Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

miércoles, 25 de enero de 2012

América Latina en Malvinas- Auge del «capitalismo estatal» (energía y electricidad) y caída del neoliberalismo, admite The Economist


Bajo la Lupa
Auge del capitalismo estatal (energía y electricidad) y caída del neoliberalismo, admite The Economist
Alfredo Jalife-Rahme
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El Estado avanza mientras el sector privado retrocede. En la imagen, una planta petrolera en NigeriaFoto Ap

The Economist, portavoz del neoliberalismo global, publicó un reporte especial (21.1.12) sobre la mano visible del capitalismo de Estado, de Adrian Wooldridge, quien aduce que la crisis del capitalismo neoliberal occidental ha coincidido con el ascenso de una poderosa nueva forma de capitalismo de Estado en los mercados emergentes.
Se enfoca al futuro resplandeciente de China, Rusia y Brasil –tres miembros prominentes de los BRICS– y deja extrañamente de lado a India, corroída por la corrupción (como si el circuito anglosajón fuese menos corrupto), a Sudáfrica y al añejo capitalismo de Estado de Europa. ¿Dan los anglosajones por muerta a Europa?
Cita al Instituto Fraser (Canadá) –uno de los proponentes del amero, la divisa común del ASPAN foxiano–, que ha degradado su índice de libertad (de apertura neoliberal).
Juzga que la crisis del capitalismo neoliberal se ha profundizado por el ascenso de una alternativa poderosa: el capitalismo de Estado, que intenta combinar los poderes del Estado con el capitalismo, además de usar instrumentos capitalistas como la bursatilización de las empresas estatales y la adopción de la globalización. Esto ya ocurrió en Alemania en 1870 y en Japón en 1950, pero nunca había operado en tal escala y con herramientas tan sofisticadas como hoy.
Las cifras son imponentes: El capitalismo de Estado detenta las más exitosas economías del mundo, cuando en los pasados 30 años el PIB de China ha crecido a un promedio de 9.5 por ciento al año y su comercio internacional ha incrementado su volumen 18 por ciento. En los pasados 10 años, el PIB de China se ha más que triplicado a 11 millones de millones de dólares. Hoy el Estado es el mayor accionista de las principales 150 empresas de China.
Subraya que el capitalismo de Estado ostenta las más poderosas empresas del mundo. Las 13 principales empresas petroleras (sic), que concentran más de 3/4 partes de las reservas mundiales de petróleo, todas son estatales (¡súper sic!), como Gazprom, la mayor empresa rusa de gas natural del mundo. Por cierto, estos datos los expuse hace cuatro años en mi libro La desnacionalización de Pemex (Ed. Orfila, 2009), con el tonificante prólogo de AMLO.
Wooldridge constata que las firmas estatales exitosas pueden ser encontradas en casi cualquier industria, como China Mobile, con 600 millones de clientes; Saudi Basic Industries Corp., el banco ruso Sberbank, Dubai Ports, etcétera.
El índice bursátil nacional de MSCI exhibe la participación de capitalización de las empresas controladas por el Estado: China (80 por ciento), Rusia (62 por ciento) y Brasil (38 por ciento).
El capitalismo de Estado va viento en popa, pletórico de liquidez y envalentonado (sic) por la crisis de Occidente: el Estado avanza mientras el sector privado retrocede; esto sucede tanto en China como a escala global.
Resulta y resalta que, según datos del índice de mercados emergentes del MSCI por sector industrial (junio 2011), la participación de las empresas estatales en energía es de 67 por ciento (¡súper sic!) y 55 por ciento del sector eléctrico, frente a otras industrias donde el Estado es todavía minoría: servicios de telecomunicación (36 por ciento), finanzas (35 por ciento), salud (6 por ciento), tecnología de la información (2 por ciento), etcétera.
