Dinero
Preferencias para un interinato presidencial
Juan Ramón de la Fuente, primer lugar
Cárdenas y Genaro Góngora, empatados
Enrique Galván Ochoa
Esta semana preguntamos a los miembros de El Foro México ¿cuál de estos personajes podría cumplir mejor la tarea de presidente interino, en la improbable situación de que el Trife anulara la elección? Lo elegiría el Congreso. Juan Ramón de la Fuente fue elegido por 46 por ciento de los participantes. El ex ministro Genaro Góngora y Cuauhtémoc Cárdenas empataron con 20 puntos cada uno. El presidente de la Suprema Corte, Juan N. Silva Meza, obtuvo tres. Manlio Fabio Beltrones uno y Margarita Zavala, Luis Videgaray y Diego Fernández de Cevallos, menos de uno por ciento.
Metodología
Cada semana enviamos nuestro sondeo a 3 mil miembros de El Foro México con direcciones electrónicas tomadas al azar de más de 6 mil que lo integran. Esta ocasión tuvimos la participación de 2,100 personas. En las líneas de enseguida reproducimos fragmentos de algunos de sus comentarios.
Opiniones
Considero que dos muy buenas opciones son: Juan Ramón de la Fuente y el ex ministro Genaro Góngora, son los únicos que cuentan con la calidad moral para ser el presidente que necesitamos, está visto que no dejarán llegar a AMLO.
Angélica López Araiza/ Distrito Federal
Me parece que Juan Ramón de la Fuente tiene un historial adecuado y es un personaje imparcial, es inteligente y buen líder, justo lo que se requiere en este ambiente tan polarizado en que vivimos. Podría llevar al país a tener estabilidad para la siguiente elección. Sería por el bien de todos.
Viana Judith Meléndez/ Distrito Federal
En el remoto caso de que se invalidaran los comicios, la mejor opción sería un representante del mismo partido que verdaderamente ganó la elección, ese partido sería el propio PRI.
Pablo Martín Castillo/ Distrito Federal
Lamento decirle que no habrá presidente interino, ya que pese a la espantosa compra masiva de votos, se declarará valida la elección y EPN será presidente electo. El Monexgate y el Sorianagate no son pruebas suficientes y válidas para las instituciones electorales. Como presidente interino creo que el ex ministro Góngora haría un buen papel, porque no está vinculado a ninguna fuerza política y haría valer la ley.
Rosa María Mora Gutiérrez/ Distrito Federal
En mi opinión sería Genaro Góngora Pimentel, se ve un hombre maduro y sensato que cuánta falta nos hacen personas de esa talla. Lástima de los que actualmente dirigen, sobre todo la política, dan pena ajena. Pero no dejemos de luchar por el cambio que necesita nuestro amado país.
Francisco Javier Guerrero Rascón/ Celaya
Soñar no cuesta nada, pero a mí me gustaría Genaro Góngora, porque él pondría a trabajar a los güevones del IFE y del Trife y demás marranos de la Fepade, y se puedan imponer penas severas a todo aquel que se quiera pasar de listo.
Antonio Castro Rojas/ Puebla
Sí, el interinato sería una salida viable a la crisis por la que atraviesa México. Hace casi 100 años también se dieron interinatos por situación similar. Me inclino por Cuauhtémoc Cárdenas, el vástago de aquel que supo devolverle a México su dignidad en el ámbito internacional.
Para que la cuña apriete, debe ser del mismo palo.
Rubén Medrano Gordillo/ Guanajuato
Por favor, con todo respeto, ¿cómo se le ocurrió incluir a un personaje tan corrupto como Diego Fernández de Cevallos?
Oscar Manuel Pulido Espinosa/ Poza Rica
Aunque es un sueño, como presidente interino me gustaría Juan Ramón de la Fuente o Cárdenas Solórzano, el primero ya mostró que dirige con lógica y es honesto. El segundo merecería ser presidente sólo
por ser el primero que derrotó al PRI, aunque también lo robaron.
Jaime Rueda Velázquez/ Cancún
Sin duda voto por Juan Ramón de la Fuente. Mal haría el Trife en no anular la elección, se correría el riesgo de convertir a México en la Siria de América, una sola chispa puede incendiar la reseca pradera.
Alonso Luciano Couder/ Distrito Federal
Dada la porquería que caracterizó a estas elecciones creo que la idea de un interinato y unas nuevas elecciones sería lo mejor y quién mejor que el ex rector De la Fuente para asumirlo. Aunque, con tal que el PRI no se salga con la suya, hasta preferiría al Beltrones como interino y, ahora sí, que llegara un verdadero gobierno democrático.
Gerardo González Carrillo/ Iztapalapa
Twitter: @galvanochoa
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Escenarios poselectorales
Miguel Concha
Es inherente a todo intento de pensar racionalmente la política, anticiparse a lo que vivirá el país. Su futuro suele pensarse en escenarios. A fin de preguntarse sobre uno que fuera distinto, quiero analizar desde distintos ángulos aquel en el que se mantendrían las tendencias actuales.
