Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

lunes, 18 de junio de 2012

Por un modelo de economía verde- Los autómatas europeos- Por un modelo de economía verde

Por un modelo de economía verde
Iván Restrepo
         El miércoles comienza la conferencia de las Naciones Unidas sobre desarrollo sostenible, mejor conocida por Río+20, para conmemorar la magna reunión de 1992 en la ciudad brasileña. Como entonces, en la mayoría de los documentos presentados se narra la situación crítica del planeta, la necesidad de cambios radicales. Por ejemplo, en cuanto a reducir la pobreza, el consumo desmedido de alimentos y energía del mundo industrializado, el manejo y uso irrracional de los recursos naturales, la necesidad de fortalecer las políticas multilaterales a fin de cumplir una meta común. Sin olvidar el papel fundamental que para alcanzar tales fines tienen las organizaciones sociales, los ciudadanos.
Está probado que no es posible alcanzar el desarrollo sostenible sin el respaldo y la participación de la gente. De ello hay muy buenos ejemplos en México.
Como en la reunión cumbre de 1992, otra vez en los documentos oficiales y en los de las organizaciones no gubernamentales se recalca la urgencia de luchar contra la desigualdad y la injusticia; el alcanzar el crecimiento económico sin deteriorar los recursos naturales y, a la vez, elevando la calidad de vida de la población. Todos estos asuntos son muy importantes, pues en 35 años más la población mundial aumentará en 2 mil millones de personas, que necesitarán agua potable, alimentos y energía.
Al respecto, un estudio elaborado para Río+20 por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) devela que el aumento de la población y el consumo en América Latina amenaza seriamente al medio. Tanto más grave, pues en nuestros países se encuentra más de las dos terceras partes de las especies del mundo y una quinta parte de las regiones ecológicas.
La economía de América Latina depende en forma sustancial de esa rica biodiversidad, cada vez más destruida por actividades humanas. Prueba de ello es que la biodiversidad se redujo 30 por ciento desde 1992 mientras la población más que se duplicó en medio siglo, hasta sumar ahora 600 millones de personas La mayoría vive en áreas urbanas que demandan todos los días alimentos, agua y energía.
Los efectos que todo lo anterior ocasiona se deja sentir especialmente en la deforestación (de las más elevadas del planeta), y en cada vez menos agua per capita. Cada año se pierden en América Latina 800 mil hectáreas de bosques para dar paso a una agricultura y una ganadería que malbaratan recursos y no contribuyen a resolver los problemas alimentarios. Y que aumentan la desigualdad en el campo, a la que se une la marginación de millones en las ciudades. En paralelo, se tiene la contaminación de las cuencas hidrográficas, del aire de las ciudades y de las áreas costeras. Siguen utilizándose en el sector agropecuario agroquímicos que hacen daño al ambiente y a la población. Al lado de las explotaciones agrícolas más modernas, millones que viven en pobreza extrema ven cómo, en aras de una falsa modernidad, se agotan sus recursos naturales y se destruyen sus lazos comunitarios. A todo este panorama desfavorable para la mayoría de los habitantes de América Latina, el Pnuma agrega la impunidad, la escasez de instrumentos jurídicos que garanticen la aplicación de la ley, la falta de continuidad en los programas oficiales y la poca voluntad política de los gobiernos en la tarea proteger el ambiente y elevar la calidad de vida de la población.
En Río+20 se debe aprobar la forma de financiar un modelo de economía verde. Pero desde antes de que lo discutan y lo hagan realidad los enviados oficiales, ya hay división entre países ricos y pobres. Los primeros, alegan que por la crisis no pueden asumir compromisos financieros. En tanto que los segundos buscan la creación de un fondo verde multilateral que requiere al menos 30 mil millones de dólares al año para impulsar proyectos de desarrollo sostenible donde más se necesita. Un fondo muy cuestionado, entre otras cosas, por el temor de que los países industrializados y las trasnacionales lo conviertan en fuente de negocios disfrazados de verde.
Pero no adelantemos malas noticias. Río+20 merece terminar con medidas en bien de la gente y de la naturaleza.


