Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

jueves, 28 de marzo de 2013

Astillero- ¿Actualidad de Carranza?- Persistencia del miedo

Astillero
Turismo político
Obama, migración
Francisco y la clientela
Jubilaciones en Mexicana
Julio Hernández López
Foto
EN EL AEROPUERTO CAPITALINO. Antes de abordar un vuelo, Andrés Manuel López Obrador saludó a Dulce María Mejía Pérez, jubilada de Mexicana de Aviación, quien, junto con Rogelio Martínez López –ambos ex sobrecargos–, levantó el ayuno que mantenía, luego de la promesa de que los pensionados volverán a recibir sus pagos mensuales. Una trabajadora de tierra mantiene la protesta
Foto Guillermo Sologuren
 
Dos visitas de alto nivel están en la agenda de Enrique Peña Nieto. En mayo próximo será la primera de ellas, con Barack Obama, el presidente estadunidense que aún no ha logrado convertir en hechos la mayoría de las expectativas de cambio generadas por enfoques cromáticos. Ya en su segundo periodo de gobierno, sin las ataduras provenientes de los cálculos encaminados a una relección que logró, Obama se ha revelado nuevamente como entusiasta promotor de una reforma migratoria para indocumentados latinoamericanos, sobre todo mexicanos, que sin embargo, y más allá de las buenas intenciones expresadas en encendidas piezas oratorias, se retarda y enturbia a la hora de las precisiones procesales, de la fijación de los tiempos necesarios para su materialización y de otros factores que muestran el recelo de gran parte de la clase política estadunidense ante el fenómeno creciente de la presencia de los hispanos pero, sobre todo, de los mexicanos.
 
A diferencia de lo que sucede con otras minorías, como la cubana, los mexicanos no han podido traducir en fuerza política su gran presencia numérica. Condenados a la invisibilidad, bajo amenaza permanente de redadas y sometidos a maltrato, rebajas y precariedad salariales por su condición migratoria irregular, los paisanos no han logrado vertebrar organizaciones políticas regionales, no se diga nacionales. Hay una enorme gama de clubes, federaciones y otros membretes que tratan de asumirse como representantes de determinados segmentos de ese flujo migratorio, sobre todo a partir de los lugares de origen de esos mexicanos asentados en EU, pero aún no existe un verdadero liderazgo que impulse a los paisanos a emprender una lucha abierta en defensa de sus derechos, en favor de una reforma migratoria humanista, rápida y profunda, y en contra de las deportaciones que más allá de sus discursos encendidos ha promovido con singular energía el citado Obama.
 
A diferencia de Felipe Calderón, quien se etiquetó en el mundo con un solo tema, el del narcotráfico, Peña Nieto tiene frente a sí una baraja más amplia y atractiva para los intereses estadunidenses, especialmente por cuanto a la apertura al capital extranjero de grandes negocios como el petrolero. Rápidamente adoptado con benevolencia como reformador por el periodismo estadunidense de élite (menos que Carlos Salinas en su momento, pero de manera parecida), Peña Nieto tiene piezas de intercambio para que el gobierno empresarial del vecino país acepte empujar una reforma migratoria que regularice el tránsito de mexicanos, fortalezca las arcas estadunidenses con el cobro de multas y actualizaciones a los paisanos deseosos de acogerse a las nuevas reglas, y la estabilización de una mano de obra barata, que es indispensable para la economía imperial.
 
Sin embargo, el proyecto de reforma migratoria pretende constreñir a los mexicanos a los asuntos laborales y económicos, retrasando lo más que sea posible la participación política de quienes, a diferencia de los migrantes provenientes de otras nacionalidades, que acaban fundiéndose en el famoso crisol de las barras y las estrellas, no pierden tan rápida ni irreversiblemente su identidad, y con frecuencia mantienen un silencioso sentido reivindicatorio en su relación con el modelo político y social con capital en Washington.
 
Jorge Bergoglio, ya autodenominado Francisco, aún no define la fecha de su prometida visita a México. Ya anunció que estará en su natal Argentina, en Chile y en Uruguay en diciembre próximo, de tal manera que aun cuando está claro que tiene la mira política puesta en Latinoamérica, pareciera difícil que en un mismo año realice dos visitas al mismo continente (en julio habrá un encuentro mundial de jóvenes católicos en Río de Janeiro, y por ello Francisco no quiso adelantar su visita a Argentina, para no quitarle reflectores ni asistencia a ese encuentro).
 
