Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

martes, 23 de abril de 2013

¿Podemos comparar México con Venezuela?

¿Podemos comparar México con Venezuela?

El pasado 17 de abril, el profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) Javier Aparicio publicó en su columna semanal de Animal Político “Covarianzas” un texto que se propone contestar, en el marco de las pasadas elecciones en Venezuela y a la luz de lo sucedido en México en 2006, a la pregunta que da título a su artículo: ¿Podemos comparar México con Venezuela?[1]
 
En los días que siguieron a su publicación, el artículo fue reproducido en redes sociales con relativo éxito. No es para menos: como ninguna otra elección de la que se tenga memoria fuera de México, politólogos, periodistas y tuiteros casuales tuvieron puesta su atención en Venezuela. El estrecho margen de diferencia entre los candidatos no hizo más que despertar los fantasmas del pasado y la referencia al dos de julio de 2006 se hizo inevitable. El artículo de Javier Aparicio es el primer intento por abordar las dos elecciones desde un punto de vista comparado. Ojalá vengan más.
 
Lamentablemente el artículo de Aparicio no ayuda a responder la pregunta que se plantea. Por el contrario, propongo aquí, su artículo es incompleto y parcial. Lejos de hacer una comparación, el texto, en mi opinión, no hace más que repetir los lugares comunes abordados desde hace años por la prensa internacional. Su tesis, por otro lado, me parece igualmente equivocada: “las elecciones en México son más libres y justas que las de Venezuela”. En los siguientes párrafos desglosaré las ideas apuntadas por Aparicio, señalaré lo infundado de sus datos y rebatiré lo que me parece una sobreestimación del sistema político mexicano y una subvaloración del venezolano: 1) porque Aparicio es un académico de primera línea, 2) porque el artículo es sintomático de mucho de lo escrito en relación a Venezuela y 3) porque el tema toca un punto sensible de la historia política contemporánea de México, Intentaré, además, ofrecer alguna información que, por conveniencia argumentativa o simple despiste, Aparicio prefiere obviar en su “estudio comparativo”.
 
“Es plausible decir que México sea una democracia y Venezuela no, pero no al revés”, escribe Javier Aparicio después de hacer un repaso de los sucesos más concretos sobre lo acontecido el pasado 14 de abril de 2013 y el 2 de julio de 2006. En fin, lo que todos sabemos ya: dos márgenes estrechos de diferencia y dos candidatos que no aceptan el conteo oficial. Hasta ahí los parecidos porque, dice Aparicio, “si ambos países son democracias, Venezuela es una democracia de menor calidad” y “si ambos países son (sic.) regímenes autoritarios, México es menos autoritario”. Para mostrarlo, el profesor del CIDE decide enfocarse en las diferencias.
 
Su primer argumento: Nicolás Maduro estaba impedido para contender a la Presidencia y aun así fue candidato. Bueno, lo dirá él y lo defenderán una serie de constitucionalistas venezolanos. Lo que no dice es que la suya es sólo una interpretación posible de un caso excepcional. A saber, la posibilidad de que un presidente en funciones (en este caso Chávez) ganara las siguientes elecciones y no pudiera prestar juramento aunque existiese continuidad administrativa. Al respecto existen dos interpretaciones distintas de los artículos 233 y 229 de la Constitución de Venezuela. Lo cierto, sin embargo, es que el Tribunal Supremo de Justicia se decantó, con argumentos jurídicos, por una de las dos interpretaciones posibles. Desconozco hasta que punto Aparicio haya estudiado el tema; en el mejor de los casos lo suyo es una opinión de especialista en constitucionalismo venezolano; pero no es un argumento.
 
Le parece relevante, para su segundo bullet point, que el “chavismo” modificara la Constitución para permitir la reelección indefinida de todos los puestos de elección popular. Sin entrar en la discusión (de por sí complicada) de si la reelección es un incentivo a la evolución democrática, lo que señala Aparicio es una verdad a medias. El chavismo –ese ente complejo que nadie sabe qué es y al que conviene achacarle los males de Venezuela– propuso una iniciativa de reforma constitucional a la postre aprobada en votación popular. Esto es: por un mecanismo de democracia participativa de la que Capriles Radonzski ya se benefició dos veces: como alcalde de Baruta y gobernador de Miranda. Pero eso no cuenta;  para Aparicio no hace falta mencionar más: todos sabemos las fuerzas oscuras que se esconden en el chavismo.
 
