Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

sábado, 16 de junio de 2012

Falsificadores de la historia; algunas verdades sobre EU- ¡Manos arriba: esto es un rescate!- CARTAS

Falsificadores de la historia; algunas verdades sobre EU
Pedro Salmerón Sanginés
 
       La historia tradicional –y la oficial– suele limitarse a lo político-militar, tomando los efectos de la historia por sus causas y reduciéndolo todo a intrigas palaciegas que nunca explican nada. Pero lo que a nuestros desmitificadores interesa no es explicar la historia, sino suplantar los mitos por sus verdades. Y sus verdades se limitan a intrigas palaciegas, enredos de alcoba, torpezas y traiciones.

        De ese modo, González de Alba (plagiado por Zunzúnegui) reduce la explicación de la derrota del Goliat mexicano a la dogmática intolerancia de nuestros gobernantes, frente a la grandeza de los padres fundadores del David estadunidense. Me parece pertinente tratar de explicar el espectacular crecimiento de Estados Unidos previo a la guerra de despojo que lanzó contra nuestro país en 1846.

      Empecemos señalando que el surgimiento de la cultura clásica y del capitalismo en Europa no se debe únicamente a sus inteligentísimas elites o a la libertad, la democracia, la tolerancia y otras palabrotas que habría que discutir, sino al acceso de los europeos a enormes extensiones de tierra fértil, a infinidad de puertos marítimos naturales y a numerosos ríos navegables. Para saberlo no hay que ser especialista en el tema, basta leer con cuidado a un par de grandes historiadores, como Finley, Anderson o Braudel.

       En cuanto a Estados Unidos, el secreto de su conversión en potencia está en las guerras desatadas por la Revolución Francesa: entre los sueños de Napoleón estaba el de reconstruir el imperio francés en América, perdido 40 años antes, por lo que obligó a España en 1800 a devolverle Luisiana. Pero al perder su flota de guerra, Napoleón advirtió que no podría ocupar aquel territorio y en 1803 lo regaló –o casi– a Estados Unidos, para que se convirtiera en un contrapeso de Inglaterra. Así, sin esfuerzo, Estados Unidos duplicó su territorio.

       El nuevo territorio estaba conformado por más de 2 millones de kilómetros cuadrados de llanuras fértiles, surcadas por los afluentes del Mississippi, muchos de ellos navegables y fácilmente comunicables con la zona habitada de Estados Unidos. Nunca en la historia moderna una nación había tenido a la mano tal riqueza. Como señala Leo Huberman (Nosotros, el pueblo. Historia de los Estados Unidos, pp.117-119), un pueblo entero descubrió que podía ser suya parte de los mejores suelos labrantíos del mundo. ¿Resultado?: El mundo jamás había presenciado antes un movimiento semejante.

       Esto coincidió con un momento en que Europa tenía excedentes de población, que se lanzaron en poderosa corriente a las fértiles tierras del Mississippi, multiplicando la población de Estados Unidos en pocas décadas. Los historiadores serios siempre ponen como primera razón de tan espectacular crecimiento la existencia de esos feraces territorios combinada con las corrientes migratorias, y sólo en cuarto o quinto lugar la tolerancia religiosa. Una vez convertido en potencia económica, Estados Unidos inició un periodo de agresión expansiva para extender el área de la libertad y del gobierno perfecto, según su propia propaganda. Extender el área de la libertad implicaba extender la esclavitud, pues los dogmáticos e intolerantes padres fundadores de la nación mexicana se opusieron sin cortapisas, desde Hidalgo en adelante, a la institución que los algodoneros estadunidenses llevaron a Texas con su libertad y su tolerancia. Curioso, muy curioso, que ni González ni Zunzúnegui dediquen una palabra a la esclavitud.

