Mubarak se derrumba; Assad se aferra al poder
Robert Fisk
Nada hay peor que un periodista en el lugar menos indicado en el
momento menos oportuno. Ayer estaba yo en El Cairo, cubriendo el juicio de Hosni
Mubarak, recién llegado de Líbano –donde 15 personas acaban de morir–, cuando
Bashar Assad aparece en la pantalla del televisor diciendo que su ejército no
fue responsable de la masacre de Hula, hace una semana, y hablando de la crisis
más seria desde el fin del colonialismo. Bueno, y que lo diga.
Y no me siento mucho más feliz. Ahmed Shafik, leal a Mubarak, tiene el apoyo
de los coptos cristianos, y Assad cuenta con el apoyo de los cristianos sirios.
Los cristianos apoyan a los dictadores. No es mucho decir, ¿o sí?
El sábado, el dictador de Egipto fue sentenciado a cadena perpetua. El
domingo, el dictador de Siria luchaba por su vida. Y dijo –advirtió, amenazó–
que su guerra podría extenderse a otros países. Todos sabemos lo que eso
significa: el futuro de la ciudad libanesa de Trípoli está en duda. No hace
mucho, una amiga libanesa me dijo que temía por su país si Assad estaba en
peligro. Ahora sé lo que quería decir.
Son malos tiempos para la primavera o despertar árabe. En Yemen, el
gobierno ayuda a Estados Unidos en sus ataques con drones a operativos
de Al Jazeera. En Egipto hay estadunidenses que apoyan a Shafik. Sin embargo, en
el diario egipcio Al Ahram los editores están en libertad de decir que la
primera reacción del vocero de Shafik a la elección presidencial es que
la revolución ha terminado. Y pueden escribir que el régimen de Shafik sería
una versión mucho más feroz de un Estado policiaco que la que se vivió en la segunda mitad de las tres décadas de gobierno de Mubarak. El periódico hablaba de los
interminables sacrificios de hombres y mujeres jóvenes para que todos en Egipto, los que participaron en la revolución, los que simpatizaron con ella y los que se opusieron, puedan tener una vida mejor, en la que las violaciones ya no sean la norma. ¿Podría haber leído algo así en tiempos de Mubarak?
Pero ¿podría leer algo así en Líbano? ¿Será que Líbano no toma la libertad en
serio? ¿Y Yemen? El hecho es que los árabes se despiertan; por eso prefiero
despertarárabe a
primaveraárabe. Y me parece que Siria
despierta. Ahora bien, el presidente Assad dijo este domingo que la
seguridadde su país es una
línea rojay dio a entender –sólo dio a entender– que la guerra en Siria (y la llamó guerra) podría desbordarse hacia un Estado vecino (léase Líbano). Así que estoy preocupado por Líbano y por los alauitas libaneses que apoyan a Assad, quienes merecen mejor suerte.
Pero también estoy consciente de que los guerreros de Shafik; los que en
Washington quieren que Shafik restaure la vieja relación con Israel, los que
quieren, de hecho, que se restaure la dictadura de Mubarak y recrear el viejo
paradigma (la
estabilidadde Mubarak frente al viejo temor de la Hermandad Musulmana), aumentar los miedos de los cristianos y atemorizar a Occidente con el horror del
fundamentalismo árabe, asomarán la cabeza igual que Assad. Y conforme los republicanos estrechen el cerco en torno a Obama, ¿no mostrarán su amor por el último primer ministro de Mubarak?
Pero tal vez tendremos que vivir con Mohamed Morsi como próximo presidente de
Egipto, un hermano musulmán, un hombre que tendrá que mostrar que un gobierno
musulmán de veras es capaz de manejar la economía y dominar la corrupción (o tal
vez no, como también podría ocurrir), como se debió dejar que lo hiciera el
gobierno argelino en 1991. No estoy seguro.
Pero volvamos a Líbano. Su prensa es libre y su pueblo también. Se deshizo de
Siria en 1995 (al precio de la vida de un ex primer ministro). Puede mirar al
otro lado de la frontera, a Siria, para ver lo democrática y libre que es su
nación. Y –¿alguien se atreverá a decirlo?– pobre Siria. No se merece el dolor y
las matanzas que está soportando. Su presidente afirma que las conspiraciones
internacionales destruyen su país. Dado el interés de Arabia Saudita y Qatar por
ayudar a la resistencia, quizá tenga razón. Y es cierto que las armas entran a
Siria desde Líbano.
