Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

jueves, 17 de noviembre de 2011

Lección de responsabilidad- Cerrar filas con AMLO- Recetario: amor y bondad

Astillero
Pasteurización táctica
Recetario: amor y bondad
DF, moneda de cambio
Simular precampañas
Julio Hernández López
Foto
SALUDO PRESIDENCIAL. El presidente de Uruguay, José Mujica, saluda durante la ceremonia de bienvenida que le ofreció su homólogo mexicano, Felipe Calderón, ayer en Guadalajara, JaliscoFoto Reuters
La izquierda está otra vez ante su espejo. Relegada del proceso de toma de decisiones, la base ciudadana que coincide genéricamente con el ente llamado izquierda juega a adivinar lo que habrá sucedido en las elites de las que sólo recibe consignas y resoluciones (un ejemplo: las famosas encuestas de las que nadie sabe, nadie supo, más que detalles finales que sirvieron para enmarcar un arreglo de corte netamente político entre dos líderes) y se emociona con explicable razón por las aparentes expectativas de éxito electoral que se podrían derivar de ese idealizado posicionamiento competitivo que produjo el Pacto del Hilton, sin reparar (ni aceptarlos, mucho menos combatirlos) en los componentes maquiavélicos que podrían llevar en 2012 a la corriente del lopezobradorismo a una programada derrota numérica que a la vez sea utilizada por sus adversarios como comprobación de una supuesta derrota histórica.
A cambio de una candidatura de unidad condicionada, la única corriente de izquierda que significa una cierta posibilidad de reformismo popular aceptable, la que encabeza Andrés Manuel López Obrador, ha negociado y cedido en sus posturas de años (con Ebrard, se terminó la etiquetación de ilegitimidad al ahora saludado Calderón; con el nuevo Frente Amplio Progresista diseñado por Manuel Camacho se somete a AMLO a una línea de centro que nadie creerá en éste pero sí servirá para modelar el futuro de Ebrard). Además, esa corriente se encamina a buscar por la vía de la pasteurización táctica lo que sus adversarios le negarán nuevamente por la vía salvaje pero que ahora, al competir de nueva cuenta, en los mismos términos, con los mismos factores bipartidistas de poder amafiado y en peores circunstancias, no podrá adjudicar a un fraude electoral que a nadie sorprenderá dado que en esta ocasión está absolutamente anunciado (tanto en el PRI, con su maquinaria de mapachería aceitada con dinero oscuro y operada por el cártel de ex gobernadores y gobernadores, como en el PAN con los programas sociales utilizados para promoción del voto y con el uso político de la violencia relacionada con el narcotráfico).
Pero ésa es la izquierda que el país tiene. Más crítica que participativa, esperanzada en que los líderes tomen decisiones positivas por meros actos súbitos de bondad o iluminación, ácidamente dolida pero crónicamente pasiva frente a los abusos y traiciones de quienes se han apropiado en todo el país del negocio de la representación de esa franja partidista. Lo que hay es lo que se ve: sin reflexión ni autocrítica, todo se desliza por los toboganes del inmediatismo, lo panfletario y la fe o el denuesto individualizados; sin vida interna auténtica, todo se concentra en las intrigas de su burocracia partidista y en los gestos y lances de sus cupulares personalidades; sin conexión ni interés genuino por las luchas sociales, todo se reduce a lo electoral. La inaceptable izquierda vista en lo general no es más que la suma de las acciones y omisiones de muchos de quienes al ver tal espejo no aceptan reconocerse allí.
López Obrador, por ejemplo, ha tenido a bien asignarse un preocupante perfil espiritualizado que en caso de llegar al gobierno significaría la conducción de los asuntos públicos a partir no de un programa partidista o de compromisos sociales específicamente de izquierda política sino de una suerte de cristianismo amoroso bajo exégesis tabasqueña. No es un asunto menor, por más que los fieros defensores del Estado laico frente a amenazas provenientes de otros partidos se conviertan en comprensivos y sonrientes solapadores del nuevo discurso político-religioso. Además, la fórmula para alcanzar la felicidad en México, ha dicho el predicador Andrés Manuel, consiste en ser buenos. Oremos, hermanos.
