Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Muerte en la Prepa 6

Muerte en la Prepa 6

Solidaridad con la familia Gómez Foto: Especial
Solidaridad con la familia Gómez
Foto: Especial
“O te ahogas o sales nadando”, es una sentencia que el maestro de educación física del plantel número 6 de la Escuela Nacional Preparatoria Antonio Caso, Daniel Gómez Rosales, popularizó entre sus alumnos y que se cumplió de manera fatal el jueves 6, cuando Manuel Antonio Gómez Espinosa, de 15 años, murió ahogado en la fosa de clavados de la institución sin que el profesor se lanzara al agua para rescatarlo. La familia del muchacho asegura que no ha recibido ayuda de las autoridades universitarias, y hasta el cierre de esta edición Gómez Rosales no había acudido a rendir su declaración.
MÉXICO, D.F. (Proceso).- El alumno de la Preparatoria 6 de la UNAM Manuel Antonio Gómez Espinosa, de 15 años, se ahogó en la fosa de clavados del plantel el jueves 6, mientras el maestro de educación física Daniel Gómez Rosales jugaba con un teléfono móvil en su cubículo, de acuerdo con testimonios de los condiscípulos de la víctima.
Fué un compañero de Manuel Antonio quien lo sacó del fondo de la fosa, pues Gómez Rosales se rehusó a rescatarlo. Dos alumnas le dieron los primeros auxilios, porque el profesor tampoco sabía aplicar las maniobras de reanimación cardiopulmonar.
Compañeros del grupo 406 del plantel –ubicado en Coyoacán, en el sur de la Ciudad de México– piden justicia para Manuel Antonio. Entrevistados por este semanario, los muchachos narran los minutos de terror que vivieron. Dolidos por la pérdida de Manuel Antonio e indignados porque las autoridades universitarias quieren persuadirlos de que fue “un accidente”, hablan con la convicción de que los padres del menor tienen derecho a saber qué ocurrió aquella mañana.
Por tratarse de menores de edad y para evitar represalias se omiten los nombres de los declarantes.
El jueves 6 el grupo 406 se presentó a las 9:30 de la mañana a la clase de educación física que imparte Gómez Rosales. Los alumnos, divididos en principiantes, intermedios y avanzados, entraron a la alberca de 1.30 metros de profundidad. Como ya es costumbre que la única indicación del maestro es “naden”, los estudiantes nadaban como podían, porque en esa clase sólo iban a “chapotear”.
De acuerdo con los testimonios recabados, es frecuente que los alumnos más avanzados naden en la fosa de clavados que tiene una profundidad de seis metros. Como el agua de la alberca está más fría, muchos prefieren estar en lo que llaman “el jacuzzi de clavados”.
El miércoles 5, Gómez Rosales les dijo a los principiantes y avanzados que debían entrar a la fosa para “perderle el miedo al agua”. Así lo hicieron. El maestro les indicó que se asieran de la orilla y soltaran el cuerpo. Durante la clase estuvo supervisando a los novatos.
Pero el jueves 6, para no variar, el profesor tenía puesta la mirada en su teléfono móvil. Los muchachos no saben si estaba chateando o poniendo a prueba sus habilidades con algún juego. De lo que sí están seguros es que, clavado en su celular, se fue caminando hacia su cubículo que está enfrente de la alberca, desde donde no se alcanza a ver la fosa.
De pronto, alguien comentó que el maestro dio permiso para que todos se metieran a la fosa. Y así lo hicieron. También Manuel Antonio, de quien sus compañeros no están seguros si sabía nadar o no. Sólo les consta que cuando hicieron las pruebas para clasificarlos él eligió quedarse en el grupo de principiantes.
“Antonio intentó cruzar la fosa de extremo a extremo, pero a la mitad se paró. Ya no llegó. Se veía que no sabía flotar, porque se empezó a hundir, a desesperarse, y se seguía hundiendo. Dos de mis compañeros intentaron ayudarlo, pero como también son principiantes también a ellos los empezó a hundir y los tres se estaban ahogando, porque ninguno sabe nadar bien”, refiere un alumno.
“Empezamos a gritar: ‘auxilio, profesor, ayúdenos’. Pero como al principio gritábamos bajito, algunos pensamos que era una broma”, dice uno de los jóvenes. Otro más añade: “Yo primero vi que Antonio estaba moviendo las manos, que salió y que ya había tomado aire. Luego ya no manoteó ni chapoteó, sólo sacó la cabeza y creí que ya había tomado aire para seguir nadando; luego se hundió delante de nuestros ojos”.