      No hay comparaciones posibles: los estadunidenses iniciaron su guerra de Independencia contra una Inglaterra en bancarrota, y fueron ayudados con soldados y recursos por Francia y España, ante la neutralidad de los países nórdicos; solo tres décadas después enfrentaron su primer desafío externo. México, en cambio, en lugar de tres décadas de paz exterior, tuvo 45 años de amenazas constantes e invasiones directas, que tuvo que enfrentar con su economía en completa bancarrota.

       En fin, frente a la riqueza algodonera del sur estadunidense, el potencial marítimo e industrial de Nueva Inglaterra, y la inmensa cuenca del Mississippi, México carece por completo de vías naturales de comunicación; tenía pocos y malos puertos naturales, y todos ellos en zonas mortalmente insalubres; escasa tierra cultivable; carencia casi total de recursos para industrializarse y una sola riqueza que poner en el mercado de la época: la minería de plata, en quiebra antes de 1810. Pero esta sí que es la historia que no nos han contado. Lo realmente sorprendente de la historia del siglo XIX mexicano es que ante tantos obstáculos, hayamos construido un país. Un país de cuyo pasado me enorgullezco

¡Manos arriba: esto es un rescate!
Marcos Roitman Rosenmann
 
       Nada mejor como el futbol para tapar las vergüenzas de un gobierno que no gobierna y cuyo presidente se jacta de leer fundamentalmente prensa deportiva. Así, mientras el Banco Central Europeo decidía insuflar la cantidad de cien mil millones de euros en concepto de rescate al sector bancario español, Mariano Rajoy decidía viajar a Polonia a disfrutar de una tarde-noche de futbol europeo. Nada podría detener al presidente en su afán de presenciar en directo el choque entre las selecciones nacionales de Italia y España. Para justificarse, subrayó que las explicaciones técnicas, del considerado un buen préstamo de sus aliados europeos, las dejaba en manos del ministro de economía, Luis de Guindos, una lumbrera de las finanzas. De tal forma que su presencia era innecesaria. Lo único que apostilló fue su tristeza deportiva, no podría presenciar en directo la final de Roland Garros en París, que enfrentaría a Novak Djokovic y Rafael Nadal. Ese era su verdadero drama. Y no tuvo empacho en decirlo: me voy porque es la campeona del mundo y de Europa, porque me invitó el primer ministro de Polonia... la selección española lo merece...

      Sin mediar palabra, el ministro De Guindos tomó la batuta para justificar el rescate, el cual siempre adjetivó como un préstamo. Los desatinos a partir de ese instante son propios de un país de chiste y pandereta. Los malabares para hacer creer al pueblo español que los cien mil millones de euros son un mana caído del cielo, obtenido gracias al tesón del mismísimo Mariano Rajoy, el cual, antes de tomar el avión que lo conduciría a Varsovia, había logrado obtener en condiciones favorables, no costarían un euro al ya castigado ciudadano. Para dejar el camino allanado, Mariano Rajoy soltó unas cuantas perlas informativas. Según dijo, y consta en acta: el préstamo no afectaría al déficit público ni tendría condicionalidad alguna. Asimismo con un aire de campeón mundial de los pesos pesados, sacó pecho, se envalentonó y les dijo a los periodistas que fueran desechando la idea de que había sufrido presiones, al contrario, puntualizó: ... presiones, a mí nadie me ha presionado, el que he presionado he sido yo, lo hemos resuelto a satisfacción.... Sin sonrojarse y pletórico de aznaridad soltó frases como: Este año será malo..., no hay que decirle a la gente mentiras... y nadie puede creer que vamos a resolver el problema en pocos meses. Por consiguiente, pensando que había cumplido con su deber y tranquilizado a la población, que no daba crédito a lo sucedido, puso pie en polvorosa. Pero, no lo hizo sólo. En tiempos de austeridad y recortes, nada mejor que mostrar su desprecio al pueblo. Las restricciones no afectan a una clase política corrupta y falta de moralidad ética. Así, se apuntaron al viaje, total pagan los de siempre, sus altezas reales, el príncipe Felipe y doña Letizia y un séquito de guardaespaldas de unos y otros, amén de sus familiares cercanos y consejeros encabezados por Jorge Moragas, diputado y su mano derecha.

