Guardería ABC: traumas de largo plazo
Padres de niños fallecidos en la guardería ABC
exigen justicia.
Foto: AP / Marco Ugarte
Foto: AP / Marco Ugarte
MÉXICO, D.F. (apro).- Desde hace tres años la madre de uno de los niños
fallecidos en el incendio de la guardería ABC de Hermosillo, Sonora, ha tenido
frecuentes ataques de angustia y depresión.
En otro caso, uno de los padres padeció una pobre salud mental, con cuadros
como nerviosismo, pérdida de sueño e irritabilidad.
Estas conductas forman parte del estudio que la estadunidense Fran H. Norris,
profesora investigadora del Departamento de Psiquiatría de la Escuela de
Medicina de la Universidad de Dartmouth, desarrolló con un grupo de madres y
padres de menores muertos y heridos en la guardería ABC, siniestrada el 5 de
junio de 2009.
“Este es el caso más serio que he visto en 25 años de carrera”, dice a
Apro Norris, quien ha estudiado diversos trastornos
psicológicos aparecidos en el país.
“Creo que los resultados nos dicen algo que ya sabíamos. En la medida en que
el evento se vuelve más serio y grave, vemos que las consecuencias son
duraderas. Con el tiempo vemos que las cosas se asientan, pero ocasionalmente
resurgen y eso lo vemos reflejado en este caso”, explica la especialista, con
maestría y doctorado en psiquiatría por la Universidad de Louisville
Su análisis, Duelo en el contexto del trauma. Un estudio sobre padres y
cuidadoras luego del incendio de la guardería en Hermosillo, cuyos
resultados preliminares revisó Apro, arrojó que ocho meses
después del accidente, 46% de la muestra presentó trastorno de dolor prolongado,
que se manifestó más por entre las madres (55%) que entre los padres (48%).
En cuanto al trastorno de estrés postraumático (TEPT) o depresión aguda, se
presentó en 29% de quienes tuvieron un descendiente lesionado, y las madres lo
padecieron más que los padres: 35% frente a 21%. Pero el TEPT se disparó a 62%
en las parejas que perdieron a un hijo. Al igual que el grupo anterior, las
mujeres lo sufrieron más que los hombres: 79% y 70%, respectivamente.
En febrero de 2010, 125 de 134 familias (93% del total) que tenían hijos en
la guardería el día del siniestro fueron contactadas y 96 (72%) aceptaron
participar en el análisis. La segunda ronda de entrevistas ocurrió 20 meses
después de la tragedia. En la muestra participaron 90 madres, 57 padres y 78
cuidadoras, como abuelas y tías.
“He visto poca recuperación. Es muy triste que la gente permanezca en ese
estado. La clave es que cada día lamentan la ausencia del ser querido”, resalta
Norris, con quien colaboraron en el análisis sus colegas Kathleen Sherrieb, Eric
Jones, Art Murphy y Holly Prigerson.
En la guardería ABC, donde no había extinguidores, las alarmas antiincendios
eran defectuosas y la salida de emergencia estaba clausurada. Tras la tragedia,
49 niños perdieron la vida, 40 sufrieron quemaduras severas y 53 resultaron con
daños menores.
Derivado del incidente, un grupo de padres fundó el Movimiento Ciudadano por
la Justicia 5 de Junio, para demandar sanción a los responsables y exaltar la
memoria de las víctimas.
En su justificación del proyecto, realizado entre septiembre de 2009 y agosto
de 2011, Norris explica que “la muestra provee de un contexto apremiante para
examinar las consecuencias de corto y largo plazos del duelo y dolor prolongado,
independiente de los efectos que pueden ser analizados por el estrés
postraumático y una depresión grave”.
Su objetivo primario fue documentar las secuelas funcionales únicas del luto
y la congoja prolongada.
El equipo se centró en aspectos como calidad de vida y de relaciones sociales
con la esposa, la familia y amigos, estrés de padres y familiares, necesidad
percibida de atención de la salud mental, tendencias suicidas, abuso de alcohol
y problemas físicos e incapacidad.
El TEPT puede manifestarse cuando el individuo sufre actos violentos, como un
asalto, un secuestro, una violación o un desastre natural.
Norris, afiliada a los centros nacionales de Investigación de Salud Mental
ante Desastres, para Trastorno de Estrés Postraumático y Consorcio Nacional para
el Estudio del Terrorismo y sus Respuestas, partió de las hipótesis de que la
aflicción tendrá efectos sobre los resultados funcionales de aquellos que pueden
ser considerados con trauma. Sostiene que el dolor mostrará derivaciones sobre
los resultados funcionales de aquellos que pueden ser considerados con TEPT y
que las consecuencias del duelo y la pena serán más fuertes con el tiempo.
“Tratamos de entender la relación entre los efectos de largo plazo y cómo se
manifiestan en los trastornos y qué ocurre con el tiempo”, resume.
Entre 1996 y 2001 la experta estadunidense y sus colaboradores llevaron a
cabo investigaciones similares en el país para entender mejor el trauma en las
culturas. En ese sentido, el TEPT parecer ser relevante y significativo en
México.
Esos estudios demostraron que los participantes identificaron un rango amplio
de emociones y sutiles diferencias articuladas entre episodios agudos de
trastorno y efectos prolongados.
