Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

sábado, 22 de octubre de 2011

Complot iraní: ¿torpeza o cálculo?

Complot iraní: ¿torpeza o cálculo?

El líder espiritual iraní, Alí Jamenei. Foto: AP
El líder espiritual iraní, Alí Jamenei.
Foto: AP
MÉXICO, D.F. (apro).- Pese al escepticismo que provocó, el caso del presunto atentado de operadores iraníes contra el embajador de Arabia Saudita en Washington ya fue elevado al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para que lo estudie y analice sanciones más severas contra el régimen de Teherán.
Calificándolo de “abyecta conspiración” y a pedido de Washington, el gobierno de Riad fue el encargado de notificar al organismo internacional, igual que hace cuatro meses notificó a Argentina que el plan incluía sendos bombazos en las embajadas de Estados Unidos e Israel en Buenos Aires.
Entretanto, la Casa Blanca se lanzaba a una ronda de consultas con sus aliados occidentales para convencerlos de la seriedad del asunto y de la necesidad de endurecer la postura internacional hacia Irán. Altos funcionarios de los departamentos de Estado y de Justicia se esforzaban en explicar por qué una unidad de élite como Al Quds –rama de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán a la que se acusa de estar detrás del complot– orquestaría una operación tan riesgosa de un modo tan burdo.
Como se recordará, el 11 de octubre el procurador Eric Holder dio a conocer la detención del estadunidense-iraní Manssor Arbabsiar, un exvendedor de autos usados que a petición de su primo, miembro de Al Quds, habría contactado a narcotraficantes mexicanos para asesinar a Abdel al-Jubeir, el embajador saudita en Washington.
La trama se descubrió porque el contacto que el improvisado terrorista creyó un miembro de Los Zetas, resulto ser en realidad un informante de la DEA (agencia antinarcóticos de Estados Unidos), además de que dejó tras de sí transferencias bancarias y llamadas telefónicas fáciles de rastrear.
Con estas pruebas, dos días después el presidente Barack Obama salió al encuentro de los escépticos, diciendo que las pistas del caso llevaban indiscutiblemente hasta Irán, que él no se atrevería a presentarlo a la opinión pública si no tuviera elementos para sustentarlo y que su par iraní, Mahmoud Ahmadineyad, debía dar explicaciones. Aseguró que los detalles ya se habían proporcionado a “nuestros aliados” y que además del aumento de sanciones “no se descarta ninguna otra opción”, dejando así la puerta abierta a un posible acto de fuerza.
Irán, por su parte, pidió evidencias reales de la participación de dos de sus ciudadanos –Arbabsiar y Gholam Shakuri, presunto miembro de Al Quds– en la trama contra el embajador saudita.
Como era previsible, las reacciones de los jerarcas iraníes fueron airadas. Ahmadineyad dijo que su país era civilizado y no necesitaba recurrir al terrorismo, como Estados Unidos, en sus relaciones internacionales. Advirtió además que las “infundadas acusaciones de Obama no lograrán detener el progreso de nuestro país”, aludiendo al programa nuclear iraní, eje del diferendo con Washington y sus aliados occidentales y árabes.
Por su parte el ayatola Ali Jamenei, guía supremo de la Revolución Islámica, sentenció que, además de “absurdas y disparatadas”, las acusaciones estadunidenses eran recibidas en Irán como un nuevo pretexto de intervención y que “toda acción inapropiada, política o militar, dará lugar a una respuesta firme del pueblo iraní”.
Sin embargo, no todos los políticos iraníes reaccionaron igual. El expresidente Mohamad Jatami (1997-2005), visto como moderado y quien ha acusado a Ahmadineyad de crear crisis internacionales innecesarias por sus declaraciones imprudentes e irrespetuosas, consideró que “nuestros representantes políticos deberían ser cuidadosos y no dar a Estados Unidos ningún pretexto para que coloque en su mira nuestra seguridad e integridad nacionales”. No obstante matizó al admitir que todo parecía “un montaje de la Casa Blanca de cara a las elecciones”.
Las profundas fisuras de la escena política iraní son un elemento que algunos analistas consideran para explicar el extraño complot contra el embajador saudita. El articulista de Le Monde Alan Fachon, por ejemplo, escribió que no era imposible que “en un régimen tan dividido como el iraní un grupo busque poner en descrédito a otro”.