La propia joya de la corona liberal mexicana, la capital del país, ha sido empeñada o, más bien, canjeada, por el asentimiento ebrardista a la candidatura de AMLO. Como si nada, el tabasqueño ha anunciado que respaldará la orientación que el capitalino quiera dar al proceso de sucesión en la jefatura de gobierno. Así de sencillo: un pacto pragmático en las alturas define el curso político de una capital que requiere sacudimientos y limpieza ante la acumulación de ineficacia y corrupción que han regido durante las administraciones perredistas el gobierno de la gran ciudad: el reparto del botín entre perredistas ha llevado a la asamblea legislativa, a las delegaciones y al aparato central del GDF a personajes vergonzosos en cuanto a incultura política y general, a depredadores del erario, a trepadores y esquilmadores cuyo único mérito es la pertenencia a determinada corriente del sol azteca. En el propio saldo de Ebrard hay episodios relacionados con la asignación de contratos y beneficios a empresas españolas en materia de construcción de obra pública que merecen revisión a fondo y eventuales sanciones cuando menos políticas. Pero ahora se ha entregado al ganancioso Marcelo la concesión personalísima para que trate de mantener un imperio transexenal chilango.
Otro error en curso es la pretensión de simular competencia interna en los tres partidos pertenecientes al Dia para conseguir los beneficios de la precampaña según los términos electorales previamente establecidos. Nadie obligó a AMLO y MEC a definir en estos momentos y mediante nebulosas encuestas la candidatura presidencial. Fue una decisión de ellos y a sabiendas de que el tiempo en medios y los recursos públicos para precampañas sólo se asignarán a quienes, obviamente, luchen internamente por conseguir una postulación. Andrés Manuel y Marcelo bien pudieron realizar una verdadera precampaña en los tiempos predeterminados para ello y con los beneficios naturales que les corresponderían. Pero estimaron conveniente adelantar la resolución, con sus beneficios y perjuicios. Habilitar a dirigentes partidistas como simuladores de una contienda interna sería una pifia estigmatizante.
Por el bien de todos (los de la izquierda), primero la claridad, la congruencia y los principios. ¡Hasta mañana!
Twitter: @julioastillero
Facebook: Julio Astillero
Cerrar filas con AMLO
Octavio Rodríguez Araujo
Jesús Zambrano, conocido también como Chucho II y presidente del PRD, debería renunciar después del papelazo que hizo el 15 de noviembre antes de las 11 de la mañana. Sus declaraciones en la radio fueron, si pensamos dándole el privilegio de la duda, impertinentes; pero si pensamos como se merece que lo hagamos, fueron una demostración de que no es digno de la responsabilidad de su cargo. Dijo, para quien no lo haya escuchado o leído, que hay una suerte de empate entre Marcelo Ebrard y Andrés Manuel López Obrador en las encuestas que se realizaron para definir al candidato de las izquierdas. ¿Pensamiento ilusorio, estupidez o mala leche? El pensamiento ilusorio está basado en lo que una persona quisiera que ocurra y no en la evidencia empírica. La estupidez no se puede remediar, pero la mala leche no le corresponde al dirigente de un partido que aceptó, con anterioridad, un procedimiento para designar al candidato de las izquierdas, incluido el PRD. El primer paso de este procedimiento consistía en dos encuestas simultáneas de donde saldría el candidato y en el anuncio de los resultados por las personas designadas por ambos contendientes: Ebrard Casaubon y López Obrador. Zambrano no respetó las reglas ni los tiempos y, además, quiso sembrar dudas sobre el procedimiento y hasta llegó a sugerir que lo recomendable, lo aconsejable, incluso hasta para que todo mundo participe de una manera más intensa y abierta, sería que se abriera un nuevo periodo. Es decir, trató de influir en la ciudadanía sembrando el sospechosismo, como diría Creel, sobre el procedimiento acordado por los precandidatos. Por decencia, de la que ya dio muestras Ebrard, Zambrano deberá hacerse a un lado y recordar que llegó al cargo gracias al chuchinero de sus correligionarios.