Según Norris, la depresión y quejas somáticas son también importantes de
evaluar, lo cual les llevó a incluir la medición de síntomas físicos en estudios
posteriores.
En pesquisas previas, la psicóloga comunitaria halló que el duelo traumático
es el de mayor prevalencia en México, seguido por el atestiguamiento de un
asesinato, accidente riesgoso y asalto físico.
En relación con el trastorno de duelo prolongado ocasionado por el incendio
de la guardería, 41% de los entrevistados lo padeció, tasa que bajó a 38% en la
segunda medición.
Por otra parte, el grado de TEPT pareció agravarse, pues sus porcentajes
aumentaron entre ambos lapsos.
Activismo terapéutico
Patricia Duarte, madre del niño Andrés García –fallecido en el percance– e
integrante del Movimiento 5 de Junio, acude a terapia al Instituto del Seguro
Social cada 15 o 21 días.
“No he superado el duelo y la terapia me ayuda a sobrellevarlo, me ayuda a
soportar el tremendo dolor que tenemos”, dice a Apro la mujer
de 34 años de edad.
Como otras madres y padres, Duarte se ha entregado al movimiento para evitar
que esos sucesos trágicos se repitan.
La investigación de Norris reveló que la pareja de padres experimentó el
trastorno de dolor prolongado durante los ocho meses posteriores al
incendio.
En ese periodo, los síntomas aparecidos entre las víctimas fueron, entre
otros: estado vigilante y alerta, evocaciones involuntarias del suceso,
problemas de concentración, dificultades para dormir, distanciamiento emocional
de otras personas, irritabilidad y desinterés por las actividades
cotidianas.
“Hay un punto en que el dolor es tan duradero que tiene implicaciones serias
para el bienestar de la gente”, subraya Norris, quien recibió financiamiento por
203 mil 435 dólares del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados
Unidos.
La autora adelantó sus resultados durante el V Congreso Mundial de Estrés
Traumático, realizado a finales de mayo en la Ciudad de México.
Entre sus conclusiones figura que incluso los participantes “más sanos”
(aquellos cuyos niños vivieron) tenían altas tasas de TEPT y presentaron
problemas de salud, además de que el nivel de incapacidad observado entre los
padres apunta a significativos costos sociales de trauma y dolor.
Casi cuatro de cada 10 participantes con hijos muertos y casi tres de 10 con
menores lesionados sintieron que las otras personas no querían oír de la
historia de los niños.
Más aún: 68% de parejas con víctimas mortales prefirieron esconder sus
emociones para no molestar a otros.
“Otra complicación adicional es cuando alguien se siente incómodo y trata de
evitar a la persona afectada. No saben cómo hablarle o cómo decirle ‘lo siento’.
Eso es muy malo para la recuperación. La gente se siente constreñida a no querer
saber del asunto y eso es más dramático. La gente es solidaria, pero no sabe
cómo manifestarlo”, explica Norris.
Huellas físicas
La investigación dio cuenta que los padres de niños fallecidos o heridos
padecen varias enfermedades al mismo tiempo.
Patricia Ortega resultó con un cuadro prediabético y con altos niveles de
colesterol y triglicéridos a causa del desastre, en tanto que su esposo José
Francisco García sufre problemas cardíacos. “Subí de peso y eso me afectó la
columna. Estamos bajo tratamiento”, relata.
El trabajo de Norris se enfocó también en la interacción social entre las
víctimas frente al suceso y así comprobó que ocho meses después del accidente,
los padres estaban altamente interconectados.
Dos grupos marcadamente separados de parejas emergieron, casi perfectamente
determinados por el destino de sus hijos.
La severidad de los síntomas de TEPT fue significativa y positivamente
relacionada con la participación en la red en la muestra total, así como la pena
en el subgrupo de los que presentaron duelo, según los resultados de la
investigación.
La participación en la red estaba completamente desvinculada de las
percepción de apoyo social o limitantes sociales.
En el análisis de la segunda etapa, los expertos empezaron a ver la
separación entre los grupos, cuyo factor primario fue la orientación del
activismo político.
“Los resultados sugieren que estos eventos necesitan buenas respuestas. Es
claro en los datos que mucha gente se involucró en el evento. Otro punto es
entender cómo la recuperación individual es complicada en eventos que han tenido
cierta naturaleza pública, con temas legales, judiciales y legislativos. Y las
dinámicas sociales tienen que ver con la naturaleza humana, de cómo la gente se
apoya. Es mucho más complicado de cómo lo entendemos”, indica Norris.
“No me siento bien sin estar en el movimiento. Respeto a los padres que no
han seguido (en las actividades de protesta). Cada uno lo ha vivido de forma
diferente”, asegura Duarte.
Los miembros del Movimiento 5 de Junio se reúnen dos veces por semana en
Hermosillo.
Los datos obtenidos no apuntan a verificar si el acceso a la justicia por
parte de las víctimas puede contribuir a superar los síndromes psicológicos. “Es
difícil de responder a eso, tal vez la justicia me va a dar un poco de
tranquilidad”, precisa Duarte.
“Una de las motivaciones de las redes fue buscar justicia. Una de las formas
de enfrentar esto es tratar de hacer una diferencia, y eso es importante. Los
padres tienen un fuerte motor para hacer eso, para impedir que ocurra a otras
familias. Ahí encaja la búsqueda de justicia”, grafica Norris.

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