Los escenarios antes, durante y después de la elección
A escasas dos semanas de la elección presidencial, las preferencias ciudadanas sobre los cuatro candidatos se han ido cerrando hasta quedar dos claramente en la pelea: Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador, cuyos márgenes de diferencia en las últimos sondeos se han ido estrechando, al grado de que algunos encuestadores han tenido que reconocer que conforme se acerca el 1 de julio podría darse el escenario de un empate técnico.
La posibilidad de un escenario de competencia entre Peña Nieto y López Obrador era algo impensable entre los priístas hasta que el viernes 11 de mayo su candidato fue repudiado por los estudiantes de la Universidad Iberoamericana (UIA), naciendo el movimiento estudiantil #YoSoy132, el que ha dado un vuelco al proceso electoral.
Subido en la nave preparada especialmente para él por Televisa en los últimos cinco años, Peña Nieto viajaba por aguas tranquilas las primeras semanas de la campaña. No había vientos que lo despeinaran y todo era miel sobre hojuelas. Hasta que irrumpieron los jóvenes que no sólo lo despeinaron, sino que le sacaron una mueca de desesperación que hoy le sigue marcando el rostro.
A partir de ese viernes negro, las campañas fueron otras. Cada candidato recibió el impacto de este movimiento irreverente y revitalizador de acuerdo a su propia circunstancia. El más beneficiado fue Andrés Manuel López Obrador, el candidato de las izquierdas, quien en un acto realizado en la histórica Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, donde ocurrió la matanza estudiantil de 1968, hizo un reconocimiento a los jóvenes estudiantes, cuidándose de no usarlos como lo pretendieron hacer la panista Josefina Vázquez Mota y el aspirante de Nueva Alianza (Panal), Gabriel Quadri.
Otros eventos se unieron a la insurgencia del movimiento estudiantil y que también han dado un vuelco a las campañas, sobre todo la del priísta, fue la persecución judicial en Estados Unidos del ex gobernador de Tamaulipas, el priísta Tomás Yarrington; las revelaciones de los contratos de propaganda entre Televisa y Peña Nieto; las declaraciones de Vicente Fox apoyando al candidato del PRI, así como las marchas multitudinarias anti-Peña Nieto, y las encuestas de algunos medios, como Reforma, que rompieron con las tendencias de otros sondeos, como la de Milenio que todos los días machacan con datos poco claros de una supuesta superioridad del priísta, aunque haya eventos que apuntes a todo lo contrario.
El telón de una historia con un final cantado se ha caído y en los últimos días hay una percepción social de que la elección no está definida y que habrá un cierre apretado entre Peña y López Obrador.
Ante este escenario, hay dos actores que tienen en sus manos la posibilidad de definir el tono del escenario postelectoral a partir de las reacciones que haya ante cualquier resultado.
De una parte está el Instituto Federal Electoral (IFE) como árbitro que no genera todas las confianzas necesarias para dirimir un conflicto de grandes magnitudes, ya que sus integrantes responden más a intereses de partido que a la ciudadanía. La lentitud con que han reaccionado sus consejeros ante las evidentes faltas de los candidatos, como el excesivo gasto en propaganda del PRI o la “guerra sucia” desatada por el PAN, no genera la certidumbre necesaria para cualquier árbitro; todo lo contrario, ha generado señales incertidumbre.
De la otra parte está el movimiento estudiantil que ante la victoria del PRI podría iniciar un movimiento de insurgencia ciudadana de largo plazo o, en caso de un triunfo de López Obrador, tendría que redefinir su papel como actor social de cambio, como impulsor del nuevo gobierno o como agente crítico del mismo.
Los ánimos de la sociedad no perfilan un escenario fácil para cualquiera que gane. Sobre todo cuando se ha incentivado una vez más la “guerra sucia” electoral que, en 2006, provocó fuertes enfrentamientos en la sociedad y en las familias.
Ante este escenario hay varias interrogantes: ¿Peña Nieto y los priístas van a aceptar pacíficamente una derrota ante López Obrador? ¿Cuál va a ser la actitud de aquellos priístas que están coludidos con grupos del crimen organizado al verse desprotegidos? ¿Cuál va a ser la posición que tomen los simpatizantes de López Obrador ante una posible segunda derrota consecutiva? ¿Se irán nuevamente por la vía de la resistencia civil y la confrontación?
Pero quizá la pregunta más pertinente sería ¿cuál va a ser la posición que tome Felipe Calderón ante un escenario de confrontaciones? ¿Qué hará si gana López Obrador, a quien odia de una manera clasista e irracional?
