De las cosas que uno se entera viendo la televisión
Paco Ignacio Taibo II
En la medianoche del jueves pasado, alguien me avisó que siguiera la emisión Milenio Televisión, de una entrevista realizada unas horas antes. La rectora de la Universidad de la Ciudad de México (la UACM en versión sopa de letras) se quejaba amargamente de haber sido desalojada de sus oficinas en la colonia del Valle de la ciudad de México por una maligna turba de estudiantes enmascarados apoyados por gente de esa
que toma casasy remata con la siguiente frase:
Paco Ignacio Taibo no estaba aquí, pero dirige también la agresión.
Bueno, menos mal que no estaba ahí. ¿Estaría cerca de allí? ¿Me habría reunido con los tomadores de oficinas a la vuelta de la esquina? ¿Habría organizado el complot que la despojaba de su escritorio y sus papeles reuniéndome con los estudiantes? (Por cierto, las oficinas son de la universidad, no de la rectora, aunque su comportamiento en estos últimos meses no ha sido de directora de una universidad, sino de propietaria de ella.) Para los interesados en precisiones traté de imaginarme cómo, con quienes y a qué horas
dirigí la agresión.
La misión resultó imposible. El martes asistí a la manifestación convocada por estudiantes y profesores en huelga que salió de esas instalaciones. Ejercí el pleno derecho de opinar y actuar en un conflicto que envuelve a la universidad de mi ciudad. Reiteraba mi apoyo a los huelguistas y sus demandas. Marché en la cola de la manifestación con mi compañera Paloma, unas 20 cuadras (lo siento, de la colonia del Valle al Zócalo y fumando al ritmo que fumo es más de lo que se le puede pedir a un ciudadano medio consciente). Saludé a algunos maestros y muchos estudiantes. En ningún momento opiné sobre si el siguiente paso de la huelga debería ser la toma de la rectoría o alguna otra medida. Entiendo que el movimiento tiene su propia forma de tomar decisiones y la respeto. A lo más que llegué fue a decir al pie de la rectoría:
–Mejor bajen; la vida está acá abajo –dirigido a unos anónimos esquiroles que se asomaban desde las alturas.
De cualquier manera la frase no era afortunada; no creo que la hayan escuchado y me pintaron un violín desde una ventana.
Al día siguiente y en lo que en los partes policiales suele llamarse
la hora de los sucesos, estaba reunido con 400 estudiantes de Chapingo dando una conferencia (la rectora podría entrevistarlos uno por uno, para que dieran constancia del hecho, sería divertido) y posteriormente en un debate sobre políticas culturales con la presidenta municipal electa de Texcoco, en el que había otros tantos asistentes. Durante todo ese día, transporte incluido, no conversé con ningún uacemita (así se llaman a sí mismos los compañeros, con ese nombre extraño que parece sacado de una subtribu apache).
Quedaba una posibilidad, podía haber
dirigido la agresiónpor teléfono. Cosa por demás complicada porque no tengo ningún teléfono de los estudiantes en huelga y, aún peor, como los que me conocen saben, ni siquiera tengo un celular.
II
Durante un instante seamos serios aunque, cuando el debate político cobra la forma de la calumnia, cuesta trabajo serlo.
No son los estudiantes los que han violentado la legalidad universitaria; es la acusadora rectora, quien en estos últimos meses ha conducido a la UACM al caos: confrontando al sindicato, reteniendo las cuotas sindicales, despidiendo ilegalmente a varios trabajadores, tratando de romper el modelo popular de la universidad en función a proyecto aristocrático-elitista impuesto por la fuerza, corrompiendo a los que se dejaran con empleos fantasmas, becas y prebendas, utilizando las amenazas y la intimidación contra los profesores (muchas de estas situaciones recogidas en la recomendación de Derechos Humanos del DF), diciendo que cumplía acuerdos que ignoraba y mintiendo y, finalmente, en el colmo de autoritarismo, desconociendo a 10 consejeros universitarios independientes que habían ganado en las últimas elecciones, poniéndola en declarada minoría.
Es la acusadora rectora la que ha desoído las conclusiones de la comisión mediadora para resolver el conflicto reponiendo las elecciones cuestionadas y es ella la que ha amenazado con destituir a los demás consejeros independientes si no aceptan integrarse en un consejo espurio. ¿De qué se sorprende, pues, si los estudiantes en legítima huelga deciden tomar las instalaciones de su universidad? (La de ellos, no la de ella.)