Los autómatas europeos
León Bendesky
         La crisis económica en Europa no amaina; lejos de eso, se agrava literalmente a diario. Esa crisis no es sólo un fenómeno de los mercados que demuestran a las claras que no se ajustan por sí mismos como proclamaban con soberbia los economistas ortodoxos. Está incrustada esencialmente en el campo de las ideas que están oxidadas y de la capacidad política atrofiada.
Esta combinación perversa hace que la situación aparezca como si fuera controlada por autómatas programados y son incapaces de frenar y, mucho menos de revertir, las condiciones de quiebra social que está en curso.
Durante años se presencia una descomposición económica que se enfrenta con medidas de política pública que han demostrado su ineficacia. Es llamativa la ineptitud de los políticos y de la alta burocracia europea para intentar siquiera salir de las normas que se han establecido como ideología rígida e ineficaz y que hoy se resume en un término único: austeridad.
La austeridad se impone como si fuese una forma de redención luego de los excesos del auge especulativo que acabó rompiéndose como verdadera burbuja. Castigo para asumir las culpas, para pagar los excesos cometidos, castigo pero no equitativo. ¿Qué diría Max Weber de esta manifestación de la ética protestante expuesta desde Berlín?
El gobierno alemán encabeza esta firme posición. No hay resquicio alguno en su visión del continente en crisis: ajuste de los presupuestos, austeridad a ultranza. Alemania no tiene recursos ilimitados, ha dicho Ángela Merkel, para soportar el costo de la crisis y cualquier otro planteamiento para enfrentarla, como promover el crecimiento, como proponen algunos desde el margen, lo considera un camino hacia la mediocridad.
Habría que pensar si el desgaste social y el colapso económico en curso dejaran algo más que mediocridad y conflictos en esa zona del mundo. Es más, la mediocridad de los líderes y la que tratan de imponer sobre las poblaciones que gobiernan es ya una moneda tan común como el propio euro.
El liderazgo alemán cuando estalló la crisis en 2008 se ha convertido ya un factor adicional de degradación. Desde ahí se exportaron las condiciones económicas y financieras que acabaron por provocar la crisis; ese país fue el más beneficiado con el auge que generó el euro desde su adopción en 2000. Los demás países, sobre todo España, Portugal, Grecia, se creyeron que con el euro se podían permitir comprar a crédito indefinidamente. Eso no se puede, pero los alemanes alimentaron las expectativas. Hoy sus mismos bancos están en situación de alto riesgo y posponen su crisis, expulsándola a otros países y sosteniendo la farsa con recursos de los fondos de estabilización y la compra de deuda pública por el Banco Central Europeo.
El Fondo Monetario Internacional cumple con su papel de actor de reparto. Se suma a las exigencias de un ajuste sin cortapisas, se allega de recursos de sus miembros (como México) para sostener la ilusión de que algo se arreglará en Europa. Pide ahora al gobierno español, como antes hizo con otros, que aumente el IVA y cree más impuestos y que reduzca el salario de los altos funcionarios del Estado y las empresas públicas. Mientras, por supuesto, la señora Lagarde no habla de rebajarse el salario, tampoco los burócratas de la Unión Europea que pontifican con preocupación, pero desde cómodas posiciones en Bruselas.
Hago un breve aparte: entonces, la reducción de esas remuneraciones sí es admisible cuando lo dice el FMI, pero no lo es cuando se sugiere en México. Según sesudas consideraciones del sector empresarial de este país tal cosa provocaría a más corrupción, pero ¿cuánto se necesita para corromperse en el sector público o el privado? Y, quien es corrupto necesita siempre una contraparte.
La austeridad propuesta desde el gobierno comunitario europeo y admitido por los gobiernos nacionales marcha a la par de los rescates de los bancos. Esa e es la fórmula predilecta, lo sabemos bien en México con nuestra historia del Fobaproa-Ipab, convenientemente barrida bajo el tapete, aunque se le asoma la cola. La pregunta que hay que hacer y repetir, es quién salva a la gente. O más bien, cuestionar qué es lo que se requiere salvar en plena crisis económica y política, cómo y para qué. Los dobleces de las respuestas solo alimentan la fricción social y la ficción política.
Los desenlaces de corto plazo están planteados en un guión predeterminado: la votación griega, las presiones de los mercados de deuda, la canasta sin fondo de los recursos para sanear los bancos. Frente a eso, un desempleo galopante, la perdida de riqueza de las familias y la desvalorización general de los activos económicos. Corolario: la cancelación de las expectativas. Y todo esto no se quedará en las riberas del Mediterráneo y del Mar del Norte, ese es también un aspecto de la globalización que no es sólo para la euforia y el auge.

