte del capital financiero. A querer o no están en la res publica, aunque la influencia y su modo de estar difieran en distintos países.
Sobre el terreno, en México al menos, aún priva la ley de la selva, la competencia más brutal por los territorios, las rutas y las plazas. Hay muchas explicaciones al respecto, pero es obvio que aunque el objetivo principal de las bandas son los consumidores de Estados Unidos, el mercado interno no es despreciable, pues no solamente abarca la venta de las drogas. Miles y miles de personas son arrastradas al servicio de los cárteles como sicarios, mulas, técnicos o empleados, pero otras muchas son las víctimas directas o indirectas, la mayoría sin nombre, de la guerra emprendida para someterlos. Esa es la gran tragedia nacional que pesa sobre el horizonte del país, de la nación. Más allá del dolor de las familias, si eso es posible, la catástrofe estriba en la anulación, por así decirlo, de una generación de jóvenes que o bien se suma a la locura de la delincuencia o se va del país o se hunde a la espera de la oportunidad que no tocará sus puertas, no al menos mientras la economía y la distribución del ingreso favorezcan a unos cuantos y la política sea el juego frívolo de la lotería sexenal.
La trama del narcotráfico, es verdad, no se tejió en un día, pero la guerra lanzada como recurso final tampoco ha sido capaz de reducir la violencia, de impartir justicia o de fortalecer el tejido social roto por la desigualdad a la que nos reduce, con crisis o sin ella, un modelo de capitalismo de suyo excluyente y deshumanizado. Toca al Estado combatir a la delincuencia, imponer la ley, proteger a la ciudadanía, darle seguridad, para que viva sin ser arrastrada a la vorágine impuesta por la lógica de la delincuencia. Esa es la función de la autoridad en un país de leyes, pero aquí, hay que decirlo, el ascenso de la criminalidad no se explica sin la previa connivencia originaria de funcionarios e instituciones de seguridad y justicia, aunque el acrecentamiento del problema indica que la estrategia oficial diseñada para romper el esquema ya hizo agua. Eso es lo que dio a entender el presidente Calderón al denunciar la intromisión del crimen organizado en los comicios y exigir a la sociedad y los partidos que reaccionen. Pero las palabras del Presidente dan cuenta de una actitud que de palabra apunta a aislar el previsible intento de la narcopolítica de influir en el 2012, pero en los hechos inaugura una estrategia electoral cuyas consecuencias podrían ser tan funestas como la propia intromisión de la delincuencia en los comicios. Dicho de manera resumida: tras años de exigir unidad nacional frente a la delincuencia, el Presidente parece ahora inclinarse por la partidización del problema. No solamente pone en solfa la versión optimista de que vamos ganando, sino advierte de un peligro inminente contra la democracia y la seguridad nacional. Cae por su propio peso que en estas materias el Ejecutivo, que es el jefe nato de las fuerzas armadas, no puede improvisar. Nos debe una explicación objetiva sobre la situación, pues a la pregunta de a quién favorece la acción del narco, conforme al registro de Claudia Herrera y Georgina Saldierna en La Jornada, responde diciendo por lo pronto, ya sabemos a quién perjudica: perjudica al PAN, a sus mejores alcaldes, al mejor alcalde que hemos tenido y al pueblo. Textualmente aclara: “No me refiero sólo a Michoacán ni al caso finalmente de mi hermana –Luisa María Calderón, ex abanderada del PAN a la gubernatura de ese estado–, sea candidata o no. Me refiero a la amenaza que para la vida del país significa la presencia del crimen organizado…” Eso no es serio.
El Presidente acusa implícitamente a otros contendientes de complicidad con los delincuentes, cuya presencia tendría mayor peso mientras más cerrados fueran los resultados electorales. Él sabe, ciertamente, cuál es el peso de una minoría de votos reclutados a última hora para decidir el curso legal de una votación, así se trate de intereses espurios en busca de influencias, pero insistir en que el gran perjudicado es su propio partido, el PAN, sólo se entiende en el ánimo de construir un alegato electoral que haga del asunto de la delincuencia una causa nacional, como si durante estos años no lo hubiera sido. Sólo en esa perspectiva el jefe del Estado puede decir en la tribuna: Yo como presidente no puedo quedarme callado ante eso; he sido prudente, he tratado de ser sensato, pero no puedo quedarme callado ante algo tan grave que ocurre y le digo, le pido y le exijo al PAN que tampoco se quede callado, según recoge La Jornada.
Calderón está tentado por los mismo fantasmas que llevaron a Fox a meter las manos para impedir su derrota en las presidenciales de 2006. Pero está jugando con fuego. Y el peligro es inmenso.