Estas medidas ignoran el límite histórico que han tenido las privatizaciones en los diversos países: el de los bienes que han sido parte de las refundaciones políticas nacionales. El petróleo, nacionalizado por Cárdenas, no podrá entonces privatizarse sin un fuerte conflicto social. Las conquistas laborales de inicios de los 40 tampoco podrán revertirse sin otra fuerte dosis de conflicto. Pero además, en un mundo con una economía convulsionada, será difícil que la economía mexicana pueda ser una isla de crecimiento. En breve, el costo político sería elevado, y el rendimiento económico escaso.
Enfoquemos ahora otro ángulo del mismo escenario, el de los actores sociales, y dentro de ellos el que por méritos propios ocupa el centro de los medios de comunicación: el #YoSoy132. Más allá de las circunstancias de su surgimiento, expresa el descontento acumulado por décadas de ineficiencia económica, que han dejado a las juventudes universitarias sin oportunidades de desarrollar sus saberes en el mundo laboral. No en balde se inició en las universidades privadas. Esta frustración ya la habían experimentado los estudiantes de las públicas desde el siglo pasado, si bien sus movimientos de protesta fueron hacia adentro de las propias universidades. El movimiento actual sabe que su protesta tiene que expresar las de todos los agraviados por décadas de ineficiencia en la conducción de la economía, y de avaricia de los gobernantes en la transición a la democracia.
Los actores tradicionales en su vertiente democrática, obreros y campesinos, han comprendido la inutilidad de la espera de la respuesta gubernamental a sus demandas básicas. También aprendieron que no basta con su adhesión a los partidos de la izquierda, que sin excepciones privilegiaron sus burocracias y sus alianzas con antiguos personajes de trayectorias cuestionables, por encima de una decidida alianza con los actores sociales. Frente a ello, la construcción de mediaciones para la atención a las demandas sociales requiere cambios político–institucionales que la actual oferta política no tiene en su agenda. Lo que reduce aun más la factibilidad de una estrategia legitimadora del próximo gobierno.
Veamos el tercer ángulo de este escenario, los partidos políticos. Podría haber intentos de negociación entre ellos, pero cada uno tendría que atender sus propias crisis y sus propios desafíos. El PAN, desde su banca de tercera fila, podrá apostar a influir en las decisiones políticas que le permitan mantener a sus élites, las que se aseguraron un presente de abundancias en el desempeño de la función pública, o confirmaron sus riquezas haciendo negocios privados en el ámbito gubernamental.
Eso no les aseguraría la sobrevivencia de sus elites regionales y locales, las que evitaron que su catástrofe electoral no fuera todavía mayor. Estas ya no gozarán del apoyo de la federación, y sí cargarán con las culpas del sexenio anterior. Si decidieran reconstruir su influencia por vías distintas a las del panismo, no sería exagerado hablar de la posibilidad de la desaparición del hasta ahora partido más antiguo del país. La disyuntiva que tiene ante sí es la de ser un colaborador casi incondicional del virtual próximo gobierno para mantener los privilegios de sus elites, o bien la de retomar su lado crítico a la democracia existente, y denunciar los atropellos a la transición. La primera no es una buena noticia para el PAN como partido. La segunda no es una buena noticia para el PRI como gobierno.
La hoy considerada como segunda fuerza electoral tendría como reto principal mantener la unidad que le permitió un avance significativo. Lo que en sí mismo encierra múltiples escenarios: nuevos partidos, un solo partido con múltiples expresiones internas, etcétera. Lo cierto es que, tal y como están los partidos de la izquierda, a lo peor que podrían llegar es a desperdiciar de nueva cuenta su oportunidad de aprovechar el peso político ganado en las urnas, para lograr los cambios que al menos discursivamente justifican su existencia, pero, sobre todo, la adhesión de sus
constituyentes. Aceptar una negociación con el partido gobernante, sin que ella implique cambios históricos, será el camino más corto para regresar a su tercer lugar en las próximas elecciones. Elevar sus costos de negociación es la única alternativa para mantener la adhesión de sus bases y avanzar en el camino de convertirse en la primera fuerza electoral. Tampoco es una buena noticia para el partido hoy virtualmente triunfador.
Habrá que preguntarse si es éste el único escenario. Por supuesto que no. Hay otro tan cercano como poco probable. El escenario en el cual repensamos todos los mexicanos el futuro del país, el tipo de política que lo haría factible y las instituciones que lo garantizarían. Desafortunadamente esta oportunidad no depende de las mayorías, sino de un pequeño número de personas que tienen la opción de elegir la vía de la confrontación o la de los acuerdos para la actualización de México al siglo XXI. Puede haber un escenario distinto, pero eso por ahora depende sólo del Trife.