Cuando por fin venga Francisco a México, ya estarán más claras sus verdaderas intenciones políticas, pues hasta ahora la gran atención pública se ha centrado en lo anecdótico y superficial (que, desde luego, podría tener significados políticos trascendentes), subrayando su vocación austera y una predisposición general en favor de la feligresía marginada. Todo quedará en una construcción mediática en busca de recuperación de clientela si el papa Francisco a fin de cuentas sostiene sin cambios la operación de la empresa vaticana y la conducta de sus gerentes regionales.
 
En México no son compatibles con el nuevo estilo papal algunos de sus máximos representantes, como el cardenal Norberto Rivera, quien practica la opción preferencial por los lujos y el poder, enredado largamente en asuntos de protección a curas pederastas, ni el emérito Juan Sandoval, burdamente controversial y también amante del oropel y los privilegios (ya no está en el escaparate el impresentable Onésimo Cepeda, corredor de bolsa religiosa, a quien el Vaticano retiró del oficio apenas cumplió la edad límite para ejercer). Otros arzobispos y obispos dan cuenta en diferentes regiones de esa misma vida relajada que según eso Francisco repudia (el de Oaxaca, José Luis Chávez Botello, no se olvide, ha protegido contra viento y marea a un sacerdote acusado por propios curas oaxaqueños de haber abusado de más de 45 niños y jóvenes indígenas).
 
Astillas
 
Otra de las canalladas del calderonismo se cometió en el ámbito de Mexicana de Aviación. La salida del aire de esa empresa acabó por beneficiar a otras firmas, y los intentos de restablecer la viabilidad de Mexicana se toparon con maniobras, intrigas y abierto golpeteo de parte de las autoridades del ramo. Una huelga de hambre de dos sobrecargos jubilados, Rogelio Martínez y Dulce Mejía, ha sido atendida por funcionarios de la Secretaría de Gobernación y según los primeros reportes se buscará la manera de que a ellos y a todos sus compañeros les sean pagadas las pensiones hasta ahora escamoteadas. Con esa promesa se levantó el ayuno que duró diez días... ¡Hasta mañana!
Twitter: @julioastillero
Facebook: Julio Astillero
¿Actualidad de Carranza?
Soledad Loaeza
Debe haber sido endiabladamente difícil para el escribidor de discursos del presidente Peña Nieto, la elaboración de la pieza oratoria que pronunció su jefe en Ramos Arizpe para conmemorar el centenario del Plan de Guadalupe. Es cierto que adoptó un ángulo imaginativo para mirar a Venustiano Carranza desde donde hoy estamos: enfatizó su condición de luchador contra la usurpación de Victoriano Huerta, que –según el discurso de marras– era un obstáculo para el desarrollo del país. Así, el anónimo escribidor le dio pie al presidente Peña Nieto para vincularse con el carrancismo a partir de una actitud, y ya no de principios o de programas: Carranza es un predecesor de Peña Nieto porque ambos comparten la determinación de quitar los obstáculos al progreso del país.
 
Sin embargo, Venustiano Carranza tuvo mucho más que una actitud; y el escribidor dejó de lado un aspecto fundamental de su obra: la terca defensa de la soberanía del Estado frente a sus enemigos internos y externos, a la que se aferró incluso cuando las condiciones del combate contra el huertismo le eran adversas, y podía ser tentadora la oferta de mediación internacional que impulsó el presidente Woodrow Wilson para que la guerra civil llegara a su fin. Además, no entendía el porqué de este rechazo, si él sólo quería enseñarnos a escoger a nuestros presidentes. Los constitucionalistas rechazaron la propuesta, para sorpresa de Wilson, pese a las generosas intenciones que la inspiraban, pero al Primer Jefe del constitucionalismo no se le escapaban los riesgos de poner en manos de un estadunidense la solución al conflicto político por excelencia: la lucha por el poder.

Me queda claro que el homenaje del presidente Peña Nieto era al Plan de Guadalupe, y que no era necesariamente pertinente la referencia al tema de la soberanía frente al exterior. Sin embargo, no se puede pensar en Carranza sin recordar algunas de sus decisiones más importantes, y no sólo aquellas que tomó en defensa del orden constitucional, sino que su rechazo a cualquier tipo de intervención tuvo un efecto de largo plazo sobre las actitudes de Washington frente a México. Dean Acheson, secretario de Estado del presidente Truman, a principios de los años 50 decía que la experiencia que habían tenido con Huerta debía haberles enseñado que su intervención en asuntos internos de los países latinoamericanos sólo lograba que todos se unieran contra Estados Unidos. Dado este antecedente, decía Acheson que lo mejor era dejarlos por la paz, para que resolvieran ellos mismos sus conflictos.

