Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

viernes, 8 de febrero de 2013

Régimen de ocultamiento- El PRI sabe gobernar- “¿Qué le hicieron a mi niña?”


REGIMEN DE OCULTAMIENTO

Enrique Peña Nieto, titular del Ejecutivo. Foto: Miguel Dimayuga
Enrique Peña Nieto, titular del Ejecutivo.
Foto: Miguel Dimayuga
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Algo raro pasa cuando un gobierno se glorifica de poner en marcha programas que copian línea por línea lo que se ha hecho en el pasado –sin hacer referencia a lo que antes se propuso– y se enfatiza la confrontación con lo que antes se dijo y ahora se repite. Se trata de una práctica de ocultamiento que va más allá de la comprensión de las razones para hacerlo, en el afán de hacer creer una mentira repetida como una verdad original. La copia y el mal acordeón son pésimas prácticas escolares.
Hace apenas unas semanas fue dado a conocer el informe de labores de la SEP correspondiente al periodo 2006-2012, que lleva como título Legado educativo. Logros y avances, rubricado por el último secretario de Educación del sexenio anterior, el ahora expanista José Ángel Córdova, y editado con los nombres de los miembros de su gabinete emergente.
El informe hace referencia al Concurso de Plazas para Maestros y Directores que se llevó a cabo bajo el paraguas de la denominada –y ahora enterrada sin pena ni gloria– Alianza por la Calidad de la Educación. Allí se habla del Concurso Nacional para el Otorgamiento de Plazas Docentes que implantó “una prueba de selección cuya finalidad es elegir a los mejores candidatos a ocupar plazas docentes… (porque con ella, dicen) quedan desterrados procedimientos que, si bien encontraron su justificación en otro momento histórico (sic) obstaculizarían en el presente la necesidad de alcanzar una verdadera calidad educativa” (p. 20). Por medio de este examen estandarizado concursaron 667 mil personas para cubrir 100 mil plazas docentes y más de 479 mil plazas de horario parcial. Según este informe, además, 99% de las escuelas del país tienen un director electo por concurso, lo que consideran “toda una revolución” (p. 25). A esto ahora se le llama Servicio Profesional del Magisterio; y su paraguas, Pacto por México.
En otro capítulo se expone lo referido a la reforma a la carrera magisterial y de estímulos, a las pruebas ENLACE y PISA y también a la reforma al Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), el que a partir de mayo de 2012 fue convertido en un organismo público no sectorizado “con autonomía de gestión y presupuesto propio para fortalecer su especialidad técnica de manera independiente” (pp. 40-41). Ahora se le ha dado, por segunda vez, autonomía al INEE y tiene las mismas funciones, como las que aparecen en el texto como Registro Nacional de Alumnos, Maestros y Escuelas.
A continuación se hace referencia a la denominada reforma “integral” a la educación básica y media superior (que de integral no tiene nada porque se trató de adoptar un reduccionista currículum por competencias, que a la fecha se ha querido implantar entendiéndolo como se ha podido) y otras tantas linduras narrativas llenas de vaguedades para llenar páginas y páginas en este informe de poca sustancia, como las que se refieren a “la participación de la sociedad” en la conducción y planeación de la actividad escolar.
El tema en contraste es llano y simple. El decreto de reforma al artículo tercero constitucional –que han avalado más de 20 congresos estatales y que se ha aprobado con el mismo contenido, procedimiento y hasta lenguaje del informe de la SEP del anterior sexenio– ahora aparece como el signo de los renovados tiempos del PRI; pretende decirnos que se ha llegado al momento histórico en el que se iniciará la gran reforma en el sistema educativo nacional y para muchos analistas (algunos dicen cosas al respecto que hasta sorprenden) al arribo del momento en el que por fin se asumirá la rectoría del Estado en la educación y se podrá calificar el desempeño del sistema exactamente con los mismos mecanismos, métodos y pruebas que desde hace años han sido evaluados como fallidos y hasta como una política que ha conducido al actual estado de desastre que se vive en la educación nacional.
No vale la pena insistir –como se argumentó durante los dos anteriores sexenios– en que ambos partidos, PAN y PRI, se parecían hasta en las mañas y en sus entrañas, porque ahora la revoltura está más enredada y abigarrada. Tampoco en que se trata de una ligereza llena de ingenuidad –porque a ver quién se traga esa pildorita– y menos aún en que es puro plagio sin miramiento, porque siempre hay matices.
Se trata más bien de un gobierno que está pasando de la aceptación de su ignorancia como sistema, al de prácticas de ocultamiento mediático que se promueven con la frecuencia de espectáculos políticos (y allí sí que hay verdaderos magos y “maestras” que saben hacerlos a la perfección). El problema es que en medio está lo educativo, y por la superficialidad con la que se maneja el tema, todo apunta a la profundización de las negativas consecuencias económicas y sociales que tendrán que afrontar nuevas generaciones perdidas; y el atraso educativo, científico y de conocimiento que se profundizará hacia los próximos años. El ocultamiento de una educación hecha añicos.
 
