Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

domingo, 23 de octubre de 2011

La guerra interminable contra la jerigonza y el cliché -Keynes en el Anáhuac-



La guerra interminable contra la jerigonza y el cliché
Robert Fisk
Recientemente me pidieron dar una charla sobre Medio Oriente. Leí en la invitación: Queremos llevar a visionarios, innovadores, hacedores, fundadores, conectores y a su comunidad a compartir un espacio. Con tanta gente congregada en un espacio, es inevitable que surjan chispas, que las ideas encuentren impulso y el cambio positivo nazca.
Claro que no tengo la menor intención de participar en ese espacio en particular. No quiero nada que ver con una invitación escrita en un lenguaje tan salpicado de lugares comunes, con todas las trampas de los sicobalbuceos seudoacadémicos y el optimismo complaciente. Son palabras vacías y excluyentes, de elitismo y moda, en una conferencia sin mayor propósito que dar una conferencia. Acerca de nada.
Ya en otra ocasión he expresado mi molestia con la palabra espacio, excepto en hombre del espacio o nave espacial. Pero se ha vuelto un contagio. En unos cuantos días he formado una colección de ejemplos de personas que escogen las palabras por prestigio, más que por significado. En Moscú, esta semana, Joy Neumeyer, en una reseña sobre una exhibición de Dalí, escribió que el diseñador había transformado el espacio del museo en una instalación surrealista. La palabra espacio es del todo redundante en esa frase. Desde París, me entero de que los Campos Elíseos son un espacio comercial. En The Oldie, noto que en Camden Market una bandera del Che Guevara comparte espacio con una Union Jack con el tema del duque y la duquesa de Cambridge.
En Beirut, un profesor de la Universidad Americana revela al mundo que el finado historiador libanés Kamal Salibi creó un espacio en el que la singularidad de Líbano es subrayada al colocar a Líbano en su contexto árabe, en tanto otro escritor árabe informa a sus lectores que los activos del régimen sirio están apilados en un espacio cada vez más y más pequeño. En el Irish Times leo que una librería Sligo, muy querida y ahora cerrada, era un espacio compartido, mientras una vocera de Dublin Port señala que su compañía necesita un largo espacio junto al muelle (donde espacio vuelve a ser redundante).
Hasta la librería London Review, en Bloomsbury, es ahora, según sus publicistas, presumiblemente instruidos, un espacio atractivo, cuando decir es atractiva o es un lugar atractivo habría tenido más sentido. La semana pasada encontré incluso un espacio de taller disponible en una conferencia, con lo cual combinaron en una frase dos de las palabras que más odio. Noto que el Museo Británico ofrece “talleres interactivos (sic)” el 11 de noviembre. Aléjense, oh, lectores. Los talleres son para los carpinteros.
Hasta los viejos lugares comunes son revividos constantemente. Ofensiva murió por un tiempo, pero ahora está en uso cotidiano: ofensiva israelí, ofensiva siria, ofensiva de Cameron contra el crimen (es de suponerse que de un carácter menos letal). Un colaborador de The Lawyer escribió la semana pasada que los abogados estaban en pie de guerra con respecto a cierto sitio web. Dios mío, yo solía escribir en el Sunday Express sobre aldeanos que estaban en pie de guerra acerca de un proyecto carretero que cortaría sus verdes prados… ¡y eso fue hace 20 años!
Me temo que siempre tendremos que lidiar con esta basura. Con frecuencia me avisan de aburridas conferencias académicas cuyos participantes realizarán sesiones plenarias, como si fueran las conversaciones de los Tres Grandes en Yalta o Postdam. El Irish Times (de nuevo) me cuenta de familias del Departamento de Incendios de la ciudad de Nueva York que están por fin llegando a términos con sus tragedias del 11-S. Y después de eso es de suponerse que seguirán adelante. Cameron añadió una nueva versión de esas frases cuando la semana pasada habló de una agenda internacional que debe ser progresada con respecto a Libia. ¿Qué idiota de relaciones públicas metió la palabra progresada en el discurso? ¿O fue el mismo Cameron?
Y así una y otra vez. Los políticos continúan luchando por su vida política y los africanos mueren del letal virus del ébola (probablemente la versión no letal sea tan inocua como el resfriado común).
Alguien del Fondo de Preservación de Edificios de Belfast anunció el mes pasado que sus antecedentes son en el cabildeo y los asuntos públicos, referentes a animar a la gente a pensar fuera del cartabón. Yo creía –de veras– que la frase pensar fuera del cartabón tenía una estaca atravesada en el corazón. Creí que otro espantoso lugar común había expirado hasta que leí que el presentador de televisión Tim Lovejoy había descubierto que Ciudad Ho Chi Minh estaba fuera de mi zona de control.
¿Llegará el fin de tanta tontería? Un texto publicitario de un nuevo libro sobre Medio Oriente –sobre el Sueño en el Islam, tema importante– termina con la observación de que, “al observar pautas de sueño –transculturales, sicológicas y experienciales (sic y G, los dos al mismo tiempo)–, se puede lograr el entendimiento del papel y la significación de esa imaginería crítica, política y personal contemporánea”.
Sólo hay una reacción posible ante estas cosas. En el momento en que surjan los clichés, arrojar la invitación al cesto de papeles o romper la página. El duque de Gloucester, hermano de Jorge, alguna vez ofendió al escritor de La decadencia y caída del imperio romano al saludarlo con estas palabras imperecederas: Siempre garrapateando y garrapateando, ¿eh, señor Gibbon? Gibbon no se merecía eso. Nosotros sí.
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya


