Alianza Social de Trabajadores de la Industria Mexicana

viernes, 20 de julio de 2012

El dinero sucio de HSBC y Peña Nieto- Ignominia anunciada-

El dinero sucio de HSBC y Peña Nieto


Las oficinas de HSBC en avenida Reforma. Foto: Alejandro Saldívar
Las oficinas de HSBC en avenida Reforma.
Foto: Alejandro Saldívar
MÉXICO, D.F. (apro).- El escándalo del banco HSBC y el denunciado financiamiento paralelo de la campaña presidencial de Enrique Peña pueden tener en común el uso del sistema financiero para encubrir fondos obtenidos de manera ilegal.
En el caso del banco inglés está plenamente probado que los siete mil millones de dólares lavados entre México y Estados Unidos tan sólo entre 2007 y 2008 provinieron del narcotráfico.
En las acusaciones del PAN y el PRD contra el candidato del PRI, aún no se sabe de dónde salieron los recursos para fondear las tarjetas Monex y Soriana, pero cada vez hay más indicios de que el candidato presidencial pudo haber financiado parte de su campaña de manera ilegal.
En Francia, el expresidente Nicolás Sarkozy está actualmente bajo investigación, acusado de lo mismo que se le imputa ahora a Peña Nieto: el uso de recursos ilegales cuando fue candidato a la presidencia en 2007 y de la que salió apenas en mayo pasado, derrotado por el socialista Francois Hollande.
La acusación contra Sarkozy, ya sin la inmunidad, no involucra recursos del narcotráfico, sino la entrega en efectivo de 800 mil euros (12 millones 984 mil 80 pesos al tipo de cambio actual) para su campaña por parte de Liliane Bettencourt, la dueña de la multinacional de cosméticos L´Oréal.
La cifra está muy lejos de los más de cien millones de pesos que, según el PAN y el PRD, se triangularon a la campaña del PRI a través de las tarjetas bancarias Monex y los monederos electrónicos de la tienda de autoservicio Soriana para la compra de votos.
Este jueves 19 el PRI reconoció, en su respuesta a la PGR por el caso Monex, haber comprado 7 mil 851 tarjetas de prepago por un monto de 66 millones 326 mil 300 pesos a la empresa Alkino Servicios y Calidad. Pero no dijo de dónde salieron los fondos.
La posición inicial del IFE, filtrada y publicada por la prensa el mismo día, es que esas tarjetas no constituyen una prueba de compra generalizada de votos por parte del PRI. Nada distinto puede esperarse de la otra “autoridad” electoral, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF).
De ser así, se repetirá el escenario de 2006, cuando el TEPJF dijo que Vicente Fox puso en grave riesgo la elección y que resultaba imposible medir en votos el impacto de la campaña sucia de la cúpula empresarial. No hubo sancionados más allá de las multas a los partidos.
Al menos en el papel, de acuerdo con el organigrama del PRI, quienes tienen que dar cuenta de los gastos de Peña son los encargados de las finanzas del partido; es decir, los que recibieron el financiamiento público y privado permitido.
