American Curios
Vidal vital
David Brooks
En imagen de 2001, el escritor Gore Vidal, fallecido el martes pasado en Los Ángeles. Crítico implacable de su país, Estados Unidos, decía:
hay un solo partido, el Partido de la Propiedad... y tiene dos alas derechas: republicana y demócrataFoto Reuters
Tal vez le tenían tanto miedo porque era uno de ellos. Los conocía íntimamente. Convivió en sus mansiones y lujosas oficinas en lugares como la Casa Blanca, los pasillos del Congreso (su abuelo fue senador), en las suites empresariales, en las altas esferas de Nueva York y Hollywood. Conocía los engaños, las manías, las maniobras, las mentiras, las justificaciones, la prostitución inescapable, las traiciones, también las tonterías de las cúpulas políticas, económicas y culturales de Estados Unidos. Era aristocracia a la estadunidense, pero justo por ello, para ellos, era muy incómodo, hasta peligroso.
Gore Vidal, quien falleció el 31 de julio, desnudaba la farsa oficial contemporánea e histórica tanto en el teatro político como en el cultural. “Hay un solo partido en Estados Unidos, el Partido de la Propiedad… y tiene dos alas derechas: republicana y demócrata. Los republicanos son un poco mas estúpidos, más rígidos, más doctrinarios en su capitalismo laissez-faire que los demócratas, quienes son más monos, más bonitos, un poco más corruptos, hasta recientemente… y más dispuestos que los republicanos a hacer pequeños ajustes cuando los pobres, los negros, los antimperialistas no se portan bien. Pero, en esencia, no hay ninguna diferencia entre los dos partidos”, escribió Vidal.
Feroz crítico de George W. Bush y sus políticas, tampoco se impresionó con el presidente Barack Obama, a quien calificó de
incompetentey pronosticó que no sería relecto, aunque consideró que
eso es una lástima porque es el primer presidente intelectual que hemos tenido en muchos años, pero no la puede hacer. No está a la altura, está abrumado.
No era que Vidal dijera cosas que nadie más decía, pero al decirlas un hijo de la clase privilegiada tenía un eco mucho más potente. Además, sabía cómo decirlas: todos, incluso enemigos, tenían que confesar admiración por su
ingenio, su manejo del idioma, la elegancia de sus palabras, tanto en boca como en la página escrita.
Vale subrayar que políticamente no era un
radical, ni mucho menos un
revolucionario, ni integrante de organizaciones opositoras o movimientos sociales. Su brújula eran los mejores principios estadunidenses, expresados por diversas figuras a lo largo de la muy breve historia de este país. Lo que más deseaba era la recuperación de lo que llamaba
la repúblicaen Estados Unidos, una economía de paz en lugar de una de guerra, una democracia en lugar de un
Estado de seguridad nacional, y que
dejemos en paz al resto del mundo, antes de que el resto del mundo se harte de este país.
Algunos lo acusaban de
aislacionista, por oponerse a toda intervención y a las guerras después de la Segunda Guerra Mundial, a las cuales llamaba
imperiales. Otros reprobaban que desnudara mitos de la historia oficial.
Tampoco toleraba a periodistas y sus medios (sobre todo estadunidenses), escritores reconocidos, políticos, artistas o
figuras famosas, si consideraba que eran estafadores, vividores o simplemente cretinos. A Truman Capote lo calificaba de
animal apestoso, de Warhol decía que era el primer genio que conocía con un IQ de 60, Norman Mailer era un
publicista, y Bush y Cheney eran simplemente golpistas de Estado, Bob Dylan no sabía nada de todo el trabajo que implica armar poemas, y así.
Aunque se burlaba de la sociedad estadunidense en general –con lo cual se ganó calificativos de arrogante y
aristócrata, si no peor–, odiaba la injusticia de la cúpula contra esta sociedad. En referencia al huracán Katrina, Vidal escribió en sus memorias de la
catástrofe en el Golfo de México, donde una clase gobernante racista abandonó a los habitantes afroestadunidenses del Golfo y tampoco hizo mucho por los blancos sin dinero. El dinero es ahora una gran muralla china que separa a los estadunidenses ricos de los pobres, una división que empieza a parecer tan eterna como la propia Gran Muralla.
También le encantaba la diversión, jugar, y con su muy buen gusto en cuestiones de arte, alimentos, bebidas, nunca ocultó su gran placer con el placer, o, como escribió, así con altas, Arte y Sexo. Contento no estaba, según sus memorias y lo que cuentan amigos. Tampoco se abría mucho, según él.