Dicho lo anterior, pasemos a lo importante. Ganó López Obrador. Si todo continúa como debe ser y en un marco de decencia que no se les da muy bien a los chuchos y a otros igualmente tramposos, la coalición de partidos de nuestra cuestionable izquierda, que se llamará Movimiento Progresista, será registrada pronto y posteriormente su candidato será precisamente quien ganó en las encuestas de días pasados. Ebrard bien dijo que su aceptación de los resultados obedecía, además de las evidencias de los datos duros, a la necesidad de que las izquierdas asistan unidas a los comicios federales próximos. Él y todos sabemos que si dicha unidad no se da, las probabilidades de las fuerzas progresistas para ganar la Presidencia serán muy bajas. Tanto o más bajas que las probabilidades que tiene el PAN. Es más, Marcelo llamó a sus seguidores a sumarse a la candidatura de AMLO y a poner todo el esfuerzo en llevarlo al triunfo en contra del candidato priísta, el principal adversario. Espero que tanto los chuchos como muchos de los abajofirmantes a favor de Ebrard así lo entiendan, siempre y cuando sus posiciones moderadas y afines al sistema no sean un impedimento.
El trato de caballeros que hicieron AMLO y Marcelo Ebrard es entre ellos y lo respeto y hasta lo celebro, pero yo no tengo nada que ver con ese arreglo, por lo que no encuentro razones para referirme al actual jefe de Gobierno del Distrito Federal como si fuera de mi simpatía, que no lo es. Simplemente me da gusto que el próximo candidato de las izquierdas a la Presidencia no sea él. Mis razones son políticas, no personales.
Ebrard cometió varios errores: el más importante fue aliarse en los hechos con los chuchos, con Cuauhtémoc Cárdenas y con ciertos sectores de intelectuales y políticos más identificados con el sistema que con la oposición a éste. Los más desprestigiados del PRD, que ahora sufre deserciones masivas (la más cercana en el estado de México), fueron el apoyo principal de Ebrard, esos mismos que en 1999 y otras elecciones internas (incluyendo la reciente de consejeros) han hecho trampa para quedarse con la dirección de su partido. Son los que recurrieron al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para que los validara como dirigentes del sol azteca. Son los que permitieron que Fox y Calderón entraran por la puerta trasera en San Lázaro y los que le guardaron la silla en tribuna a Beltrones (Ruth Zavaleta) ese primero de diciembre de 2006. Son los que también en los hechos reconocieron a Calderón como jefe del Ejecutivo nacional, incluyendo al mismo Ebrard, primero bajo el pretexto de que lo saludó de mano porque era el presidente de la Conago, y luego nada más porque sí. Son también los que, finalmente, plantearon en diversos foros una alianza con el PAN para impedir –como han dicho– que el PRI regrese a Los Pinos: la restauración priísta.
Pero esos errores deben quedar ahora en el olvido y ver hacia el futuro. Hemos tenido una de las peores y más terroríficas experiencias con los gobiernos panistas. Padecimos igualmente a los priístas por muchos años y, peor todavía, a los priístas tecnocráticos y neoliberales de las últimas décadas. Nada bueno nos han dejado a los mexicanos. Habrá que detenerlos. Pongo mis esperanzas en el Movimiento Progresista (aunque no me gusta el nombre), en López Obrador y en el voto del pueblo de México. Si actuamos con decencia, con honestidad e inteligencia, ganaremos. Si no lo hacemos, pues mereceremos que alguien como Peña Nieto nos gobierne, pero entonces no nos quejemos de los resultados.
Lección de responsabilidad
Adolfo Sánchez Rebolledo
Se ha dado un gran paso adelante para recuperar la confianza en la palabra de los líderes de la izquierda. El anuncio de que Andrés Manuel López Obrador ganó las encuestas para definir al candidato presidencial no soslaya la crisis del PRD ni las derrotas electorales acumuladas, pero pone las cosas en una perspectiva política que permite recrear el optimismo, siempre necesario al emprender un nuevo desafío de alcance histórico: la construcción de un nuevo pacto social para la equidad y el progreso. Marcelo Ebrard ha dado una lección de responsabilidad política que merece destacarse frente a la frivolidad y la pequeñez reinante. Así lo ha reconocido Andrés Manuel en su primera intervención pública tras las encuestas y lo ha hecho con todas sus letras, sin cortapisas, abriendo los puentes de la unidad hacia un frente capaz de reunir a los millones de mexicanos que buscan soluciones reales a los problemas del país. Claro que por ahí seguirán algunos, cegados por el sectarismo o la intolerancia, que no asuman el compromiso y prefieran explorar los caminos de la división. Pero serán los menos. Por lo pronto, la izquierda retoma el escenario de la mejor manera imaginable, con civilidad, sin innecesarias estridencias. Es una fuerza que quiere competir para ganar, pero va más allá al proyectarse como un elemento de futuro, es decir, como la garantía de que sí hay opciones pese al fracaso de los partidos que hoy se arrogan toda la representación nacional.