El primero, el secretario de finanzas del PRI, el poblano Jorge Estefan Chidiac. Hombre de Emilio Gamboa y exdiputado federal, Chidiac es un economista del ITAM, especializado en el área de mercado de valores, está considerado no sólo como quien rescató al PRI del atolladero financiero, sino como el autor del programa de financiamiento para la contienda electoral.
Incluso, estuvo al frente de una supuesta Unidad de Inteligencia Financiera del PRI para evitar dinero del narcotráfico en las campañas presidencial, al Senado y a la Cámara de Diputados.
De acuerdo con sus propias declaraciones, el PRI debía gastar para estas elecciones 537 millones de pesos de financiamiento público, 52 millones de financiamiento privado y acceso a crédito, “si fuera necesario”, para llegar a 900 millones de pesos. De acuerdo con esas cuentas, el PRI habría tenido hasta 310 millones de pesos en préstamos.
Junto con Chidiac está el subsecretario de Finanzas del PRI, el también poblano José Antonio López-Malo Capellini, funcionario en el gobierno de Mario Marín que llegó al Comité Ejecutivo Nacional con el expresidente del PRI y exgobernador de Coahuila, Humberto Moreira.
También están el coordinador general de finanzas, José Villalobos Gallegos, exfuncionario del gobierno de Ulises Ruiz en Oaxaca, y el director de Ingresos del PRI, René Ojeda Delgado.
Peña designó, además, como su vínculo con los empresarios para la campaña al diputado federal saliente Ildefonso Guajardo Villarreal, un doctor en finanzas que fue jefe de la oficina del gobernador de Nuevo León, Rodrigo Medina.
El PRI no ha mostrado hasta ahora algún contrato que ampare la adquisición de créditos, a diferencia del PRD, que dice haber comprobado 50 millones de pesos en deuda, aunque la cifra puede ser mayor.
No sólo el IFE y el TEPJF han sido indulgentes con los gastos de campaña ilegales. Aunque en el caso de los Amigos de Fox y el llamado Pemexgate, en el 2000, el PAN y el PRI fueron multados, no hubo responsabilidades penales.
La Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV) y la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda han sido incapaces para advertir sobre el financiamiento ilegal de los partidos. En el caso del PRI, deben decir de dónde salió, quién entregó y cómo se movió el dinero para las tarjetas de Monex y Soriana.
La investigación del Senado estadunidense al banco HSBC, dada a conocer esta semana, dejó en claro que ambas instituciones han sido omisas ante el blanqueo de capitales.
Amparada en el secreto bancario, la CNBV tardó en informar al IFE sobre las cuentas de los Amigos de Fox y el Pemexgate. Sólo sugirió a los directivos de HSBC que, por favor, mejoraran sus sistemas contra el lavado. Y ahora, calla ante los alegados fondos ilegales de la campaña del PRI. El secreto así entendido se llama complicidad.
jcarrasco@proceso.com.mx
@jorgecarrascoa