Acto por México
 

El PRI sabe gobernar

Foto: Germán Canseco.

Foto: Germán Canseco.
“Continuaré con la lucha, pero la estrategia debe cambiar”:
Enrique Peña Nieto al hablar de su política antidrogas.

“Con el PRI estábamos mejor”. “El PRI pactaba con los narcos”. “El PRI roba, pero deja robar”. “El PRI sabe gobernar”. El imaginario colectivo a veces asume como verdades irrefutables premisas basadas en conjeturas y suposiciones que coquetean con el mito.
En tiempos electorales la nostalgia se apoderó de muchos corazones. Desencantados de los decepcionantes gobiernos de Acción Nacional, algunos regresaron a la engañosa lógica de que el pasado era mejor.
Entre ese sector se dio como cierta la teoría de que el triunfo del PRI implicaría, por lógica natural, el fin de la violencia en el país. Se generalizó la creencia de que el Revolucionario Institucional se reuniría con los líderes de los cárteles para concretar una alianza que pusiera fin al derramamiento de sangre. Los primeros dos meses del gobierno de Enrique Peña Nieto echaron abajo esta leyenda.
Entre el primero de diciembre y el 31 de enero fueron asesinadas mil 758 personas en México, cifra superior a los mil 700 homicidios registrados el año pasado (La Jornada, 1 de febrero). Las tragedias masivas tampoco desaparecieron. Seis días después de la toma de posesión de Peña Nieto, un comando acabó con la vida de once personas en Chihuahua y el 25 de enero fueron acribillados en Nuevo León 17 músicos integrantes de la banda Kombo, Kolombia.
Peña Nieto ni siquiera ha podido poner en paz a su entidad natal. En el Estado de México operan, por lo menos, seis organizaciones criminales. Tan sólo en enero pasado ocurrieron 105 muertes vinculadas con el crimen organizado en Ecatepec y el valle de Toluca (Proceso 1842).
Durante su campaña presidencial, el priista reiteró hasta el cansancio que en su gobierno la violencia se reduciría: “Me comprometo a recuperar la paz y libertad disminuyendo al menos en 50 por ciento la tasa de homicidios y de secuestros, y reduciendo las extorsiones y la trata de personas”.
Cuando se le cuestionaba cómo lograría estos objetivos, Peña Nieto siempre respondía con una ambigüedad: “modificando la estrategia”. Jamás precisó en qué consistirían estos cambios, recurrió al lugar común de anunciar una serie de medidas difusas: profesionalizar la policía, reducir las adicciones, mejorar las condiciones sociales del país, retirar paulatinamente al Ejército…
La única diferencia clara respecto a las políticas de Felipe Calderón es que ahora la violencia del país fue diluida del discurso oficial. Contrario a la retórica bélica del panista, que aprovechaba cualquier oportunidad para anunciar una “gran captura” o un gigante decomiso, los medios de comunicación rara vez reproducen declaraciones de Peña Nieto relacionadas con la guerra que padece México.
Peña Nieto y su equipo sabían que no podían mejorar significativamente la seguridad de los habitantes, pero aún así ofrecieron reducir la violencia como uno de sus principales compromisos de campaña. En el informe “Las limitaciones del nuevo presidente”, la consultora Stratfor advirtió que el priista “no tendrá más remedio que continuar con el uso de los militares en la lucha contra el crimen organizado” y “pasarán varios años antes de que sean reclutados y entrenados suficientes policías para reemplazar a los 30 mil soldados mexicanos que se dedican a patrullar las zonas de violencia”.
Bastaba con que el elector echara un vistazo a los antecedentes de Peña Nieto y a la historia del Revolucionario Institucional para desencantarse de que con “El PRI estaremos mejor”, pero no fue así. El 45 por ciento de los mexicanos que ganan entre mil 500 y tres mil pesos mensuales votó por Peña Nieto. En esa misma lógica, el 46 por ciento de quienes sólo tienen estudios de primaria tacharon su boleta a favor del priista, de acuerdo con un estudio de la casa Parametría. Es decir, su triunfo se debe a una combinación de pobreza, ignorancia y, desde luego, capacidad para lucrar con ambos factores mediante la compra de votos.
Estos son los riesgos de que el país mantenga tan altos índices de marginación. Muchos votan a partir de mitos y creencias que rayan en la superchería. La misma lógica de quienes simpatizaban con Josefina Vázquez Mota por el sólo hecho de que por ser mujer sería más sensible y gobernaría mejor.
Ese mismo fenómeno se repitió en quienes no votaron por López Obrador en 2006 por tragarse la campaña de que expropiaría sus casas, eliminaría la educación privada e instauraría el comunismo en México. Esa ignorancia que a muchos les lleva a votar por el Partido Verde Ecologista por creer que luchará por mejorar el medio ambiente. O quienes simpatizan con Nueva Alianza por asumir que es un partido cercano a los ideales de Gandhi, como rezaba su propaganda electoral.
Mientras prevalezca la práctica del voto como dogma de fe, el rumbo del país está fincado en la manipulación de las emociones. La próxima presidenta podría ser una actriz de telenovelas que arrasaría por “ser muy guapa”, el boxeador popular en turno o el ganador de “Bailando por un sueño”.