      Lamentablemente la realidad es bien diferente de la presentada por el partido popular y su gobierno. El vicepresidente de la Comisión Europea y comisario europeo de la competencia, Joaquín Almunia, no tardó en lanzar un jarro de agua fría a los ingenuos que habían creído en las palabras de Rajoy. ¡Claro que habrá condiciones! dijo, y para no dejar dudas, afectarán al déficit público. El fantasma de más reformas, subida del IVA, recortes sociales y bajada de salarios hizo acto de presencia. Y si alguien aún no despertaba de la pesadilla, agregó: Quien da dinero nunca lo da gratis, pone condiciones y quiere saber que se hace con su dinero. La cosa estaba clara, el rescate del Eurogrupo para recapitalizar la banca española, traerá consecuencias y no son precisamente halagüeñas. El propio Almunia no se rasgó las vestiduras diciendo que sí habrá una hoja de ruta y que la Troika vigilará que se cumplan los acuerdos firmados. Los hombres de negro se personarán en Madrid y harán sus cuentas. Penosamente, nadie sabe en qué consisten. La falta de trasparencia y el mareo de la perdiz es la estrategia acuñada por el gobierno para despistar y seguir erre que erre con su discusión semántica. Hablan de línea de crédito, asistencia financiera o préstamo. No hay intención de aceptar que se trata de un rescate en toda regla. Si se quiere estar informado hay que leer la prensa extranjera. España sufre un déficit de libertad de prensa. Unos y otros, a pesar del debate nominativo, creen que el rescate es la solución.

       De la misma manera que Zapatero no reconoció, hasta que se dio con la crisis en las narices que vivía en ella, Rajoy continúa por la misma senda. Prefiere mentir al pueblo, en la convicción de que los ciudadanos son tontos y no se enteran. Entre dimes y diretes, el ministro De Guindos, ese hacha de la economía, desautoriza a su presidente y reconoce que el préstamo tendrá consecuencias en el déficit público y los intereses computados al debe del Estado. Aunque De Guindos es de poco fiar. Como dato, si usted en 2007 hubiese seguido sus consejos y hubiese invertido mil euros en acciones del Royal Bank of Scotland, hoy tendría 29 euros. Y si no le convencía podía invertir, también según De Guindos, otros mil euros en Fortis, sus fondos serían 39 euros. Sin obviar que podría haberle comprado directamente, acciones de Lehman Brothers por valor de otros mil euros, hoy tendría cero euros. ¡¡Ese es nuestro ministro de economía!!

       Ahora bien, en medio del desastre, de un gobierno y una clase política de la cual debemos ser rescatados, España gana cuatro cero a Irlanda y nuevamente el optimismo se adueña del presidente y la alegría empodera al españolito de a pie. Qué más se puede pedir. Sólo falta que gane la Eurocopa y todos contentos. Es para estar pletóricos y sentirse apoyados por la acción del gobierno, tan responsable que protege a los banqueros, a los especuladores y les da como premio, por defraudar, evadir capitales y no cotizar a la seguridad social, cien mil millones de euros para sanear sus arcas. Vamos un pellizco de nada. ¡¡¡Y no se olvide, si le llaman pidiéndole un rescate, dígale a los secuestradores que mejor hablen de un préstamo favorable, así no tendrá problemas en aceptar sus condiciones y pagarlo!!!