Rolando Cordera Campos
De repente, el jueves por la mañana, los noticiarios anunciaron que el mundo estaba en peligro y que su estabilidad afrontaba renovadas olas de irresponsabilidad gubernamental: la décimo quinta economía del mundo había sido puesta en la picota por un grupo de veleidosos diputados, encabezados por el PAN y el PRI, quienes decidieron duplicar el déficit fiscal para 2012 y poner a México al borde de las descalificaciones de Standard and Poors y asociados.
La inesperada audacia de esta comandita legislativa, se llevó a extremos inauditos: decretar el aumento de la plataforma petrolera de exportación y devaluar la moneda nacional. Rebelión de las masas, rendición de las elites tecnocráticas, irrupción del populismo: todo y eso más podía esperarse al despuntar el 20 de octubre.
Nada qué temer al día siguiente. En un acto de prestidigitación digno del Guinness, los diputados anunciaron que con el aumento del déficit de 0.2% a 0.4% del PIB para 2012, la economía crecería por debajo de la previsión hecha por el gobierno con base en los modelos de la Secretaría de Hacienda, y que la bolsa a repartir no rebasaría los 80 mil millones de pesos, dentro de un presupuesto superior a los tres billones.
La religión del déficit cero establecida como ley de hierro en 2006, queda a salvo, los precios apenas crecerán y la economía se adecuará a los dictados de la economía mayor del Norte, de cuyo desempeño se espera poco o nada. Nada de peces por multiplicar.
Aquí no ha pasado ni pasará nada, pues, tal vez porque en este sentido todos en efecto seamos guadalupanos. La rebatiña de los centavos queda a buen resguardo y los mandones de las entidades federativas pueden sentirse tranquilos. Todos a sus bases, al acomodo nacional donde la resignación se ha vuelto cultura: el estancamiento estabilizador da para todos, siempre y cuando se reconozca el lugar de cada quien y nadie ose saltarse las trancas.
Este curioso keynesianismo con los ojos al revés, supera la tradición inaugurada hace unos años por nuestro peculiar pluralismo que ha llevado a aprobar por unanimidad la Ley de Ingresos y el Presupuesto de Egresos de la Federación sin que, por otro lado, nadie rinda sus banderas políticas. Se trata de una sublimación del ambiente político que, incapaz de plantearse las cuestiones cruciales de un país cuarteado, opta por simular un consenso pero no para encarar los poderes de hecho, en sus abusos y ganancias exorbitantes, sino para avalar la reproducción de un régimen de dominio político y económico que, ostensiblemente, no puede garantizar la gobernanza y la eficacia que el pluralismo promete y de las cuales depende su legitimidad.
Si hubiere que insistir en la necesidad de cambiar el régimen político, este desempeño de los diputados sería un argumento adicional para hacerlo. No puede haber una economía nacional que, en medio de una globalización caótica como la actual, pretenda vivir y autodeterminarse democráticamente a partir de una fragilidad política tan flagrante.
Cuando hablamos de cambio de régimen podemos hacerlo en varias claves y a diferentes velocidades. Es claro que el régimen económico resultante del cambio estructural globalizador no ha estado a la altura de sus promesas modernizantes ni de las necesidades y carencias nacionales. De aquí la justificación del reclamo de un cambio de rumbo en la política económica y la estrategia de desarrollo. Sólo la necedad alimentada por el acomodo bien lubricado por los centavos puede insistir en que con las reformas que tanto necesitamos se va a salir adelante del pasmo productivo y de empleo en que estamos sumidos.