Twitter: @juanpabloproa

“¿Qué le hicieron a mi niña?”

Irene
Irene
XALAPA, Ver. (apro).- El día en que mataron de seis balazos a su hija Irene Méndez, el Diario de una madre mutilada comenzó a escribirse en una libreta negra de pasta dura.
La obra poético-literaria se fraguó de manera ininterrumpida durante 29 días. Las únicas pausas y espacios para la escritura fueron las lágrimas y el desasosiego de los recuerdos.
Mientras Irene Méndez era velada por familiares y amigos, en un rincón Esther Hernández Palacios, su madre, no cesaba de repetir: “¿Qué le hicieron a mi niña?”. En momentos en que eso ocurría, Fouad Hakim, el esposo de Irene, aparecía sin vida en un muladar, con el cuello cercenado. La autopsia reveló que lo dejaron desangrarse.
El 8 de junio de 2010 se convirtió en un parteaguas para la sociedad de esta capital veracruzana, que a lo lejos y de forma dispersa escuchaba de balaceras, ejecutados, cercenados, “levantones” y enfrentamientos en el norte del estado –que hace frontera con Tamaulipas–, en los Tuxtlas y en el sur, pero nunca aquí. La noticia de la ejecución de la pareja sacudió a Xalapa.
Después la cosa se puso peor. Al iniciar 2011 se contabilizaron 14 muertes en la colonia Casa Blanca, al norte de la capital. También se desataron balaceras afuera del centro comercial Plaza Cristal y en el estacionamiento de Wall Mart, y hombres armados rafaguearon el Palacio de Justicia Federal.
El crimen organizado le perdió el respeto a la “Atenas Veracruzana”.
En el resto del estado circulaban noticias de embolsados en el sur, decapitados en el norte, enfrentamientos y abatidos en el centro, extorsiones y secuestros desde Panuco hasta Las Choapas.
Hace 30 meses, el matrimonio Hakim Méndez fue arteramente asesinado. Irene y Fouad ya descansan en un panteón de Bosques del Recuerdo, pero Esther Hernández Palacios, la académica y exdirectora del Instituto Veracruzano de Cultura en el sexenio de Fidel Herrera Beltrán sigue clamando justicia, igual que lo hacen cientos de miles de mexicanos en todo el país.
Diario de una madre mutilada –Premio Bellas Artes de Testimonio, “Carlos Montemayor”– es un grito de vida y resistencia en tiempos de guerra. Su autora, la madre de Irene, lo escribió con dos únicos objetivos: “Para seguir viva y para que ella (Irene) no se olvide”.
Esther Hernández sólo encontró refugió y consuelo en ese libro, cuyas 104 páginas fueron sus pilares para poder salir adelante.
Lo hizo, dice, “para poder seguir viva, aunque no tenga resignación y no tenga silencio. Lo que me pasó ha cambiado mi PH, pues antes tenía un sueño de piedra y ahora es frágil, despierto al menor ruido. Antes se me dificultaba llorar y desde ese 8 de junio lloro todas las noches”.
El viacrucis de dolor
En 28 meses los días han pasado lentos, tortuosos y flagelantes para Esther Hernández, desde que su suegra le dio el aviso: “hirieron a tu hija”. Luego vino el reconocimiento del cadáver, la cremación y posterior entrega de cenizas de Irene, hasta el trance final de recoger, de propia mano, los cuadernos fotográficos, ropa y perfumes del departamento donde su hija comenzaba a construir su propia familia.
“Uno nunca piensa en la muerte de una hija. Yo, cuando pienso en la mía, me imagino en mi cama, rodeada de mis hijas y nietos, que rezan para ayudarme en el trance final. Así murió mi madre, así rezamos juntas alrededor de su lecho, para ayudarla a cruzar el umbral.