Cartas
Jack Kerouac y Allen Ginsberg
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Jack Kerouac y Allen Ginsberg, en imagen incluida en el libro Cartas, publicado por AnagramaFoto Jerry Bauer
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Kerouac (1922-1969) y Ginsberg (1926-1997), imagen que ilustra la portada del volumen con el intercambio espistolar de los escritores estadunidenses de la generación beatFoto John Cohen/ Hulton Archive/ Getty Images




        La novedad bibliográfica del momento: Cartas, de Jack Kerouac y Allen Ginsberg, 513 páginas en las que Bill Morgan y David Stanford, responsables de la edición, arrojan nueva luz sobre la intensa relación que sostuvieron los integrantes más célebres del movimiento literario llamado Generación Beat. Esta impresionante colección de cartas, dos tercios de las cuales eran inéditas, comienza en 1944, poco después de que Kerouac y Ginsberg se conocieron y prosiguió con pocas interrupciones hasta 1969, año del fallecimiento de Kerouac. En este intercambio epistolar se recomiendan libros, analizan autores y movimientos literarios, intercambian poemas, comentan críticamente los borradores de sus nuevas obras y las respuestas que dan contribuyen a determinar el siguiente paso de cada uno de ellos. Se describen viajes épicos (como el de Kerouac en 1952 de Nogales a la ciudad de México en un autobús destartalado para ver a Burroughs y los iluminadores recorridos que efectuó Gisberg por Yucatán y Chiapas en 1954); ciertos momentos representativos se describen de un modo conmovedor y a menudo humorístico; y se detallan investigaciones espirituales. Con autorización de Anagrama, damos a conocer a los lectores de La Jornada un par de ejemplos de estas misivas cruzadas por dos genios, teniendo en cuenta que cada vez hay menos gigantes entre nosotros y cada vez menos cartas en el mundo
 
      JACK KEROUAC [CIUDAD DE MÉXICO, MÉXICO] A ALLEN GINSBERG [PATERSON, NUEVA JERSEY]
10 de mayo de 1952
10 de mayo

        En el domicilio de William (Burroughs) Orizaba 210, apto. 5 Ciudad de México, México

      Querido Allen:
Bill y yo tardamos diez días en encontrar esta magnífica máquina de escribir y la cinta, y hace muy poco hemos vuelto a trabajar en nuestros libros.
No tengo ni idea de cómo ha podido Hilda la de Albany (ya sabes, la morena), la amiga sirena de Joan [Haverty], escribir hace un mes una carta a la mujer de Kells diciéndole que me iba a México; a menos que alguien de Nueva York que conoce mis movimientos se lo haya contado, a ella y posiblemente también a Joan, y no es que me importe, pero ¿por qué? Trata de averiguar de dónde viene esta filtración, que no me conviene.
Neal me dejó en Sonora, Arizona, en la frontera con México. Quitó los asientos al coche (estilo cinco-puertas) y puso en la parte trasera cojines, a Carolyn y a los niños, todos al estilo gitano y contentísimos. Me despedí de la feliz pareja y partí para mi nueva aventura al amanecer. Crucé la alambrada y entré en Sonora (era Nogales, Arizona, disculpa, y entré en Nogales, estado de Sonora). Para ahorrar dinero compré billetes de autobús de segunda, rumbo sur... fue toda una odisea con muchos bandazos en carreteras de tierra, atravesando junglas y cambiando de autobús para cruzar ríos en balsas improvisadas, y a veces el mismo autobús tenía que vadear el río y el agua llegaba hasta los guardabarros, genial. Yo me enrollé muy pronto en los alrededores de Guyamas [Guaymas], con un pasota mexicano que se llamaba Enrique; estábamos delante de un nopal y le pregunté si había probado el peyote; sí, lo había probado; también me enseñó que se podía comer el fruto del nopal, por el sabor; el cacto del peyote es el mezcal. Se puso a enseñarme español. Llevaba encima un aparato casero de medir ohmios y amperios, aparentemente para reparar radios, que era uno de sus oficios (tiene 25), aunque en realidad terminamos usándolo para, pour cacher la merde (para esconder la mierda), tú ya me entiendes, pillamos en un pueblo o ciudad que se llama Culiacán, centro del opio del Nuevo Mundo, comí tortillas con carne en la selva, en cabañas de palos a la africana, con cerdos frotándose contra mis piernas; bebí pulque puro de un cubo, recién traído del campo, de la planta, sin fermentar, la leche pura de pulque te hace reír, es la mejor bebida del mundo. Comí frutas desconocidas, erenos, mangos, de todas clases. En la parte trasera del autobús, mientras bebíamos mezcal, canté bop para los cantantes mexicanos que sentían curiosidad por saber cómo sonaba; canté Scrapple from the Apple e Israel de Miles Davis (perdón: fue escrita por Johnny Carisi, con quien coincidí una vez en el San Remo) (llevaba un abrigo de cuadros con cuello de piel). Me cantaron toda clase de canciones que hacían Ay, ay, ay, ay, ay, ayayayyyyy, que es el grito de entusiasmo de los mexicanos; en Culiacán bajamos del autobús, Enrique, su lacayo indio de 17 años que se llama Gerardo y mide 1,80 y yo; parecía que íbamos de safari y recorrimos las calles a medianoche, derechos hacia las cabañas indias de las afueras de la ciudad; cerca del mar, en el trópico de Cáncer, noche tórrida pero agradable, y relajada, no más Friscos, no más nieblas.
(…)