He aquí, pues, un mal augurio desde El Cairo. Shafik podría ganar, aunque el
juicio de Mubarak podría demostrar lo contrario. Assad podría caer, aunque temo
esa guerra civil de la que habla Kofi Annan. Y Líbano podría vivir. Tal vez yo
deba volar de vuelta allá este lunes.
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya
Ni ajuste ni crecimiento
León Bendesky
Las semanas recientes han sido de creciente tensión en la economía
mundial. La incertidumbre en los mercados crece y los indicadores financieros,
productivos y de empleo empeoran. No hay ideas claras que marquen siquiera y,
aún menos, que impongan una línea de acción; las fórmulas políticas y técnicas
que prevalecen no atajan el curso de la descomposición.
La creación de empleos en Estados Unidos está muy por debajo de las
expectativas y, por supuesto, de las necesidades de la población. En Europa el
desempleo también sigue acumulándose. Póngase a la gente primero, para variar.
Con ello, el gasto de consumo e inversión se reduce y el motor del crecimiento
no tiene combustible. El ajuste fiscal y financiero no está saneando nada y, más
bien, provoca una creciente espiral descendente que agrava las condiciones
mismas que pretende mejorar.
La fragilidad financiera es cada vez mayor. Los bancos no se prestan entre
sí, secando una de las principales fuentes de recursos para el crédito. Es más,
los capitales se refugian en lo que consideran espacios de seguridad, lo que
lleva a que los inversionistas prácticamente paguen para que reciban sus fondos.
Las tasas de interés son negativas una vez descontada la inflación en los
títulos de deuda pública estadunidense o alemana. Al mismo tiempo, otros países
deben pagar seis o diez veces más para tratar de colocar su deuda. Esta no es
sólo una anomalía, sino una disfuncionalidad que no puede durar mucho
tiempo.
Los brotes de crecimiento que se mantenían en algunos espacios nacionales
tienen menos empuje. Así ocurre en China o Brasil y el aura de los países
apodados BRIC (esos dos más India y Rusia y que fue un acrónimo creado en el
banco Goldman Sachs en una época de arrebatos) ha decaído sensiblemente.
El entusiasmo que genera México en algunos medios financieros (notoriamente
el británico Financial Times) por su estabilidad macroeconómica es una
buena publicidad y el gobierno ha podido colocar bonos de deuda a tasas que en
el contexto parecen razonables, sobre todo para los compradores.
Pero eso no supera una situación endeble, como se advierte en la severa
fluctuación del tipo de cambio, que en apenas pocos días superó los 14.50 pesos
por dólar. La atonía de la economía de Estados Unidos aún está por pasar la
factura. También la puede pasar la crisis bancaria española. Los bancos de esos
dos países tienen una posición claramente dominante en el sistema financiero de
México.
Sirva este escueto bosquejo para plantearnos un par de preguntas. Una tiene
que ver con la capacidad de recrear una cierta racionalidad sobre lo que aparece
como una condición eminentemente irracional. Tal escenario se expresa en la
destrucción de la riqueza que se está provocando en distinta magnitud por países
y regiones, pero que ocurre a escala mundial. La otra se refiere a la capacidad
de aplicar un pensamiento complejo, tal y como exigen situaciones sociales de
este tipo, pero sin perder de vista las evidencias y apreciar sus aspectos
simples.
En el debate público hay quienes sostienen que es relativamente sencillo
enfrentar la crisis. Esta es la posición de Paul Krugman. La gestión de la
demanda en términos keynesianos, dice, es la política requerida. Inyectar
liquidez a la economía mediante el gasto público, el que sea necesario, para
desencadenar el consumo de las familias y los pedidos a las empresas. La crisis
no tiene ahora, según aduce, un componente estructural y hay que proveer las
fuentes del gasto. (Su libro más reciente se titula de modo claro End this
depression now!). El ajuste se hará en épocas de expansión.
Del otro lado están quienes no ven más allá del ajuste de la deuda y el
déficit públicos. No importa que esto se imponga en plena recesión y que los
hechos muestren que ésta se profundiza. El saneamiento hoy, aseveran, creará las
condiciones del crecimiento estable de mañana. Cabe preguntar en qué condiciones
quedará la sociedad cuando eso sea realizable.