Ignominia anunciada

Nepomuceno Moreno, integrante del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Foto: Prometeo Lucero
Nepomuceno Moreno, integrante del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad.
Foto: Prometeo Lucero
MÉXICO, D.F. (Proceso).- La embriaguez electoral pasó y el país se enfrenta, con una horrenda resaca, a lo que el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad no dejó de anunciar: la ignominia de las elecciones con su cauda de traiciones, de corrupciones, fragmentaciones, polarizaciones, violencia, muerte e impunidad. Nadie, a no ser los corruptos, los traidores, los criminales, los imbéciles y la lógica de la violencia, ganó. La responsabilidad no sólo es de las partidocracias que se negaron a hacer, como lo pedimos en nuestras demandas del 8 de mayo de 2011, una profunda reforma política, una democratización de los medios –que el movimiento #Yo Soy 132 retomó tardíamente–, una limpieza de las filas de los partidos y una agenda de unidad nacional, sino de la ciudadanía que redujo, como querían las partidocracias, la emergencia nacional y la vida democrática a un proceso electoral que desde un principio, a causa de la guerra, la impunidad y la corrupción de las instituciones y de los partidos, estaba podrido.
Dicho pudrimiento, como lo dice Jean Robert, no está tanto en las personas –aunque no hay que desdeñarlo: Las traiciones de Calderón y de muchos funcionarios públicos y miembros de los partidos que no han dejado de usar la vida política para someterla a sus intereses y a su ceguera, nos han hecho muchísimo daño– cuanto en la reducción de la democracia a un asunto electoral que han hecho muchos ciudadanos.
Bajo el peso de la propaganda, cada ciudadano tachó su voto en cinco o 10 minutos para, en realidad, acotar su poder y entregárselo a ciertas minorías que lo ejercerán en representación de todos –Peña Nieto, por ejemplo, si se valida su ignominiosa elección, gobernará con 30% del electorado, y no sería distinto si hubiese ganado en las boletas cualquier otro.
Este absurdo hace que las minorías elegidas le nieguen el derecho a las minorías perdedoras a protestar, que se genere una polarización tan atroz como inútil y que la democracia se vacíe de contenido. “Las mayorías –escribía Gilles Deleuze, señalando la manera en que las democracias se han corrompido– no son nadie; las minorías son cualquiera”.
Una verdadera democracia no puede prescindir ni de la proximidad ni de la “projimidad”, como lo hacen las comunidades indígenas y los movimientos sociales apartidistas; no puede tampoco prescindir de la proporción, es decir, de tamaños apropiados para ese ejercicio de proximidad. Cuando se prescinde de ello –de lo que nosotros llamamos tejido social– y la democracia se reduce al voto y a sus consecuencias: el gobierno de los intereses de una minoría, la democracia se vuelve una ficción, una cortina de humo, una simulación en la que lo único que existe es la experiencia de lo intolerable, cuyo rostro en México son las víctimas tanto de la guerra como de las comunidades que día con día, bajo el poder de esas minorías y de sus intereses, van perdiendo su cultura, su tejido social, su capacidad autogestionaria y su fuerza para limitar el poder, sea del crimen o de los gobiernos.
Esa forma de la democracia que destruye cualquier proximidad y “projimidad” es en realidad, dice Jean Robert, una “teledemocracia”, una ilusión democrática, una democracia corrompida que ya entró en crisis en todo el mundo, que tiene el rostro de la ignominia anunciada y que lo único que genera es frustración, encono y resentimiento.­
Lo que nos queda, frente a esta realidad, no es la disputa por el poder –una forma de convalidar el juego corrompido e ignominioso de la “teledemocracia”–, sino la resistencia ética que exige un ponerse aparte de todo el juego electoral. No porque se quiera, sino porque la resistencia ante lo intolerable exige mantener viva hasta donde se pueda la pureza del corazón, del pensamiento, de la palabra y de la dignidad, con la que, democráticamente hablando, se puede enfrentar y limitar el poder de la “teledemocracia” y sus abusos. “Una posición –como lo señala Jean Robert– difícil de sostener porque sólo pueden asumirla quienes han vivido en carne propia lo absolutamente intolerable”: la corrupción, la violencia, la impunidad, la muerte, la persecución, la destrucción de los tejidos sociales y de las culturas, a las que las partidocracias, el Estado y los medios de comunicación han reducido la vida del país. Eso intolerable, a lo que muchos comienzan a acostumbrarse, se llaman “las víctimas” –una palabra oriunda de los sacrificios paganos–, que continúan aumentando, a las que el poder desprecia y que se expresan como testigos absolutos del horror y de la fractura que la ignominia de las elecciones quisieron borrar.
No habrá un regreso a la política mientras no se asuma y se enfrente, de manera verdaderamente ética y democrática, es decir, con proximidad, con “projimidad”, con proporción, diálogo y sentido ciudadano, esa realidad de lo intolerable que la “democracia” de las minorías no ha dejado de extender por todo el país y a la que una gran parte de la ciudadanía sucumbió al aceptar que la solución se reducía a la ignominia electoral, a esa ignominia que sólo convalidó lo que ya estaba allí bajo un disfraz democrático.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a todos los presos de la APPO, hacerle juicio político a Ulises Ruiz, cambiar la estrategia de seguridad y resarcir a las víctimas de la guerra de Calderón.