Con razón-Hernández
Peña y los malos políticos
Octavio Rodríguez Araujo
Juan Bosch, dominicano muy destacado en el mundo de las letras, un intelectual reconocido, hizo también política y alcanzó la presidencia de su país en 1963. Después de siete meses de gobierno, con enemigos muy poderosos de entre las fuerzas más retrógradas de República Dominicana (y de Estados Unidos), fue derrocado por un golpe de Estado. En una visita a México, ya como ex presidente, dijo en la UNAM que los intelectuales no deberían meterse en política como dirigentes, ni menos como gobernantes. Algo así como zapatero a tus zapatos.
Me impactó mucho lo que dijo Bosch, y desde entonces he entendido que los políticos pueden ser cultos o más o menos cultos, pero buenos políticos, y que no debe uno pedirles que sean intelectuales. Los intelectuales no tenemos el olfato de los políticos, ni el estómago o el hígado de éstos. Mejor cada quien en su lugar.
Pero una cosa es que un político no sea intelectual y otra que carezca de cultura, por lo menos la de un estudiante promedio de licenciatura. Esto es grave, pero no tanto como ser un mal político. Un político debe ser hábil, saber torear una pregunta difícil o cuya respuesta no sepa. Si ni siquiera sabe hacer esto, está perdido.
Cuando a un político le hacen una pregunta y no sabe torearla o responderla, que se dedique a otra cosa. No todo el tiempo tendrá un guión de lo que debe decir, sea por tarjetita o teleprompter, ni un don Carlos que lo haga hablar como a Neto y Titino, sus muñecos. Que Ninel Conde, famosa por sus respuestas estúpidas, haga alarde y ahora hasta chistes de su incultura, se le perdona: ni es intelectual ni es política (tiene otros atributos). Pero que dos aspirantes a la Presidencia de México hagan lo mismo, es muy preocupante. Me refiero a Enrique Peña Nieto y a Ernesto Cordero. El caso de Cordero es sólo en apariencia más grave que el del priísta, pues criticó a éste por sus respuestas en la Feria del Libro de Guadalajara y él confundió un libro de Laura Restrepo con otra autora, Isabel Allende. El punto es que nadie piensa que Cordero pueda gobernar el país, en tanto que muchos están convencidos de que Peña Nieto sí lo hará, y sólo por esto es más delicado su tropezón que el de su adversario panista.
Hay un chiste que se le atribuye a Ninel Conde: ante la pregunta “¿Qué opina de La muerte de Artemio Cruz?”, se dice que ella contestó: “Ya le di el pésame a su familia… un gran mexicano”. Si bien Conde y Peña Nieto son del estado de México (ella fue Señorita Estado de México), el de Atlacomulco no es el Bombón asesino (Wikipedia), sino un ex gobernador que quiere ser presidente de México.
¿Qué hubiera contestado un político con tablas para improvisar ante la pregunta que le hizo Jacobo García en la feria de Guadalajara? Algo así como ningún libro en particular me ha marcado la vida. Uno recibe muchas influencias a lo largo de la existencia, y dichas influencias no sólo están en los libros, etcétera. O, esa pregunta es tan improcedente como preguntarme qué libros me llevaría a una isla desierta. Pero no, trató de contestar la tonta pregunta, cayó en la trampa y se enredó él solo, mezclando títulos con autores y otras muestras de inmadurez política, además de hacer evidente su incultura.
La torpeza, conjuntamente con su ignorancia sobre temas que se leen todos los días en los periódicos, es una de las características sobresalientes de Enrique Peña Nieto. Es más un invento de sus patrocinadores que un político con perspectiva nacional y que pueda llevar a buen puerto el muy deteriorado país. México necesita a alguien que promueva su reconstrucción, no a otro Fox o Calderón que termine de encallarlo entre las rocas de Escila o hundiéndolo en el remolino de Caribdis, valga la analogía. (Nota para Peña Nieto: sobre Escila y Caribdis, consultar la Wikipedia, con una explicación mucho más amplia que la de El Pequeño Larousse Ilustrado.)
Errores los cometemos todos y los olvidos son también frecuentes, sobre todo cuando nos volvemos viejos. Incluso la prestigiada Encyclopaedia Britannica tiene errores (en 2006 el equipo de la revista Nature le contabilizó 123 errores de hechos y omisiones). Sería natural que Peña Nieto también los tenga: es de humanos cometer errores, como dijera la secretaria del PRI para defender a su candidato. Pero que un político se meta en la cueva de los leones y se ponga de pechito para exhibir su ignorancia es preocupante, pues esto denota que es un mal político, incapaz de improvisar una respuesta inteligente a una pregunta tonta y mal planteada. ¿Creyó que en un medio intelectual podría vender su imagen sin riesgos y que Face mata Book? Error, son ligas diferentes.
No hay mala leche de mi parte ni intenciones de hacer leña del árbol caído. Pero Peña Nieto debería declinar antes de registrar su candidatura. En Guadalajara tuvo su primer gran tropiezo, pero de continuar como candidato tendrá muchos más, porque no está a la altura de sus aspiraciones. No se le reclama que no sea intelectual, sino que sea mal político y, además, ignorante.
Partners-Helguera
¿Lo inevitable?