No obstante, la defensa de la soberanía del Estado de Venustiano Carranza no estaba dirigida sólo al exterior. Cuando el Primer Jefe repudió a la dictadura y reivindicó el orden constitucional, también defendió la soberanía del Estado, pero en el interior y con relación a actores políticos cuyo poder era una amenaza a esa soberanía. En 1913 el actor más peligroso para el Estado era el Ejército. Desde este punto de vista, el legado de Carranza puede resumirse en la idea de que devolvió a la Constitución su calidad de referente incontestable de la legitimidad de cualquier acción de gobierno, que se apoya en la soberanía del Estado en el interior y en el exterior.
 
Y no puedo dejar de preguntarme ¿qué pensaría Carranza si volviera de donde está y viera al Estado mexicano como está? Ahora sabemos que la soberanía no es absoluta, ni lo ha sido nunca, porque todos los países dependen más o menos unos de otros, y la paz del vecino es condición de la propia. Sin embargo, desde los años 80 del siglo pasado, procesos que históricamente habían sido considerados como materia de la estricta soberanía nacional se han internacionalizado. Tomemos como ejemplo las elecciones: en nuestro caso, desde 1994 son observadas (¿supervisadas?) por individuos, organismos o gobiernos extranjeros, que califican su calidad democrática. En 1982, el gobierno saliente del presidente José López Portillo firmó un acuerdo con el FMI que lo comprometía a él y a su sucesor con un programa de estabilización económica diseñado por el organismo. Los funcionarios mexicanos tenían sólo la responsabilidad de aplicarlo. Es decir, el Estado fue despojado del instrumento que debía permitirle decidir soberanamente la dirección de la actividad económica. Carlos Salinas de Gortari profundizó los límites del intervencionismo estatal, y con ello, le impuso fronteras a la soberanía interna del Estado. Ahora, sus decisiones en materia económica están condicionadas por las preferencias de banqueros extranjeros, propietarios de los principales bancos que operan en el país. Ellos deciden los montos y el destino de la inversión privada. De la misma manera que los intereses particulares que representan los dirigentes del SNTE y de otros grandes sindicatos definen la política sectorial. Hasta ahí llega la soberanía del Estado. Llega hasta donde nos vemos obligados a asumir la solución del problema de drogas que tiene la sociedad estadunidense.
 
No, definitivamente no podía el escribidor del presidente Peña Nieto referirse a Carranza más que como lo hizo, en términos vagos y abstractos, porque si nos ponemos a precisar, nos vamos a encontrar con que Carranza es hoy en México un extraño.
Nueva estrategia-Hernández
Persistencia del miedo
Octavio Rodríguez Araujo
Hace un año y unos días (el 8 de marzo de 2012) publiqué en este diario un artículo titulado Ante la opción de muerte y miedo. Ahí destaqué que Pedro Joaquín Coldwell, entonces presidente del PRI, había dicho: No queremos otro sexenio de muerte y miedo. El pasado 5 de marzo se reunieron en el Distrito Federal el vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, y Enrique Peña Nieto. Éste se comprometió con el estadunidense a continuar y mantener la lucha contra el crimen organizado, dando a entender que lo único que diferenciaría su estrategia de la de Felipe Calderón es que la suya sería más eficaz.
 
La eficacia no la hemos visto por ningún lado. Sanjuana Martínez escribió en Sinembargo.mx (7/1/13) que en los primeros 32 días del gobierno de Peña Nieto la cifra de muertos había llegado a mil. Y añadió que si en el primer mes de gobierno de Calderón se registraron 92 asesinatos, Peña los superó ampliamente. Unos días después de la nota de Sanjuana, se mencionaron 42 muertos en el DF y el estado de México entre el 12 y el 15 de enero. Y así han seguido apareciendo en las noticias nacionales y locales, a veces 30, a veces 45, a veces 15, etcétera.

Un fracaso completo. Seguimos entre el miedo y la muerte y los gobernantes nos tratan de infundir esperanza diciendo que para 2014 las cosas mejorarán. Por lo pronto, para no espantar al turismo en la llamada Semana Santa, se ha dicho que se redoblará la vigilancia en los sitios turísticos y en zonas de diversión nocturna. Uno se pregunta por qué sólo en sitios turísticos y en periodos vacacionales, si todos los días tenemos que ir a trabajar, de compras, a un café o un banco, a una reunión social, al cine, etcétera.