Soy exactamente como parezco ser. No hay una persona cálida y adorable adentro: bajo mi exterior frío, una vez que rompes el hielo, encontrarás agua fría.
Sabía jugar el juego del poder, la fama y la influencia mientras lo criticaba; nunca fue expulsado del ágora de los poderosos. Sus libros eran publicados por las principales editoriales, las grandes cadenas de televisión y los estudios de Hollywood lo contrataban y lo invitaban. Pero se burlaba de todo, incluso del vasto elenco de gente famosa que conocía.
Me he encontrado con todos, pero no conocí a nadie, dijo alguna vez. También se burlaba de su encanto por aparecer en televisión.
Nunca me pierdo una oportunidad para tener sexo o aparecer en televisión. Tampoco era modesto, ni pretendía serlo, aunque también se burlaba de sí mismo.
No hay un solo problema humano que no pudiera ser solucionado si la gente simplemente hiciera lo que yo aconsejo.
Pero a pesar de su complejidad y contradicciones, tal vez exageradas por él mismo, su presencia en la escena estadunidense –y por lo tanto la mundial– era clave. No le asustaba la verdad, ni tampoco decirla, sobre su país. El hecho de que no estuviera intimidado por las altas esferas –en parte porque él era uno de ellos– hizo que se volviera un referente a veces vital, ya que nos lograba salvar en la marea cotidiana estadunidense manipulada, confusa, anestesiada, con amnesia, es decir las condiciones que favorecen a los dueños de la vida política, económica, social y cultural de este país.
Y no es que haya revelado cosas que otros no veían; su talento era
llamar a las cosas por su nombre. En este país se agradece a cualquiera que se atreva a desengañar, irrumpir en el incesante debate, romper el ruido aceptable con un sonido sensato. Por hacer todo eso de una manera salvajemente culta y hasta, pues sí, elegante.
Tamaño es poder
León Bendesky
Una de las consideraciones centrales de la crítica de la economía política era la tendencia a la concentración y la centralización del capital. Lo primero ocurre cuando se incrementa la cantidad absoluta de capital bajo control de un individuo o un grupo, lo segundo, cuando se redistribuye el capital existente y queda bajo el control de pocas manos. En ambos casos se agranda el grado de monopolio.
Visto de otro modo, los datos indican que en 1970 los cinco bancos más grandes concentraban 17 por ciento de los activos totales, los 95 bancos grandes y medianos representaban 37 por ciento y 12 mil 500 bancos más pequeños el restante 46 por ciento. En 2010 las cifras respectivas fueron de 52 por ciento para los cinco más grandes, 32 para el grupo de 95 grandes y medianos, y 16 por ciento, pero en este caso sólo para 5 mil 700 bancos pequeños.
En cuanto a los créditos para los negocios pequeños y medianos, los 20 bancos grandes sólo participaban en 2010 con una proporción de apenas 16 por ciento; los bancos medianos con 30 y los bancos pequeños con 54 por ciento del total. Así que la asignación de los recursos también se aglutina en las empresas de mayor tamaño, lo que indica la concentración y centralización en la industria y el comercio.
Las transacciones más grandes, relacionadas con inversiones de todo tipo y con instrumentos muy variados, muchos de carácter eminentemente especulativo, crean un entramado muy estrecho entre los bancos de mayor tamaño y generan un riesgo creciente, que tiende a ser sistémico.
La concentración de activos y de riesgos de los seis bancos más grandes de Estados Unidos (J.P. Morgan Chase, Goldman Sachs, Bank of America, Citigroup, Morgan Stanley y Wells Fargo), indica que tienen 35 por ciento de todos los depósitos y 53 por ciento de los activos. Los ingresos que generaron en 2010, sustentados en el alto nivel de deuda que contraen, fueron de 56.1 mil millones de dólares (billones según se cuenta allá) lo que equivale a 93 por ciento de todos los ingresos por transacciones de todos los bancos.
Más datos: el ingreso por transacciones de los cuatro bancos más grandes representaban ese mismo año una cantidad superior al ingreso (antes de impuestos) de todos los otros bancos. Esta es una dimensión de la magnitud del riesgo que entraña la arquitectura del sistema financiero y la concentración de los recursos.