Soledad Loaeza
La incertidumbre, nos dicen politólogos distinguidos, es uno de los componentes de la democracia. No se extiende al conjunto del sistema político, cuyo funcionamiento está sujeto a reglas que le imprimen certeza, sino que se concentra en las elecciones; sus resultados son –o deben ser– hasta cierto punto impredecibles. Así ha de ser porque este proceso democrático clave se desarrolla conforme a las reglas de la libre competencia de las fuerzas políticas, que se construye –al menos en parte– en torno a factores relativamente permanentes como la ideología, la libertad de expresión y de conciencia; pero de más en más la decisión del elector tiende a depender de factores contextuales, por consiguiente, incidentales. Por ejemplo, el estado de salud de la economía, el descontento contra el gobierno en funciones, la situación internacional, una crisis financiera o política que se produce así de repente sin que nadie la hubiera previsto. Hay incluso motivaciones banales: por ejemplo, el atractivo personal de un(a) candidato(a), el(la) esposo(a) del candidato es un(a) bellezo(a), o causa rechazo; muchos, muchísimos, votan por x para expresar su repudio a sus contrincantes; algunos votan por solidaridad con su pareja, o por el(la) candidato(a) de su periodista consentido(a); y están muy en su derecho de seguir al flautista.
Podríamos seguir enumerando motivos diversos del comportamiento electoral, más o menos creíbles. Sólo quiero subrayar que en un sistema democrático no hay fatalidades, nada es inevitable. Sin embargo, entre nosotros se presenta un fenómeno inquietante: la incertidumbre parece ausente de la elección presidencial de 2012. La importancia que han adquirido en nuestro medio las encuestas es un reflejo de la desesperación de los políticos por superar la niebla de ignorancia que los rodea cuando se trata de anticipar las preferencias de los electores, que no siempre son predecibles; no cabe duda de que son un instrumento muy útil para tomarle el pulso a la opinión pública. Sin embargo, me pregunto hasta qué punto las encuestas son engañosas porque desempeñan un papel muy importante en la formación de opinión, y en lugar de que las leamos como una fotografía del ánimo público en un determinado momento, nos sirven para confirmar un prejuicio o para predecir el futuro. Me pregunto si acaso las encuestas no generan una opinión que se reproduce a sí misma, cuando no impulsan una inercia que sugiere que el desenlace del proceso electoral está predeterminado. Si así es, el PRI y su candidato tendrían que ser más cautelosos.
Según Consulta Mitofsky, el primero de diciembre la coalición PRI-PVEM-Panal cuenta con 40 por ciento de las preferencias del electorado, mientras que el PAN recibe 21 por ciento y la coalición PRD-PT-MC 17 por ciento. Hasta ahora la distancia entre el PRI y los otros dos contrincantes es de tales dimensiones que parece imposible que Enrique Peña Nieto pierda la elección. Más todavía, si tomo una licencia metodológica y considero que 22 por ciento de los ciudadanos que no declararon su preferencia son votantes indecisos, su decisión sólo modificaría los resultados previstos si de manera unánime votaran por el PAN. En cambio, si lo hicieran por la coalición de las izquierdas, su candidato se quedaría a un punto porcentual de distancia (Dios mío, ¿otra vez?).
Hasta ahora vivimos en la estabilidad tripartidista; sin embargo, yo no descartaría otros escenarios que pueden formarse en los meses que vienen. Por ejemplo, puedo muy bien imaginar que la perspectiva de restauración del PRI despierte en muchos ciudadanos una viva reacción de rechazo que impulse la búsqueda de una escapatoria a este destino que parece fatal. De ser así, es posible que frente al antiguo partido oficial se forme una corriente antipriísta mucho más amplia y poderosa que la que en este momento pueden representar, por separado, el PAN y las izquierdas. No hablo de una coalición formal como la que han propuesto muchos, sino de un movimiento de opinión, relativamente espontáneo, que organice al electorado en torno al eje PRI/anti PRI. ¿Cuál de los dos partidos que hoy tienen menos preferencias saldría beneficiado de este reacomodo? La condición previa necesaria para que esto ocurra es la cristalización de la polarización, y ésta puede producirse a raíz de un incidente menor que evoque los abusos típicos del PRI o de los priístas. Entonces, es probable que el polo anti PRI se forme en torno al candidato rival que cuente con más ventajas en ese momento. Si esto ocurre, se simplificarían las opciones políticas a dos, se colapsaría el centro político que algunos buscan con tanta ansiedad, la república del amor quedaría atrás y el discurso se haría mucho más agrio, los antagonismos se profundizarían y la campaña adquiriría un tono apasionado, incluso lo sería más entre los ciudadanos que entre los candidatos. En un escenario como este perdemos todos, pero también y en primer lugar el PRI, que debe irse con pies de plomo en las próximas semanas en lugar de dejarse llevar por encuestas que lo conducen a la autocomplacencia antes que a la reflexión.

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