Mira a las muchachas que son el centro del mundo, tres chicas bíblicas en bata y (no sé por qué te escribo esto tengo que trabajar con la máquina) Déjame acabar, en vez de pasar la noche con la chica insistí para que siguiéramos hasta Guadalajara, nervioso ya, conforme me acercaba a Bill el Campeón. Así que la despedí con un beso, ella se cabreó y me gritó, pero cortamos y por la mañana Guadalajara, por cuyo gran mercado paseamos comiendo fruta. La playa de Mazatlán cuando mirábamos a las chicas a ocho kilómetros, caballos rojos, pardos y negros a lo lejos, toros y vacas, las enormes superficies verdes, llanas, el sol gigante poniéndose en el Pacífico, sobre las Tres Islas, fue uno de los grandes momentos místicos de mi vida: comprendí entonces que Enrique era genial y que el indio, el mexicano, es genial, directo, sencillo y perfecto. A media tarde, al salir de Guadalajara (por cierto, pasamos por Ajijic, el pueblo de piedra de Helen, pero no paramos), me dormí; no hay tierra más hermosa que la de Jalisco, también Sinaloa es encantadora. Llegamos a Ciudad de México casi al amanecer. En vez de ir a despertar a Bill paseamos por los barrios bajos y dormimos en un tugurio de criminales por cinco pesos, todo era de piedra y orina, todo medio derruido, y dormimos en un catre horroroso... dijo que fuéramos a buscar al pistolero. Por razones obvias, no quise que supiera la dirección de Bill y le dije que volveríamos a vernos aquella noche delante de Correos, y fui a casa de Bill con el petate a cuestas y el polvo del gran México en los zapatos. Era sábado, las mujeres preparaban tortillas, en la radio se oía a Pérez Prado, comí por cinco centavos unos dulces que había saboreado dos años antes con el pequeño Willy de Bill; olores de tortillas calientes, voces de niños, jóvenes indios mirando a los niños bien vestidos que iban a la escuela, grandes nubes matutinas sobre las estrechas y arboladas calles del futuro.