Las ranuras abiertas en esta postura, sostenida férreamente por el gobierno
alemán son muy limitadas. La discusión sobre cómo provocar el crecimiento no
puede prosperar en el escenario de degradación persistente y de conflicto cada
vez más grande. El debate sobre Europa en el seno mismo de los organismos de la
Unión es realmente patético. No mejora mucho en los terrenos del FMI y del Banco
Mundial.
Así que lo razonable no es claro y lo irracional se impone. Lo mismo ocurre
con una aproximación a la complejidad que habría que enfrentar con un
pensamiento claro que hiciera posible desenredar la madeja y que, en cambio,
hace que los elementos de simpleza, que siempre los hay, se pierdan en la
confusión. Lo complejo, recordemos, no es lo opuesto a lo fácil.
Desde una latitud geográfica como la de México, esta crisis resucita
cuestiones de índole política con implicaciones relevantes. El gobierno español
se resiste a la investigación oficial de la quiebra de Bankia, el tercer banco
más grande de ese país. El rescate equivale a 23 mil millones de euros (más que
el recorte en sanidad y salud impuesto por el gobierno) y, no obstante, no se
considera necesaria ninguna transparencia con respecto a la gestión de los
administradores o de la injerencia de los partidos políticos, en este caso el de
la Comunidad de Madrid, del Partido Popular, en la gestión de las Cajas que hoy
en su mayoría no se sostienen. La similitud con la opacidad del manejo de
Fobaproa y la creación del Ipab llama la atención.
Cuesta arriba
Arturo Balderas Rodríguez
Después de una accidentada campaña para obtener la nominación de su
partido como candidato a la presidencia de Estados Unidos, Mitt Romney logró
reunir los votos necesarios para que la convención republicana, a realizarse en
agosto en Florida, lo declare formalmente su candidato. Romney tratará de
impedir la relección de Barack Obama y de esa forma consumar la promesa que el
liderazgo republicano hizo en tal sentido. Para lograr su propósito los
republicanos han echado mano de todos los recursos a su alcance, algunos de
ellos en el borde de la legalidad, excediéndose frecuentemente en los medios
para lograr su meta.
Tal vez el recurso más controvertido ha sido su tesón en obstaculizar las
medidas encaminadas a salir con mayor celeridad de la crisis económica que Obama
heredó de su antecesor. Entre las víctimas de ese propósito están millones de
trabajadores que perdieron su empleo tras la crisis. Esta situación ha sido
aprovechada por Romney para criticar al presidente por su
incapacidad para resolver los problemas económicos del país, entre ellos el desempleo. Lo que no ha dicho es que son sus propios compañeros de partido en el Congreso quienes han impedido la recuperación económica, votando una y otra vez en contra de programas diseñados por la administración de Obama para superarla. La lectura que hace 50 por ciento de la población es que el único responsable del desempleo es el presidente. Según las más recientes encuestas de opinión hay un empate virtual entre él y su contrincante republicano sobre quién es el más capacitado para resolver los problemas económicos de ese país.
Aún faltan cinco meses para que las elecciones y pudieran pasar muchas cosas.
Lo único que por ahora se puede asegurar es que la campaña será no sólo larga,
sino que muy probablemente plagada de ataques, muchos de ellos sin base alguna.
Un ejemplo es el acto recientemente organizado por Donald Trump, en el que se
reunieron 2 millones de dólares para la campaña de Romney; por enésima vez el
organizador puso en duda la nacionalidad del presidente y exigió que Obama
comprobara su calidad de ciudadano estadunidense presentando su acta de
nacimiento. Además de escabrosa, la campaña se vislumbra como la más cara en la
historia estadunidense. El diario Washington Post informó que en tan
sólo nueve estados, los comités de apoyo a los candidatos gastaron 87 millones
en anuncios de televisión, una suma sin precedente en los procesos
electorales.
A partir de ahora Obama deberá actuar decisivamente para contrarrestar la
embestida que el Partido Republicano ha emprendido desde todos los frentes. Uno
de ellos, convencer al electorado independiente, quien al parecer será una vez
más el que decida la elección, que su gobierno no es el directamente responsable
de la lenta recuperación económica, y de algo, tal vez más difícil, que no ha
podido cumplir sus promesas de campaña debido al obstruccionismo del liderazgo
republicano.

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