En este mes, 114 días después de la toma de posesión de Peña Nieto, se anunció que se repartirán 2 mil 500 millones de pesos en estados para prevenir delitos. No serán para todos los estados ni para todas las ciudades, pero sí para aquellos en los que se ha detectado un mayor índice de delitos. Roberto Campa Cifrián, responsable del plan preventivo, ha dicho que el dinero será aplicado donde está la violencia y que será entregado en dos partes, la primera el 15 de mayo y la segunda el primero de septiembre. Este dinero, se entiende, es complementario al que se les otorgará a las entidades federativas desde el gobierno federal. Y mientras, seguiremos mordiéndonos las uñas.

El médico Manuel Mondragón y Kalb, comisionado nacional de Segu­ridad Pública, anunció el 21 de marzo que el objetivo del gobierno es tener un país más tranquilo y que la policía federal no se ha replegado ni se ha paralizado. Lo que ha cambiado, añadió, es el esquema de operación en el que cada institución involucrada se hará responsable de sus hombres (¿antes no?). Quizá para tranquilizarnos anunció también que en los próximos seis años (sí, seis años) la Policía Federal crecerá a 60 mil efectivos y la gendarmería nacional contará con 40 mil integrantes. En sus cuentas llevamos, dijo, 14 por ciento menos homicidios en relación con los tres años anteriores. ¡Un gran alivio! El gran problema es que cualquiera de nosotros puede estar en la lista de los porcentajes que no han disminuido. El mismo día que Mondragón hacía sus cálculos y previsiones hubo 19 asesinatos ligados con la delincuencia organizada ( La Jornada, 22/03/13).
 
Es claro que el flagelo de la inseguridad pública no se puede acabar de la noche a la mañana, y nadie lo ha considerado así, pero el problema tampoco se generó de un día a otro. Fue el avispero que sacudió Felipe Calderón, abonado con descabezamientos sin ton ni son de jefes de criminales, provocando el surgimiento de nuevos jefecitos, en general más violentos y sanguinarios que los anteriores y, desde luego, luchando por el control de plazas que, gracias al panista ahora en Harvard, quedaron en dispu­ta. ¿Dónde estaba el Congreso de la Unión durante el sexenio pasado? ¿Y la Suprema Corte de Justicia de la Nación? ¿Ninguno de estos dos poderes podía ponerle límite al Ejecutivo al obligar a las fuerzas armadas a actuar sin base legal de ningún tipo? Calderón la llamó lucha después de haberla calificado de guerra contra el crimen organizado, quizá porque alguien le hizo ver que no podía ser una guerra pues para ésta requería del acuerdo del Congreso, pero de que se trataba de una guerra no hay duda. ¿Por qué el Congreso no exigió que se detuviera, y por qué la Corte no dijo nada sobre la inconstitucionalidad de los actos del Ejército y de la Marina contra los particulares y sus bienes?
 
Continuidad le ofreció Peña al vicepresidente estadunidense, y ya la estamos viendo, aunque entendamos que cambiar el esquema no se puede hacer, repito, de un día para otro. Se ha dicho que una estrategia que podría disminuir la criminalidad en el país es disminuir la pobreza, pero esto es algo que se repite sin demasiado sustento real. José Natanson ( Brecha, Montevideo, 8/3/13) escribió que Caracas se ha convertido, gracias a las políticas de Hugo Chávez, en una ciudad más igualitaria que hace 10 años, y sin embargo es ahora más peligrosa que Río de Janeiro. Si la ecuación mayor pobreza=mayor criminalidad fuera cierta, la inseguridad pública de México sería peor en otros muchos países, e incluso en zonas de México más pobres que Tamaulipas, Nuevo León, Chihuahua, etcétera, y no es así.
 
No soy experto en el tema, pero si un ciudadano se siente, como muchos, inseguro en su propio país y en una ciudad donde matan a la gente para robarle su vehículo, algo de lo ofrecido no está funcionando ni es eficaz. ¿Habrá alguna solución que no hemos imaginado, o tendremos que esperar a que funcionen las policías de mando único y la gendarmería nacional? Puede ser, pero el presente no es estimulante.
rodriguezaraujo.unam.mxNo anden difamando-Helguera

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