          Cuando entré, Bill parecía un genio loco que viviera en unas habitaciones llenas de basura. Estaba escribiendo. Su aspecto era salvaje, pero sus ojos eran inocentes, azules y bellos. Por fin somos los mejores amigos. Al principio me sentí como un bufón reventado que aterriza de sopetón en un país de ciempiés, gusanos y ratas, furioso con Burroughs, aunque en realidad no. Me convenció de que me quedara con él y no con Enrique y sin saber cómo me indujo a que no me reuniera con el joven aquella noche, y la verdad es que desde entonces no volví a ver a mi San Enrique. Quiero decir que era un tipo que podía enseñarme dónde y qué comprar, dónde vivir por poco dinero, y en vez de conservarlo mi mente volvió a encandilarse con el gran San Luis de la Aristocracia Americana y así ha sido desde entonces. ¿No fue una decisión acertada? Quiero decir que siento mucho haberle dado plantón al chico, pero Bill no puede permitirse más contactos que Dave, ya lo sabes, su situación es muy delicada. Marica es más grande que Yonqui, ahora creo que fue una buena idea juntarlas, ya que con Marica podemos esperar que los Wescott, los Giroux y los Vidal la lean con avidez, no sólo los lectores con intereses yonquis, ¿entiendes? ¿Título? Yonqui o Marica o cualquier otra cosa... ¿no? YONQUI O MARICA O YONQUI, O YONQUI ANORMAL Y MARICA. Pero el título tiene que sugerir las dos cosas. Bill es grande. Más grande que nunca. Echa mucho de menos a Joan. Joan lo hizo grande, sigue viviendo en él locamente, vibrando. Fuimos juntos al Ballet Mexicano, Bill tuvo que salir corriendo para coger el autobús pasamos un fin de semana en Tenecingo, en las montañas, realizamos algunos disparos (fue un accidente, ya sabes, no te quepa la menor duda...) En el cañón de la montaña había profundidad. Bill estaba en lo alto de la colina, andaba trágicamente dando zancadas; nos habíamos separado en el río para ir por caminos distintos, toma siempre la carretera de la derecha, había dicho Bill la noche anterior, refiriéndose a la carretera empedrada y a la de asfalto normal que va a Tenecingo, pero aquel día siguió la de la izquierda, subió por la cornisa hasta la entrada del barranco y volvió a la carretera evitando el río; yo quería, en la inefable dulzura del Día Bíblico y la Tarde Fellah, lavarme los pies en el punto donde las doncellas dejaron las prendas indumentarias y sentarme en una roca (quitarle primero las arañas, pero sólo estaban las pequeñas arañas que observan el río de miel, arroyo de Dios, Dios y miel, en el caudal de oro, las rocas son blandas, la hierba apenas rebasa la orilla, me arrojé y lavé los pobres pies, vadeé mi Genesse y me dirigí a la carretera (ahora con agujeros en los zapatos, sólo me quedan diez dólares en este país extranjero), cortada sólo una vez por el cañón donde la profundidad y la tragedia me obligaron a dar un rodeo, me reuní con Bill que estaba esperando en una heladería de Tenecingo. Volvimos aquella noche, después de unos baños turcos, etc. Marker [Lewis Marker] lo ha dejado; hasta ahora he tenido dos mujeres, una americana de tetas grandes y una magnífica puta mexicana en la casa. He conocido a varios norteamericanos geniales... pero detuvieron a todos ayer por posesión de marihuana, luego te diré los nombres (Kells [Elvis] entre ellos, como si Kells fuera un drogata) (o un camello) Bill y yo limpios, tranquilos; tenemos a Dave (Tercerero). Bill y yo queremos que nos escribas una carta muy detallada sobre situación en Wyn, de los dos (mi manuscrito estará pronto, 550 páginas); más noticias sobre Genet, ¿homicidio en primer grado?, noticias sobre todo y otra vez quiero saber ¡dónde están las primeras 23 páginas de En el camino, joder! (¿Las añadirás en el manuscrito por mí?)

Escribe
J. ALLEN GINSBERG (PATERSON, NUEVA JERSEY) A
JACK KEROUAC (SIN SEÑAS, ¿CIUDAD DE MÉXICO, MÉXICO?)
Calle 34 Este, 416
15 de mayo de 1952
12 mediodía
Paterson, N.J.