Pusilanimidad

Uno de los muchachos que estaba adentro de la fosa comenta: “Metí la cara y lo vi en el fondo con los ojos abiertos. Salí y le grité al profesor. Él llegó con un tubo que tiene como una cuerda en la punta, pero si Antonio ya estaba inconsciente ¿cómo se iba a agarrar? Además, el tubo no llegaba hasta el fondo; alguien tenía que bajar a ponerle la cuerda para luego jalarlo. Un amigo estaba intentando llegar al fondo, pero no podía. Le dijo al profesor: ‘usted aviéntese’, y todos le gritábamos: ‘aviéntese maestro’. Teníamos la esperanza de que él llegara al fondo y lo sacara, pero el maestro dijo: ‘yo no puedo llegar hasta abajo, pero tú sí puedes, aviéntate’. Mi amigo le decía: ‘es que no puedo llegar, estoy muy nervioso’”.
Otro de los alumnos recuerda: “El maestro también estaba nervioso. Corrió en varias direcciones, no sabía qué hacer. Sacaba cosas dizque para rescatarlo, nos las daba, pero no las sabíamos usar. Una era como un flotador amarillo con una cuerda que ya luego supimos que es para sumergirte. Él no sabía resolver la situación. Estábamos muy presionados y enojados; habían pasado muchos minutos, todos estábamos llorando y lo veíamos perdido. Otros compañeros salieron corrieron en traje de baño y descalzos a pedir ayuda en la escuela, pero sólo encontraron a un señor. El chavo que estaba intentando llegar al fondo como al séptimo intento lo consiguió, se lo puso en el hombro y saltó con él; luego otros dos chavos lo ayudaron y entre los tres lo sacaron”.
Cuando eso ocurrió, Gómez Rosales ya ni siquiera estaba en las instalaciones acuáticas, pues había ido a buscar a “alguien” que pudiera sacar a Manuel Antonio.
“Yo creo que ya iba muerto ahí porque no estaba respirando. Después de que lo sacaron dos compañeras le dieron resucitación. Escupió agua, pero estaba inconsciente. Tenía los ojos abiertos, la mirada perdida, los labios morados y muy gruesos. Estaba muy pálido, vomitó agua y comida; su respiración se escuchaba muy forzada o no sé si respiraba, pero como que hacía gárgaras, aunque en su boca no tenía agua. Una chava le apretaba el diafragma y la otra le daba respiración boca a boca y se escuchaba como cuando destapas una coladera. Tenía el abdomen muy hinchado, yo creo que por toda el agua que tragó. En eso llegó el maestro, las chavas se hicieron a un lado y dizque el maestro lo atendió, pero ni sabía hacer la resucitación porque le estaba haciendo a la altura del estómago, cuando debe aplicarse en el diafragma. De haberla hecho bien habría sacado más agua. Alguien dijo que llamaran a sus papás y el profesor se negó: ‘No, él ya va a estar bien. No le hablen a sus papás, que esto se quede en el grupo’. En ese momento llegaron unos trabajadores, los que le dan mantenimiento a la alberca, con una camilla y un doctor. Entre los cuatro lo llevaron a la enfermería y sólo le pusimos una toalla encima para que no le diera frío”, narra un estudiante.