“Uno nunca piensa que a su hija de 26 años, en tratamiento para embarazarse, la van a asesinar una noche, haciéndole 6 agujeros en su cuerpo. Uno nunca se imagina reconociendo su cadáver. Nunca esperando en el crematorio sus cenizas.
“Quiero llorar hasta formar un lago en el que tu cuerpo ardiendo se apague. Yo no quería quemarte, yo no quería que las llamas te extinguieran. Después de unas horas, tengo en las manos una caja de madera. Esto queda de ti: polvo, cenizas. Son tu juventud, tu inteligencia, tu fuerza y tu belleza. ¿También cenizas se volvió tu amor? ¿Dónde estás realmente mi pequeña?”, reflexiona Esther Hernández en unos fragmentos del libro, que Apro reproduce con permiso de la autora.
Esther Hernández admite que en esos días aciagos no cejó en la tentación de revisar los periódicos, las esquelas, las agencias de prensa, los noticieros de televisión. Todos, sin excepción, aludían al cruento asesinato de una joven pareja, hija ella de un empresario y una maestra en literatura.
Tantos espacios, fotos y tinta regada, que la adolorida madre llegó a pensar: “Si pudieran vivir un poco más, cada vez que mencionan sus nombres, cada vez que los escriben”.
En la prensa también, Esther también encontró cosas desagradables: el lucro del dolor, con sabor a raja política. En aquel entonces el PAN protestó por el asesinato de Fouad Hakim, y hasta el entonces candidato a gobernador de ese partido, Miguel Ángel Yunes Linares, organizó una marcha para exigir seguridad.
“Fouad, mi yerno, no estaba afiliado ni a éste ni a ningún partido político, pero para los políticos mexicanos no existen límites ni barreras de ninguna especie. Todo puede entrar en su juego: incluso una cabeza cercenada puede servirles de balón”, dice.
Más desagradable aún fue obligar a Esther Hernández a participar en las reuniones del gabinete de seguridad del entonces gobernador, Fidel Herrera Beltrán, sentada entre gendarmes, mandos navales, policías y burócratas en traje de alta costura. La exdirectora del IVEC escuchó a lo lejos –según narra en su libro– que el doble asesinato perpetrado por el crimen organizado no quedaría impune.
Oración vacua que contrastaría después con un regaño del propio Herrera Beltrán a todos los artistas, empresarios, académicos e intelectuales que firmaron un desplegado recriminando al gobierno de Veracruz la falta de seguridad en el estado, así como la exigencia de justicia. El gobierno fidelista aplicaría la retórica política de “estás conmigo o estás contra mí”.
Colectivo por la Paz, el refugió
Desde la muerte de Irene Méndez, y pasado el tiempo de lamer heridas que no han sanado, Esther Hernández encontró refugió en el Colectivo por la Paz, del poeta Javier Sicilia. También se convirtió en seguidora de la causa del cura Alejandro Solalinde y de toda aquella protesta, marcha o acción que sirva para gritar “no más sangre” y “queremos paz”.
Hernández Palacios participó en la última protesta del 2 de noviembre pasado en esta capital. El pañuelo bordado, tendido en el primer cuadro de la ciudad, con el nombre de Irene Méndez, quedó muy cerca del de la corresponsal de Proceso en Veracruz, Regina Martínez.
La poeta justifica así su presencia en el colectivo: “No podemos cruzarnos de brazos. No puedo estar tranquila. No, mientras sigan matando en las calles”.
Añade:
“No he dejado de llorar, pero por eso sigo viva. Seguimos en esta lucha por la justicia y por el cese a la violencia, pero unidos, con el colectivo, con otras madres, solos no valemos nada, tenemos que seguir alzando la voz, y cuando los de la fila de adelante se cansen, vendrá la de atrás. Queremos, quiero un mundo mejor para mis nietos”.