Sin embargo, lo que el comportamiento de los traviesos boy scouts de San Lázaro pone sobre la mesa es una falla mayor en el formato de la política representativa que resultó del pluralismo inaugurado en el último tercio del siglo pasado, distorsionado hasta límites insólitos por su colonización por parte de los llamados poderes fácticos. Con el despegue de la lucha sucesoria, las cosas no siguen igual sino que se agravan, si atendemos a sus primeros excesos, protagonizados por algunos de los comparecientes ante los jerarcas y negociantes de la radio y la televisión. En particular la del ex gobernador mexiquense.
La política y los políticos no pueden asumirse como tributarios de ese u otro poder del dinero, sino como los mandatarios, o aspirantes a serlo, de una ciudadanía diversa y no regimentada por credo alguno. De esto depende, en el propio capitalismo, la posibilidad de mantener o refundar una república como la que México reclama con urgencia.
Nadie puede negar la importancia estratégica de los medios de comunicación de masas. En una sociedad grande y urbana, la democracia de plaza y ágora puede mantenerse como consigna histórica pero es claro que las cosas de la política se deciden en lo fundamental de otro modo. De aquí la futilidad de hacer de la relección un tema decisivo o crucial, de principios o fe democrática.
La intermediación del dinero y la mediación intencionada de los medios de masas constituye una variable determinante que la reforma de la política debe considerar y asumir expresamente, para encauzar su poder al servicio de la democracia. De otra suerte, se acepta de antemano la rendición de la política y de la democracia misma ante el dinero y la influencia concentrada.
Lo que tenemos ante nosotros es una acción preventiva, a la vez que agresiva, de esos grupos de poder concentrado, constituidos y legitimados por su riqueza y la aceptación y celebración que de ella hacen junto con gran parte de la sociedad. No se trata de una circunstancia única en el mundo o la historia, sino de una tendencia de las sociedades capitalistas donde no reina ni puede reinar la libre competencia, ansiada por tantos profetas de la futilidad económica y política, disfrazada de ingenuidad adulta.
No son, sin embargo, tendencias fatales, sino constelaciones de fuerza y poder que el Estado y la sociedad pueden modular y someter a los dictados y normas de la convivencia democrática. Así lo hicieron los Roosevelt en Estados Unidos y así lo hizo el presidente Cárdenas frente al poder trasnacional y los levantiscos plutócratas regios.
Así va a tener que hacerse ahora si, en efecto, se quiere conservar la democracia y sacar a la economía del estado lamentable en que se encuentra.
El cambio de régimen en la economía nos lleva sin remedio a plantearnos el cambio de la política, porque, como ocurre en toda crisis mayor, como la actual, es imposible separarlas. Poner la política al mando del cambio económico es vital, pero para que esto fructifique y nos permita salir del pantano, es indispensable cambiar el régimen cuidando que con esto no vayamos a echar al niño con el agua sucia de la bañera, como lo hicieron los neoliberales de fin de siglo.
De aquí la importancia de poner por delante el programa y el compromiso, sin temerle a la ideología ni renunciar a los veredictos de la historia.
 

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