La revista TIME, cuyo colaborador Azadeh Moavani piensa que los “duros” pueden estar detrás de la trama, dice que las posibles explicaciones son perturbadoras. Una sería que el gobierno iraní –léase Ahmadineyad– haya perdido el control de la Guardia Revolucionaria, en cuyo caso quizás se buscaría dejar huellas para provocar una confrontación con Washington y reunificar a las facciones divididas bajo el manto de la Revolución de Jomeini. Otra, que grupos de la oposición misma crean que un conflicto armado entre Estados Unidos e Irán podría ayudar a arrojar a los mulás del poder.
El Washington Post, que en un inicio dio alta cabida al escepticismo, empezó a considerar que tal vez podrían ser señales de desesperación por parte de algunos grupos de Irán. Agentes entrevistados hablaron inclusive de la “ingenuidad” de los clérigos de línea dura que actualmente controlan el país y que tal vez pensaron que no sería tan difícil llevar adelante el complot sin involucrar en el terreno a sus guardias de élite.
El diario capitalino coincide sin embargo con el New York Times en que en un régimen tan jerárquico como el irání es prácticamente imposible que Al Quds actuara sin el conocimiento del ayatola Jamenei o el presidente Ahmadineyad, aunque no necesariamente del segundo.
En lo que todos están de acuerdo es en que desde la llamada “Primavera Árabe” la rivalidad entre Irán y Arabia Saudita por el control del mundo musulmán se ha exacerbado. Esto se vio con claridad en el apoyo que Riad dio en marzo al reino de Bahrein para aplastar las protestas de la mayoría chiita, respaldadas por Teherán.
Otro tanto se juega ahora en Siria, en Yemen o en Gaza; la pugna entre persas-chiitas y árabes-sunitas está al alza y, por lo demás, estos últimos tampoco desean una potencia nuclear hostil enclavada en su área.
Pero si bien esto explicaría los atentados contra los saudíes y sus socios estadunidenses, en esta coyuntura se ha explicado muy poco por qué había que atacar también la embajada de Israel, concretamente en un país donde ya hubo dos fuertes ataques contra sus intereses: la propia embajada en 1992 y la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en 1994, que en conjunto dejaron 114 muertos y más de 500 heridos.
En los dos ataques realizados con coche bomba, después de múltiples teorías conspiratorias que involucraron inclusive al entonces presidente Saúl Menem (de origen sirio) y a la policía metropolitana de Buenos Aires, prevaleció la pista iraní. La ejecución habría corrido a cargo de la guerrilla chiita libanesa Hezbollah, cuyos milicianos se internaron por la Triple Frontera que Argentina comparte con Brasil y Paraguay.
Si bien en el segundo caso Hezbollah no aceptó su participación, en 2006 la fiscalía inculpó a ocho altos funcionarios iraníes, entre ellos el expresidente Ali Rafsanjani, de autoría intelectual, y presentó una orden de captura internacional contra ellos.
Un año después la Interpol confirmó los cargos y emitió el pedido. Ese mismo año, en la 62 Asamblea General de la ONU, el expresidente Néstor Kirchner denunció a Irán por su falta de colaboración para aclarar los hechos. Ninguno de los imputados ha sido detenido hasta ahora. Y los dos embajadores iraníes entonces en funciones, acusados de complicidad, fueron liberados por falta de pruebas.
Algunos atribuyen a esta impunidad que Irán haya pensado en atacar nuevamente un blanco israelí en suelo argentino. Otros, a que ahí vive una de las comunidades judías más grandes de la diáspora. Pero precisamente por ello cabría suponer que mantienen mayores alertas de seguridad.
Curiosamente, en el caudal de información que ha fluido a raíz del complot develado por Holder, la reacción oficial de Tel Aviv ha sido sumamente parca y en general se ha privilegiado la línea saudita.
Pero la tensión entre Irán e Israel es constante. Ahmadineyad desconoce el Holocausto y la existencia del Estado judío, y llama a su aniquilación. El gobierno de Netanyahu, que acusa a Teherán de terrorismo y teme el desarrollo de su potencial nuclear, desearía una acción militar en su contra, incluso por propia mano.