Dilaciones

Mientras esperaban a la ambulancia, uno de los chicos vio que Manuel Antonio intentaba sentarse en la camilla. Sin abrir los ojos, desesperado, trataba de enderezar su tronco, pero quienes lo rodeaban de inmediato le decían que se acostara otra vez. Unos 20 minutos después de que fue rescatado llegó una ambulancia roja, que se veía nueva, pero no trasladó al muchacho. Incluso afuera de la escuela, ubicada en el centro de Coyoacán, había un par de patrullas que escoltarían al vehículo para que llegara más rápido al hospital del IMSS que se encuentra a un costado de la clínica 32.
Más tarde llegó otra ambulancia, color azul y bastante deteriorada. Iba con la sirena apagada y así se marchó. El subdirector de la escuela, Antonio García, acompañó a Manuel Antonio y después informó que el muchacho había muerto cuando iba camino al hospital.
Los compañeros y amigos de Manuel Antonio pensaron que el incidente había quedado en un susto, sobre todo porque en el transcurso de la tarde varios de ellos acudieron a las oficinas de la dirección para preguntar por su estado de salud. La respuesta fue que estaba bien, que ya estaba con su familia, pero que no les dirían en qué hospital fue ingresado para que “no fueran a molestar”.
Ese mismo jueves, cerca de las 18:00 horas, un alumno de la preparatoria entró a la página de Facebook de Manuel Antonio donde leyó que su familia estaba pidiendo ayuda a quienes estuvieron en la clase de educación física para saber por qué había fallecido.
La mañana del viernes 7, la directora del plantel, Alma Angélica Martínez Pérez, se presentó ante el grupo 406. Iba acompañada del subdirector; de la secretaria académica, María de los Ángeles Martínez, y de un abogado. Ni siquiera informaron claramente que Manuel Antonio había muerto.
La directora calificó el hecho como “lamentable” y se refirió a la “terrible pérdida”; mencionó que el maestro Daniel estaba “muy consternado” y que había colaborado en todo momento con las autoridades policiacas para el esclarecimiento del hecho. La psicóloga Ángeles Martínez prometió a los muchachos que les ofrecerían terapia para ayudarlos a superar el episodio. Después de repartir unos papeles con la dirección de la funeraria donde estaba siendo velado el cuerpo de Manuel Antonio, los directivos salieron del salón.
Los alumnos del 406 decidieron no tomar clases. Se organizaron para comprar flores y veladoras que pusieron a un costado del busto de Antonio Caso, el filósofo que da nombre al plantel. Montaron una ofrenda en la puerta de la escuela. De todos los salones llegaron para aportar dinero y solidarizarse con compañeros y amigos de Manuel Antonio. La asamblea del movimiento #YoSoy132 de la escuela colocó una manta en la cual exigía a las autoridades el esclarecimiento de la muerte de su compañero, pero más tarde los obligaron a quitarla.
Los estudiantes afirman sentirse mal, tristes, enojados. En entrevista colectiva con la reportera, dicen que el muchacho que sacó de la fosa a Manuel Antonio tiene sentimientos de culpa por no haberlo salvado. Algunos no se pueden concentrar para estudiar, otros pasaron el fin de semana echados en sus camas, sólo pensando; unos más durmieron para no acordarse, a otro se le enchina la piel cada vez que escuchan la sirena de una ambulancia, porque se acuerda de su amigo.
El lunes 10, durante la hora en que les tocaba educación física, los alumnos fueron obligados a presentarse en el salón A19, donde dos psicólogos de la UNAM supuestamente les darían una plática para superar la pérdida.
“Estábamos sentados en círculo. Nos preguntaron cómo nos sentíamos, pero nunca nos dejaron terminar de hablar. Alguien empezaba una idea y los señores lo interrumpían para decir lo que ellos querían. Varios nos quedamos con las manos alzadas. Sentimos que no quieren que saquemos conclusiones. Necesitamos ayuda psicológica, pero no que nos laven el cerebro y que nos quieran convencer de que fue un accidente; trataron de dejarnos en claro que la prepa está dando todo el apoyo a la familia y por la misma familia sabemos que eso no es verdad”, expone uno de los alumnos.

