Presidente interino y nuevas elecciones o el caos social
Va en aumento el descontento del resultado electoral. A Peña sólo lo aceptan los priistas (y no todos).
Va en aumento el descontento del resultado electoral. A Peña sólo lo aceptan los priistas (y no todos). Sin que como partido se sume al PRD y sus aliados: PT y Movimiento Ciudadano, el PAN ha manifestado que hubo gasto excesivo del peñapriismo por compra de votos, sobornando a quienes, por corrupción y necesidad se dejaron convencer. Es la vieja subcultura que el PRI ha vuelto a utilizar para “ganar” electoralmente el poder presidencial. Sabiendo que tenía que asegurar de este modo su regreso, con no menos de 5 millones de sufragios.
Las empresas encuestadoras se dejaron convencer (entre ellas la de Liébano Sáenz, zedillista encuestador oficial de Peña) de la delantera de Peña-PRI por amplísimo margen y aunque no les resultó, junto con las campañas de radio y televisión, también comprados o seducidos, pusieron las condiciones de que era el ganador. No fue tanta la diferencia con su competidor lópezobradorista como habían planeado, una vez que Josefina, hoy con camisa de fuerza para que no se rebele contra Calderón y apoye al PRD, rodó al fondo, como castigo de los electores que abandonaron al panismo por el mal gobierno de Calderón y su grupo.
Sin pensar que desataría una rebelión social, Peña exhibió su feroz autoritarismo sobre la sangrienta represión en Atenco, donde policías mexiquenses y federales violaron sexualmente a las mujeres. Entonces surgió el movimiento de estudiantes y jóvenes del país. Y se haya o no escondido en un sanitario de la universidad Iberoamericana para huir de la protesta, creyó que su mano dura lo iba a posicionar más, pero generó un repudio tan grande que ahora los votantes panistas y perredistas no lo aceptan como virtual candidato ganador y temen que el tribunal federal que califica y tiene la última palabra, lo confirme y valide el proceso. Así que se presenta una crisis política que crece por todo el país.
Sólo queda que el uno de diciembre, Calderón entregue el poder presidencial a un Presidente Interino designado por el Congreso General (que puede ser el Presidente de la Suprema Corte, por ejemplo, para evitar mayores disputas) y convocar a nuevas elecciones en el plazo constitucional de 14 meses; con los mismos candidatos pero que estén más vigiladas. Es la solución más sensata, si se quiere evitar la violencia política, con irrupción incluso, de guerrilleros que se sumará a la violencia del narcotráfico; o se desatará el caos y la anarquía social.
Pues los que votaron por el PAN y la coalición perredista, que son el doble de la cifra peñapriista, han manifestado su repudio al PRI y su ventajosa y desleal campaña, donde no hubo una competencia entre iguales por la inequidad que favoreció al peñapriismo. Peña y su círculo más cerrado no lo aceptarán, como lo han hecho hasta hoy. Pero el TRIFE tiene la palabra, a menos que quiera contribuir al estallamiento de la violencia política que hace presumir que Peña se empeña en su triunfo y nos espera más derramamiento de sangre, ya que su autoritarismo afloró en Atenco y en su exigencia de sometimiento al veredicto del IFE.
Álvaro Cepeda Neri - Opinión EMET
Con el regreso del viejo "dinosaurio", más años de sufrimientos
La ciudadanía sabe que Peña Nieto actúa cínicamente cuando afirma que si alguien, en el partido tricolor, recurrió a este tipo de prácticas, soy el primero en condenarlas.
Es muy cierto lo que afirma Enrique Peña Nieto: “ningún partido ni actor político tiene derecho a lastimar la unidad de los mexicanos, a polarizar aún más los ánimos. México quiere vivir en un clima de armonía, de paz y de unidad social. Nadie tiene derecho a poner en riesgo esta condición que queremos todos”. Entonces, ¿por qué actuaron como lo hicieron, él y su partido, durante el proceso electoral? Su modo de proceder, antes y después de los comicios, contribuyó a lastimar la unidad y a polarizar aún más los ánimos, de por sí caldeados por la “guerra” de Felipe Calderón y por la terrible descomposición del tejido social durante la “docena trágica” panista.