Aclaración-Fisgón
Tiempo dilatado
Ilán Semo
El déjà vu, el recuerdo del presente, es un fenómeno que no ha ocupado la atención particular de historiadores o filósofos. (Los sicólogos lo han estudiado de manera prolija.) El texto clásico sobre el tema es de Henri Bergson (El recuerdo del presente y el falso reconocimiento), y su análisis es tan incisivo que resulta difícil imaginar cómo se podrían hacer reflexiones innovadoras al respecto. Ernst Bloch registró las conversaciones que sostuvo con Walter Benjamin sobre esta patología de la memoria en Imágenes del déjà vu. Más recientemente, Paolo Virno, ese estupendo filósofo social italiano, confeccionó un estudio actualizado bajo el título Ensayo sobre el tiempo histórico (Paidós, 2008). Para Bergson la hipertrofia de la memoria acaba por provocar un
daño a la vida. Aquel que no es capaz de olvidar o dejar a un lado su pasado gravita en torno a la latencia de una decepción, incluso cuando se trata de la decepción sobre la decepción misma. El tiempo presente aparece como una simple enmienda o un suplemento del recuerdo, no como la demanda de hacer frente a sus vicisitudes. Virno propone una interpretación de alguna manera inversa: es el
daño a la vidael que causa este síndrome hipermelancólico. No es tanto el presente el que se vuelve inadmisible –como para proyectarlo a través de la fantasmagoría de una repetición sin diferencia–, sino el futuro que proyecta ese presente. El tiempo se dilata, se vuelve lento. El pasado-presente no nos abandona.
Todo el marasmo posterior a la elección nos remite a un cúmulo de prácticas que, 12 años después de 2000, uno quisiera imaginar ya descartadas del catálogo mínimo de un conflicto poselectoral.
La mayor parte de las noticias que provienen del tribunal se reduce casi siempre al aviso de
insuficiencia de pruebasde la cuantiosa inducción y coacción del voto. La pregunta es: ¿no es acaso el mismo aparato jurídico el que debe emprender las investigaciones? Cuando uno presenta una demanda frente a la justicia, es ella la que se encarga de investigar. ¿O no es esa una de sus principales funciones? ¿Qué sentido tiene pagar uno de los sistemas electorales judiciales más costosos del planeta?
La Fepade ha empezado a detener gente inculpada por delitos electorales. Ya es algo. Pero se trata de los incautos operadores que, por unos cuantos pesos, desaparecieron listas electorales o distribuyeron tarjetas Monex. ¿No se podría investigar, por ejemplo, entre los actuales directores de Soriana? Son ellos los que saben de dónde provinieron los fondos para las decenas de miles de despensas y mercancías que se intercambiaron por votos.
Soriana ha optado por criminalizar las protestas que se han propuesto exhibir su participación en el fraude. En efecto, cada quien se defiende como puede. Pero la empresa misma ha sido señalada como parte de la delincuencia electoral y ello no le ha acarreado consecuencia legal alguna. ¿Y qué decir de los alquimistas electorales mayores del PRI? ¿Quién puede creer que los responsables de la inducción del voto fueron quienes distribuían directamente monederos automáticos? Complicidad y mediocridad, juntas de la mano. Mientras más daños se causen a los ordenamientos jurídicos logrados con tanta dificultad en 1997, mayor será el descrédito de la elección en su conjunto.
Con todos los excesos que suele suponer cualquier analogía histórica, hay ciertos ingredientes de santannismo en el retorno del PRI a la presidencia. Antonio López de Anta Anna regresó a la Presidencia, en el siglo XIX, 11 veces; es decir, la abandonó 10 veces siempre en circunstancias más catastróficas y precarias. Los desacuerdos insalvables entre conservadores y liberales propiciaron el espectáculo de una figura cuasi bonapartista que nunca acabó por responder a los desafíos de la construcción de un Estado que nunca dejó de apostar a su persona como el único que lo podía salvar. Es el más oneroso testimonio de un Estado fallido que falló ante todo en la percepción de cómo remontar su fracaso.
El desacuerdo que produjo el régimen fallido del año 2000 tiene una naturaleza muy distinta. Desde los primeros escarceos de los conflictos que podían significar una estrategia de Acción Nacional para ir desarraigando a la cultura priísta de la cultura política en general, Vicente Fox optó no por una alianza sino por un pacto (ciertamente disfuncional) con las fuerzas del antiguo régimen. Felipe Calderón radicalizó este pacto. No sólo recurrió en 2006 a más de un millón de votos (inducidos por gobernadores del PRI en seis estados), sino que renunció a la defensa de su propia candidata en 2012. Si en México la puerta a Los Pinos se abre sólo desde adentro, Calderón le puso además tapete rojo al candidato tricolor.
Cuando el PAN discutía si expulsar o no a Fox por haber llamado a votar por Enrique Peña Nieto, uno no entiende por qué no se les ocurrió mejor expulsar a Felipe Calderón. Lo único que hizo Fox fue oficializar lo que había hecho quien se albergaba en Los Pinos.
El PAN abandona la Presidencia con el saldo de un estigma: es el partido que volvió en México a conjugar la política con la violencia a gran escala (ahora contra el crimen organizado). Éste, y no otro, es el saldo que los votantes le cobraron las elecciones pasadas.

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