Su cuarto y octavo argumento refieren a la “clara desventaja de recursos de campaña” en que compitió el candidato Capriles. Su ejemplo: la ausencia de debates entre los candidatos, el financiamiento público y la cargada de recursos en favor del candidato oficialista. Se olvida Aparicio (y de ahí que sea importante tomarse en serio aquello de la especificad contextual para el desarrollo de la ciencia política) que Capriles compitió en menos de seis meses en tres elecciones distintas –octubre por la Presidencia, diciembre por la Gubernatura de Miranda y abril otra vez por la Presidencia– con toda la avalancha mediática que eso significa frente a un candidato que tuvo sólo treinta días para hacer campaña. Lo hizo en una plataforma que integra ¡26! partidos políticos y un sistema de financiamiento partidista que no establece límites –más allá de los obvios– a la iniciativa privada. Esto es: el dinero de la clase alta venezolana que enfrentó a Chávez durante trece años. Ya saldrán los tradicionales monitoreos de la Universidad Andrés Bello que elección por elección auditan la presencia de los candidatos en los medios de comunicación. Los resultados serán similares a los de octubre y a los de hace dos años: un equilibrio entre lo transmitido por las cadenas oficiales –en favor del candidato oficial– y privadas –en favor de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). Hace bien Aparicio en señalar el uso discrecional (aunque tendrá que demostrarlo) de Nicolás Maduro de la renta petrolera venezolana. Peca de ceguera estructural, en cambio, al no mirar los esfuerzos del empresariado opositor por llevar a cabo, al igual que hizo la oposición contra Allende en 1973 en Chile, una crisis de abastecimiento mercantil. Por otro lado, si México tiene un mejor y “más justo sistema electoral” tampoco hubiera sobrado en el artículo de Aparicio una palabra a los negocios –salidos a la luz la misma semana que su artículo–de Doña Rosario Robles y Javier Duarte en Veracruz. Mucha paja en el ojo ajeno; poca viga en el propio.
 
Para su quinto argumento Aparicio confronta la independencia y autonomía del IFE contra el Consejo Nacional Electoral (CNE) de Venezuela. Su argumento: los miembros del CNE fueron designados por un Congreso dominado (otra vez) por el chavismo. ¿Y cómo se eligen sino los miembros del IFE? ¿Qué otra institución del Estado, debería entonces elegir a los miembros de la autoridad  electoral? ¿Cuál es la propuesta de Aparicio? Pero eso no es todo. Uno de los cinco rectores es cercano o muy cercano a la oposición. Su representante Vicente Díaz no tuvo empacho en afirmar, un día después de la jornada que “no tiene dudas en el resultado de la elección”. A pesar de estar el CNE, en términos de Aparicio “dominado por el chavismo” el jueves 19 de abril decidió hacer las auditorias necesarias al voto automatizado. En el México de julio de 2006, un plantón de ocho kilómetros, decenas de manifestaciones y la presión de la mayoría de los mexicanos no fueron suficientes para dar certidumbre al resultado electoral de aquel año.
 
Su sexto punto es en realidad un apéndice del quinto. Aparicio recrimina al CNE haberle dado en menos de 48 horas un triunfo irreversible a Maduro. Aja, ¿y cuánto tardó Luis Carlos Ugalde en otorgarle ese adjetivo a la “victoria” de Felipe Calderón? Se olvida Aparicio que en Venezuela el voto es automatizado y por tanto, la relación entre el recibo de voto y el resultado de la pantalla es (o debería ser, pero eso lo veremos tras las auditorias) completamente exacto. El detalle no es menor: mientras en México casi el 50% de las actas tenían algún tipo de inconsistencia y una diferencia de un voto por casilla hubiera cambiado el resultado de la elección, en Venezuela no hay manera de que eso suceda porque la boleta impresa es un recibo que no necesita pasar por conteo manual. Eso no lo dice Aparicio. Otra vez, lo cierto es que la auditoría anunciada por el Consejo Nacional Electoral “dominado por el chavismo” “se hará tal y como fue anunciada el jueves y aceptada por la Casa de Campaña de Capriles. Es decir: incluye el conteo de los comprobantes en las cajas.
 