El asunto es todavía más intrincado si se advierte que esas empresas de gran tamaño se tienen unas a otras como principales contrapartes de las transacciones que hacen en los mercados. De tal manera si una de ellas tiene pérdidas cuantiosas se provoca un efecto adverso inmediato en las demás. Así se ve la razón y la magnitud de la intervención que tuvo que hacer el gobierno de Bush y la Reserva Federal, luego de la quiebra de Lehman Brothers en 2008. Pero el asunto clave es que la condición de riesgo sistémico no se ha reducido, sino al contrario.
La tendencia de la economía capitalista a la concentración tiene que ser compensada permanentemente con la legislación y las reglas acerca de la competencia. Esta es esencialmente una disputa política que tiene un componente técnico cada vez más complejo. La ideología neoliberal prevaleciente favorece a las fuerzas del mercado que no son de índole competitiva como se sostiene.
En el caso del sector financiero, por ejemplo, el entorno creado por el enorme tamaño de los bancos más grandes y el tipo de operaciones que pueden realizar acrecienta el riesgo del sistema económico en conjunto. Esto es lo que hay detrás del debate acerca de la condición de ser
demasiado grandes para quebrar.
El poder financiero de los bancos más grandes tiene a la sociedad como rehén. Los incentivos son propicios para que dicho poder se ejerza en condiciones en las que se magnifica la propensión al riesgo de los operadores, y que esto sea tolerado por los directores y, también, por los consejos de administración. Las pérdidas de carácter privado se socializan mediante las políticas fiscales y monetarias.
Esta es una parte relevante de lo que está detrás de la expansión del crédito hipotecario y las operaciones de cobertura en la crisis de 2008 y que va hasta los hechos más recientes como son: las billonarias pérdidas por inversiones muy riesgosas en J.P. Morgan; la fijación ilegal de la tasa Libor, en la que participó Barclays, y hasta el caso de lavado de dinero por el que fue penalizado HSBC.
La organización de esta industria clave para la operación de la economía de mercado compleja y de alcance global es hoy un factor que provoca fuertes distorsiones en la asignación de los recursos, la concentración del ingreso y la riqueza, y las políticas públicas. La mayor parte de la medidas que se toman al respecto son cosméticas, mientras la estructura del conjunto del sistema económico y político sigue siendo la misma.
Desde el Otro Lado
La necedad en defensa del libre mercado
Arturo Balderas Rodríguez
Llama la atención el creciente y cada vez más irracional desprecio que los defensores del libre mercado tienen por la intervención del Estado en una amplia gama de asuntos de la vida económica, algunos de ellos indispensables para el funcionamiento de la sociedad en su conjunto, incluidos los intereses de la
sacrosantalibre empresa. Esta semana el presidente Barack Obama dijo que
los empresarios no son los únicos responsables de su propio éxito, pues dependen de los caminos, puentes y otras obras de infraestructura construidas por toda la sociedad. Los inusitados ataques que recibió en respuesta a tan elemental referencia son sintomáticos de la profunda polarización que prevalece en la sociedad estadunidense. Incluso asuntos que no parecieran prestarse a mayor discusión, como el hecho de que todas las fuerzas sociales y políticas han contribuido al buen funcionamiento de la sociedad, incluido el sector privado, son temas de discordia.
Desde luego que Mitt Romney, virtual candidato a la presidencia de Estados Unidos, no podía dejar la oportunidad para criticar a Obama. En alusión a lo dicho por el presidente, hizo una referencia poco afortunada al comparar la baja productividad en el gobierno con la creciente productividad del sector privado. No hay que ser docto en cuestiones económicas para entender que el rendimiento de uno y otro difícilmente se puede medir con el mismo rasero. La responsabilidad del gobierno debe o debiera ser propiciar las mejores condiciones de bienestar para toda la sociedad, y no una fábrica mediante la que una persona o un grupo de ellas se beneficien. El hecho es que en EU y en otros países como el nuestro haya habido una transferencia cada vez más marcada de la riqueza de la sociedad como un todo hacia un grupo privilegiado de esa misma sociedad, no debiera ser algo que pasara desapercibido. Los impuestos que pagan todos se han usado para construir las carreteras, los puentes y las presas que han facilitado una grosera acumulación de riqueza de unos cuantos. Lo que los sectores más conservadores de la sociedad estadunidense se niegan a admitir es que Obama no ha tratado de acabar con el sistema de libre empresa; lo que ha tratado es de hacerlo menos irracional para evitar su autodestrucción.

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