Homosexualidad y acoso en los seminarios católicos

Participantes en el simposio del Vaticano sobre el abuso sexual en la Iglesia de San Ignacio de Roma. Foto: AP
Participantes en el simposio del Vaticano sobre el abuso sexual en la Iglesia de San Ignacio de Roma.
Foto: AP
Después de seis años de estudio, a Juan Murrieta Pérez lo echaron del seminario con el siguiente argumento: “Eres un prostituto, ¿cómo es que le andas dando las nalgas a todos?”.
Juan estaba en la oficina de Juan Palacios, entonces rector del Seminario Diocesano de la Inmaculada Concepción, perteneciente a Celaya, Guanajuato, cuando escuchó que dos de sus compañeros lo acusaban de acoso sexual. “Por el bien de la iglesia hemos decidido que salgas de la institución”, le ordenó su superior.
- ¿Cometiste prácticas homosexuales en el seminario?
- No.
- ¿Y por qué te acusaron?
- Me pusieron un cuatro.
Por ser originario de Veracruz, al seminarista lo hostigaron constantemente para salir del instituto de formación de Celaya. Fue testigo cómo a cuatro de sus paisanos también los orillaron a salirse, sólo por ser “fuereños”. Lo hicieron con una práctica muy común dentro de los seminarios católicos: acusarlo de ser homosexual.
Los seminarios católicos guardan una similitud con el Ejército: son instituciones verticales, basadas en la ciega obediencia y en la absoluta secrecía. Al interior se asciende más por servilismo que por méritos. Los mantienen casi aislados del resto de la sociedad, incluidas sus familias. Los pueden echar aun cuando acumulen años de estudio. Pero esta es sólo una arista, las prácticas sexuales conforman una delicada trama de tabús.
La iglesia católica, de entrada, impide a las mujeres fungir como sacerdotisas. Los líderes religiosos hombres están impedidos de casarse, tener hijos y, desde luego, ejercer prácticas homosexuales. No obstante, en el interior de los centros de formación, abarrotados de hombres y sin las presencia de una sola mujer, las rutinas no obedecen a esas estrictas reglas.
- ¿Qué porcentaje de los integrantes de los seminarios cometen prácticas homosexuales? –le pregunto a Juan Murrieta.
- Yo diría que dos de cada diez.
- ¿Los superiores también forman parte?
- Yo recuerdo cómo llegaba el rector a la sacristía y nalgueaba a los seminaristas.
Platiqué también con un exseminarista que estudió con la orden de los Carmelitas. Me pidió publicar su testimonio, pero resguardando su nombre:
“Un seminario muchas veces es para huir de la realidad. Muchos se meten porque no tienen para pagarse una universidad, para vivir bien, es una salida fácil, otros son los clásicos que no han salido del clóset”.
Me confirma que al interior de los seminarios es cosa de todos los días las prácticas sexuales entre hombres, pero, al mismo tiempo, es muy común que los superiores acusen a algún miembro de ser homosexual: es el pretexto perfecto para deshacerse de él.
También me revela que él sufrió acoso sexual por parte del rector del seminario donde estudiaba, algo que tampoco es aislado dentro de los centros de estudio para los aspirantes a sacerdotes.
La formación de un sacerdote católico dura hasta catorce años y pueden ser expulsados en cualquier momento, sobre todo si contravienen a sus superiores. Con una carta letal, los fichan y les impiden ingresar a otro seminario. Sus estudios no son reconocidos por alguna otra universidad.
La iglesia, además, en la práctica, no es fiscalizada por nadie. Para hacer carrera, obtener puestos de poder y mejores capillas, no hay más que aliarse, permanecer callado y cómplice de todo lo que se ve.
Salvo los escándalos sexuales relacionados con los Legionarios de Cristo, poco se sabe de lo que pasa en los seminarios. La mayoría de los abusos se comentan en corto y se quedan en casa. Sin embargo, en los últimos años han brotado historias tenebrosas de lo que ocurre ahí dentro.
El nueve de julio pasado, 77 mujeres que estudiaron en una escuela de Legionarios en Rhode Island, Estados Unidos, denunciaron a The Associated Press que sufrieron maltrato sicológico, y castigos traumáticos como parte rutinaria de su educación. En mayo pasado se supo que además de los abusos sexuales contra seminaristas cometidos por Marcial Maciel, fundador de dicha orden, siete sacerdotes más están siendo investigados por la Doctrina de la Fe del Vaticano por delitos sexuales.
El año pasado, en Chile, el seminarista Sebastián del Río Castro destapó la cloaca de los institutos de formación de ese país, al revelar que el exrector del seminario de San Rafael, Mauro Ojeda, practicaba comúnmente acoso sexual contra los jóvenes, amenazando con la expulsión a quien hablara al respecto.
La iglesia católica conduce todos estos asuntos en silencio, cometiendo el delito de omisión al no denunciar estos crímenes ante las autoridades civiles. Todo se queda en el interior del “Reino de Dios”. Así manejaron todas las denuncias por pederastia que brotaron alrededor del mundo desde mediados de la década de los noventa. En México la Red de Sobrevivientes de Abuso Sexual por Sacerdotes calcula que al menos 65 curas fueron encubiertos por pederastia y la mayoría aún está en activo.
Sólo que estos asuntos no son sólo exclusivos de la vida interior de la iglesia católica. Se trata de vidas humanas que son truncadas en sus estudios, esperanzas y anhelos. De niños que crecen con cicatrices imborrables y de una cultura de corrupción permanente, nada diferente a lo que ocurre en el interior de los gabinetes de los políticos mexicanos. Lo único diferente es que la sociedad casi nada sabe de lo que se esconde debajo de cada sotana, mientras que la iglesia, con la complicidad del gobierno, guarda estos delitos en impune secreto.
Contacto: www.juanpabloproal.com
Twitter: @juanpabloproal

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