Una de las características exitosas del capitalismo de Estado consiste en que las empresas son manejadas por gerentes profesionales en lugar de burócratas o compinches.
Hoy el crecimiento del mundo emergente en su mercado dinámico es de 5.5 por ciento al año frente a 1.6 por ciento de Occidente, y se calcula que constituya la mitad del PIB mundial en los próximos nueve años. El capitalismo de Estado se consolida como la tendencia futura. ¿Futura? Mi libro Hacia la desglobalización (Ed. Jorale, 2007) ya lo había detectado hace seis años…
Pese a todo, el reporte especial mantiene un ojo escéptico sobre el capitalismo de Estado y levanta dudas tanto sobre su habilidad para capitalizar sus éxitos cuando tenga que innovar en lugar de alcanzar como sobre su capacidad de autocorregirse cuando las cosas salgan mal. Aduce que una cosa es manejar las contradicciones del sistema cuando la economía crece rápidamente y otra es cuando se encuentra con obstáculos. ¿Tal escepticismo no es válido, acaso, para cualquier sistema humano nada perfecto?
Proclama el retorno de la historia y ejecuta la autopsia de los teóricos fracasados de la globalización –es decir, los Fukuyamas de la economía, finanzas, historia y sociología, quienes pulularon grotescamente durante cuatro décadas (desde la imposición del thatcherismo/reaganomics) gracias a la falta de rigor crítico de los multimedia, propiedad de las trasnacionales anglosajonas–, como Kenichi Ohmae, quien descabelladamente había sentenciado el fin del Estado-nación (a ver si se da una vueltecita por Europa del este).
No fue el fukuyamesco fin de la historia, sino el fin de la histeria del vulgar propagandista nipón del Departamento de Estado, estigmatizado con el ridículo global.
Cita el controvertido libro El fin del libre mercado: ¿quién gana la guerra entre estados y trasnacionales?, de Ian Bremmer, presidente de Eurasia Group.
Bremmer, teórico de la hilarante curva J y contaminado por su asociación mercantil con el vilipendiado Citigroup, aborda el fenómeno del capitalismo de Estado desde su perspectiva neoliberal daltónica y –en lugar de elogiar el exitoso ascenso de las empresas estatales de China, Rusia, Brasil, los Países Árabes del Golfo, Irán, Venezuela, etcétera– fustiga el capitalismo de Estado, que califica de autoritario y de desafío (sic) para la economía global que encabeza EU.
Wooldridge considera que el mundo emergente ha aprendido cómo usar el mercado para promover sus objetivos políticos y concluye que la mano invisible del mercado cedió su lugar a la mano visible del capitalismo de Estado.
Se asienta que la corriente histórica global está del lado de la estatización –primordialmente del binomio energéticos/electricidad– bajo el modelo del capitalismo de Estado, como aduje en mi ponencia ante el Senado (www.tu.tv/videos/ponencia-dr-alfredo-jalife-completa-), cuatro años antes de la confesión neoliberal de The Economist.
En forma coincidente, en México colisionan dos proyectos diametralmente opuestos que definirán el destino del país en la próxima elección: la privatización de Pemex propuesta por el candidato del PRI, Peña Nieto –apuntalado por el equipo neoliberal/monetarista/itamita de Aspe y Videgaray– frente a la consolidación de la (para)estatal de parte de AMLO, cuya postura se asemeja más a las políticas estatales de los BRICS, curiosamente, la economía mixta del PRI nacionalista hoy en derrilección.
La postura de AMLO NO tiene por qué colisionar con la seguridad del abasto energético a EU: situación insalvable por consideraciones de buena vecindad geopolítica y geoeconómica (situación singular de la que carecen otras potencias energéticas).
Porque de otra manera EU va a acabar vendiéndonos nuestro propio petróleo, como ha sucedido en forma demencial con España, que nos vende muy caro nuestro propio gas. ¿Eso es lo que desean? La próxima vez abordaré las variedades del capitalismo de Estado, según el evangelio apócrifo de The Economist.