Por un modelo de economía verde
Iván Restrepo
      El miércoles comienza la conferencia de las Naciones Unidas sobre desarrollo sostenible, mejor conocida por Río+20, para conmemorar la magna reunión de 1992 en la ciudad brasileña. Como entonces, en la mayoría de los documentos presentados se narra la situación crítica del planeta, la necesidad de cambios radicales. Por ejemplo, en cuanto a reducir la pobreza, el consumo desmedido de alimentos y energía del mundo industrializado, el manejo y uso irrracional de los recursos naturales, la necesidad de fortalecer las políticas multilaterales a fin de cumplir una meta común. Sin olvidar el papel fundamental que para alcanzar tales fines tienen las organizaciones sociales, los ciudadanos.
Está probado que no es posible alcanzar el desarrollo sostenible sin el respaldo y la participación de la gente. De ello hay muy buenos ejemplos en México.
Como en la reunión cumbre de 1992, otra vez en los documentos oficiales y en los de las organizaciones no gubernamentales se recalca la urgencia de luchar contra la desigualdad y la injusticia; el alcanzar el crecimiento económico sin deteriorar los recursos naturales y, a la vez, elevando la calidad de vida de la población. Todos estos asuntos son muy importantes, pues en 35 años más la población mundial aumentará en 2 mil millones de personas, que necesitarán agua potable, alimentos y energía.
Al respecto, un estudio elaborado para Río+20 por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) devela que el aumento de la población y el consumo en América Latina amenaza seriamente al medio. Tanto más grave, pues en nuestros países se encuentra más de las dos terceras partes de las especies del mundo y una quinta parte de las regiones ecológicas.
La economía de América Latina depende en forma sustancial de esa rica biodiversidad, cada vez más destruida por actividades humanas. Prueba de ello es que la biodiversidad se redujo 30 por ciento desde 1992 mientras la población más que se duplicó en medio siglo, hasta sumar ahora 600 millones de personas La mayoría vive en áreas urbanas que demandan todos los días alimentos, agua y energía.
Los efectos que todo lo anterior ocasiona se deja sentir especialmente en la deforestación (de las más elevadas del planeta), y en cada vez menos agua per capita. Cada año se pierden en América Latina 800 mil hectáreas de bosques para dar paso a una agricultura y una ganadería que malbaratan recursos y no contribuyen a resolver los problemas alimentarios. Y que aumentan la desigualdad en el campo, a la que se une la marginación de millones en las ciudades. En paralelo, se tiene la contaminación de las cuencas hidrográficas, del aire de las ciudades y de las áreas costeras. Siguen utilizándose en el sector agropecuario agroquímicos que hacen daño al ambiente y a la población. Al lado de las explotaciones agrícolas más modernas, millones que viven en pobreza extrema ven cómo, en aras de una falsa modernidad, se agotan sus recursos naturales y se destruyen sus lazos comunitarios. A todo este panorama desfavorable para la mayoría de los habitantes de América Latina, el Pnuma agrega la impunidad, la escasez de instrumentos jurídicos que garanticen la aplicación de la ley, la falta de continuidad en los programas oficiales y la poca voluntad política de los gobiernos en la tarea proteger el ambiente y elevar la calidad de vida de la población.
En Río+20 se debe aprobar la forma de financiar un modelo de economía verde. Pero desde antes de que lo discutan y lo hagan realidad los enviados oficiales, ya hay división entre países ricos y pobres. Los primeros, alegan que por la crisis no pueden asumir compromisos financieros. En tanto que los segundos buscan la creación de un fondo verde multilateral que requiere al menos 30 mil millones de dólares al año para impulsar proyectos de desarrollo sostenible donde más se necesita. Un fondo muy cuestionado, entre otras cosas, por el temor de que los países industrializados y las trasnacionales lo conviertan en fuente de negocios disfrazados de verde.
Pero no adelantemos malas noticias. Río+20 merece terminar con medidas en bien de la gente y de la naturaleza.

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