En una parte de su libro y en la entrevista con este reportero, la exdirectora del IVEC admite que le molesta e incomoda cuando la palabra “asesinato” se quiere matizar en la muerte de su hija.
“Irene no murió en forma accidental. No hay por qué ocultarlo. Fue asesinada, porque nuestro país, nuestro estado, nuestra región, están en guerra, y ella ha sido una víctima más”.
El de Esther Hernández es un libro terapéutico, intimista, visceral, caótico, abridor de heridas, que a su vez sirvió para cocerlas.
“El mundo se podía caer a mi alrededor, pero llegaba a mi casa y veía a mis tres hijas y había felicidad y tranquilidad. Hoy ya no tengo nada de eso. Yo era una Esther Hernández antes del 8 de junio y una Esther después de esa fecha. Mi vida cambio 360 grados”.
Durante los 40 días posteriores al asesinato de la joven pareja Hakim-Méndez, a la propia Esther Hernández le asignaron unos “ángeles empistolados” con arma automática al cinto, lista en todo momento para ser desenfundada y accionada por una mano diestra. Son “ángeles” entrenados para repeler cualquier ataque del crimen organizado.
“Mis ángeles empistolados me dan información sobre los códigos que funcionan en esta guerra, me enseñan a sobrevivir: ‘Después de 40 días, usted ya no peligrará’. Cuarenta días me cuidé después de parirte, cuarenta días debo cuidarme después de tu muerte” (…)
“Mi maestra, si oye balas tírese debajo, por si acaso, le voy a enseñar a protegerse, porque vivimos tiempos difíciles. Ellos (nunca los nombra en su libro, siempre dice “ellos” cuando se refiere “a los otros”, al “enemigo”) no tienen corazón, pero es peor aún que nos encuentren con miedo. Si oye balazos o se nos cierra un vehículo, tírese al suelo del coche y no se levante por ningún motivo”.
En el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que encabeza Sicilia, dice, ha tenido la oportunidad de conocer a madres, padres, esposos, esposas, familiares, pues, de personas asesinadas o desaparecidas: “Hemos llorado juntas, nos hemos abrazado y reconfortado, aunque ya nada es igual”.
“No hay varita mágica para la inseguridad”, subraya.
Para Esther Hernández Palacios, algún día la ola de inseguridad terminará. Su tesis es ésta: “No hay mal que dure mil años, ni estado que lo resista”. Fueron muchos años de corrupción, agrega, los que permitieron la formación y asentamiento de cárteles de la droga en el país, en el estado, en la región, razón por la que es tonto pensar que la inseguridad se va a terminar por arte de magia o por una decisión emanada de una oficina gubernamental”.
La autora de Diario de una madre mutilada asegura que piensa seguir en esta ciudad y en Veracruz, y que no va a claudicar,, pues sería abandonar la lucha y el recuerdo de su hija, asegura.
“Espero poder reconstruir mi corazón con los fragmentos que le quedan. Nunca será el mismo, lo sé, pero servirá si consigo que siga latiendo. Uno se las ingenia para caminar con un solo pie o vestirse con una sola mano, para abrazar a dos hijas y nietos con un solo brazo. Aunque dicen que nunca deja de doler un miembro mutilado”, reseña en su libro.
Hoy el principal soporte son sus nietos. Uno de ellos lee el título y le recrimina: “Qué feo titulo, ¿por qué le pusiste así?”. Ella: “Porque así me siento”. El nieto responde: “No te preocupes, mi hermana y yo te lo vamos a volver a coser”.

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