América Latina en Malvinas
José Steinsleger

   En la primera mitad del siglo XIX, el Banco de Inglaterra (fundado por el pirata William Paterson) respaldó al imperio esclavista de Brasil, urdió la balcanización de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y junto con Washington conspiró contra la Federación Morazánica y la Gran Colombia bolivariana. Y en la segunda mitad, financió la guerra de la Triple Alianza contra Paraguay, y el militarismo chileno que en la del Pacífico despojó a Perú de territorios sureños y dejó a Bolivia sin mar.
Minimizando el colonialismo en el Caribe, Asia, África y Medio Oriente, los cipayos leen la historia de Inglaterra como dechado de civilización versus barbarie, cuando no ha sido más que fábrica de historiadores sicofantes y pensadores que abominan “… todo lo que no es inglés y pensando que los demás pueblos sólo pueden ser felices si adquieren sus instituciones, las costumbres, las maneras que a ellos los hacen felices…” (Eça de Queirós, 1882).
V.gr.: luego de la derrota militar en las islas Malvinas (1982), el historiador Jorge Abelardo Ramos recordó las palabras burlonas de Margaret Thatcher al decir que “… habría sido la lucha de la ‘democracia inglesa’ contra la ‘dictadura argentina’”. Lo irónico, concluye Ramos, no radicaba tanto en la proverbial hipocresía británica, sino en la de ciertos intelectuales y políticos que, a raíz del infausto desenlace bélico, descubrieron el terrorismo de Estado que venían solapando desde 1976, y mucho más letal que el patético gobierno constitucional de Isabel Perón.
Hace unos días, ajustado a esa política de difamación y arrogancia imperial, el premier David Cameron se pasó de tragos. Frente a la solidaria decisión de los países del Mercosur de no permitir que buques con bandera de las llamadas Falklands atraquen en puertos de la subregión, sostuvo que el reclamo argentino sobre el archipiélago del Atlántico sur era “mucho más que ‘colonialismo’ (sic), porque esa gente –los kelpers, habitantes de las Malvinas– quiere seguir siendo británica…”
Cameron se sirvió otro trago y, a continuación, leer para creer: ¡invocó el derecho de los pueblos a la autodeterminación! Deferencia que Su Majestad le negó al pueblo de Hong Kong, cuando la ex colonia británica pasó, finalmente, a manos de China popular (1997).
El vicepresidente argentino, Amado Boudou, calificó las declaraciones del inglés como “un exabrupto torpe e ignorante de la realidad histórica… la Argentina nació en su pelea contra el colonialismo”. Por su lado, el canciller Héctor Timerman, de gira por los países de América Central, observó en entrevista con el diario Página 12 de Buenos Aires: “Llama la atención que Gran Bretaña hable de ‘colonialismo’ cuando es un país sinónimo de colonialismo”.
Dick Sawle, uno de los miembros de la Asamblea Legislativa de las Malvinas (3 mil habitantes), aseguró que “el Reino Unido ahora mismo no es un país colonialista… Es un error hablar de eventos de hace más de 170 años”. Opinión que a más de unir al Congreso argentino en un solo puño, mereció del dirigente político Pino Solanas la siguiente aclaración: De los 16 enclaves coloniales que aún subsisten en el mundo, 11 son del Reino Unido.
Los ingleses sangran por la herida: en 1833 ocuparon las islas y en 1982 ganaron una batalla. Sin embargo, desde 2003 la política exterior independiente y soberana del gobierno de los Kirchner viene ganando la guerra en el campo de la diplomacia, las negociaciones que Londres se niega a entablar en el marco del derecho internacional y las resoluciones del Comité de Descolonización de Naciones Unidas.
De hecho, Página 12 recuerda que la única estrategia del Foreign Office ha sido la decisión de apelar al poderío militar y al Consejo de Seguridad de la ONU, una vez que no prosperara la maniobra para que la Comunidad Europea reconociera a las islas como territorio británico de ultramar. Frustración que llevó al general David Richards a elaborar planes de contingencia, frente a los informes de inteligencia recibidos por Cameron, dando cuenta de una eventual invasión de pescadores para plantar en Malvinas banderas argentinas.
Los tiempos han cambiado. La causa anticolonial de Malvinas ya no es un asunto meramente argentino. América Latina cierra filas. En concreto, Chile y Uruguay rechazaron el ingreso de buques con rumbo a las islas, los países de América Central se han solidarizado con Argentina, y el canciller Antonio Patriota, haciendo honor a su nombre, convalidó estas posiciones en el transcurso de una conferencia de prensa sostenida junto con su homólogo británico, William Hage.
El Departamento de Estado, inclusive, acaba de reconocer que el diferendo compete al entendimiento bilateral entre Argentina y Gran Bretaña. Las únicas posiciones discordantes fueron las de un par de senadores chilenos (pinochetistas), y la de México.
A pesar de haber suscrito en todos los foros internacionales los derechos inalienables de Argentina sobre las Malvinas, la cancillería mexicana no ha dicho una palabra sobre de las bravatas políticas y maniobras militares de la piratería inglesa en las aguas del Atlántico Sur.

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