Desde el punto de vista del movimiento que dirige Andrés Manuel, el resultado de la encuesta premia y fortalece un esfuerzo congruente para alzarse de la adversidad mediante una opción construida pieza a pieza, a ras del suelo, sin concesiones a las prédicas desmovilizadoras de quienes ven al mundo a través del cristal coloreado por sus propias necesidades y ambiciones. Se trata ahora de construir un amplio frente, un polo capaz de atraer no sólo a los ciudadanos que ya están convencidos de la urgencia de actuar a favor de los cambios, sino a la mayoría cuyas condiciones de existencia los sitúan, objetiva y moralmente, al margen de las componendas del poder establecido, siempre en beneficio de los grandes intereses que están en juego.
Significativa fue la referencia de López Obrador al Distrito Federal y al papel de Marcelo Ebrard en la orientación política con vistas a las elecciones locales, tema crucial para el proyecto unitario y el éxito del frente amplio que debe formarse. La izquierda no se puede dar el lujo de la división en el corazón de la República.
El camino no será coser y cantar. Se requiere sumar grandes esfuerzos para evitar que las víctimas de la crisis –los jóvenes, los desempleados, las comunidades rurales– sean manipuladas para votar por partidos que se eternizan en los gobiernos pastoreando los problemas pero sin ofrecer soluciones de raíz. México tiene que tomar conciencia de que no hay problema más agudo y devastador que la desigualdad, con su rastro de pobreza intolerable y despilfarro de capacidades humanas. Si la democracia no es capaz de afrontar y resolver con éxito las graves consecuencias derivadas de la desigualdad, su descrédito será inevitable y, con él, la reanimación de los reflejos autoritarios que privilegian el control, la gobernabilidad y, en definitiva, la preservación a cualquier precio de un régimen político y social injusto. Por eso es muy importante la insistencia en el carácter pacífico del cambio que la izquierda propone a la nación en su conjunto. La regeneración nacional no es una frase, un cliché para las campañas electorales. La violencia cala en los poros de la sociedad montada sobre la ineficacia de las instituciones para asumir la iniciativa que el momento reclama. La economía está estancada, y sin crecimiento el retroceso es inevitable. La corrupción desborda y corrompe a la autoridad y la justicia aparece como sinónimo de impunidad, mientras la ciudadanía espera lo peor, vencida por el desánimo y el temor. El panismo, que llegó a la Presidencia con las banderas del cambio, fracasó en el intento, pero ahora quiere disputarle al PRI los favores de los grandes electores tras bambalinas. Su ideal no ha cambiado. Al PAN le incomoda la pluralidad que no encaja con el bipartidismo, pues carece de proyecto propio. El PRI, con su candidato Peña Nieto (favorito de la oligarquía), se hace fuerte aprovechando los temores de la gente y el residuo autoritario que ve en la discrepancia un signo de debilidad. Su promesa es seguir el patrón inaugurado con el ajuste estructural y la privatización, pero instrumentado con mano dura, al viejo estilo. Apuesta por la inercia, no por el cambio.
La izquierda tiene ante sí una tarea formidable que no será fácil cumplir, pero se ha dado un primer paso muy importante para conseguir la unidad que hace muy poco parecía imposible. A pesar de la malquerencia, la franca denostación y las campañas de todo signo para reducir a la izquierda a un papel testimonial en el marco bipartidista, su presencia es un hecho real, aunque los aficionados a la mercadotecnia lo ignoren o vivan inmersos en el círculo de sus propias mentiras.
En los próximos días se concretará la coalición partidista de la izquierda y, como se anuncia, también se iniciarán las maniobras para recortarle las alas de la comunicación y la propaganda. La derecha en el gobierno, y el PRI trepado en buena parte del aparato del poder, harán hasta lo imposible para frenar, quebrantar y obstaculizar la convergencia de las muy distintas expresiones de la izquierda que han de participar en el amplio frente electoral. Pero olvidan lo esencial: la presencia de un movimiento popular y ciudadano no depende de ellos. Impulsar esa gran coalición progresista, tan diversa y plural como la sociedad misma, es la tarea inmediata de las izquierdas. Hará falta inteligencia y respeto mutuo para construirla. Hay con qué.
Por la puerta de atrás-Magú

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