III
Me debato internamente entre tomármelo a broma, llamar a mi abogado (que más que abogado es cuate) y demandarla por difamación o usarla como ejemplo para un personaje de futura novela policiaca que, siendo alto funcionario del sector educativo y habiendo fumado mariguana de baja calidad, se dedica a reprimir a un pobre bibliotecario, aunque en la era de Elba Esther hay prototipos mejores.
Sea lo que sea, sigo apoyando al movimiento, nomás faltaba.
Lo que los falsificadores ignoran
Pedro Salmerón Sanginés
Los falsificadores de nuestra historia ignoran u omiten de sus análisis el contexto de nuestra historia y la base sobre la que se desarrolla. De ese modo, para calumniar a Juárez tienen que aislar a México del resto del mundo, ignorando que a mediados del siglo XIX, las naciones en que se había consolidado el capitalismo industrial sojuzgaron continentes enteros.
Frente a este embate, un puñado de naciones no industriales trataron de mantener su independencia, muchas veces a costa de porciones de soberanía y territorio, como la enorme China, que aceptó humillantes condiciones y cedió sus mejores puertos a los extranjeros. Los reyes de Siam, los tártaros y kirguices, los malayos y maharatos cayeron tras heroica resistencia. Etiopía se mantuvo como único enclave independiente en África, a costa de lo que hoy nos parecerían humillaciones inauditas y las jóvenes naciones hispanoamericanas lograron mantenerse independientes a costa de sacrificios, mutilaciones y concesiones.
Si uno estudia aisladamente la historia de cualquiera de nuestras naciones, imaginándolas relativamente equivalentes a las potencias, sus hombres parecen pusilánimes o traidores con nulo sentimiento nacional; su destino, enteramente dictado por las potencias. Por ello, en toda América Latina han surgido corrientes historiográficas que, al estudiar la historia fuera de contexto, sólo ven un desfile de indignidades y traiciones.
De ahí surgen las acusaciones de traidor a la patria contra Juárez: sus enemigos omiten que el Tratado MacLane-Ocampo se firmó bajo directa amenaza estadunidense, que pretendían arrebatarnos Sonora, Sinaloa, Baja California y el istmo de Tehuantepec; cuando también España metía su nariz en nuestros asuntos y Francia amenazaba hacerlo. Olvidan que, aunque nunca tuvo vigencia gracias a la astucia de Ocampo, los liberales aprendieron a no arriesgar de esa manera la soberanía y no volvieron a firmar un documento así, aunque hubo presiones parecidas en 1861-1862 y 1865-1866. Olvidan que sólo fueron eso: negociaciones con potencias amenazantes, nunca hechos positivos.
Por otro lado, los historiadores que no miran la base material sobre la que se toman las decisiones sólo ven, por ejemplo, el mapa del imperio de Iturbide y sueñan que pudimos ser potencia, sin advertir la fabulosa patraña que nos contaron sobre el mito de la legendaria riqueza de México. No advierten que nuestro país inició su vida independiente aislado del resto del mundo, con su casi única industria de exportación (la plata) en completa bancarrota, sin instituciones políticas ni movilidad social y bajo amenaza abierta de España y pronto de otras potencias. Ignoran que nuestro país tenía una densidad de población de menos de dos habitantes por kilómetro cuadrado, un analfabetismo de 90 por ciento, una esperanza de vida de 24 años y una tasa de mortalidad infantil pavorosa. Ignoran que México carecía por completo de vías naturales de comunicación, tenía muy pocas tierras agrícolas de primera calidad y hacia 1850, ningún elemento que le permitiera industrializarse (todos nuestros estudios de geografía económica comparada coinciden en lo aquí expuesto, que sonará raro a los lectores: léase a Cosío Villegas, A. Bassols, M. Bataillon o Bernardo García).
Al sólo mirar la política y las ideas, como si estas ocurrieran en el vacío, estos historiadores atribuyen únicamente a nuestra mala organización, a la falta de sentimiento de nación y, por supuesto, a las grandes traiciones del partido liberal (o del partido santaanista-conservador, en la versión opuesta y paralela), la pérdida de más de la mitad del territorio nacional entre 1836 y 1853 y la fragilidad institucional que hizo posibles las amenazas, intervenciones y agresiones de las potencias.
No, señores: lo sorprendente es que en esas condiciones, con los elementos que tenían, entre 1854 y 1867 el grupo liberal que tomó el timón de la patria y obtuvo el respaldo de importantes sectores de la población, la haya llevado a buen puerto. Lo extraordinario es que hayan construido la nación y afirmado su soberanía. Si tenemos patria, si podemos llamarnos mexicanos, se lo debemos a ellos, tanto como a los insurgentes.

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