Queridísimo Jack:
Acabo de recibir tu carta que paso a responder inmediatamente. Supuse que estarías en México; ha sido un viaje monumental, visto en el mapa. Lucien y yo también fuimos a Mazatlán el verano pasado, por Ajijic y Guadalajara (Ajijic ya sabes que es lugar de cita para subterráneos). Pero es difícil que nadie vaya a Culiacán, a través de Sonora, todo es desconocido.

      Debe de habérseme escapado la noticia sin darme cuenta. Salvo que lo impida la presencia de la mujer de Kells, cubriré tu rastro anunciando al mundo (a Seymour [Wyse] en Londres, a [Bob] Burford en París, a todos los que haya en N.Y.) que te has ido en barco.

       Tu imagen de México es la más grandiosa que he leído en mi vida. Pensé que estaba más allá de la cadena de Darwin es también una expresión inquietante, ¿tienes más estrofas?

       Conozco ese obstáculo en Neal, es él, su destino, lo que impide que el amor vaya más allá; pero está bien, porque es ahí donde empieza (y escribe) otro Neal desconocido y quién sabe qué yo esconde esa capucha, qué asco personal por el mundo, qué mirada iracunda e insensible.

      No puedo ir a México porque otra vez me aterroriza salir por la noche, ir hacia la muerte quizá, o hacia el olvido, más allá de la pálida ternura de la vida cotidiana de Nueva York. No quiero sentirme solo en la oscuridad, a costa tuya y de Bill –no tengo dinero propio–, viajando cada vez más lejos del mundo que conozco y amo un poco. Tu carta fue monumental y me dio miedo, pero no temo pasar ratos que pueden ser la hostia, sino las hostias de la policía, los días sin dinero y con andrajos. No escribo mucho, sólo unas horas al día: depresión, agotamiento, vete a saber; además, no podría llamar a mis padres para que me ayudaran, y me temo que podría tener que hacerlo con todas estas cosas, un blanco infantil y tímido. Recuerdo el viaje con Lucien como una sucesión de grandes momentos y la tortura de la continua amenaza de muerte. No sería capaz de soportar la desesperación si pensara que no hay carreteras, sino que me adentro cada vez más en la noche. Iré en cuanto consiga dinero suficiente para poder relajarme. Aún estoy traumatizado y me siento impotente por la culpa de los apocalipsis de York Avenue, las cárceles, los abogados, (Bill) Cannastra, Joan (Burroughs). No sé qué pensar, pero tu carta me produce terror, por ti, aunque conozco la grandeza de la escena, y por mí, aunque sé que si entrase en la casa sería el mayor encuentro que hemos tenido nunca. Ah, antes de pasarme al otro lado permíteme demorarme hasta que mi suerte esté anclada con más firmeza.

Mi corazón dejó de latir
y la miel llenó mis miembros
cuando caímos en la cama
el uno en brazos del otro;
hubo mucha alegría
en nuestro prieto abrazo,
pesaba sobre el muslo desnudo
como sobre la desnudez
del alma.
¡Ah, Davalos, tu aspecto!
Tu suspiro, es demasiado tarde;
el peso se ha desvanecido,
desvanecido en la noche.

El antepenúltimo verso no es bueno, no encuentro otro por el momento. La otra noche me encontré con Dick Davalos en el San Remo, nos miramos y cambiamos cumplidos en voz baja, dos días después, una noche lluviosa, nos vimos en Lexington Avenue, fuimos a casa y volvimos a pasarlo bien. Casi enamorado otra vez, pero la dulzura espontánea del primer encuentro no dura, el cielo se cubre, la alegría no reaparece cuando la satisfacción está a la vista, como si la casualidad y luego la imaginación generasen más sentimiento que en los encuentros concertados después. Lo veré mañana por la noche y le leeré tu carta. Pregunta por ti, siguió acudiendo al Lex Bar para vernos meses después, no recibió la invitación para la fiesta de Acción de Gracias. Explícaselo a Bill.

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