Su séptimo argumento se entiende mejor si uno se olvida de la gramática. Supongo que apunta a que uno de los candidatos es militar y que el cuidado de los centros electorales corre a cargo de personal castrense. Si la queja es que algún candidato presidencial es militar entonces es falso. Si la queja es que militares cuidan las casillas, entonces su crítica vale entonces para Chile, Bolivia que tienen a sus fuerzas militares vigilando el desarrollo de cada casilla. Aunque sostengo que eso no es deseable para México, tal vez hubiera evitado el asesinato de tres personas el día de aquella elección (entre ellas un representante del PRD ante el IFE).
 
En su octavo punto vuelve a la idea del sexto. Cito: “En Venezuela hay urnas electrónicas que son auditables pero los comprobantes impresos de cada voto no lo son, y tampoco existen mecanismos de control similares al PREP o al conteo rápido del IFE. En México seguimos usando boletas de papel, pero la ley permite hacer recuentos por diversas causales”. En lo personal no sé si lo que hace Aparicio es una defensa a ultranza del voto manual sobre el voto automático. No es esa una pregunta que me interese debatir (y creo que tampoco a él). Pero repetiré lo que parece obvio: si en Venezuela no existe el PREP es porque el mismo día de la elección se hace auditoría al 54% de las cajas electorales. Esto es, 22 mil cajas. Y ¿qué es eso de la auditoria? La comparación entre el resultado automatizado y la boleta electoral. Ahí participan los “comandos” de todos los partidos involucrados y miles de funcionarios electorales. Ese mecanismo es más eficiente y más confiable que el PREP, el Conteo Rápido del IFE y los comunicados de Luis Carlos Ugalde juntos.

 Hasta ahí los argumentos desplegados por  Javier Aparicio. Podría ahora ofrecer algunas ventajas del sistema venezolano frente al mexicano que convendría apuntar para el estudio comparativo que promete Aparicio al principio del artículo. Hacerlo sería redundante. Una cosa más, sin embargo, me parece necesario señalar: el sistema político venezolano ofrece algo que menciona Aparicio pero no desarrolla tal vez porque ese punto desmiente  muchas de las suposiciones de las que parte su análisis. A saber, la posibilidad que tendrá Capriles y la oposición (y que no tuvo Andrés Manuel López Obrador) de apelar al mecanismo de revocación de mandato. A diferencia del ex candidato del Frente Progresista, una lista de firmas de venezolanos podría revocar a Nicolás Maduro de la presidencia. ¿Habría durado Felipe Calderón todo su sexenio bajo ese esquema?
 
Hasta aquí hemos hablado de mera democracia electoral. No es este el lugar para hacerlo  de las otras dimensiones que tiene la democracia y que Aparicio no aborda en sentido estricto a pesar de sus aseveraciones sobre la precariedad de la democracia venezolana respecto a la mexicana . Por ejemplo: la forma en que la población se involucra en la toma de decisiones relacionadas a su comunidad, los mecanismos que tienen los trabajadores para elegir los términos de producción y el modo en que venden su fuerza laboral o los esquemas de participación para minorías étnicas. Ahí la “democracia” mexicana tendría mucho más que aprender de lo que se suele pensar en México.
 
Concluyo. No me parece que el arco comparativo sea, como lo expresa Aparicio, democracia frente autoritarismo. En Venezuela y en México estamos ante regímenes híbridos. Esto es, sistemas políticos que mantienen estructuras autoritarias y juegos democráticos formales. Uno puede discernir y oponerse al modelo económico venezolano, las bravuconadas y discursos simplistas de sus dirigentes y el bajo grado de institucionalidad alcanzado por el chavismo después de trece años en el poder. Lo que no se vale es presentar medias verdades o simplemente falsedades para apoyar un argumento.
 
De mi parte no me atrevo a señalar en qué país el sistema político ofrece mayores condiciones de igualdad a sus participantes aunque tiendo a pensar que el mexicano no empata con el modelo esbozado por el Profesor Aparicio. Como dije antes, en ambos países conviven lógicas autoritarias con algunos rasgos de pluralidad. Reducir la complejidad de ambos fenómenos a la frase “México es una democracia de mayor calidad” no es ciencia política ni estudio comparado; suena, más bien, a ideología disfrazada.



KIJ


#SinHambre

Por: Ibarra - abril 23 de 2013 - 0:00Ibarra en Sinembargo, LOS ESPECIALISTAS - 1 comentario
#SinHambre1500

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