Según algunos, la inclusión de un blanco israelí en el actual complot sería en venganza por la muerte de varios científicos nucleares iraníes en los últimos dos años, a manos del siempre eficiente servicio de inteligencia Mossad, que también infectó con un virus las computadoras del programa atómico.
Dentro de esta parquedad del lado israelí, llama la atención la información precisa y amplia sobre el complot que proporciona un sitio llamado DEBKAfile, basado en Jerusalén y con versiones en hebreo e inglés, que se presenta como una fuente de inteligencia militar, especializada en análisis político, espionaje, terrorismo y seguridad.
Operado desde 2000 por los periodistas Giora Shamis y Diane Shalem, recibió el premio Forbes’ Best of the Web, que encomia sus archivos, aunque critica que la mayor parte de su información se atribuya a “fuentes no identificadas”.
Otros sitios como Wired.com han denunciado que DEBKAfile “informa claramente desde el campo de los halcones de la política israelí”, y una investigación del diario Yediot Aharonot estableció que la página basa su información en “fuentes con agenda” como la derecha del Likud o los neoconservadores estadunidenses, y que los servicios de inteligencia oficiales no consideran “ni siquiera el 10% de su contenido confiable”.
Como quiera que sea, Irán ha sido un tema recurrente de esta página y el actual complot no podía ser la excepción. Titulado “Radicales iraníes buscan un enfrentamiento armado acotado con Estados Unidos” y basado como siempre en fuentes anónimas, esta vez iraníes, el sitio expone sin vacilar los motivos, los actores y los pasos de la conspiración.
La apuesta habría sido planteada al ayatola Ali Jamenei como un “gran plan” por su hijo y heredero Mojtaba, y el comandante de Al Quds, Kassem Soleimani. El primer paso sería reiniciar con ayuda de agentes iraníes los disturbios chiitas en Bahrein y extenderlos a la región petrolera de Qatif, fronteriza con Arabia Saudita. Al mismo tiempo, expertos en motines infiltrarían a agentes provocadores entre los peregrinos que se desplazan a principios de noviembre a las ciudades santas de la Meca y Medina.
El asesinato del embajador Al-Jubeir y los bombazos en las embajadas en Buenos Aires debían coincidir con los desórdenes en los sitios sagrados y la región petrolera, para crear una crisis de seguridad y cimbrar el trono saudita. Entonces, Estados Unidos acudiría a apoyar a su socio con un ataque armado limitado.
Esto, según Mojtaba y Suleimani, impediría que las protestas de Siria se extendieran a Irán, ya que los opositores y las minorías no se atreverían a levantarse contra el régimen en momentos en que fuera atacado, por miedo a ser acusados de traidores. Esto atraería el aplauso del mundo musulmán, por alejar el foco militar de Siria y salvar al gobierno de Bashar el Assad.
Además, Teherán conseguiría la alineación de un frente islámico antiestadunidense, opuesto al bloque sunita patrocinado por Occidente y encabezado por el ministro turco Tayyip Erdogan.
El conflicto relegaría de la agenda internacional el tema del programa nuclear, que tendría más tiempo para desarrollarse discretamente. Por otra parte, Irán obtendría el apoyo de China y Rusia, que se oponen fuertemente a más intervenciones militares estadunidenses en la región.
DEBKAfile no encuentra contradictorio que Al Quds haya querido utilizar a un inepto para realizar el plan, “ya que muchas veces, cuando hay riesgo, lo hace para cubrir a sus verdaderos agentes”. Y en cuanto al uso de narcotraficantes, asegura que el movimiento chiita Hezbollah tiene por lo menos 20 años recurriendo a ellos en América Latina para financiarse y hacer el “trabajo sucio”.
Pero aventura una hipótesis más: que Mojtaba y Suleimani montaron así el plan porque querían que fracasara. Si los atentados, particularmente el asesinato del embajador saudita en Washington, se hubieran consumado, hubieran sido considerados como un “acto de guerra”, y ellos no querían ir tan lejos. “Sólo querían una confrontación limitada y parece que lo están logrando”, dicen los dos periodistas israelíes que manejan el sitio. ¿Será?

FUENTE PROCESO

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