Aunque decir que hay unidad entre los mexicanos es una broma de mal gusto. Es imposible que la haya cuando sólo una minoría detenta más del 80 por ciento de la riqueza nacional, mientras que dos terceras partes de la población sufren los problemas de la dramática carestía que ha ido reduciendo la capacidad de compra de las clases medias. Asimismo, es muy grave “que se burlen de la sociedad y de los ciudadanos, suponiendo que su voto fue sujeto de venta”. No, la burla está en que se niegue tal proceder, cuando hay evidencias de sobra para sustentar la acusación, mismas que serán presentadas en tiempo y forma, aunque es fácil adivinar que no prosperará la indagatoria, porque las dos instancias calificadoras, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, y la Fiscalía Especial para Delitos Electorales, cumplirán su parte de validar el proceso.
Afirma Peña Nieto que “es tiempo de dejar atrás las diferencias naturales de toda competencia democrática, para mostrar una actitud de civilidad y madurez política”. Entonces, ¿por qué el PRI durante la campaña actuó como lo hacía en los viejos tiempos, cuando era una misión imposible derrotarlo, pues la consigna era hacer prevalecer los intereses del grupo en el poder, a como diera lugar? Ahora la consigna fue derrotar al Movimiento Progresista, cerrarle toda posibilidad de triunfo a Andrés Manuel López Obrador. Y para lograrlo se escribió un guion que se siguió al pie de la letra desde hace seis años. El dinero nunca fue motivo de preocupación, como quedó en evidencia antes y después del proceso.
La ciudadanía sabe que Peña Nieto actúa cínicamente cuando afirma que “si alguien”, en el partido tricolor, recurrió a este tipo de prácticas, “soy el primero en condenarlas”. Tal actitud sí es una muestra de desprecio a la plebe que aceptó las “ayudas” del PRI y votó en pago a la limosna recibida. Así se constata que México sigue sumido en prácticas del pasado, porque prevalecen las mismas condiciones sociales y económicas que les dieron sustento hace ya muchas décadas. No hemos podido avanzar en la construcción de una sociedad más civilizada y democrática, por el interés de los poderes fácticos en frenar un progreso acorde con las propias posibilidades del país para sustentarlo.
Al contrario, la marcha ha sido en reversa a partir del golpe de Estado técnico de los tecnócratas en 1983, hasta llegar a los extremos en que nos encontramos en la actualidad, como el país con menores tasas de crecimiento en América Latina, con los salarios mínimos más bajos, con una desigualdad social sólo comparable a la existente en los países más atrasados de África y Asia, aunque con una fachada bonita para efectos propagandísticos, que se observa en los principales centros turísticos. Aunque ni siquiera son competitivos a nivel internacional, no sólo por la inseguridad y la violencia prevalecientes, sino porque no cuentan con la infraestructura necesaria, pese a los autoelogios de Calderón para hacer creer, a la gente hipnotizada por la televisión, que “ha sido el mejor presidente en todos los órdenes”.
Por lo pronto, no obstante el rechazo de Peña Nieto y de los dirigentes priístas a las acusaciones del Movimiento Progresista, de haber recurrido a ilegalidades de sobra documentadas, en el ánimo de la ciudadanía quedará el sentir de que el viejo “dinosaurio” regresó para mantener al país en la mediocridad y el atraso cívico. Más aún si las pruebas que presenten los abogados responsables de presentar el recurso de impugnación, no son seriamente anuladas, como es previsible que suceda. Entonces, la sociedad nacional tendrá la certeza de que nos esperan más años de sufrimientos por la falta de un gobierno al servicio del país.
Guillermo Fabela - Opinión EMET

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