Es necesario analizar los dos escenarios para ver qué posición tomarán los distintos actores involucrados, entre ellos la sociedad que a través de los jóvenes está teniendo un papel determinante más allá del voto que emitirá el domingo 1 de julio.
¿Por qué 60 mil muertos no son tema del debate?
La gran duda es a quién ve Felipe Calderón poniéndole la banda presidencial. Se verá como el panista que le entregó la banda al PRI o como el Presidente que se atrevió a dar un paso fundamental en el fortalecimiento de la democracia mexicana al traspasarle el poder político a un candidato de izquierda. Seguramente si Calderón piensa en su legado político no querrá echarse el milagrito de ser el Presidente con 60 mil muertos en las calles durante su sexenio y, además, ser el panista que le abrió la puerta al PRI para regresar a Los Pinos y así sellar 12 años de gobiernos panistas que no concluyeron el proceso democrático que inició con la alternancia.
Es evidente que la elección presidencial de 2012 está sumamente competida. Basta ver los números para determinar lo reñido de la contienda. De hecho Calderón ya echó la suerte y afirmó que cualquiera puede ganar. Tal vez sea la primera señal de aceptación de derrota y el comienzo del paso libre para que el candidato priísta se enfile de manera contundente a la presidencia de México. O bien vale la esperar para ver en qué termina el affaire Yarrington y demás gobernadores del PRI para determinar por quién se inclina Calderón. Es posible que al final, la vena anti-PRI de Calderón haga que se incline por Andrés Manuel López Obrador.
En el ágora electoral hay muchos temas que no son tocados o que son abordados de manera superficial. Los spots es lo que más nutren lo partidos políticos a la sociedad. Sin embargo, es de resaltar que durante el segundo debate el tema de la grave crisis de seguridad que hemos padecido durante los últimos seis años no haya sido el tema toral del debate entre candidatos. Se antojaría que lo abordaran como el tema central en la agenda nacional.
¿Por qué los candidatos abordaron el tema de la violencia y el narcotráfico de manera más profunda? Valdría preguntarse ya que es un arma poderosa si se quiere desahuciar al gobierno panista actual y a la candidata Josefina Vázquez Mota. O evidenciar que los estados con mayores problemas de crimen organizado e inseguridad son gobernados por el PRI. Mucha tela de donde cortar.
Durante el proceso electoral nada es fortuito y todo es estrategia por parte de los partidos políticos y sus aliados. Debemos de entender que el hecho de que no se haya tocado el tema de acuerdo a su importancia responde a una estrategia electoral más allá de un desinterés sobre el tema.
Cabe la posibilidad de que los candidatos decidieron no hablar sobre el narco y la violencia por dos razones. La primera tiene que ver con el artículo del New York Times donde se sugería que se cambiaría la estrategia para enfrentar el narco. Los candidatos y candidata tomaron la decisión de no alimentar la idea de que la estrategia militar cambiaría para enfrentar al narco. Esa sería una señal que Washington no recibiría con agrado. Mejor guardar silencio para no poner intranquilo al vecino del norte. El esquema en el cual México pone los muertos y Estados Unidos la ayuda militar parece ser rentable para Estados Unidos.
La segunda tiene que ver con enviarle un mensaje de tranquilidad al narco. Cualquier mensaje que devele la estrategia podría tener un impacto directo en el papel que ha jugado el narcotráfico dentro del proceso electoral de 2012. Hasta ahora ha estado ausente y al margen de un involucramiento directo en las elecciones. Afirman algunos expertos que ya hay dinero ilegal en campañas políticas, pero hasta ahora no hay candidatos que claramente representen los intereses del crimen organizado. Plantear una estrategia efectiva podría cambiar el comportamiento de estos grupos y con ello la tranquilidad de la elección. Es decir, no quieren jugar con una variable que es tan inestable.
Queda claro que acabar con el crimen organizado no es lo mismo que acabar con la violencia. El primero se administra, como se hace en todos los países incluyendo a Alemania, Estados Unidos e Inglaterra. El segundo no cabe en un país donde la democracia está en construcción. Todos los candidatos deben de reconocer que los niveles de violencia son insostenibles. De continuar por este camino, las consecuencias económicas, políticas y sociales sacarían a México del camino para convertirse en una poderosa economía emergente.
El que no se discuta en el debate presidencial el tema más apremiante que vive el país es en sí mismo un hecho analizable. Los candidatos compartieron la misma estrategia del silencio. Ninguno optó por golpear al presidente ni los intereses norteamericanos. Un guiño de doble vía. Calderón, por su parte, tiene una preocupación clara: ¿a quién ponerle la banda presidencial?

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