Desatención

A más de una semana de la tragedia, las autoridades de la UNAM sólo emitieron un escueto comunicado para lamentar la muerte de Manuel Antonio y anunciar que la familia ha contado con todo el apoyo económico y jurídico de la institución.
En la página en Facebook de la Preparatoria 6, la familia Gómez Espinosa publicó una aclaración el sábado 8, luego de que Proceso, a través de su agencia de noticias Apro, y su portal de internet informó acerca de ese comunicado:
“La familia de Manuel Antonio, de 15 años, queremos aclarar que los gastos que se mencionan en dicho artículo que según ofrecieron los directivos de la Preparatoria 6 no alcanzó para cubrir el funeral y lo pagaron sus propios padres, ya que decían los abogados de la institución que no tenían más presupuesto. Del apoyo jurídico que mencionan fue para la escuela, ya que se tuvo que contratar un abogado por parte de la familia para poder rescatar el cuerpo de Manuel y ellos llevaron a sus abogados para deslindar a la escuela y al maestro que nunca supimos qué pasó con él.”
A pesar de que el joven supuestamente falleció al mediodía del jueves 6, la familia Gómez Espinosa pudo recuperar el cuerpo pasadas las cuatro de la madrugada del viernes 7. Ellos mismos tuvieron que realizar todos los trámites. Las autoridades de la escuela y sus abogados estaban empecinados en que los padres firmaran un documento donde reconocieran que la muerte de Manuel Antonio había sido un accidente.
En la Agencia del Ministerio Público les dijeron que había dos formas de recuperar el cuerpo: la difícil y la legal. Ante la situación, el padre del joven interpuso una demanda por el delito de homicidio contra el profesor Daniel Gómez Rosales, la directora Alma Angélica Martínez, y el subdirector Antonio García, y por la cual se inició la averiguación previa FCY/COY-5/11/02256/12-12.
Hasta el cierre de esta edición el maestro no había rendido su declaración. Tampoco se ha presentado a la escuela y las instalaciones acuáticas permanecen cerradas.
“Como alumnos del grupo 406 y amigos de Manuel Antonio les dijimos a sus papás que si la dirección de la escuela se pone negligente, cuentan con nosotros para todo. Vamos a buscar esclarecer esto. Queremos justicia para nuestro amigo, para que nunca más vuelva a pasar esto, para que la muerte de nuestro compañero no sea en vano”, manifiesta uno de los alumnos.
El lunes 10, padres de los alumnos de la Preparatoria 6 se presentaron en la dirección para preguntar cuáles son los protocolos que se siguen ante alguna emergencia; si los maestros de educación física están certificados para impartir clases de natación y si cuentan con conocimientos de primeros auxilios, RCP y salvamento, y por qué no hay salvavidas. Les respondieron que “están preparados y cuentan con mucha experiencia”.
La directora reconoció que no saben qué pasó. “Eso lo determinará el Ministerio Público”, zanjó. También aceptó que el área de la alberca siempre ha sido “una enorme preocupación, un problema grave donde siempre hay mucho riesgo”. En 50 años, agregó, nunca había ocurrido un fallecimiento. Uno de los padres contó que hace varios meses un muchacho estuvo a punto de ahogarse. Martínez Pérez manifestó que no sabía nada de este incidente.
Los padres de familia comenzaron a contar las historias de sus hijos con los maestros de educación física, a quienes acusaron de abusivos, ignorantes y represores, que se valen del castigo, la amenaza y el maltrato como herramientas de enseñanza.
Estos testimonios coinciden con los manifestados en redes sociales por alumnos y exalumnos de la Preparatoria 6. Por ejemplo, hay quejas de que Gómez Rosales obligó a una alumna a que nadara dos horas seguidas a fin de no reprobarla. Una madre narró cómo a su hija la obligó a correr hasta que se desvaneció. Ni siquiera se tomó la molestia de llevarla a la enfermería, lo que sí hicieron sus compañeras.
El profesor también ha ignorado los certificados médicos que indican que tal o cual alumno no puede hacer abdominales o algún otro tipo de ejercicio porque sufren lesiones en la columna vertebral u otras partes del cuerpo. Los estudiantes son reprobados si se rehúsan a acatar sus órdenes.
Un par de exalumnos recordaron una frase que a Daniel Gómez Rosales le encanta repetirles a los principiantes: “En esta clase o te ahogas o sales nadando”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario